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miércoles, 1 de mayo de 2019

CINE: DOBLES VIDAS (2018)

Hay cosas que no deberían cambiar nunca. Por ejemplo, los rasgos definitorios de una película francesa. Esta que nos ocupa, último trabajo del director Olivier Assayas, no será anunciada en las marquesinas bajo las leyendas "otro gran éxito del cine francés", o "más de un millón de espectadores en Francia". Contiene de hecho una sutilmente mordaz línea de diálogo dedicada a tales fenómenos. Las dobles vidas del título nos proveen de una hora y cuarenta minutos de intelectualidad conversacional cruzada entre parejas sentimentales, parejas de amantes y grupos de más o menos amigos con una copa de vino en una mano y un plato de viandas en la otra.Quizá se echa de menos algo de silencio, trazo que fue nítidamente francés tiempo ha. La escenografia es intercambiable: luminosos pisos burgueses en el centro de París, bristós y cafés atestados pero capaces de los centímetros de intimidad suficientes como para seguir hablando, y al final, el coqueto refugio playero donde los fantasmas de la existencia se conjuran con un buen pescado a la brasa.
De este modo, el valor de la historia reside únicamente en el contenido de esas conversaciones y la evolución vital que se sigue de ellas. El espectador aprendido que acude a la sala sabiendo a lo que va, no se sentirá defraudado. Como además de espectador es lector, y de los preocupados por el devenir de la afición y de la industria, constata que en Francia están también mal. La exégesis del problema se inicia ya desde la primera secuencia. Sin vino ni queso, asistimos al elegante diálogo entre Alain, responsable de una editorial señera con un siglo de historia (un eficaz y comedido Guillaume Canet) y Léonard, (intenso Vincent Macaigne) uno de sus autores de plantilla, de ese fondo de armario que conserva toda editorial literaria que tuvo su momento de éxito. Una figura muy reconocible por cualquiera del gremio. El último manuscrito entregado no verá la luz, de momento. ¿De quién es la culpa? 
El afán documentalista del guion no deja hilo suelto ni actor sin réplica, y aporta cierto margen a la caricatura. O al menos así se entiende en casos como el del escritor de éxito que deviene en bloguero y presume en las reuniones sociales de sus cinco mil visitas diarias, cifra muy respetable para un influencer cultural. Sus amigos aún no han cruzado la línea y afirman leer sus libros pero no sus post. Ya caerán. En relación al auge de los booktubers, imprescindible Andrea Pixelada, en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid hasta el doce de mayo, y un sano complemento a estos mesurados franceses.https://kritilo.com/2019/04/28/andrea-pixelada/
Juliette Binoche interpreta, con metahomenaje incluido, a la esposa del editor, una actriz de clásicos en el teatro, y agentes de la ley en la televisión. La música nos sigue sonando. Suyas son las líneas más cómicas cuando le toca reivindicar repetidamente la verdadera naturaleza de su personaje y agradecer los halagos prefabricados de su círculo de amistades, a todas luces más proclives a Houellebecq que a Ley y Orden pero salvados por su educación exquisita. 
Así, no queda más que asentir ante el falso advenimiento de la era digital, que se ha quedado a medias. "Se siguen vendiendo libros", se afirma en algún momento, entre el alivio y la perplejidad. Aunque lo que se venda no sea digno de las centenarias estanterías de la editorial. La reflexión sobre el presente y el futuro de la crítica, su poder prescriptivo y su sustitución por los algoritmos es otro de los puntos fuertes del discurso. Las referencias a célebres pobladores de la escena cultural europea, con cierta mala baba en una muy concreta, salpimentan la función.
No puede obviarse el aderezo, las dobles vidas del título. Muy europeas en el sentido anglosajón del término. Las parejas de la historia manejan sus infidelidades con una fluidez y normalidad digna de encomio. Lo que en otros lares da para metros y metros de cinta aquí es mero complemento. 
Como admirable es el sentido de la síntesis que muestran el cartel publicitario de la película para su exhibición en inglés, y la traducción del título. "Non-fiction", sobre una cama mediana con todos los personajes arrejuntados. La traducción no es traidora. 

