cabra

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viernes, 31 de julio de 2026

RAVALEAR: LA ODISEA

Cuando Isaki Lacuesta, por los desgraciados motivos que todos conocemos, no pudo seguir rodando presencialmente Segundo premio, el catalán Pol Rodríguez asumió la dirección de un proyecto tan personal a base de comunicaciones a distancia. Ahora, Isaki e Isabel Campos, tándem indisoluble, le devuelven el favor desarrollando para HBO su particular oda al barrio donde creció Rodríguez y de donde su familia, propietaria de una centenaria casa de comidas, fue expulsada por un fondo de inversión.  El Raval, núcleo irradiador de la barcelonidad y campo de pruebas de cada fenómeno sociológico y urbanístico que ha puesto pie en cada gran urbe europea. Cabe suponer, y así lo asume la lista de las treinta y seis lenguas a las que se ha doblado la serie, rodada en catalán,  que la plataforma ha visto universalidad en el asunto. Lo cierto es que el riesgo y la valentía se palpan desde los títulos de crédito, empezando por su misma existencia. La apuesta por un modo de narrar no convencional va más allá de la cámara en movimiento y el techno omnipresente de Eloi Caballé que son determinantes en cómo vamos asimilando el aluvión de sucesos. La escalada imparable de hostilidades en las que la  familia protagonista se ve metida se nos arroja a la cara con una desmedida tensión narrativa que no toca techo y que termina distrayendo del objetivo inicial de crítica y denuncia. Si logramos acostumbrarnos al sobresalto y esquinamos la gran pregunta de si lograrán salvar o no el restaurante, nos queda lo más interesante de la propuesta. Disfrazada de serie coral, es la crónica de la autodestrucción de un individuo que ya venía con cicatrices, a cambio de la salvación de su comunidad.  El antihéroe de la novela moderna. Un héroe improbable al que Enric Auquer Sardá le da alma, corazón y tripas y que habrá de estar en la terna de galardones de la temporada.  El póster promocional a lo Corre, Lola, corre, sintetiza bien la peripecia.

Rodríguez ejecuta su venganza poniendo en la picota a todos los artífices de la degradación incesante del que fue escenario de su infancia y juventud, asumiendo un punto de vista implacable y agresivo que puede compartirse o no, pero es el suyo, legitimado por su propia experiencia. Desde los planos primeros de las calles del barrio con las largas líneas de ropa tendida que colorean las fachadas que nos transportan a Nápoles, otro ejemplo de cómo elevar lo decadente a pintoresco y a recuerdo instagrameable. El círculo degradación-gentrificación- vuelta a la degradación para más gentrificación seguirá dejando marca en nuestras vidas de ciudadano promedio con aspiraciones. 

No es baladí tampoco la presentación del personaje principal. Álex, trabajador en el puerto de Barcelona y no en cualquier otro anodino lugar, que hace turnos en Can Mosques, el restaurante familiar, y sobrevive sin aparentes necesidades básicas como dormir, a la manera de los torturados protagonistas contemporáneos de las series de éxito. Sí mantiene una relación de pareja y es un padre implicado, lo que le aleja del mencionado estereotipo. La armonía entre la familia que ha construido y la que le vino dada es muy de agradecer y pone de manifiesto el componente humano frente a la robótica y psicopática recua de aspirantes a ejecutivo del año. 

Como corresponde a toda fábula contemporánea que tiene muy clara su moraleja, asisten a la irreflexiva espiral de malas decisiones del héroe improbable un conjunto de caracteres que incitan, colaboran o intentan sabotear su misión final, que va desdibujándose progresivamente, desde la inicial salvación del negocio a la utópìca y envenenada del barrio entero. Esencial es Marta, su pareja, abogada en un despacho de arquitectura y que prende la mecha de la obsesión de Álex, que casi se los lleva por delante. María Rodríguez Soto está fantástica en esta tercera colaboración con Enric, con el que le hemos visto en curiosa alternancia, de matrimonio en Mamífera, de hermanos en Casa en llamas, las dos de 2024, y ahora vuelta a la relación sentimental. Sergi López, exprime el tono siniestro que le dio a conocer en la francesa Harry, un amigo que os quiere, y construye un algo arquetípico pero calculadamente ambiguo administrador inmobiliario que parece competir con Álex en quién cae más bajo. Es su labor contrarrestar el idealismo del joven con punzantes dosis de realismo sociológico. Ese recordatorio al líder de la primera tanda de okupas de sus orígenes pijoprogres es antológico y necesario para el espectador de fuera.  Sus padres, los realmente damnificados, son paradójicamente apartados de las decisiones que buscan la solución a su propio drama. Francesc Orella y Llüisa Castel tardan en darse cuenta de que son una reliquia del pasado. Muy dura de ver la secuencia de los turistas estadounidenses. 

