Cuando Isaki Lacuesta, por los desgraciados motivos que todos conocemos, no pudo seguir rodando presencialmente Segundo premio, el catalán Pol Rodríguez asumió la dirección de un proyecto tan personal a base de comunicaciones a distancia. Ahora, Isaki e Isabel Campos, tándem indisoluble, le devuelven el favor desarrollando para HBO su particular oda al barrio donde creció Rodríguez y de donde su familia, propietaria de una centenaria casa de comidas, fue expulsada por un fondo de inversión. El Raval, núcleo irradiador de la barcelonidad y campo de pruebas de cada fenómeno sociológico y urbanístico que ha puesto pie en cada gran urbe europea. Cabe suponer, y así lo asume la lista de las treinta y seis lenguas a las que se ha doblado la serie, rodada en catalán, que la plataforma ha visto universalidad en el asunto. Lo cierto es que el riesgo y la valentía se palpan desde los títulos de crédito, empezando por su misma existencia. La apuesta por un modo de narrar no convencional va más allá de la cámara en movimiento y el techno omnipresente que moldean muy certeramente la asimilación de los hechos contemplados. La escalada imparable de hostilidades en las que la familia protagonista se ve metida se nos arroja a la cara con una desmedida tensión narrativa que no toca techo y que termina distrayendo del objetivo inicial de crítica y denuncia. Si logramos acostumbrarnos al sobresalto y esquinamos la gran pregunta de si lograrán salvar o no el restaurante, nos queda lo más interesante de la propuesta. Disfrazada de serie coral, es la crónica de la autodestrucción de un individuo que ya venía con cicatrices, a cambio de la salvación de su comunidad. El antihéroe de la novela moderna. Un héroe improbable al que Enric Auquer Sardá le da alma, corazón y tripas y que habrá de estar en la terna de galardones de la temporada.
Rodríguez ejecuta su venganza poniendo en la picota a todos los artífices de la degradación incesante del que fue escenario de su infancia y juventud, asumiendo un punto de vista implacable y agresivo que puede compartirse o no, pero es el suyo, legitimado por su propia experiencia. Desde los planos primeros de las calles del barrio con las largas líneas de ropa tendida que colorean las fachadas que nos transportan a Nápoles, otro ejemplo de cómo elevar lo decadente a pintoresco y a recuerdo instagrameable. El círculo degradación-gentrificación- vuelta a la degradación para más gentrificación seguirá dejando marca en nuestras vidas de ciudadano promedio con aspiraciones.
No es baladí tampoco la presentación del personaje principal. Álex, trabajador en el puerto de Barcelona y no en cualquier otro anodino lugar, que hace turnos en Can Mosques, el restaurante familiar, y sobrevive sin aparentes necesidades básicas como dormir, a la manera de los torturados protagonistas contemporáneos de las series de éxito. Sí mantiene una relación de pareja y es un padre implicado, lo que le aleja del mencionado estereotipo. La armonía entre la familia que ha construido y la que le vino dada es muy de agradecer y pone de manifiesto el componente humano frente a la robótica y psicopática recua de aspirantes a ejecutivo del año.
Como corresponde a toda fábula contemporánea que tiene muy clara su moraleja, asisten a la irreflexiva espiral de malas decisiones del héroe improbable un conjunto de caracteres que incitan, colaboran o intentan sabotear su misión final, que va desdibujándose progresivamente, desde la inicial salvación del negocio a la utópìca y envenenada del barrio entero. Esencial es Marta, su pareja, abogada en un despacho de arquitectura y que prende la mecha de la obsesión de Álex, que casi se los lleva por delante. María Rodríguez Soto está fantástica en esta tercera colaboración con Enric, con el que le hemos visto en curiosa alternancia, de matrimonio en Mamífera, de hermanos en Casa en llamas, las dos de 2024, y ahora vuelta a la relación sentimental. Sergi López, exprime el tono siniestro que le dio a conocer en la francesa Harry, un amigo que os quiere, y construye un algo arquetípico pero calculadamente ambiguo administrador inmobiliario que parece competir con Álex en quién cae más bajo. Sus padres, los realmente damnificados, son paradójicamente apartados de las decisiones que buscan la solución a su propio drama. Francesc Orella y Llüisa Castel tardan en darse cuenta de que son una reliquia del pasado. Muy dura de ver la secuencia de los turistas estadounidenses. El reparto de nacionalidades es un tanto peliagudo también:
Okupas pijoprogres, norteafricanos buenos, caribeños narcos.
Alba Guilera, por su parte, carga con el rol más desagradecido. Es el rostro de la maldad de las grandes corporaciones que coaccionan, expulsan, destruyen en aras de la prosperidad y de la innovación. La sororidad de carcasa que surge entre ella y Marta da para un par de sustanciosas conversaciones. Ha logrado aplacar su humanidad para sobresalir entre los muy masculinos depredadores que la rodean, pero su retrato se queda a medias.
¿Romantiza el lumpen, idealiza una manera caduca de construir vínculos? ¿Es ravalear una suerte de ser en el mundo? ¿Sigue siendo Lavapiés el barrio más cool del mundo según Time Out?
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