"¡Suspendidos, suspendidos, suspendidos! Miro a mi alrededor y por todas partes veo suspensos. Viejos moralistas, jóvenes lameculos, escritores sin éxito; viejas glorias, jóvenes promesas, negados absolutos; artistas suspendidos, editores suspendidos, académicos y críticos suspendidos; esposos, padres, amantes suspendidos; mentes suspendidas, cuerpos suspendidos, corazones y almas suspendidos. ¡Ninguno de nosotros ha aprobado, todos hemos suspendido!»
Muy de vez en cuando, y casi siempre con retraso, llega a nuestras pantallas un relato diferente y posibilitador de lecturas dispares. The Rider, segundo trabajo de la directora china Chloè Zao, puede interpretarse de dos maneras, dependiendo de si se cuenta o no con información previa. Ficción con base real, o documental con base de ficción. El adelanto proyectado en cines auguraba una buena muestra de cine independiente, aplaudida en Sundance y en la Seminci, con todos los ingredientes que se le suponen al género: brillantes interpretaciones de actores debutantes, una historia intimista, una dirección potente, poso de crítica y su poco de exotismo. ¿Una cineasta china interesada en la identidad cowboy? Venga.
El segundo paso es vencer la pereza que suscita en un europeo la construcción folclórico-cultural del americano medio, al que se culpa sin disimulo de los años Trump que nos han caído. además. No hay rodeos en Boston ni en Nueva York, y sus demócratas ciudadanos tienden a mostrar idéntica superioridad moral en relación a sus paisanos del Medio Oeste.
Pero la pérdida de la identidad y la búsqueda infructuosa de otra no es patrimonio único de las clases ilustradas. Con parquedad y transparencia, Zao decide reproducir matemáticamente la peripecia vital de Brady, un joven vaquero que ha de buscarle un nuevo sentido a su vida al sufrir un accidente con secuelas en su última competición. No entendemos cómo puede consagrarse una vida al rodeo, pero sí a la Fórmula 1, al fútbol, a la gimnasia o al ballet. Pero Brady no es diferente a ninguno. Su proceso de duelo atraviesa todas las fases reglamentarias, empezando por la negación. Carece de un entorno que favorezca la transición y no tiene acceso a un psicoterapeuta, así que le toca demoler sus cimientos en solitario. Da pasos vacilantes, tiene que compatibilizar el tiempo para sí mismo con las responsabilidades familiares, y su nula formación le cierra posibilidades. Aquí es pertinente descubrir que el personaje y el actor son la misma persona. Un desdoblamiento sorprendente porque no se está interpretando un guion sino que se está recreando la propia vida, casi a tiempo real. La familia Blackburn/ Jandreau se muestra tan real como si no hubiera un set de rodaje en medio, especialmente la quinceañera Lilly. Necesitamos etiquetas: verismo, neorrealismo, poesía cotidiana. No hay glamour ni una historia de superación merecedora de un trozo de prime time. Es todo lo contrario a Dallas Byers Club, aquella primera reinvención de Matthew McConaughey. Quizá haya momentos poéticos en las llanuras de Dakota, si entendemos la poesía en su variable despojada, pero lo que llena los planos es una profunda tristeza y la luz entrecerrada de amaneceres y anocheceres en el desierto. Los diálogos escuetos tampoco se rellenan con miradas.Los personajes apenas se miran unos a otros, siquiera cuando se intercambian las frases justas para la convivencia. Los vaqueros son duros, y los caballos su conexión esencial con el mundo. (Aquí un par de ellos casi se roban la función). Con una excepción. El mejor amigo de Brady, en una subtrama estremecedora que los mister wonderfulistas entenderían como esa historia de superación cuando solo es la certeza de un fracaso que cuesta presenciar. ¿Qué pasa cuando los sueños se alcanzan, pero no permanecen?
