cabra

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miércoles, 1 de mayo de 2019

CINE: DOBLES VIDAS (2018)

Hay cosas que no deberían cambiar nunca. Por ejemplo, los rasgos definitorios de una película francesa. Esta que nos ocupa, último trabajo del director Olivier Assayas, no será anunciada en las marquesinas bajo las leyendas "otro gran éxito del cine francés", o "más de un millón de espectadores en Francia". Contiene de hecho una sutilmente mordaz línea de diálogo dedicada a tales fenómenos. Las dobles vidas del título nos proveen de una hora y cuarenta minutos de intelectualidad conversacional cruzada entre parejas sentimentales, parejas de amantes y grupos de más o menos amigos con una copa de vino en una mano y un plato de viandas en la otra.Quizá se echa de menos algo de silencio, trazo que fue nítidamente francés tiempo ha. La escenografia es intercambiable: luminosos pisos burgueses en el centro de París, bristós y cafés atestados pero capaces de los centímetros de intimidad suficientes como para seguir hablando, y al final, el coqueto refugio playero donde los fantasmas de la existencia se conjuran con un buen pescado a la brasa.
De este modo, el valor de la historia reside únicamente en el contenido de esas conversaciones y la evolución vital que se sigue de ellas. El espectador aprendido que acude a la sala sabiendo a lo que va, no se sentirá defraudado. Como además de espectador es lector, y de los preocupados por el devenir de la afición y de la industria, constata que en Francia están también mal. La exégesis del problema se inicia ya desde la primera secuencia. Sin vino ni queso, asistimos al elegante diálogo entre Alain, responsable de una editorial señera con un siglo de historia (un eficaz y comedido Guillaume Canet) y Léonard, (intenso Vincent Macaigne) uno de sus autores de plantilla, de ese fondo de armario que conserva toda editorial literaria que tuvo su momento de éxito. Una figura muy reconocible por cualquiera del gremio. El último manuscrito entregado no verá la luz, de momento. ¿De quién es la culpa? 
El afán documentalista del guion no deja hilo suelto ni actor sin réplica, y aporta cierto margen a la caricatura. O al menos así se entiende en casos como el del escritor de éxito que deviene en bloguero y presume en las reuniones sociales de sus cinco mil visitas diarias, cifra muy respetable para un influencer cultural. Sus amigos aún no han cruzado la línea y afirman leer sus libros pero no sus post. Ya caerán. En relación al auge de los booktubers, imprescindible Andrea Pixelada, en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid hasta el doce de mayo, y un sano complemento a estos mesurados franceses.https://kritilo.com/2019/04/28/andrea-pixelada/
Juliette Binoche interpreta, con metahomenaje incluido, a la esposa del editor, una actriz de clásicos en el teatro, y agentes de la ley en la televisión. La música nos sigue sonando. Suyas son las líneas más cómicas cuando le toca reivindicar repetidamente la verdadera naturaleza de su personaje y agradecer los halagos prefabricados de su círculo de amistades, a todas luces más proclives a Houellebecq que a Ley y Orden pero salvados por su educación exquisita. 
Así, no queda más que asentir ante el falso advenimiento de la era digital, que se ha quedado a medias. "Se siguen vendiendo libros", se afirma en algún momento, entre el alivio y la perplejidad. Aunque lo que se venda no sea digno de las centenarias estanterías de la editorial. La reflexión sobre el presente y el futuro de la crítica, su poder prescriptivo y su sustitución por los algoritmos es otro de los puntos fuertes del discurso. Las referencias a célebres pobladores de la escena cultural europea, con cierta mala baba en una muy concreta, salpimentan la función.
No puede obviarse el aderezo, las dobles vidas del título. Muy europeas en el sentido anglosajón del término. Las parejas de la historia manejan sus infidelidades con una fluidez y normalidad digna de encomio. Lo que en otros lares da para metros y metros de cinta aquí es mero complemento. 
Como admirable es el sentido de la síntesis que muestran el cartel publicitario de la película para su exhibición en inglés, y la traducción del título. "Non-fiction", sobre una cama mediana con todos los personajes arrejuntados. La traducción no es traidora. 

