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sábado, 20 de junio de 2026

CINE: LA LUZ (2026)

 Título original: La luz.

Año: 2026

Duración: 118m.

País: España.

Dirección: Fernando Franco

Guion: Fernando Franco

Reparto: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana, Luis Callejo, Ramón Barea, Pablo Gómez-Pando, Nacho Sánchez.

Música: Maite Arrotajauregi. 

Fotografía: Santiago Racaj.


Si atendemos a los títulos de la aún corta pero muy sustanciosa filmografía como director del sevillano Fernando Franco (1976), podemos pensar que hay dos opciones: la sombría sin remisión, como La herida, su debut en la dirección Goya incluido de 2013, como Morir (2017), y como Subsuelo (2025);  y la optimista con moderación, como La consagración de la primavera (2022), y esta La luz (2026). Hemos sido engañados. El también prestigioso montajista (ocho nominaciones a los Goya) no da tregua a su espectador. Nunca. Sus propuestas hurgan con ahínco en la devastación moral y emocional, y quizá por eso siempre duran lo justo y necesario, menos mal. 

Esta última propuesta aprovecha el presupuesto más generoso que se ha puesto en sus manos y ha logrado también el estreno en las fechas más adecuadas posibles, visita papal mediante. Algunos se quejarán de oportunismo y otros alabarán la pertinencia. Un rato incómodo, en cualquier caso, destinado a propiciar reflexiones y a procurar toda clase de parabienes a su reparto de relumbrón y, de manera inapelable, al cabeza de cartel, un Alberto San Juan que ha ido encadenando los papeles masculinos más jugosos de cine y televisión desde Balenciaga (Disney + 2024).

Es esta una historia de personaje. El padre Manuel aparece en la primera secuencia arrodillado ante su confesor, el padre Alcalá, un Pedro Casablanc casi tan siniestro como en la muy reivindicable El talento (Polo Menárguez, 2025). Se atisba esa luz tan ambigua del título en forma de examen de conciencia. El pecado cometido es evidente, la penitencia también y seguimos la rutina diaria del trabajador eclesial con cierta parsimonia, acumulando pequeños indicios de lo que va a suceder. Parroquia rural del norte, siendo él del sur, inquietante coincidencia entre las políticas de la Iglesia y las del Estado en cuanto al alejamiento de presos. Feligresas entregadas, jóvenes que echan el rato en la trastienda de la iglesia, WhatsApps y quedada informal con un apuesto peruano. Un momento. Entendemos que Manuel quiere dar un giro a su vida, reinventarse, en la jerga civil, y quiere hacerlo bien. Ese es el pilar del personaje, el que está destinado a evitar que se le eche a los leones desde el principio. Nada que objetar ante un lícito deseo de cambio de vida, puesto que el sacerdocio, al contrario que el sacramento del matrimonio cuya administración les está encomendado, tiene puerta de salida. Divinas contradicciones. 

En los días sucesivos, Manuel comprueba que el pasado, como las materias pendientes de los estudiantes rezagados, no se borra. Las conversaciones sucesivas con nuevos y antiguos estremecen, no por las palabras, sino por las miradas. Es esperable, en nuestra época de pantallas hegemónicas, que muchos espectadores se admiren por primera vez de la contundencia interpretativa de habituales de las tablas teatrales como Font García, Pablo Gómez-Pando y Nacho Sánchez. No los vuelvan a perder de vista.

Sobre la hora y cinco de metraje, la película alza el vuelo definitivamente con el giro que transforma esta figura condenada desde el inicio. Las conversaciones post cine que promete la crítica florecerán seguro en torno a la inmolación poco medida de alguien con el ego lo suficientemente robusto como para pensar que va a controlar el tempo de sus actuaciones y las de los secundarios que han ido apareciendo en su particular trama. Not all Priest, parece que nos dice el contrito y hasta ese momento anestesiado Ramón Barea. Pero qué grima los curas cantantes. El que planea tenebrosamente por esta historia, y el real que indudablemente lo inspira. 

martes, 18 de noviembre de 2025

SUBSUELO: LOS LAZOS DEL AMOR FRATERNO AHOGAN.


 SUBSUELO

Título original: Subsuelo

Año: 2025

Dirección: Fernando Franco

Guion: Begoña Arostegui, Fernando Franco, basado en la novela de Marcelo Luján.

Reparto: Julia Martínez, Diego Garisa, Sonia Almarcha, Itzan Escamilla, Nacho Sánchez, Gerardo de Pablos.

Música: Maite Arroitajauregui

Fotografía: Santiago Racaj


Para los cinéfilos patrios que navegan la cartelera buscando algo más que la nueva comedia española y el cine de género, las propuestas de Fernando Franco son siempre un desafío moral  solo apto para estómagos fuertes. Sus historias (La herida, de 2013-, Morir, de 2017) transitan la oscuridad del ser humano, por más que La consagración de la primavera (2022), aportara algún de luz, amén de salpimentar  brevemente las redes con  un espinosísimo debate. En esta su última obra adapta junto con Begoña Arostegui la novela homónima del argentino Marcelo Luján, que dan ganas de leer inmediatamente después de salir de la sala, a ver si alcanza el mismo nivel de turbiedad. 

La ambigua naturaleza en las relaciones entre gemelos y mellizos está bien presente en la literatura y en las mitologías. Imposible no recordar con nostalgia a los Lannister, por ejemplo, aun cuando en ellos todo es bastante explícito desde los primeros compases. Eva y Fabián, encarnados por los debutantes tampoco gozan de una relación de más o menos iguales. El juego de poder a tres que ya se intuye desde la primera secuencia encuentra ganador merced a un accidente en el que desaparece la pieza sobrante. Transcurre soterrado socavando la cotidianeidad burguesa  y muta en completa asimetría con una pieza cada vez más débil que ve cercenado cualquier intento de tomar aire. La evolución física de Eva, su expresión facial que navega todos los estadios del sufrimiento, es pura congoja para el espectador. A su lado, sin dejar un milímetro libre, su hermano y dueño y señor, que saca oro de su propia tragedia.  La antítesis más absoluta del personaje que le valió a Telmo Irureta el Goya a actor revelación, y un ejemplo más de podredumbre  escondida bajo un rostro angelical. Estructurada en tres actos con ánimo de ofrecer distintas perspectivas, lo perverso está en la necesidad de ocultar cierta información trascendental al resto para seguir manteniendo la pantomima, y a la vez ignorar que esa información ya se conoce, o eso se sugiere en el último segmento, dedicado a Mabel, la madre. Esta progenitora estándar de clase media alta tambièn representa su propia comedia. Otro análisis merecería la comparación entre esta pareja que asume con tanta asepsia la consecuencia del accidente, y la siniestra figura paterna de la película que se va a llevar todos los premios de la temporada. Los domingos, claro está. 

La honda disección de emociones cristaliza a base de primeros planos de rostros y conversaciones de mensajería instantánea de contemplación progresivamente incómoda. Incluso un artefacto tan positivamente connotado en el modo de vida occidental como es una piscina se transforma en un catalizador de situaciones sórdidas. El duelo fraterno se vuelve más violento y más sordo con la aparición de otro tercero en discordia, que tampoco es un desconocido. En el conjunto de secundarios que apenas aportan briznas a la trama, Nacho Sánchez llena la pantalla con sus ojos, como es habitual, aunque hubiera merecido más vuelo. Igual que el desenlace.