¿Por qué nos empeñamos en revivir cosas que ya están muertas? En el debut cinematográfico de Elena Trapé, triunfadora en el festival de Málaga, la cámara nos echa a la cara certezas muy amargas y poco dadas a ser reconocidas. No es un retrato generacional, podría serlo sin duda, de la última generación preinternet. No lo es porque los treinta y tantos que los personajes pasean por Berlín podrían ser los treinta y tantos de aquella serie mítica. La cuestión no es el segmento cronológico de nacimiento, sino las prisas y los cambios que van aparejados a la inminencia de los cambios de década. Un grupo de amigos que en realidad no se ven y sostienen su figuración a través de las redes sociales. Podríamos ser cualquiera. La visita sorpresa al que emigró, todos tenemos uno, parece la ocasión pluscuamperfecta para hacerle la respiración asistida a esa relación que todos ellos asumen como esencial en la formación de sus vidas adultas. El espectador identificado en fondo y forma se sorprenderá de la audacia y observará con esperanza si el frío fin de semana alemán supone el chute vitamínico que él mismo ansía cuando trastea en el mustio grupo de WhatsApp en el que se ha convertido su idealizada pandilla universitaria.
Aquí, el título se revela sumamente acertado. Las distancias son muchas. Geográficas, las más inocuas. Sentimentales, las definitivas. Y una sola que se desvanece, la distancia lingüística. La historia y la adusta manera de narrarla imponen también su propia distancia. Cada uno de los presentes ha experimentado el fracaso en una o varias modalidades, y lo ha ido sobrellevando. Pero convivir setenta y dos horas llenando la mesa de embutido y fracasos mezclados se revela enseguida como inviable. Recuerdan en varias ocasiones que han organizado el viaje para verse porque, aun viviendo en la misma ciudad, no terminan de cuadrar sus agendas. La idealización del viaje como bálsamo medicinal es su error primero. El segundo es no admitir que una amistad verdadera tiene más aristas que una relación amorosa, y que no se mantiene viva por sí misma. Las generaciones venideras lo entenderán sin necesidad de recrear un Erasmus que no habrán vivido. El animado grupo que va a darle una sorpresa de cumpleaños a su amigo se deshace a las primeras de cambio: el tercer error es depositar en una convivencia de veinticuatro horas sobre veinticuatro la responsabilidad de aclarar, rellenar huecos y pacificar.
El tono de la película es innegociable. Solo unos primeros momentos con cierta posibilidad humorística (la llamada al telefonillo, la casa desastrada), y en seguida cunde el desconcierto de la parte visitada y sorprendida, y de la parte visitadora después visto el giro de los acontecimientos.
La distancia entre ellos y nosotros no deviene jamás en desinterés. Al contrario. Comas, el visitado, vaga fantasmagóricamente por los espacios urbanos acarreando su carga de interrogantes que invitan a las elucubraciones más dispares. Recibe la visita inesperada por parte de unos seres que presumen de conocerle cuando ni él mismo se conoce. Los distintos trayectos vitales y esas decisiones discutibles, que en una quedada superficial se toman con misericordia, se transforman en reproches y desahogos en territorio ajeno. Y las contradicciones se hacen carne y duelen, como los Y si. Olivia, embarazada y arrepentida en porcentaje progresivo, se lleva las bofetadas de casi todos por defender hasta lo imposible su papel de rebelde y guía al tiempo. Su discutible negativa a dejar de fumar es altamente simbólica.
En el pintón apartamento de Comas hace tanto frío como en las calles anochecidas a las seis de la tarde. Lo grisáceo invade el cielo, la ropa, los puestos de Frankfurts. Pero no nos confundamos. En Punta Cana o Cancún pasaría exactamente lo mismo, y sin un vuelo exprés en caso de urgencia.
En este año con Juego de Tronos en barbecho, muchos han necesitado consuelo o figura de sustitución, tarea inútil excepto si se consideran por separado los distintos planos que conforman a grandes rasgos el universo GOT, esto es, sangre, muerte y destrucción, intrigas palaciegas e ingente presupuesto. De esta manera, en la lista de herederas improbables destaca la segunda temporada de El cuento de la criada(2017). En España, además, con la posibilidad de ver el desenlace de la segunda en las plataformas digitales a la par que el comienzo de la primera en abierto.
Ambas producciones comparten desde esta temporada un condicionante, una tendencia con futuro en el audiovisual y en la vida: la independencia. Así, igual que los señores Benioff y Weiss se remangaron ya hace un par de años y siguieron la historia por su cuenta, la distopía lúgubre de Margaret Atwood terminaba en papel con la secuencia final de la primera temporada. En los dos casos se ha insistido en la estrecha colaboración con los autores literarios, aunque esto parece más palpable con la escritora canadiense. Las decisiones creativas para emancipar la historia parecen haberse encaminado a conservar el tono, fundamental, y añadirle cuarto y mitad de ciertos ingredientes que redundan en el dolor físico y existencial. Cantidades algo excesivas a tenor del número de espectadores y espectadoras, y críticos y críticas como la titular de The Guardian, que afirman haberse dado de baja conforme los capítulos avanzaban. Particularmente a partir del séptimo. Podemos deducir que a los guionistas emancipados se les ha comido el entusiasmo, igual que a un veinteañero anglosajón o treinteañero mediterráneo cuando se va de casa, pero sabiendo, solo en este último supuesto, que en la trastienda de la independencia permanecen los tápers de su madre.