TÍTULO: Dobles vidas (Doubles vies
AÑO: 2018
DIRECCIÓN Y GUION: Olivier Assayas.
FOTOGRAFÍA: Yorick Le Saux.
REPARTO:  Juliette Binoche, Guillaume Canet, Olivia Ross, Christa Theret, Antoine Reinarzt, Vincent Macaigne, Nora Hamzawi.

domingo, 7 de abril de 2019

#TODOSSOMOSASQUEROSOS

La narrativa de humor ha sido siempre uno de las hermanas pobres del género en lengua castellana. Algo curioso para los descendientes de Don Quijote, resucitado y puesto en los altares por sus muy ingleses admiradores. Blackie Books, siempre con la originalidad y la tapa dura por bandera, ha publicado uno de los éxitos editoriales del curso. Los asquerosos, es la cuarta novela del antaño cineasta Santiago Lorenzo (hay que ver Mamá es boba), y ya desde la sinopsis de la contracubierta tenemos claro el tono que contratamos como lectores. El propósito inicial y ambicioso de Cervantes fue dar la puntilla a la  ya en su época desgastadísima novela de caballerías. Una demolición sustentada en la parodia, porque de siempre ha sido que la crítica con humor entra mejor. Al menos, hasta ahora. Lo que hace Lorenzo es meter baza sin complejos y con mucha mala baba a uno de los asuntos que con más intensidad se han colado en los hilos de Twitter y las tertulias televisivas. La España vaciada,  en su origen La España vacía, título del premiado ensayo de Sergio del Molino, que parece claro punto de inicio de reivindicaciones, análisis, reproches y manifestaciones en la capital de lo que no osaremos llamar moda. La trayectoria  del protagonista Manuel es pródiga en desgracias e inoportunidades sin ser él merecedor de nada de eso. Su transición desde pánfilo nerd urbano a pícaro aúreo es impecable, y nos remite de inmediato a precedentes de mucho nivel. El recurso al narrador testigo pone la nota de contemporaneidad y sin duda funciona, porque la primera persona tradicional cada vez casa menos con las exigencias de una literatura de cierta ambición en el
siglo XXI, amén del uso y abuso que la autoficción y sucedáneos están haciendo de ella. La historia de Manuel no es la de su creador, por más que este se haya mudado a una aldea perdida. La constante pugna entre lo verosímil y lo enloquecido así lo atestigua. La sucesión in crescendo de imprevistos que quebrantan la armonía anhelada y conseguida trocito a trocito, o partido a partido, es paralela a la estructura lineal de planteamiento, nudo y desenlace. No encontraremos aquí virguerías vanguardistas. Lo esencial es contar una historia peculiar desde su origen, con sus ingredientes policíacos, costumbristas, sociológicos, a través de un registro de lenguaje que es el verdadero motor de la obra. La referencia ineludible en todo este entramado ha de ser Eduardo Mendoza. Un autor que ha sabido moverse con soltura entre los parabienes de la crítica y del público, y que se ha especializado con éxito en la revisitación de la picaresca, y del humor a base de situaciones y personajes delirantes narrados con lengua afilada y muy adiestrada en juegos de ingenio. Santiago Lorenzo nos obsequia con hallazgos lingüísticos de altura, neologismos incluidos, que no se limitan a salpimentar la narración sino que la vertebran y predisponen a una lectura sorprendente. "Identidad autótrofa", "calabazas alienadas", "lombriciento","mochufas", obligan a consultar de tanto en tanto el diccionario y consuelan del páramo formal en el que se ha convertido la últimísima novela.
Solo una pega debe incluirse a esta sana y disfrutable actualización de la alabanza de aldea, y más después de las escenas más descacharrantes e iracundas que se han escrito en tiempo. Es el tufillo a moraleja que va calando a medida que el desenlace se acerca. El lector urbano que se ha solazado con el esperpento dominguero que invade la paz de Manuel como una metástasis no puede ser como ellos. La convivencia ciertamente hiperbólica entre unos y otros contada desde un solo punto de vista es algo maniquea, sí, pero ahí está la gracia. En sentirnos superiores a los cuñados de alrededor. Ese es el pacto desde el inicio, y no renunciamos a él. Es la dialéctica de campaña electoral. Todos somos asquerosos, pero cada uno en lo suyo, unos más que otros, y vuelta a empezar. 

