La mexicana Valeria Luiselli debiera estar siempre en la primera terna de recomendables de la nueva literatura hispanoamericana sin distinción de géneros ni nacionalidades. Reúne todo a su favor: un experimentalismo en el punto justo de complejidad para el gran público, una robusta reivindicación de raíces, una apuesta firme por la denuncia social, un recordatorio certero de la fortaleza creativa de las mujeres y una apuesta idiomática por el bilingüismo y la alternancia que la hace especialmente atractiva para el análisis académico.
Si hay algo más que hace especial su narrativa es la búsqueda de la simbiosis entre palabra y sonido. Esta asociación vertebra la obra que la puso en el mapa, Desierto sonoro, publicada originalmente por Sexto Piso en 2020 y reeditada este año por su nueva y potensísima editorial Feltrinelli. En esta última que ahora reseñamos, se nota el presupuesto y la confianza en la imprescindible página web de sonidos registrados por la autora a lo largo de la confección de la historia. https://www.bmesound.com/ a modo de banda sonora.
Esta cuarta novela es, sin duda, más accesible formalmente que las anteriores, si bien igual de ambiciosa. Su naturaleza autoficcional no debe echar para atrás a los que ya estén saturados del género. La clave es siempre la pertinencia, y lo que narra Valeria lo es. Lo que se nos propone es la reconstrucción de tres periplos vitales en paralelo de tres generaciones de mujeres y un viaje de indagación por Sicilia, la tierra de los ancestros de la narradora principal. La isla y sus sonidos se involucran con la literatura y la mitología clásicas. Un mosaico de Proteo es la coartada del viaje. Distraída por la bisabuela de la narradora del yacimiento donde trabajaba de estrangis, vestida de hombre, como los tombaroli protagonistas de La Quimera, la onírica película de Alice Rochwacher.
Todo parte de una petición, la de la hija de doce años de la narradora, que a su vez se hará cargo de las últimas cuarenta páginas. “¿Escribirás por fin una novela con principio, desarrollo y final?” Es un problema que Luiselli ya ha abordado antes. En su ensayo de 2017 sobre niños migrantes indocumentados, Dime cómo termina, escribe que la dificultad de contar su historia “es que no tiene principio, ni desarrollo, ni final”. De esta manera se introduce un plano más de significación, el de cómo entiende la narradora, atrapada en el clásico bloqueo creativo, el hecho literario. A lo largo de la narración, el narrador plantea preguntas acerca de lo que está escribiendo. «No tengo una idea clara de lo que estoy haciendo, ni de lo que sucederá después, todavía no», admite. «Me enredo en posibles comienzos, tramas intrincadas, premisas improvisadas». Más tarde se pregunta si este proyecto no es una novela, sino un ensayo. «Quizás la parte central no encaja en la estructura más rígida de una novela, en el corsé de la trama. La parte central se asemeja más al espíritu distraído, suelto y divagante del ensayo. Tal vez tenga que ser un ensayo hasta que pueda volver a ser una novela, un ensayo con principio, desarrollo y final». Esta crisis de identidad solo se resuelve cuando la hija finalmente toma el control de la narración.
El fragmentarismo de la narración, ya visto en obras anteriores de Luiselli, explora las semejanzas con los intensos ataques de migraña que va sufriendo la protagonista, y también con sus impulsos hacia el miedo y la autodestrucción, pero sobre todo con las fotografías instantáneas que la adolescente va tomando con su cámara Polaroid. Se construye así una narración paralela.
Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) es autora de las novelas Los ingrávidos (2011), La historia de mis dientes (2013), Desierto sonoro(2019) y Principio, medio, fin (2026), así como de los libros de no ficción Papeles falsos (2010) y Los niños perdidos (2016). Entre los numerosos reconocimientos que ha recibido a lo largo de su carrera, se cuentan las becas MacArthur «Genius» y Guggenheim, el American Book Award o el Premio Mondello.

