Título original: La luz.
Año: 2026
Duración: 118m.
País: España.
Dirección: Fernando Franco
Guion: Fernando Franco
Reparto: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Luis Callejo, Ramón Barea, Pablo Gómez-Pando, Nacho Sánchez.
Música: Maite Arrotajauregi.
Fotografía: Santiago Racaj.
Si atendemos a los títulos de la aún corta pero muy sustanciosa filmografía como director del sevillano Fernando Franco (1976), podemos pensar que hay dos opciones: la sombría sin remisión, como La herida, su debut en la dirección Goya incluido de 2013, como Morir (2017), y como Subsuelo (2025); y la optimista con moderación, como La consagración de la primavera (2022), y esta La luz (2026). Hemos sido engañados. El también prestigioso montajista (ocho nominaciones a los Goya) no da tregua a su espectador. Nunca. Sus propuestas hurgan con ahínco en la devastación moral y emocional, y quizá por eso siempre duran lo justo y necesario, menos mal.
Esta última propuesta aprovecha el presupuesto más generoso que se ha puesto en sus manos y ha logrado también el estreno en las fechas más adecuadas posibles, visita papal mediante. Algunos se quejarán de oportunismo y otros alabarán la pertinencia. Un rato incómodo, en cualquier caso, destinado a propiciar reflexiones y a procurar toda clase de parabienes a su reparto de relumbrón y, de manera inapelable, al cabeza de cartel, un Alberto San Juan que ha ido encadenando los papeles masculinos más jugosos de cine y televisión desde Balenciaga (Disney + 2024).
Es esta una historia de personaje. El padre Manuel aparece en la primera secuencia arrodillado ante su confesor, el padre Alcalá, un Pedro Casablanc casi tan siniestro como en la muy reivindicable El talento (Polo Menárguez, 2025). Se atisba esa luz tan ambigua del título en forma de examen de conciencia. El pecado cometido es evidente, la penitencia también y seguimos la rutina diaria del trabajador eclesial con cierta parsimonia, acumulando pequeños indicios de lo que va a suceder. Parroquia rural del norte, siendo él del sur, inquietante coincidencia entre las políticas de la Iglesia y las del Estado en cuanto al alejamiento de presos. Feligresas entregadas, jóvenes que echan el rato en la trastienda de la iglesia, WhatsApps y quedada informal con un apuesto peruano. Un momento. Entendemos que Manuel quiere dar un giro a su vida, reinventarse, en la jerga civil, y quiere hacerlo bien. Ese es el pilar del personaje, el que está destinado a evitar que se le eche a los leones desde el principio. Nada que objetar ante un lícito deseo de cambio de vida, puesto que el sacerdocio, al contrario que el sacramento del matrimonio cuya administración les está encomendado, tiene puerta de salida. Divinas contradicciones.
En los días sucesivos, Manuel comprueba que el pasado, como las materias pendientes de los estudiantes rezagados, no se borra. Las conversaciones sucesivas con nuevos y antiguos estremecen, no por las palabras, sino por las miradas. Es esperable, en nuestra época de pantallas hegemónicas, que muchos espectadores se admiren por primera vez de la contundencia interpretativa de habituales de las tablas teatrales como Font García, Pablo Gómez-Pando y Nacho Sánchez. No los vuelvan a perder de vista.
Sobre la hora y cinco de metraje, la película alza el vuelo definitivamente con el giro que transforma esta figura condenada desde el inicio. Las conversaciones post cine que promete la crítica florecerán seguro en torno a la inmolación poco medida de alguien con el ego lo suficientemente robusto como para pensar que va a controlar el tempo de sus actuaciones y las de los secundarios que han ido apareciendo en su particular trama. Not all Priest, parece que nos dice el contrito y hasta ese momento anestesiado Ramón Barea. Pero qué grima los curas cantantes. El que planea tenebrosamente por esta historia, y el real que indudablemente lo inspira.