LOS ASQUEROSOS, De Santiago Lorenzo. Blackie Books. 2018. 221 páginas.

domingo, 17 de marzo de 2019

CINE: TRIPLE FRONTERA

El presentador programa televisivo con la lista de invitados más reluciente de España hace una observación a los actores que presenta. Algo así como: Hace tiempo yo decía, en los mejores cines, y ahora digo, en Netflix, o en otra plataforma. Con una mezcla de extrañeza y disculpa a la que dichos actores responden con palabras amables que denotan un "así es la vida" y "las cosas cambian".
Pues eso. Las marquesinas y demás mobiliario urbano publicita el gran estreno de la semana, uno se  apunta mentalmente consultar la cartelera de sus cines de referencia y se da cuenta con agrado/con sorpresa/con alivio de su agenda apretada de que esa misma noche puede ver la película en casa, como complemento a la aparición estelar de su reparto en su televisión de siempre. 
Seamos afines a De la Iglesia o a Bayona, el mundo avanza que es una barbaridad, que decían, y hay que aprovecharlo. Directores consagrados se pasan al streaming, casi clandestinamente algunos, como los hermanos Coen. La crítica especializada empieza a no pasarlo por alto y películas como Roma han mandado un mensaje bien claro a la vetusta industria. 
Así pues, el pasado miércoles 13 de marzo se estrenó (aún tiene vigencia el concepto) el último trabajo de JC Chandor, director de corta pero prestigiosa carrera, que incluye títulos como Margin Call (2011), Cuando todo está perdido (2013), y El año más violento (2014). Con un reparto de buenos y mediáticos actores y con una historia que auna cierta denuncia político-social, acción y personajes adscritos a la tragedia moderna, ganadores ayer, perdedores hoy, atrapados entre la ética pública y su moral privada.  
Por medio de una estructura canónica en tres actos, conocemos a un grupo de antiguos militares de élite que deambulan por la vida civil con desigual fortuna, cargando con la falta de adrenalina. Santiago (Oscar Isaac) les propone una suerte de cuadratura del círculo: colaborar en la eliminación de un narco nivel top y así ganarse un dinero, contribuir a mejorar el mundo y revivir antiguas emociones. Desde el principio se recalca este último punto como determinante, planteando una visión ciertamente distinta a los numerosos relatos de veteranos de guerra marcados por el estrés post traumático. La "triple frontera" del título, la que comparten Brasil, Argentina y Uruguay, es el final del camino, que evidentemente se vuelve más tortuoso de lo que habían planeado. Pero también evoca las líneas rojas que el grupo tiene que saltar para prolongar su supervivencia. Decisiones que dinamitan su aparente fortaleza mental y esa mitificada amistad indestructible que forjan en los hombres las experiencias difíciles. El pecado capital es la codicia. Cientos de millones de dólares que pueden tocarse literalmente termina haciéndoles humanos, demasiado humanos. Es inevitable recordar la peripecia filmada por John Huston en El tesoro de Sierra Madre (1948), supermineralizada y enriquecida por la ultimísima tecnología cinematográfica, que, la verdad sea dicha, no consigue la espectacularidad propia de las pantallas grandes. Pero, quizá a sabiendas de esto, el valor de la historia no se sustenta en paisajes espectaculares sino en esas brumas interiores que asolan a cinco amigos conscientes de que los servicios a la patria están tan mal pagados como las reseñas culturales. El último acto de su desventura recuerda a ratos al penoso caminar de Frodo Bolsón, otro antihéroe (desfiladeros desolados, criatura vengativa midiendo sus pasos) más que a Viven (1993), con la carga añadida de esas bolsas repletas de billetes que acercan literalidad y símbolo de manera brillante. Si bien la hipérbole gana a la verosimilitud en otros momentos, la empatía es imposible de evitar en las escenas clave. El guion bilingüe de Mark Boal, también productor junto a Kathryn Bigelow, asume y supera la inevitable predictibilidad en este tipo de tramas. Huye del tono Narcos y conforma un modelo de hombre de acción absolutamente contemporáneo, aunque no nuevo: las lágrimas del Cid Campeador datan del siglo XII.  La idea de la deuda pendiente sobrevuela las cordilleras y sobrevive a las decisiones erróneas. 
En aquel momento, parecía una buena idea. 