Demasiado horror, demasiada depravación, demasiadas mutilaciones para un futuro que ya pintaba desolador en las primeras diez entregas. ¿Era necesario?
No es lo mismo presenciar tomatinas imaginadas en un segmento temporal pasado mítico que en una proyección de futuro no muy lejano con inquietantes raíces en nuestro presente, como los medios y las redes han insistido en recordar. Las peripecias, los infortunios y el (temporal) renacer de Offred la han emparentado peligrosamente con Samsa Stark, sufridora oficial de Westeros. Aunque de momento no comparte el porcentaje de odiadores, todo se andará.
La cuestión principal que las hermana, la cuestión principal de todo, es, de nuevo, si son merecedoras o no, del sello "serie feminista". Así clasificada y recibida con alborozo fue el pasado año. Y todo parecía en orden. No obstante, las cosas han cambiado en Gilead, y al igual que aquí ya hicimos notar ciertas reservas respecto de otorgar la denominación "feminista" a la pasada temporada de GOT. https://elninocabra.blogspot.com/2017/07/juego-de-tronos-y-el-no-feminismo.html, no es posible dejar de lado las aristas del debate en cuanto a la evolución y revolución de tramas y personajes del drama de las sirvientas.
Llegados a este punto, debe cuestionarse seriamente la contribución de algunos personajes femeninos al padecimiento de otros personajes femeninos. Estando de acuerdo en que Gilead es una sociedad ultrapatriarcal, con todos sus tics bíblicos que ahora nos avergüenzan y nos hacen reflexionar, no es menos cierto y mucho más patente en esta temporada que las mujeres oprimen a las mujeres. Dos ejemplos, brillantemente construidos, de encargadas de perpetuar el orden impuesto por hombres en primera instancia. Tía Lydia y su rictus de gurú sectario, y sobre todo, Serena Joy. Dos complejas malvadas a las que la narrativa de la tercera ola librarían de toda responsabilidad por limitarse a reproducir los usos masculinos que han sido incrustados en su modo de ver la vida. Sin entrar en detalles deterministas, negar la autonomía de Serena Joy en cuanto a la construcción ideológica de su nación es no haber visto la serie. Es evidente, sobre todo, en los numerosos momentos de retrospección que esta temporada le dedica, necesarios también para justificar sus acciones posteriores y, por qué no, regalar al atribulado espectador alguna golosina de justicia poética.
Todos los regímenes opresivos necesitan para sobrevivir el colaboracionismo de parte del oprimido para sobrevivir, se dice en estos casos. Y se repite que, en estos casos, la libertad de acción está coartada, bien por amenazas, bien por la propaganda que se enquista dentro.
La misma Margaret Atwood negó que su obra fuera exclusivamente feminista, tras el entusiasmo entronizador de las redes. No importa. De qué viviríamos los comentaristas de textos si no pudiéramos enmendar la plana a los autores. Más tarde, ella misma se puso en duda en un artículo llamado "¿Soy una mala feminista?, publicado en The Globe and Mail, el diario más leído de su tierra, a cuenta de un caso de acoso posteriormente sobreseído.
El caso es que las mujeres son las principales perjudicadas en la paranoia de esa nación anacrónica llamada Gilead que lucha por su supervivencia literal con los medios más literales que tiene a su alcance. La encantadora quinceañera Eden ha representado esta temporada la eficacia de un buen y precoz lavado de cerebro. Pero no son las únicas. En estos episodios conocemos la existencia de más castas apartadas, y no deja de sorprender que las niñas, como la bebé enferma de Janice y Hanna, la hija de June, sean tratadas con igual dedicación que los niños. Al menos, hasta el undécimo capítulo, que da un volantazo en cuanto a la resolución de conflictos y abre nuevas vetas en la interrelación de caracteres.
