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domingo, 22 de marzo de 2026

SE ACABÓ EL RECREO (para todo el mundo, además)

 




La novela de campus en sus variantes seria y satírica en un género transversal en la narrativa contemporánea. Stoner, El guardián entre el centeno, Todas las almas, Indignación, El secreto, La trama nupcial, Nunca me abandones, Queridos miembros de la junta, son títulos imprescindibles para todos los que han tenido contacto más o menos coyuntural con las generalmente frías aulas universitarias. En el audiovisual, la reciente Caza de Brujas, y la recién estrenada Vladimir, siguen la estela. En los peores tiempos posibles para que los componentes de la academia compartan sus cuitas, esperamos hincarle el diente a La chica más lista que conozco, tercera novela de Sara Barquinero, que opta por la gravedad en un retrato oscuro de las desiguales relaciones que se establecen en tan endogámico macrocosmos. 

En esta ocasión, Darío Ferrari nos sumerge en una telenovelesca panorámica de los tejemanejes cotidianos de la antiquísima Universidad de Pisa, tan querida en el recuerdo de tantos estudiantes Erasmus. Pero no sería merecedora del titulo de fenómeno editorial si en eso se hubiera quedado. Dos son los principales alicientes de esta historia. Muchos son los alicientes de esta historia, construida a base de capas de complejidad humana y aderezada con un ritmo agilísimo y un insuperable sardonismo. Mérito en parte de la extraordinaria traducción de Carlos Gumpert, al que el autor regala un cameo en las páginas finales, en un curioso ejercicio metanovelesco. 

En primer lugar, conocemos a Marcello, un estudiante digamos talludito que se lanza al doctorado como medio de seguir trampeando a la vida. Los conocedores o sufridores del proceso en esta nuestra querida patria se sorprenderán o carcajearán, pero es que en Italia, todos los doctorandos cobran un salario. El camino de Marcello desde que toma la decisión hasta que consigue unirse a la tropa de promesas de la filología italiana está lleno de eventos de esos que llevan a la estupefacción desde fuera y a la destrucción de la salud mental si uno está dentro.

En segundo lugar, el retrato del entorno de Marcello, fruto de la universalmente conocida familia italiana. La novela de campus rota aquí hacia la novela de formación de un grupo de amigos de la generación de los dos mil, que ejemplifican a la perfección aquello de que a mi edad, mis padres tenían casa, trabajo indefinido, coche y dos criaturas. 

El tercer nivel es el más interesante. El director de tesis de Marcello (todo doctorando sabe perfectamente todo lo que conlleva ese título cuasi nobiliario), le propone/impone la investigación sobre un hermético autor de los setenta, encarcelado por terrorismo y autor de una única obra desaparecida, La estantigua. El paralelismo de ambas trayectorias vitales es evidente. La tercera parte de la novela, llamada como la obra objeto de la tesis, que Marcello va a buscar a los altos fondos bibliográficos de París, deja casi de lado la sorna y aborda temas de gran calado en cuanto a sistemas ideológicos individuales y su proyección en la Historia nacional. Pero no hay peligro de trascendencia excesiva. Los vaivenes amorosos y desventuras parisinas varias de Marcello rebajan la progresiva seriedad de los acontecimientos que propician el nacimiento, desarrollo y caída de la figura de Tito Sella. 

La desesperación existencial de Marcello es gemela de la de Tito, pero cada cual es hijo de su tiempo, y el nuestro no es el de las revoluciones juveniles. 

Se acabó el recreo (La ricreazione è finita),  de Darío Ferrari y Carlos Gumpert(traducción). 2025. Ediciones del Asteroide, n.337. 400págs.

domingo, 1 de marzo de 2026

PREMIOS GOYA 26. Sí pero.

  El cuadragésimo cumpleaños de los primeros premios del cine español dejaron la mayor cuota de pantalla desde el 2020 a pesar de todas las ausencias, de los minutos rellenos de conversaciones improvisadas, conatos de encuentros que pudieron haber sido chispeantes, y encuentros que no soltaron chispa alguna. 