TRIPLE FRONTERA, de JC Chandor. Estados Unidos, 2019. Con Oscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam, Pedro Pascal, Garret Hedlund. Guion de Mark Boal y JC Chandor. Fotografía de Roman Vasyanov. Distribuida por Netflix. 

domingo, 10 de marzo de 2019

CRÍTICA DE LIBROS: LECTURA FÁCIL, DE CRISTINA MORALES

Podría decirse que Lectura fácil, de Cristina Morales, opera en el mismo plano que La favorita, de Yorgos Lanthimos. Ambas obras son la vía de acceso de un cierto público entendido, no meramente consumidor de ocio/cultura, con el trabajo de creadores saludados por la exigente crítica. Los postulados rompedores de los primeros trabajos dejan paso a historias más limadas, más accesibles, pero siempre con el punto justo de tiniebla que satisfaga al espectador/lector que se precia de huir de los gustos de la plebe. Ambos dos, han cumplido su muy legítimo deseo de ampliación de clientela mediante la obtención de galardones de prestigio. Una ristra de nominaciones y estatuillas en Bafta, Globos de Oro y Óscares para el director griego, y el Premio Herralde de Novela 2018 para la granadina residente en Cataluña. Una apuesta la de Anagrama, canónica por escoger el perfil de autor (a) que más se ajusta a la demanda del momento, pero audaz si la comparamos con el recién publicado de Biblioteca Breve. 
Como es más probable que vean las vicisitudes de Ana Estuardo y sus amigas en tiempos de más pelucones que sororidad, nos toca hablar aquí de la novela que se supone consolida a Cristina Morales como una de las voces de su generación. Lo es, sin duda, la más destacada quizás y a pesar de su inserción en la industria.  Lectura fácil puede entenderse como un título poliédrico, referido no solo a un aspecto central de la trama, sino como una declaración de intenciones previa a la lectura, dirigida a los escogidos que seguían su trayectoria desde Malas palabras (Lumen, 2015) y sobre todo Terroristas modernos (Candaya, 2017). En efecto, y comparada con la densa apuesta por lo formal de sus novelas anteriores, esta crónica/denuncia/burla que de los discursos hegemónicos e irradiadores perpetran cuatro voces discordantes es fácil de leer. El entramado estructural se endulza, proponiendo un multiperspectivismo muy ordenado que facilita el contraste y la correcta aprehensión de conceptos.  La escritura de Morales es furiosa, con el lenguaje como catalizador, como grifo abierto que inunda Barcelona de ira verborreica. El líquido que de allí brota, más marrón que transparente (Aguas de Barcelona no es el Canal de Isabel II), salpica a todos, a todas y a todes. Anarquistas nostálgicos, okupas autogestionados con obsesiones burocráticas, indepes que se creen estar escribiendo la Historia, el Estado opresor, el macho opresor, el fascismo opresor, los