La novela de campus en sus variantes seria y satírica en un género transversal en la narrativa contemporánea. Stoner, El guardián entre el centeno, Todas las almas, Indignación, El secreto, La trama nupcial, Nunca me abandones, Queridos miembros de la junta, son títulos imprescindibles para todos los que han tenido contacto más o menos coyuntural con las generalmente frías aulas universitarias. En el audiovisual, la reciente Caza de Brujas, y la recién estrenada Vladimir, siguen la estela. En los peores tiempos posibles para que los componentes de la academia compartan sus cuitas, esperamos hincarle el diente a La chica más lista que conozco, tercera novela de Sara Barquinero, que opta por la gravedad en un retrato oscuro de las desiguales relaciones que se establecen en tan endogámico macrocosmos.
En esta ocasión, Darío Ferrari nos sumerge en una telenovelesca panorámica de los tejemanejes cotidianos de la antiquísima Universidad de Pisa, tan querida en el recuerdo de tantos estudiantes Erasmus. Pero no sería merecedora del titulo de fenómeno editorial si en eso se hubiera quedado. Dos son los principales alicientes de esta historia. Muchos son los alicientes de esta historia, construida a base de capas de complejidad humana y aderezada con un ritmo agilísimo y un insuperable sardonismo. Mérito en parte de la extraordinaria traducción de Carlos Gumpert, al que el autor regala un cameo en las páginas finales, en un curioso ejercicio metanovelesco.
En primer lugar, conocemos a Marcello, un estudiante digamos talludito que se lanza al doctorado como medio de seguir trampeando a la vida. Los conocedores o sufridores del proceso en esta nuestra querida patria se sorprenderán o carcajearán, pero es que en Italia, todos los doctorandos cobran un salario. El camino de Marcello desde que toma la decisión hasta que consigue unirse a la tropa de promesas de la filología italiana está lleno de eventos de esos que llevan a la estupefacción desde fuera y a la destrucción de la salud mental si uno está dentro.
En segundo lugar, el retrato del entorno de Marcello, fruto de la universalmente conocida familia italiana. La novela de campus rota aquí hacia la novela de formación de un grupo de amigos de la generación de los dos mil, que ejemplifican a la perfección aquello de que a mi edad, mis padres tenían casa, trabajo indefinido, coche y dos criaturas.
El tercer nivel es el más interesante. El director de tesis de Marcello (todo doctorando sabe perfectamente todo lo que conlleva ese título cuasi nobiliario), le propone/impone la investigación sobre un hermético autor de los setenta, encarcelado por terrorismo y autor de una única obra desaparecida, La estantigua. El paralelismo de ambas trayectorias vitales es evidente. La tercera parte de la novela, llamada como la obra objeto de la tesis, que Marcello va a buscar a los altos fondos bibliográficos de París, deja casi de lado la sorna y aborda temas de gran calado en cuanto a sistemas ideológicos individuales y su proyección en la Historia nacional. Pero no hay peligro de trascendencia excesiva. Los vaivenes amorosos y desventuras parisinas varias de Marcello rebajan la progresiva seriedad de los acontecimientos que propician el nacimiento, desarrollo y caída de la figura de Tito Sella.
La desesperación existencial de Marcello es gemela de la de Tito, pero cada cual es hijo de su tiempo, y el nuestro no es el de las revoluciones juveniles.
Se acabó el recreo (La ricreazione è finita), de Darío Ferrari y Carlos Gumpert(traducción). 2025. Ediciones del Asteroide, n.337. 400págs.

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