La necesidad de satisfacer las expectativas y seguir marcando la pauta, se ha notado en la distribución de las tramas, de tal forma que esta segunda tanda puede esquematizarse en función de la aparición y tratamiento de variados temas de los de antaño denominados "de candente actualidad". Y sin venir muy a cuento en algunas ocasiones, como la experiencia de la gestación subrogada.
Por todo ello, se seguirá hablando mucho de esto, y muy poco de lo realmente destacado en esta segunda tanda: La inmensa trascendencia que tiene el leer y escribir para cualquier persona, con independencia de sexo y situación, y mucho más evidente en circunstancias tan adversas. Ese es el núcleo real de la historia desde el principio. La lectura y no digamos la escritura, representan la verdadera transgresión en este mundo asfixiante. El cuestionamiento de las normas que acarrea el conocimiento es el verdadero arma que debe conservar el oprimido, y erradicar el opresor a toda costa. En la primera temporada, cuando Fred podía llegar a caer bien, las escenas de conversación con June suponían el respiro. En esta ha brillado la complicidad interesada entre ella y Serena, al atribuirse imaginariamente los roles de secretarias del comandante convaleciente. En el giro abrupto que suponen los dos últimos capítulos, el peligro que supone el acto de leer provoca las primeras fisuras en el bando de los poderosos.
La cantidad de nominaciones a los premios Emmy que se han recolectado hace unos días, animarán a seguir explorando esos paralelismos.
Coinciden, últimos días en la cartelera, dos maneras opuestas de afrontar la vejez, decrepitud, degeneración. Una tragedia existencial frente a una comedia existencialista. La idea del cine como pretexto, y del cine como fin. Un enloquecido auto homenaje por haber finalizado la película más tortuosa de la historia, frente a una autenticidad refulgente en envase pequeño. Son El hombre que mató a Don Quijote, y Lucky.
Lucky es un anciano veterano de la segunda guerra mundial que se ha hecho un hueco en su pequeñísimo ecosistema rural y en los afectos de sus habitantes. Sus rutinas diarias se ven quebradas una mañana cualquiera, con una anodina lipotimia después del yoga. Sentado junto a su médico de cabecera, la certeza de la mortalidad cae en él como una losa. Frente a la búsqueda (fracasada) de la inmortalidad quijotesca, Lucky se ve obligado a convivir con los sinsabores de la condición humana. En su película autobiográfica, Terry Gilliam dibuja a un anónimo zapatero que se convierte en Don Quijote por exigencias del guion y que termina poseído por su personaje igual que Bela Lugosi. Explotado turísticamente durante diez años y confinado en una caravana, consigue a un renuente escudero en forma de director de cine muy snob. Este doble tirabuzón con mortal hacia atrás impone una excesiva distancia, no solo con el original literario, inalcanzable, sino con el mismo espectador, que no llega nunca a identificar a los dos como la gran pareja de hecho que fueron para las letras. La primera "Buddy movie" de la historia. Cada vez que el vaquero enfurruñado de Harry Dean Stanton, en un testamento cinematográfico que querría cualquiera, entra en su bar, en su tienda, o recorre su calle, la cercanía es irremediable. Y es inevitable la conexión emocional, eso tan importante para atar a un espectador a la butaca. Acostumbrados como estamos a los villanos, los cínicos, los sociópatas y los trastornados/traumatizados varios, puestos en valor protagónico por la narrativa contemporánea, Lucky nos remite a esos caracteres galdosianos hechos como la repostería, con cariño. A lo largo de más de dos horas de metraje, ninguna sentencia es digna de mención en El hombre que mató a Don Quijote. La película de David Carrol Lynch no está manca de ellas. La eterna discusión, perdida de antemano, de un nonagenario ateo, folclórico rasgo en el Medio Oeste, con los paisanos que le respetan pero no le entienden. Los reproches a un amigo que ha perdido a su estrafalario compañero de vida. La conmovedora fiesta mexicana. Todo condensado en una frase: "Alone is not lonely". Tremenda verdad.
El existencialismo ateo, el bueno, ya nos dijo que fuimos arrojados al mundo, y que a partir de ahí, era nuestra tarea bregar con las circunstancias, y con la muy pesada carga de la libertad individual. Elegir es incómodo y sobrellevar la presión de lo ajeno más. La existencia es caos y paradoja, y ahí los fuegos artificiales de Gilliam sí que lucen. Mantenerse fiel a sí mismo en medio de desorden y de las veletas es algo que dominan el caballero de La Mancha y el cowboy. Crepusculares ambos, intentan burlar a la Parca con los medios que tienen a su alcance. Un vitalismo dispar pero complementario. El ex zapatero transmutado en hidalgo necesita sentir literalmente los golpetazos de la vida. El vaquero busca la confrontación dialéctica y se aleja del deterioro cognitivo siguiendo los concursos de la tele. Carece de una Dulcinea pero no de las camareras del diner donde va a tomar café cada mañana. Hay que escoger. David Lynch ya lo ha hecho.