que se lo toman todo en serio. Buscamos pistas de autoficción en los devenires cotidianos de las cuatro discapacitadas, parientes entre sí, que conviven en un piso tutelado por la Generalitat entregadas a los diversos placeres que da la vida cuando uno no ha de preocuparse por las lentejas. Las encontramos en el personaje de Naty, una estudiante de Doctorado que cae en la discapacidad mental por mor de un accidente del que no se dan detalles. Esta doble condición de tutelada e ilustrado espíritu libre es el nervio central del discurso. Un torrente oratorio que amalgama su furia anarcofeminista con la dolencia que padece, un autodenominado Síndrome de las Compuertas, uno de los hallazgos conceptuales de la novela. Naty, como Cristina, es avezada danzarina contemporánea y avezada discípula del feminismo de nueva ola, experto en demoliciones. Junto a ella, su prima Marga, a la que las huestes patriarcales tildarían de ninfómana, es víctima de  la Justicia decimonónica, preocupada porque su libre ejercicio de expresión sexual no derive en reproducción no deseada. Marga escribe su autobiografía novelada en WhatsApp bajo los auspicios del método Lectura Fácil, animada por las modernas filosofías positivistas que nos encorajinan a quererlo todo. 
En este curso artístico en el que la discapacidad intelectual ha encontrado mayor resonancia mediática, no deja de ser curioso que términos proscritos como "retrasado", se usen con esplendidez en sus diálogos. Al igual que en Campeones, la mejor película española del año, las cuatro relatoras de Morales no se privan de ese y otros calificativos en sus conversaciones entre ellas y con otros. 
La novela en su conjunto gana enteros cuando aparecen retazos del humor que ya marcaba las peripecias de los aprendices de terroristas contra Fernando VII. El humor como crítica y como vía casi única de digerir todo lo que se nos está viniendo encima. Nada hay más ridículo que tomárselo todo en serio, parece decirnos Morales, y a la vista está. Estamos rodeados de dirigentes, gobernantes, políticos que más que hablar, esculpen en piedra, sin espacio para la autocrítica o la media sonrisa burlona. Herederos sin saberlo del mesianismo romántico y más risibles cuanto más trascendentes parecen. Las pullas de Lectura fácil hacia los iletrados que cabalgan a lomos de la superioridad moral de la izquierda son más valientes, valiosas y necesarias que las chanzas a costa de los líderes nostálgicos del Cid Campeador y Blas de Lezo. Entendiendo y deseando que sean pullas
y no sentencias, claro está. Porque no hay otra manera de entender, por ejemplo, las primeras páginas, en las que "macho" y "fascista", aparecen con una frecuencia tan sincrónica como aquella tan celebrada de los gags de Friends. Qué tiempos, los noventa.