- Ausencia de Sergi López. Hubiera recibido más indicaciones para deambular por la alfombra roja que con la dirección de actores en el desierto de Los Monegros.

- Ausencia de líneas potentes de guion. Muchos añoramos esos más o menos cáusticos monólogos introductorios, y en las redes otros se preguntaron por la vuelta de los presentadores cómicos.  En los últimos años se ha optado por la sutileza y el trampantojo entre los guionizado y lo improvisado, y el espectador medio, como un adolescente, necesita líneas claras para no perderse. El mejor chiste "empezamos en febrero y ya estamos en marzo"fue fruto del momento. 

-Ausencia de química entre la pareja presentadora. Debían de ser los únicos que no se conocían de antes de todos los que pisaron el escenario. Nadie esperaba que fueran los Robbie/Elordi del Fórum, pero al menos una complicidad mayor a la que se tiene con un señor o señora cualquiera con la que se va a coincidir en el mismo espacio durante tres horas y media. Luis dirige sus chanzas a Rigoberta, y Enric, sorprendido fuera de su butaca, le recuerda a Paula las fiestas en su piso compartido. 

- Ausencia de imágenes o declaraciones de Jafar Panahi, nominado por Un simple accidente, al que imaginamos esquivando cámaras mientras asumía que la geopolítica le había fastidiado su plácido paso por España.

- Ausencia de encuentro público o privado de Susan Sarandon con María Luisa Solá, su actriz de doblaje en castellano. Las invitaciones y menciones en este tipo de eventos no son nada casuales (ver la entrega al mejor actor de reparto), y la cara de la homenajeada actriz al enterarse de la presencia de María Luisa evidenció  alguna idea de guion que se quedó por el camino. Con el que sí le hubiera gustado quedar, sin duda, es con el presidente del Gobierno. Animamos desde aquí a nuestro maltrecho dirigente a hacerse un póster con las palabras que le dedicó Sarandon al inicio. 


- Ausencia de algún gag que obligara a compartir oxígeno a Oliver y a Albert, interesantísimos creadores de sus obras y de sus personajes que han sacado, por este año, al cines español del marasmo del cuánto nos queremos todos aquí. Nos queda ya poco para disfrutar de las reflexiones de Óliver, el 15 de marzo tendría que terminar su periplo por nuestras vidas, y Albert se merece, aunque no quiere, rellenar algo ese vacío. Las declaraciones de ambos dos son un soplo de vida. Oliver afirmó ayer que nunca había visto una gala de los Goya, aun habiendo asistido a la del año de O que arde. Albert escudándose en sus gafas de sol Oackley "normalitas" y arrebatando el premio al mejor documental a la muy contemporáneamente normativa Alba Flores. Qué pareja cómica hemos perdido, qué conversaciones entre el raciocinio y la espiritualidad moderadas por Karla Sofía Gascón. 

- Ausencia de coherencia y cohesión. La coherencia es esencial para la comprensión de un texto, como bien saben los estudiantes de segundo de bachillerato. La selección de fragmentos del pasado, justificada por la fecha redonda, no tenía hilo conductor alguno más allá del propio ejercicio de nostalgia. El momento más criticado, el de la escandalosa desigualdad de trato en los premios a actor y a actriz de reparto, era otra buena idea que tenía que haberse quedado fuera. Los cinco buenísimos actores catalanes el premio a Álvaro Cervantes, uno de los suyos. No solo colega, sino amigo, compañero de penurias actorales. Sonaba espectacular. Pero con la principal favorita al premio equivalente no pasaba eso. Así que quedó como quedó. Y tenían que saberlo. 

- Ausencia de traducción en los discursos en lenguas periféricas. Qué mejor momento para despojarse del rancio centralismo mesetario a la ves que se demuestra que la narrativa del agradecimiento es totalmente intercambiable.