A este respecto, no deja de ser peliagudo el reparto de roles según nacionalidades: los profesionales de la ocupación son locales, los ocupas económicos magrebíes o paquistaníes, los narcos, caribeños. A alguien le tenía que tocar la china. 

Alba Guilera, por su parte, carga con el rol más desagradecido. Es el rostro de la maldad de las grandes corporaciones que coaccionan, expulsan, destruyen en aras de la prosperidad y de la innovación. La sororidad de carcasa que surge entre ella y Marta da para un par de sustanciosas conversaciones. Ha logrado aplacar su humanidad para sobresalir entre los muy masculinos depredadores que la rodean, pero su retrato se queda a medias.  

Algunas tareas post visionado: ¿romantizan el lumpen Rodríguez, Lacuesta y Campos? ¿Se idealiza una manera caduca de construir vínculos con el otro ? ¿Es ravalear una suerte de ser en el mundo? ¿Sigue siendo Lavapiés el barrio más cool del mundo según Time Out?


miércoles, 15 de julio de 2026

BOCHORNOS

Es el momento. Una noche bochornosa de calor sofocante, de esas que dicen ahora tropicales. O una noche bochornosa de contemplación de neodebates acerca de si estamos presenciando el catacrok definitivo del planeta y la merecida extinción de sus habitantes. 

Cómo nos gusta (y nos enerva)  una ración de vergüenza ajena. Una lectura comentada de los artículos de M.Rajoy en El debate, una victoria cooperativa de Argentina y el árbitro en el Mundial.  Aquí tienen cincuenta. Una colección de segmentos vitales del más dispar pelaje y delimitados por el momento exacto en el que brota, de la mirada ajena o de la propia, el bochorno, la vergüenza, el oprobio, el sonrojo, el rubor, la turbación y demás equivalentes del tierra trágame, en variadas modalidades: si pestañeas te lo pierdes, sostenido en el tiempo, empeoramiento progresivo, gota malaya y chisporroteo efímero. 


Miniperipecias afines a Poquita feVergüenza o la muy reciente y gozosamente bochornosa The Drama, habitadas por los más variados arquetipos de la fauna humana, si bien ganan en número los pobladores del singular ecosistema denominado "comunidad educativa", en su versión high school (no musical). Sabido es que la etapa escolar adolescente es la peor para todo ser normativo existente y peor aún para los no normativos, cuyas identidades en construcción son curtidas por desabrido profesorado ávido de dejar huella en sus historiales psicológicos.  De esta subvención destaca "Superficialidad", el más extenso de la colección y por ello con más espacio para el perspectivismo. 

La primera grieta por la que se cuela el bochorno puede parecernos que no es para tanto, o sí.  Hablar de uno mismo en tercera persona, como en "Realidad a la carta", el vástago que sale mecánico a la familia de artistas en el relato homónimo, la incomodidad del otro en "Autoayuda". En otras ocasiones, el proceso de abochornaje está sabiamente dosificado, pero nunca explota en estallido, sino que es más bien un brotar leve pero molesto, que puede desvanecerse tal y como ha venido. La vergüenza del hijo que sostiene el matrimonio en "Hambre sagrada", la soberbia intelectual de "La cura", la entrañable vergüenza sentimental de "Angelita", el encontrar defectos a todo en "La turbia". Hay situaciones bochornosas en la esfera pública ("La intensa"), en las amistades turbulentas o decadentes  ("Después de Sonia", "Las distancias"), desdoblamientos poéticos ("La amargada"), recreaciones hipotéticas tipo Los ensayos en "Pan".

En cada comienzo se abre el telón. Son estos inicios modélicos,  esenciales para que un relato corto no descarrile. En cada una de esas cuatro o cinco líneas están plantadas todas las claves de cada historia, que nos remiten eficazmente al momento correspondiente de epifanía del oprobio propio o ajeno, y todo ello hilvanado con una riqueza de vocabulario que no se estila en estos tiempos. Entre lo vintage, lo casual y lo cuartelero.

De todo lo anteriormente descrito y por el equilibrio entre sutileza, tradición y el absurdo costumbrista tan caro a nuestras letras, es inevitable destacar dos relatos: "Diez kilómetros", cuyo destronado protagonista remite inmediatamente a los icónicos perdedores de Los lunes al sol y Full Monty, y el certero y descacharrante "La pata de jamón". 

Bochornos: cincuenta historias bochornosas, de Luis David Álvarez. Ediciones del Genal, 2026.