LECTURA FÁCIL, de Cristina Morales. Anagrama, 2018. 

jueves, 21 de febrero de 2019

MARÍA, REINA DE ESCOCIA

Siempre es interesante asistir a los cambios de tercio en cuestiones artísticas. Así es en el debut cinematográfico de la directora teatral Josie Rourke, que parece hecho a medida de los discursos mayoritarios de la post postmodernidad. Acerca de volver al pasado si de explicar el presente se trata. En este caso, en lugar de seguir la tendencia de rebuscar y rescatar modelos femeninos ejemplares para nuestros días(olvidados, obviados, eclipsados), o forzar la máquina imponiendo improbables personajes de mujeres fuertes en épocas pretéritas, echa mano de la Historia en letras grandes, poco necesitada de aderezos. María Estuardo siempre fue objeto de estudio cinéfilo, y ahí queda la interpretación de Katherine Hepburn. Isabel I ha sido aún más afortunada, merced a Cate Blanchett o a esa aparición de siete minutos que valió un Óscar para Judi Dench. Ambas dos el epítome del empoderamiento, sin saberlo. Dos mujeres con poder real, literalmente, y una manera dispar de ejercerlo, magnéticas cada una en su sentido, y parientes a distancia. Para presentar, o refrescar las dos biografías con claridad y nítidas intenciones, es clave el montaje en paralelo. Todo el metraje nos prepara para el primer encuentro entre las primas repartiendo sus apariciones de manera simétrica. Si bien María es la protagonista, a cada suceso acaecido en la corte escocesa le sucede otro en la inglesa, poniendo de manifiesto las diferencias de actitud ante la vida misma. María es joven, casi adolescente, impetuosa, un tanto radical y poco dada a los consejos. No desdeña su naturaleza y su máxima aspiración es concebir un heredero que le asegure ambas coronas. Una perspectiva menos revolucionaria que la de su prima. Isabel I, llamada La Reina Virgen, simboliza de manera más transparente las contradicciones que lastran el discurso feminista contemporáneo. Si María se lleva los parlamentos más pasionales y exaltados llamando a las armas y reivindicándose incesante, Isabel arrastra las dosis de realismo que da la edad y se muestra prisionera de una decisión que recuerda inevitablemente a la idea que se tenía de los políticos en la Grecia clásica, una renuncia a la esfera privada y la asunción de responsabilidades públicas como una suerte de sacerdocio. Isabel se autodenomina "hombre" en algunas ocasiones, y renuncia a la maternidad porque es la única forma de subvertir su naturaleza y que la tomen en serio como gobernante. Claramente nos evoca figuras poco dadas a ser estandartes de la causa, como Ángela Merkel, Margaret Thatcher o Christine Lagarde. Mujeres que mandan mucho en un mundo de hombres pero denostadas por masculinizadas. ¿En qué quedamos entonces? ¿La gobernanza femenina tiene cualidades intrínsecamente mejores?¿Quién es mejor ejemplo de empoderamiento? La amarga envidia que siente Isabel de la maternidad de su prima sea probablemente una decisión creativa, pero pone las cartas boca arriba. 
La película deja claro además la insatisfacción y el progresivo cabreo de los gobernados masculinos de uno y otro bando, que se preguntan cómo ha llegado una época en la que han de vivir sujetos a los vaivenes propios de la condición femenina. No falta el predicador extremista, protestante esta vez, que contribuye a las insidias que, históricamente, dejaron a la pobre María Estuardo de promiscua para arriba. La venganza de la directora se materializa en la figura de su segundo marido, Lord Darnley, un auténtico pelele cautivo en su propio armario, y en Jacobo Estuardo, el hermanastro y posterior regente, que protagoniza una sonrojante escena (para la masculinidad en general), en la que renuncia a la conspiración solo porque su sobrino llevará su nombre. 
La puesta en escena de todo este material se antoja algo oscura, y aséptica en exceso. Las interpretaciones de Saorsie Ronan y Margot Robbie son primorosas, eso sí, pero los necesitados de empatizar con algún personaje lo tendrán difícil, como bien dictan los modernos manuales de guion. Puede ser ansiedad excesiva ante lo que abril nos depara, pero los seguidores de Juego de Tronos encontrarán dos clarísimos guiños, o recreaciones del mero azar en dos escenas clave. Ya lo anticipó Borges en Kafka y sus precursores.

