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sábado, 27 de enero de 2024

CINE: SLOW. LA ÚNICA REVOLUCIÓN SEXUAL POSIBLE

 


Premio a la Mejor Dirección de Drama en el Festival de Sundance 2023.

Slow food, slow life, fueron efímeras tendencias en las revistas de moda y bienestar hace ya algún tiempo. Un brindis al sol que apenas supuso un rasguño en el engranaje endiablado de nuestra contemporaneidad occidental. Esta aparentemente sencilla película lituana, en coproducción con Suecia y España (Xunta de Galicia) dispara audacia y valentía hacia dos de los frentes principales de la guerra cultural del siglo XXI: nuestras  hiperestimuladas y  supersónicas agendas vitales, y las siglas sin número que etiquetan por decreto las relaciones humanas. Y todo ello despojando a la palabra de su papel preponderante en la expresión de la identidad y de los sentimientos. Elena, profesora de danza y Dovydas, intérprete de lenguaje de signos, se conocen en una de las clases de ella. Comienzan a hablar. Conectan. Salen. Se enamoran. Él se sincera: es  asexual. Ella duda, no cree que tal cosa exista. Él le explica, con un discurso que intuimos ensayado y puesto en práctica alguna vez. ¿Qué hará ella? Asistimos a partir de aquí al desarrollo de una historia por cauces no marcados que va atravesándose de capas a medida que pasan los meses y la euforia inicial del no pasa nada va chocando con las necesidades y las imposiciones, las explicaciones.
La asexualidad es  el último tabú del muy expuesto universo de las identidades de género. Invisible en los manifiestos y en las siglas, negada su existencia por los muy respetables colectivos que marcan la inclinación sexual como rasgo más capital en la identidad humana, mucho más que la cantidad de libros leídos al año, por poner un ejemplo igual de loco, pero también por miembros de la comunidad médica. Tan invisible que ni siquiera las religiones han tenido a bien el ataque o el castigo. No se concibe que gente como el bueno de Dovydas pulule por el mundo y además se comporte, se vista, interaccione como una persona normal. Esta propuesta tan inusual merece un estudio de personajes tan minucioso y firme como el que nos ofrece la joven cineasta Marija Kavtaradze. No hay antipatía alguna ni extrañeza en su mirada. Enseguida somos incorporados al mundo de Elena Y Dovydas, que se nos desvelan como componentes algo discordantes de su mundo. Ella, empeñada desde niña en bailar a pesar de su cuerpo no normativo y de su madre, a la que ve de tanto en tanto y que se perdió su niñez por un trabajo en Luxemburgo. Él, que decide aprender la lengua de signos para comunicarse con su hermano después de que sus padres se negaran en pos de una educación que llamaríamos ahora inclusiva. Muy soviéticos progenitores todos.
Este tipo de propuestas intimistas triunfa o naufraga según los intérpretes. Aquí, los muy creíbles Greta Grineviciute y Kestutis Cicenas imprimen complementariedad y divergencia a partes iguales. Ella, coreógrafa y bailarina, en actitud segura de sí misma con los demás pero frágil e incrédula en su relación. Él, reservado pero no hermético, y dueño de un sutil sentido del humor.

Ambos construyen su relación con los mismos mimbres que cualquiera. Pequeños eventos cotidianos que la cámara muestra al ritmo pausado al que alude el título. Momentos de risas, de charlas, de exploración de lo desconocido.Es llamativo el uso del primer plano de los rostros y de los cuerpos. La alternancia de escenas en las que ella se expresa y se desahoga bailando y él interpreta los decires de otros. Distancias cortas que transparentan la inquietud, la incertidumbre,la felicidad, el deseo. El deseo. Elena lo verbaliza y Dovydas hace pedagogía con una enorme paciencia y dulzura. Una montaña muy escarpada  la que tienen por delante.