cabra

cabra
Mostrando entradas con la etiqueta "Berlín". Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "Berlín". Mostrar todas las entradas

sábado, 21 de mayo de 2022

ALCARRÀS

 


 

 Pasadas unas cuantas semanas después de su estreno, el segundo trabajo de Carla Simón puede confirmarse como uno de los éxitos de la cartelera en esta macilenta temporada de cine. Esta historia de pérdidas anunciadas certeramente dirigida a un espectador urbanita ha roto con hechos tan establecidos en el cine español como la disparidad entre las recepciones de crítica y público y la maldición de las segundas películas. A nadie que siga con cierto interés las peripecias de la industria le pasa desapercibida la cantidad de óperas primas que encuentran su hueco. Nombres con mayor o menos trayectoria que se lanzan al largo con mayor o menos fortuna y mayor o menor recolecta de galardones pero que, al igual que en otras vertientes del espectáculo, encuentran más piedras en el camino de la segunda obra, la de la confirmación. 

Carla Simón es ya la representante más destacada de la cantera de cineastas catalanas que, al amparo de prestigiosas instituciones académicas, facturan un cine intimista pero ambicioso e innovador  en la forma que retrata acertadamente las aristas de su generación con historias en las que se turnan el drama y la comedia, como en la vida. Es también la que ha sacado más jugo a sus vivencias personales, dignas en cualquier caso de ser compartidas. Así en Verano, 1993.

Alcarràs, municipio de la comarca del Segriá en el que la directora residió periódicamente a raíz de los acontecimientos de los que parte su primera obra, solo es uno de los muchos lugares que se han enfrentado a la evolución socioeconómica propia de nuestro siglo. Dependiendo del punto de vista, modernidad y progreso o capitalismo inhumano. El punto de partida es sencillo, y tiene muy en mente el tipo de espectador al que se dirige. La familia Solé cultiva melocotoneros en tierras arrendadas por el abuelo sin ningún tipo de contrato escrito y ha de afrontar la decisión del nuevo terrateniente de cambiar la fruta por las placas solares. El primer logro de la autora es no escorar la trama hacia el maniqueísmo facilón del payés bueno y el empresario malo. Pinyol el joven, nieto del que selló el acuerdo con el abuelo con un simple apretón de manos, no parece mal tipo más allá de su razonable pretensión de sacar partido a una propiedad condenada a marchitarse. 

Pero evidentemente, el ojo de la cámara se pone en la familia protagonista, que pivota en torno a un clásico cabeza de familia. Quimet puede ser el símbolo de la resistencia heroica o de la cerrazón pueblerina, según gustos. Es muy difícil que un personaje caiga mal y al mismo tiempo provoque compasión, y aquí se consigue. Mérito al cincuenta por ciento de la creadora y del actor que compone el personaje. Actor no profesional, como casi todo el reparto, detalle que se olvida cuanto más avanza la película. 

Ese tipo de espectador informado al que va dirigida la película se sitúa por encima de Quimet, en cuanto ya sabe lo que va a pasar. La familia no entiende su cerril negativa a aceptar lo que viene, pero nosotros sí. Su paciente esposa Mariona renuncia a explicárselo, y va construyendo su propio duelo al margen. Vemos en ella y en la abuela la representación de la mujer rural que se echa la casa a la espalda ante el bloqueo mental de los hombres.

En este locus amoenus pleno de color y textura, condenado a la extinción,  es fundamental, como en Verano, 1993, la mirada de la infancia. Lo tenemos claro desde la primera secuencia. Una infancia rural de esas que los madres y padres de ciudad idealizan hasta lo exasperable. Una infancia sin móviles ni pantallas con los niños correteando sin supervisión durante horas. Unos niños que son los primeros en empezar a perder y que cargan con las broncas y las malas caras de los adultos. Pero también está la mirada adolescente, y es quizá la aproximación más original de la historia. Crecer en el campo sin traumas, esperar con ilusión las fiestas del pueblo, o llevar la contraria al padre y al sentir general por querer seguir en el campo en vez de estudiar.  O paladear el dulce sabor de la venganza al estilo rústico, entre bíblico y mafioso. Una felicidad serena, muy alejada del ecologismo cuqui de tantas obras de moda entre las gentes de Malasaña, que verán con espanto las cacerías de conejos depredadores de los cultivos.