domingo, 3 de febrero de 2019

LA MEJOR PELÍCULA DEL AÑO

El reino, o Campeones. Lo que ayer se dirimía en Sevilla (Este, como bien especificaban los tuiteros), era ni más ni menos que dos maneras de entender el cine. Por un lado, la conjugación de estilo e historia, una buena trama junto a cierta ambición estética. Por otro, el cine como emisor de valores cívicos y divulgador de mensajes, tal y como lo eran las denostadas novelas decimonónicas de tesis. Propósitos dignos de todo respeto ambos, pertinentes y actuales. Al menos, es lo que pareció transmitir la Academia ya desde las nominaciones. 13 a Sorogoyen, 11 a Fesser, podíamos encontrarnos ante una gran derrotada, o con una decisión salomónica. Al filo de las 13:30 de la madrugada, quedó clara la decisión tomada. Victoria numérica para el retrato hiperrealista de la corrupción valenciana, y el premio gordo para el equipo de baloncesto altamente funcional. 
¿Es Campeones la mejor película española del año? La más taquillera, desde luego. ¿La mejor? Pues no. Quien quiso entender, entendió, a medida que iban cayendo los galardones a reparto, dirección, guion, y aspectos técnicos. Y los títulos premiados como el mejor europeo (Cold War) y latinoamericano (Roma).Otro día hablamos sobre la resurrección del blanco y negro. 
Los académicos hablaron los últimos, después de la crítica. El dictamen de los críticos, por cierto, fue casi unánime en su beneplácito, pero solo en nuestro país. Es altamente significativo echar un vistazo a las reseñas profesionales extranjeras en Filmaffinity. Ahí se intuye la dificultad de la disensión acerca del discurso mayoritario. Como historia dirigida al gran público, importa mucho más que el mensaje cale, que ese mensaje se construya con cierta voluntad de estilo que pueda distraer u obstaculizar. Mucho más si dicho mensaje es necesario. Dicho esto, Campeones no es una buena película, desde el punto de vista del cine como arte. Es una película buenrrollista de manual, narrada como un cuento de Navidad, un arco mil veces visto de éxito-caída en desgracia-redención de un personaje que empieza despreciable y termina ejemplar, previa exposición de sus traumas y fobias. Una trama trufada de casualidades solo verosímiles si no se tienen en cuenta, y un cosido quirúrgico de todos los hilos. Ni un cabo suelto, ni una malvada actitud sin castigar. 
El equipo casi ganador consigue conmover, emocionar y todo eso, porque funciona de espejo oscuro para las miserias interiores del protagonista Javier Gutiérrez.  Son un contrapunto muy certero con líneas de diálogo indudablemente brillantes del por siempre creador de P. Tinto. La comedia sobre vidas a priori poco cómicas es un género muy agradecido por el espectador, que premia obras como Intocable. Seguimos necesitando el cine como bálsamo, y más que las series, el final feliz nos enchufa glucosa en vena para ir tirando. El inapelable "Si yo he podido, tú también", como si el contexto social, económico, cultural, biológico, no importara. En Campeones, son hilarantes las escenas de entrenamiento, pródigas en palabras (retrasado) y actitudes inadmisibles en Twitter pero celebradas en la pantalla porque son ellos mismos los actuantes. Como los corrosivos monólogos de Sarah Silverman, nieta de judíos exterminados, sobre el Holocausto. Todos los que ayer lloraron con el discurso de aceptación de Jesús Vidal, deberían ver La enfermedad del domingo, de la que Susi Sánchez dijo que no era una película para todos los públicos, con cierto deje de orgullo y su cabezón en la mano. Y si quieren reírse con hechos reales que no hicieron ni maldita la gracia, mi película de antisuperación favorita: Yo, Tonya
A pesar de estos momentos, el filme no evita la moralina transversal que proporciona la esposa del entrenador, interpretada por Athenea Mata, coautora del guion. Un papel de nimia influencia que da bandazos a lo largo de todo el metraje. A una velocidad supersónica pasa de ser una esposa abandonada por su ansia de maternidad, a convertirse en la madraza de todo el equipo y por último a recuperar a un marido totalmente nuevo, incluido su recién brotado deseo de reproducirse. 
Todo esto hubiera sido perdonado si Luis Bermejo, en su año lotero, hubiera tenido más escenas. 
No deja de ser curioso, en conclusión, que todas las míticas historias de superación cinematográfica terminen con el personaje detonante abandonando el espacio tras un solo año de estancia. El club de los poetas muertos, Intocable, Los chicos del coro. Aquí, los tres meses de trabajos comunitarios han construido un hombre nuevo para el resto de sus días. Hay margen para la secuela. 