Feria del Libro de Madrid 2018. En la caseta de Libros del KO destaca un humilde folio advirtiendo que "Aquí no se puede vender Fariña". Así que, mientras una resolución judicial aboca al ostracismo a una editorial independiente, el segundo grupo de comunicación más grande del país se prepara para recoger todo tipo de premios con la versión televisiva de la misma historia. Una decisión de guion separa ambos destinos, un personaje secundario que decide suprimirse por motivos creativos, o de presupuesto.
El caso es que Fariña, la serie, ha supuesto un punto de inflexión en el audiovisual accesible al telespectador medio, y justo en el año del despegue de Movistar como plataforma de contenidos. Con elogios unánimes acerca de su calidad, pero también con una audiencia en progresión descendente, ha recordado, en ese aspecto, a otros casos ilustres como El Ministerio del Tiempo. Su ventaja, y otro punto que la alejaba del estándar, fue su planteamiento inamovible de historia cerrada. No habrá segunda temporada, la némesis de las series españolas en abierto. Diez capítulos que han jugado continuamente con los límites entre realidad y ficción, a cuya costa se han vivido momentos tronchantes como la querella de uno de los protagonistas por una escena de sexo que juzgaba humillante en el primer capítulo.
Disponible aún para ver en línea, repasamos algunas de sus claves:
- Tras ver el primer capítulo, un conocido resumió su parecer con la frase: "Está bien, pero Sito Miñanco es una copia mala de Scarface". Ignoraba que era un personaje real, pero sí que estaba bien presente la eterna y cada vez más injusta comparación con los de siempre. Ni tampoco es Pablo Escobar, por más que el devenir de la historia nos lleve a ciertas intersecciones.
Uno de los valores añadidos de la historia desde el minuto uno ha sido apostar por el localismo extremo. Llevado a las cuestiones de idioma, sorprende que no haya habido quejas como las hubo con La Peste, producción de Movistar a la que se le reprochó la supuesta ininteligibilidad de su dialecto andaluz. La radiografía tan certera del galleguismo, con o sin narcos, ha suscitado la curiosidad comprensible del español de la meseta, tan cerca, tan lejos, y de cara al próximo verano ya se están promocionando rutas turísticas por Cambados y aledaños. Local, pero potencialmente muy exportable, de eso se trata. Todo es gallego certificado. Desde el reparto, desconocido fuera de la región hasta ahora, hasta la fenomenal y muy heterogénea banda sonora, muy presente para añadir y subrayar en los momento álgidos de la trama. Valle-Inclán estaría orgulloso.
- La etiqueta "basado en hechos reales", tan traicionera, supone aquí una exigencia adicional, por cuanto la mayoría de los personajes viven, y habrán seguido con detenimiento las tramas. Ellos y sus abogados. Para los espectadores más jóvenes, que no vivieron los años del proceso, los medios se encargaron de proporcionarles las lecciones de Historia suficientes. En este sentido, es un poco triste constatar lo que cuesta aún distinguir entre realidad y ficción. Otra de las protagonistas del hecho real se lamentaba en prensa de que el guion no reflejaba exactamente todos esos años tempestuosos como ella los había vivido. Que había sufrido mucho más, vaya.
- La actualidad manda, y en este sentido sí procede una comparación con otra manera de enfocar este tipo de historias. Si bien parece, aunque no es, que los tiempos del narco gallego ya no son dorados, en el sur han tomado el relevo. Visto lo que se está viendo, sobre todo en ciertos noticieros, urge un adaptación de Fariña a la circunstancia sureña, y su idiosincrasia única. Porque, puestos a comparar, El Príncipe no era más que una novela romántica adaptada, con peripecias intercambiables y devenires amorosos sumamente estereotipados, como era de esperar viniendo de donde venía.
