El cuadragésimo cumpleaños de los primeros premios del cine español dejaron la mayor cuota de pantalla desde el 2020 a pesar de todas las ausencias, de los minutos rellenos de conversaciones improvisadas, conatos de encuentros que pudieron haber sido chispeantes, y encuentros que no soltaron chispa alguna.
- Ausencia de líneas potentes de guion. Muchos añoramos esos más o menos cáusticos monólogos introductorios, y en las redes otros se preguntaron por la vuelta de los presentadores cómicos. En los últimos años se ha optado por la sutileza y el trampantojo entre los guionizado y lo improvisado, y el espectador medio, como un adolescente, necesita líneas claras para no perderse. El mejor chiste "empezamos en febrero y ya estamos en marzo"fue fruto del momento.
-Ausencia de química entre la pareja presentadora. Debían de ser los únicos que no se conocían de antes de todos los que pisaron el escenario. Nadie esperaba que fueran los Robbie/Elordi del Fórum, pero al menos una complicidad mayor a la que se tiene con un señor o señora cualquiera con la que se va a coincidir en el mismo espacio durante tres horas y media. Luis dirige sus chanzas a Rigoberta, y Enric, sorprendido fuera de su butaca, le recuerda a Paula las fiestas en su piso compartido.
- Ausencia de imágenes o declaraciones de Jafar Panahi, nominado por Un simple accidente, al que imaginamos esquivando cámaras mientras asumía que la geopolítica le había fastidiado su plácido paso por España.
- Ausencia de encuentro público o privado de Susan Sarandon con María Luisa Solá, su actriz de doblaje en castellano. Las invitaciones y menciones en este tipo de eventos no son nada casuales (ver la entrega al mejor actor de reparto), y la cara de la homenajeada actriz al enterarse de la presencia de María Luisa evidenció alguna idea de guion que se quedó por el camino. Con el que sí le hubiera gustado quedar, sin duda, es con el presidente del Gobierno. Animamos desde aquí a nuestro maltrecho dirigente a hacerse un póster con las palabras que le dedicó Sarandon al inicio.
- Ausencia de algún gag que obligara a compartir oxígeno a Oliver y a Albert, interesantísimos creadores de sus obras y de sus personajes que han sacado, por este año, al cines español del marasmo del cuánto nos queremos todos aquí. Nos queda ya poco para disfrutar de las reflexiones de Óliver, el 15 de marzo tendría que terminar su periplo por nuestras vidas, y Albert se merece, aunque no quiere, rellenar algo ese vacío. Las declaraciones de ambos dos son un soplo de vida. Oliver afirmó ayer que nunca había visto una gala de los Goya, aun habiendo asistido a la del año de O que arde. Albert escudándose en sus gafas de sol Oackley "normalitas" y arrebatando el premio al mejor documental a la muy contemporáneamente normativa Alba Flores. Qué pareja cómica hemos perdido, qué conversaciones entre el raciocinio y la espiritualidad moderadas por Karla Sofía Gascón.
- Ausencia de coherencia y cohesión. La coherencia es esencial para la comprensión de un texto, como bien saben los estudiantes de segundo de bachillerato. La selección de fragmentos del pasado, justificada por la fecha redonda, no tenía hilo conductor alguno más allá del propio ejercicio de nostalgia. El momento más criticado, el de la escandalosa desigualdad de trato en los premios a actor y a actriz de reparto, era otra buena idea que tenía que haberse quedado fuera. Los cinco buenísimos actores catalanes el premio a Álvaro Cervantes, uno de los suyos. No solo colega, sino amigo, compañero de penurias actorales. Sonaba espectacular. Pero con la principal favorita al premio equivalente no pasaba eso. Así que quedó como quedó. Y tenían que saberlo.
- Ausencia de traducción en los discursos en lenguas periféricas. Qué mejor momento para despojarse del rancio centralismo mesetario a la ves que se demuestra que la narrativa del agradecimiento es totalmente intercambiable.

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