viernes, 1 de febrero de 2019

MRS.MAISEL, MARAVILLOSA

No vi Las chicas Gilmore. Pero sí estaba al tanto del estilo "Sherman-Palladino", de su brillantez en la construcción de diálogos y de su especialización en personajes femeninos. Las peripecias de Miriam Maisel, más extravagantes que cotidianas, debutaron sin ruido en la plataforma de vídeo de Amazon, y así siguieron hasta que su protagonista empezó a recolectar premios y parabienes. Muchos descubrieron así a la aspirante a cómica. Una joven esposa, al principio, tan lenguaraz como devota seguidora de los usos y costumbres de la buena mujer judía neoyorquina de los años cincuenta. Carne de Divinity, según los estereotipos del consumidor televisivo en España. 
Lo cierto es que todo brilla en esta serie. A veces, literalmente, como algunos modelos del inabarcable guardarropa de la protagonista. Luminosidad en su concepto más amplio. No es necesario saber de técnica para apreciar la colorida fotografía, que funciona de puerta de entrada al universo de Miriam. El retrato de la Nueva York de clase que toma tímido contacto con buscavidas y artistas del alambre se supera en los primeros capítulos de la segunda temporada. La cámara filma París con verdadero deleite, dando la razón a la insatisfecha madre de la protagonista en su tardía reivindicación personal. El goce de la vista se acompaña casi en todo momento por el goce del oído. Una banda sonora ambiciosa y exquisita, con clásicos y menos clásicos que se beneficia de la posibilidad de consultar al momento quién y qué están sonando, al igual que ocurre con cada personaje que aparece en escena. Un buen punto que las dos grandes del streaming deberían apuntarse. 
Pero no es solo esto lo que debiera reclutar más adeptos, sino la manera de contar una historia que se presumía algo previsible y ya contada, la de la mujer joven que decide abrirse camino en un mundo de hombres. Por ese ir contracorriente, y por la producción impecable, no podemos dejar de acordarnos de Mad Men en general, y de Peggy Olson en particular. Pero ya. Porque la nada aparente y la pesadumbre existencial de Madison Avenue deja paso a la locomotora en que se va convirtiendo la vida de Miriam tras la ruptura, en buenísimos términos, de su ideal matrimonio destinado a durar eternamente. Y a su alrededor, contribuyendo a la velocidad de crucero, y a los amagos de descarrilamiento, los secundarios que se esperan de las buenas comedias. En La maravillosa Mrs. Maisel, todos los personajes son graciosos, o tienen gracia, y cada uno a su muy particular manera. De tal forma, que la serie llega a convertirse en un manual del humor y sus múltiples variantes, muchas veces en un solo capítulo. Tenemos escenas de comedia familiar frente a un desayuno, y diez minutos después, una sarta de chistes destructores que en los cincuenta podían espetarse en un garito del alto Manhattan pero no en el Twitter de 2019. Palabras como dagas, o metralletas según el caso, que hacen necesaria, si no existe ya, la creación de una Wikiquote para el uso y reciclaje en nuestra insulsa vida real. 
Siguiendo un arco argumental más o menos canónico, la primera temporada nos presenta a la aspirante en pleno inicio de conflicto. Como suele pasar, el azar es determinante a la hora de poner en contacto los elementos necesarios para la consecución del experimento. La aparición de Susie, que evidentemente protagonizará la secuela con más legitimidad que Saul Goodman, provoca la primera bifurcación en la vida de Miriam, que pasa a ser una especie de trinidad. La ex esposa, madre e hija que vuelve a la casa paterna, la singular vendedora de cosméticos en los grandes almacenes de la clase alta, y la cómica nocturna en su tugurio de cabecera. La segunda temporada nos presenta a una Miriam, de nombre artístico su propio vocativo de casada, con algo más de hueco en el mundillo. Las numerosas escenas de monólogo dejan paso a los duelos dialécticos de ella contra todos, de uno en uno o a la vez. Los adversarios están a su altura, la complementan y la engrandecen. En esta etapa de consolidación, la sorpresa aparece en la parodia despiadada teñida de tenue afecto, que los guiones hacen de la idiosincrasia judía. Tremendos bofetones propinados con guantes de seda, muy presentes en los atuendos femeninos. El resort de Catskills en el que los más respetables miembros de la comunidad pasan el verano es un guetto de cinco estrellas. Un homenaje al idílico escenario de Dirty Dancing pero en limpio, aséptico y entusiasmático. Una verdadera pesadilla. 
Vean y escuchen a Mrs. Maisel, en versión original. Imperativo categórico.