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lunes, 1 de enero de 2018

¿FEMINISTAS SOMOS TODAS?

POR QUÉ NO SOY FEMINISTA (UN MANIFIESTO FEMINISTA)

Confieso que una de mis motivaciones al abordar la lectura de este sorprendentemente polémico ensayo era averiguar si Cristina Pedroche y las modelos de Victoria´s Secret podían ser o no feministas. Ya tenía claro que las camisetas con proclamas y leyendas eran una manera cómoda y asequible de serlo, y que el color rosa podía ser a la vez estigmatizado por reduccionista y escogido como distintivo de causas tan femeninas como el cáncer de mama. El mundo es cada día más complicado, y la aparente paradoja del título era una invitación a desentrañar siquiera un trocito de esa complejidad.
Las entrevistas que la autora ha ido despachando compartían plenamente el tono del libro, tan llamativo o más que su incendiario y trabajado contenido.
Así pues, Jessa Crispin se presenta en persona y en su texto como el negativo de la perfecta equidistancia. En lugar de estar de acuerdo con todo, apelar al agnosticismo ideológico o de tener en una mano el palo y en otra la zanahoria, se pone a repartir estopa contra todas. Y digo contra todas, porque hacia la mitad del libro deja clarísimamente expuesto que los hombres no son lectores bienvenidos. Tanto como si buscan exacerbar su lado femenino, o respuestas a su recién descubierta conciencia, no es el trabajo de la autora evangelizar o convencer.
Así las cosas, las que sí podemos leer, nos vamos a dar de bruces con un tono de escritura inusual en el género ensayístico. Un estilo bronco, profundamente airado y a veces macarra, que no ahorra en interjecciones y expresiones coloquiales, que funciona en ocasiones pero que en otras perjudica la reflexión intelectual que es el reconocido núcleo de la obra.

La insistencia en esto último, en que el/los feminismos actuales han arrumbado la ideología en favor de la terminología vacua y de la apariencia, no consigue hacerse llegar con claridad. En una lectura atenta surgen contradicciones entre el mensaje al que se aspira y el público objetivo al que se quiere hacer llegar. La autora reitera su tesis y la apuntala mediante la demolición de todos los lugares comunes del feminismo de hoy, pero no propone nada a cambio. La apelación a recuperar la cosmovisión radical de las pioneras en el movimiento no se acompaña de medidas concretas que las consumidoras de camisetas y revistas femeninas puedan llevar a cabo en sus rutinas diarias. Hay que releer a las clásicas, sí, pero la nueva hornada de adolescentes y universitarias que son carne de mercado necesitan algo más para dejar de ser eslóganes andantes.
Es particularmente enriquecedor el capítulo en el que equipara las marcas lingüísticas 3.0 (empoderamiento y demás), con el narcisismo de sus usuarias. Es este uno de los valiosos aportes del libro: diferenciar entre el individuo y el colectivo, entre sus necesidades/gustos/deseos y lo que el mundo requiere de las mujeres para ser mejor lugar que el que nos encontramos al nacer. Nos interrogamos sustancialmente acerca de la cultura de la indignación, anatema para el feminismo de redes sociales. ¿Es lícito exigir el despido de un hombre por un comentario desafortunado? ¿Por qué no es admisible hoy rebatir locas afirmaciones hechas por mujeres, del tipo “somos independentistas sin fronteras”? ¿Hay que desterrar a las mujeres célebres que no se declaran feministas y abrazar a las estrellas que sí lo hacen para vender su negociado? Aun siendo la publicación del libro anterior al terremoto Weinstein y a la coronación del #MeToo como el movimiento social más destacado de este recién terminado año, son cuestiones de permanente pertinencia.
Y llegamos al quid de la cuestión: el feminismo es imprescindible, sí, pero no este. Las mujeres han sido explotadas y sometidas, siguen siéndolo, pero no por el hecho intrínseco de serlo, sino como parte del engranaje devorador del sistema patriarcal capitalista. Dicho así suena algo antiguo, pero la autora consigue que recordemos la dualidad atávica de esta nuestra organización del ecosistema. Una afirmación polémica, el engarzar los conflictos de género con el abuso de poder. ¿De quién y hacia quién? Nos sorprendemos al descubrirnos en este punto ante un texto mucho más antisistema, y teóricamente más simple de lo que apuntaba en un principio. Los hombres blancos, y las mujeres blancas, como ideólogos, participantes y beneficiarios del sistema, son los culpables. Un titular jugoso que no ha sido desaprovechado, el desprecio nada sutil de Crispin por las mujeres que desde la cúspide de sus multinacionales o de sus países, se han empoderado sin sororidad alguna y están contribuyendo a la maltrecha marcha del mundo a la vez que se dedican portadas sobre sus historias de esfuerzo, superación, discriminación, y conciliación. El feminismo de hoy es un traje a la medida de la mujer blanca del Upper West Side, esgrime la autora, y no podemos más que darle la razón. Reclamar guarderías o ayudas para cuidadores no es feminista, porque la maternidad no lo es y velar por nuestros ancestros tampoco.
Otras dudas se quedan en el tintero. Nada se dice acerca de la hipotética “monstruosa naturaleza del hombre y su libido”, sensacional título de uno de los artículos más leídos del año en The New York Times. Aunque, como afirma Jessa con su rotundidad habitual, los hombres no son su (nuestro) problema. Sí su (nuestra) responsabilidad.
Al final, una sorpresa y una certeza. Sorpresa de encontrar entre los agradecimientos a Emma Goldman y a Santa Teresa de Jesús, y la certeza de que, a día de hoy, Cristina Pedroche sí es feminista.


Jessa Crispin: Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista. Lince Ediciones. 2017. 

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