- El ritmo frenético que no decae casi nunca, es un beneficio directo de la duración humana de cada capítulo. Tanto se critica, desde los medios especializados con toda justicia, la excesiva duración de las series españolas, y llegan aquí unos valientes que se atreven a desmentir a la lógica. Los setenta minutos de rigor que ahorran muchísimo dinero a la cadena por cubrir más de una franja horaria, se hacen cortos. Pero no lo diremos muy alto, es una excepción a la regla.
- Un protagonista carismático, que no es un malvado al uso, ni muestra atisbos de arrepentimiento o conversión. El verdadero Sito puede estar bien contento con su trasunto. No ha presentado denuncia alguna hasta el momento.
- Y por último, y no menos importante en estos tiempos, la predominancia de mujeres fuertes, tanto en un bando como en otro. Las esposas que se hacen cargo del negocio mientras sus maridos están huidos, y las madres coraje que se enfrentan a los que han arruinado la juventud de una generación completa. Incluso la que parecía más sumisa, atiza una bofetada a su cónyuge en el capítulo final.
CONTRA LA LECTURA (THE SOLITARY VICE AGAINST READING).
Dentro de la contemporánea afición a cierto tipo de ensayo, con la
dosis justa de erudición y marcada vocación divulgativa, la siempre
original Blackie Books nos trae en español un texto de título
provocativo, publicado hace ya diez años por la profesora de
Baltimore Mikita Brottman. La traducción recorta el aún más
provocativo subtítulo inglés, que según cuenta la autora en el
prólogo, ya suscitó reacciones en la época pre-twitter. Así que,
para adecuarnos a nuestro tiempo de indignación en 150 caracteres,
nos preguntamos lícita y doblemente si “¿Está insinuando lo que
creo que insinúa? (Acompáñense de fruncidas de ceño y retuits a
las cuentas de la RAE, el Ministerio de Cultura y el Gremio de
Libreros).
Que la lectura, como la escritura, es una acción solitaria, puede
comprobarse a diario en casa y en el metro. La alfabetización
general hizo innecesarias las sesiones de lectura colectiva tan bien
retratadas en los Cuentos de Canterbury o el Quijote. Clásicos en
toda la extensión del término que se convierten en víctimas
colaterales en la última parte de este ensayo.
Que se compare al otro vicio solitario es pertinente. Ambos pueden
afectar a la buena conservación del intelecto y de la vista. Pero la
indagación comparativa se detiene en la explicación del subtítulo.
A partir de ahí, la autora toma la palabra y nos sumerge en un texto
más confesional que académico, a un lector al que agarra con
firmeza para mostrarle con su experiencia lo peligroso y excitante
que puede ser leer, a la vez que intrascendente y aburrido.
Confieso haber leído con satisfacción la primera parte del libro.
Ir a contracorriente en temas de visión única es cansado. Leer que
alguien más discute uno de los dogmas más asentados de hoy consuela
de la soledad dialéctica. Solo los ignorantes podrían cuestionar la
necesidad de fomentar la lectura desde la infancia. Leer es un acto
intrínsecamente bueno, no importa qué se lea. La lectura conduce a
la felicidad, y ahora que es obligatoria, nuestros gobernantes, al
contrario que casi todos sus predecesores, se desviven porque leamos.
¿Te gusta leer? Preguntaban antaño los comerciales del Círculo de
Lectores. Quién va a decir que no públicamente. Leer bien implica un ritual que atrae y a la vez aleja a potenciales usuarios. La autora duda de
la efectividad de campañas coloridas hechas para estadounidenses,
pero desconoce la existencia de un país, España, en el que más del
treinta por ciento de los encuestados reconoce sin rubor su único
libro leído al año. Queda claro que Spain is different. En esta
primera mitad del libro, apenas se notan los diez años
transcurridos, en la deconstrucción valiente de fúnebres vaticinios
acerca de la supervivencia del lector. Amazon vs librerías
independientes, libro electrónico, mercado e industria. Observamos
con alivio cómo el Apocalipsis no ha llegado aún, y que nuestra
cifra disparatada de novedades editoriales palidece ante la de
Estados Unidos. Si parece que se publica todo, por qué rechazan mi
novela, se preguntará algún autor por descubrir.