Con todo este material, más la elección del verano como marco hubiera sido fácil tentar a la lágrima. Sin embargo, la directora opta por lo contrario, una notable distancia emocional. La contención general solo desaparece cuando la unidad familiar se quiebra. Todos los actos familiares son  el proceso lógico hasta la escena final, en la que muy inteligentemente la cámara se centra en los rostros. Solo en ese momento llegamos al leve estremecimiento de que a cada uno de nosotros nos han arrancado algo también.

 

ALCARRÀS

Año: 2022 

País: España

Dirección: Carla Simón

Guion: Arnau Vilaró

Música: Andreas Koch

Fotografía: Daniela Kajías

Reparto: Jordi Pujol Orcet, Anna Otin,Xenia Roset, Albert Bosch, Ainet Jounou, Josep Abad, Montse Oró, Carles Cabos, Berta Pipó.

domingo, 16 de septiembre de 2018

CINE: LAS DISTANCIAS (2018)

¿Por qué nos empeñamos en revivir cosas que ya están muertas? En el debut cinematográfico de Elena Trapé, triunfadora en el festival de Málaga, la cámara nos echa a la cara certezas muy amargas y poco dadas a ser reconocidas. No es un retrato generacional, podría serlo sin duda, de la última generación preinternet. No lo es porque los treinta y tantos que los personajes pasean por Berlín podrían ser los treinta y tantos de aquella serie mítica. La cuestión no es el segmento cronológico de nacimiento, sino las prisas y los cambios que van aparejados a la inminencia de los cambios de década. Un grupo de amigos que en realidad no se ven y sostienen su figuración a través de las redes sociales. Podríamos ser cualquiera. La visita sorpresa al que emigró, todos tenemos uno, parece la ocasión pluscuamperfecta para hacerle la respiración asistida a esa relación que todos ellos asumen como esencial en la formación de sus vidas adultas.  El espectador identificado en fondo y forma se sorprenderá de la audacia y observará con esperanza si el frío fin de semana alemán supone el chute vitamínico que él mismo ansía cuando trastea en el mustio grupo de WhatsApp en el que se ha convertido su idealizada pandilla universitaria. 
Aquí, el título se revela sumamente acertado. Las distancias son muchas. Geográficas, las más inocuas. Sentimentales, las definitivas. Y una sola que se desvanece, la distancia lingüística. La historia y la adusta manera de narrarla imponen también su propia distancia. Cada uno de los presentes ha experimentado el fracaso en una o varias modalidades, y lo ha ido sobrellevando. Pero convivir setenta y dos horas llenando la mesa de embutido y fracasos mezclados se revela enseguida como inviable. Recuerdan en varias ocasiones que han organizado el viaje para verse porque, aun viviendo en la misma ciudad, no terminan de cuadrar sus agendas. La idealización del viaje como bálsamo medicinal es su error primero. El segundo es no admitir que una amistad verdadera tiene más aristas que una relación amorosa, y que no se mantiene viva por sí misma. Las generaciones venideras lo entenderán sin necesidad de recrear un Erasmus que no habrán vivido. El animado grupo que va a darle una sorpresa de cumpleaños a su amigo se deshace a las primeras de cambio: el tercer error es depositar en una convivencia de veinticuatro horas sobre veinticuatro la responsabilidad de aclarar, rellenar huecos y pacificar. 
El tono de la película es innegociable. Solo unos primeros momentos con cierta posibilidad humorística (la llamada al telefonillo, la casa desastrada), y en seguida cunde el desconcierto de la parte visitada y sorprendida, y de la parte visitadora después visto el giro de los acontecimientos.
La distancia entre ellos y nosotros no deviene jamás en desinterés. Al contrario. Comas, el visitado, vaga fantasmagóricamente por los espacios urbanos acarreando su carga de interrogantes que invitan a las elucubraciones más dispares. Recibe la visita inesperada por parte de unos seres que presumen de conocerle cuando ni él mismo se conoce. Los distintos trayectos vitales y esas decisiones discutibles, que en una quedada superficial se toman con misericordia, se transforman en reproches y desahogos en territorio ajeno. Y las contradicciones se hacen carne y duelen, como los Y si. Olivia, embarazada y arrepentida en porcentaje progresivo, se lleva las bofetadas de casi todos por defender hasta lo imposible su papel de rebelde y guía al tiempo. Su discutible negativa a dejar de fumar es altamente simbólica. 
En el pintón apartamento de Comas hace tanto frío como en las calles anochecidas a las seis de la tarde. Lo grisáceo invade el cielo, la ropa, los puestos de Frankfurts. Pero no nos confundamos. En Punta Cana o Cancún pasaría exactamente lo mismo, y sin un vuelo exprés en caso de urgencia.