TÍTULO: Dobles vidas (Doubles vies
AÑO: 2018
DIRECCIÓN Y GUION: Olivier Assayas.
FOTOGRAFÍA: Yorick Le Saux.
REPARTO:  Juliette Binoche, Guillaume Canet, Olivia Ross, Christa Theret, Antoine Reinarzt, Vincent Macaigne, Nora Hamzawi.

domingo, 16 de septiembre de 2018

CINE: LAS DISTANCIAS (2018)

¿Por qué nos empeñamos en revivir cosas que ya están muertas? En el debut cinematográfico de Elena Trapé, triunfadora en el festival de Málaga, la cámara nos echa a la cara certezas muy amargas y poco dadas a ser reconocidas. No es un retrato generacional, podría serlo sin duda, de la última generación preinternet. No lo es porque los treinta y tantos que los personajes pasean por Berlín podrían ser los treinta y tantos de aquella serie mítica. La cuestión no es el segmento cronológico de nacimiento, sino las prisas y los cambios que van aparejados a la inminencia de los cambios de década. Un grupo de amigos que en realidad no se ven y sostienen su figuración a través de las redes sociales. Podríamos ser cualquiera. La visita sorpresa al que emigró, todos tenemos uno, parece la ocasión pluscuamperfecta para hacerle la respiración asistida a esa relación que todos ellos asumen como esencial en la formación de sus vidas adultas.  El espectador identificado en fondo y forma se sorprenderá de la audacia y observará con esperanza si el frío fin de semana alemán supone el chute vitamínico que él mismo ansía cuando trastea en el mustio grupo de WhatsApp en el que se ha convertido su idealizada pandilla universitaria. 
Aquí, el título se revela sumamente acertado. Las distancias son muchas. Geográficas, las más inocuas. Sentimentales, las definitivas. Y una sola que se desvanece, la distancia lingüística. La historia y la adusta manera de narrarla imponen también su propia distancia. Cada uno de los presentes ha experimentado el fracaso en una o varias modalidades, y lo ha ido sobrellevando. Pero convivir setenta y dos horas llenando la mesa de embutido y fracasos mezclados se revela enseguida como inviable. Recuerdan en varias ocasiones que han organizado el viaje para verse porque, aun viviendo en la misma ciudad, no terminan de cuadrar sus agendas. La idealización del viaje como bálsamo medicinal es su error primero. El segundo es no admitir que una amistad verdadera tiene más aristas que una relación amorosa, y que no se mantiene viva por sí misma. Las generaciones venideras lo entenderán sin necesidad de recrear un Erasmus que no habrán vivido. El animado grupo que va a darle una sorpresa de cumpleaños a su amigo se deshace a las primeras de cambio: el tercer error es depositar en una convivencia de veinticuatro horas sobre veinticuatro la responsabilidad de aclarar, rellenar huecos y pacificar. 
El tono de la película es innegociable. Solo unos primeros momentos con cierta posibilidad humorística (la llamada al telefonillo, la casa desastrada), y en seguida cunde el desconcierto de la parte visitada y sorprendida, y de la parte visitadora después visto el giro de los acontecimientos.
La distancia entre ellos y nosotros no deviene jamás en desinterés. Al contrario. Comas, el visitado, vaga fantasmagóricamente por los espacios urbanos acarreando su carga de interrogantes que invitan a las elucubraciones más dispares. Recibe la visita inesperada por parte de unos seres que presumen de conocerle cuando ni él mismo se conoce. Los distintos trayectos vitales y esas decisiones discutibles, que en una quedada superficial se toman con misericordia, se transforman en reproches y desahogos en territorio ajeno. Y las contradicciones se hacen carne y duelen, como los Y si. Olivia, embarazada y arrepentida en porcentaje progresivo, se lleva las bofetadas de casi todos por defender hasta lo imposible su papel de rebelde y guía al tiempo. Su discutible negativa a dejar de fumar es altamente simbólica. 
En el pintón apartamento de Comas hace tanto frío como en las calles anochecidas a las seis de la tarde. Lo grisáceo invade el cielo, la ropa, los puestos de Frankfurts. Pero no nos confundamos. En Punta Cana o Cancún pasaría exactamente lo mismo, y sin un vuelo exprés en caso de urgencia.