Pero hacia las últimas páginas, el objetivo crítico cambia,
desafortunadamente, y el subtítulo adecuado pasaría a ser Contra la
lectura (de los clásicos). La heterodoxa académica adopta el muy
tradicional rol posmoderno de relativizar la importancia de lo
antiguo. Apoyándose en ilustres colegas sufridores del programa de
lecturas de Oxford, la emprende con todos, desde los griegos hasta
los rusos. Y no queda claro si el tono bipolar es buscado o es fina
ironía. Queda claro que Joyce y Cervantes no otorgan certificados de
buena conducta, pero es que además son culpables de muchos malos
ratos en eventos sociales. Resulta interesante esa raza de
intelectuales compasivamente dibujados que ha de fingir que han leído
lo que no han leído, acechados por el síndrome del impostor. Puede
haberlos, en un circuito bastante acotado. Las señoras engatusadas
por Christian Grey no necesitan demostrar por qué le prefieren a
Stephen Dedalus. Y no. No se manda leer el Quijote a niños de doce
años. Pero sí se les deja con sagas juveniles de mensaje
ultraconservador, dentro de un bloque curricular denominado
“Educación Literaria”.
Además de la muy estimable bibliografía, hay que destacar la
excelente traducción de Lucía Barahona, que evita el posible
desfase con la publicación original con notas propias y un visible
interés por hacer partícipe a la autora.
Mikita Brottman: Contra la lectura. Blackie Books. 2018. 166
páginas.
En México se inventó la palabra (mordida), pero en el oscuro film de género del sueco Tarik Saleh, la policía egipcia le da un nuevo sentido al enriquecimiento ilícito de servidores públicos. The Nile Hilton Incident no necesitaría la obvia referencia de su título en castellano para emparentar con las más certeras muestras de cine negro contemporáneo. Empezando por su protagonista, un derrotado detective viudo que, a falta de gabardina, luce cazadora de cuero en las aparentemente calurosas noches de enero de 2011, la Primavera árabe al caer y la plaza Tahir a punto de la implosión. En los estertores de un régimen que no sabe que está muriendo, un crimen en un hotel de lujo, poderosos implicados y una testigo en lo más bajo de la pirámide social. La peripecia y el desenlace pueden deducirse, en un entorno contaminado por la corrupción y el abuso de poder. Pero el entorno es nuevo, o lo suficientemente exótico para el espectador del pulcro Occidente. El entorno es nuevo, pero la molicie moral es la misma. Todo tiene un precio, todo se compra y se vende, y si Asuntos Internos llama, no es para hacer limpieza sino para reclamar su parte, y entonces toca esconder el Mercedes en el garaje del cuñado.
La historia comienza presentando al detective protagonista recaudando el impuesto revolucionario a los comerciantes del centro, muy al estilo Denzel Washington en la poco valorada Training Day. Algo se remueve en su conciencia cuando le cae la resolución del crimen, o la simulación de resolución. Por un momento, puede codearse con el poder, aquí en forma de mejor amigo de hijo de Mubarak, e incluso sacar brillo a su autoridad maltrecha.
La atmósfera, como corresponde, se va enviciando progresivamente, y mucho tiene que ver el humo permanente del tabaco, erradicado en el actual cine a prueba de ofensas. Todo es desasosiego y oscuridad en las largas caminatas por la capital nocturna, en un continuo insomnio que produce monstruos.
Paralela al desarrollo del caso, asistimos a una disección de la clasista sociedad egipcia, estructurada en capas tan estancas entre sí como un corte geológico. La infortunada testigo de los hechos es sin duda el destello más original de la trama. Una muchacha sudanesa, "kelly" en el hotel de superlujo, que percibe su salario en mano y cada día, de tal modo que sus empleadores no tienen que molestarse siquiera en conocer su nombre. Nosotros sí. Salwa propone al espectador una excursión al inframundo de la megalópolis, una muestra modélica de chabolismo vertical que disfruta sin embargo de una frágil armonía. Una miseria en pacífica convivencia que salta por los aires por una decisión desafortunada y un lícito deseo de sacar tajada de la primera ventaja evolutiva que los depredadores ponen al alcance de los inmigrantes africanos.
Ningún participante en el devenir de los sucesos pasaría un examen de honestidad. En casi todos los casos, mera cuestión de supervivencia. La verdad supura, y compensa los altibajos del ritmo narrativo y algunos subrayados excesivos acerca del peligro que corre Noredin y el trazo grueso de algunos secundarios, gordos, feos y avariciosos.
Mucho ha llovido sobre la plaza Tahir desde 2011, y más desde el asesinato que inspira la película en 2008. Qué pensarán los revolucionarios, o serán ellos los que acaban de renovar al mariscal Al-Sisi con más del 92% de los votos.