cabra

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domingo, 18 de febrero de 2018

MADRE HAY MÁS QUE UNA: THE FLORIDA PROJECT (2017)

No c
No cabe duda de que Julita Salmerón es la madre de España 2018. Una mujer de las de antes, solo definible a través de tópicos: personalidad arrolladora, sin pelos en la lengua, sinceridad desarman, naturalidad en estado puro. Mientras se anima a presentar los próximos Goya, otro modelo de maternidad se asoma tímidamente a la cartelera. Una lástima, porque The Florida Proyect, nombre inicial  del parque temático de Disney en Orlando, es una gran bofetada en toda la cara del nunca extinto sueño americano. Un muestrario tremebundo de votantes de Trump, los peyorativamente conocidos como “basura blanca”, que en los estados del interior malviven en caravanas, o, en moteles de mala muerte, como es el caso.  El motel, otro de los lugares comunes de la mitografía yanqui que tanto idealizan los turistas. La ironía es sangrante en casi cada secuencia, y supura por nuestros poros intelectualmente superiores. Ya desde el título mismo nos confronta la paradoja. Las numerosos y asilvestradas criaturas que habitan este símbolo violeta del chabolismo vertical podrían ir caminando al parque de atracciones al que peregrinan sus semejantes de todo el mundo.Es como leer el Lazarillo en negativo: si allá reíamos con cierto remordimiento de las desgracias del muchacho, aquí se nos deforma la mueca contemplando la aparente frivolidad y ligereza con la que los residentes del Magic Castle afrontan sus dramas cotidianos.
Muy elogiosamente se ha hablado de la interpretación o no de la joven protagonista. Aquí hemos de recordar a la Frida de Verano 1993. ambas desafían la paciencia y la empatía de los adultos, ambas versiones oscuras de un Daniel el Travieso ya convertido a estas alturas en el hombre de mediana edad con hipoteca en zona residencial, esposa, tres hijos y perro que auguraban sus rubios mechones cincoañeros.
Y qué fácil juzgarlos, sobre todo a la madre de Moonie, un personaje a veces tendente a lo hiperbólico en su caracterización que no recibirá jamás un trofeo  a la mejor del mundo. Una excesivamente joven y choni madre coraje que desafía los valores más elementales con cada paso que da, que desafía la desolación haciendo que su hija aproveche cada momento de una infancia condenada. Cundirá la indignación en las conciencias mediterráneas observar la dieta de ambas, pero como dice Halley, “sé hacer algunas cosas pero la comida preparada cuesta un dólar”. Los que hayan campeado por los Estados Unidos sabrán que no miente. Una versión postadolescente de Carmina, la madre de los León, que fue la primera en incorrección y descaro.
No hay posibilidad de distanciamiento. El director coloca la cámara a la altura de los niños y les seguimos allá donde van, viendo el mundo desde su altura. No hay apenas música, y los breves instantes de esparcimiento vienen de la singular y paternal relación con Bobby, el encargado del motel, el "pringado", y única figura de autoridad para pequeños y mayores. A diferencia de Moonlight, que destilaba oscuridad y melancolía en un Miami desconocido, las correrías de Moonie y sus secuaces se acompañan de la luz esperable del verano y del color de los edificios y vestimentas. Otra paradoja.



The Florida Project
2017
115 min.
United States
Director: Sean Baker
Guion:Sean Baker, Chris Bergoch
Fotografía:Alexis Zabé
Reparto:




viernes, 26 de enero de 2018

BLACK MIRROR SON LOS PADRES


¿Black Mirror, o realidad? podría ser el título de una de las pruebas tontorronas con las que El Hormiguero asaetea a sus invitados. Porque, ¿cuándo dejó de ser Black Mirror el espejo siniestro donde mirábamos nuestro futuro inmediato? ¿No sin algo de ingenua confianza en un golpe de timón que nos alejara? Pudo ser en el metro,  el día en que nos dimos cuenta de que todos nuestros compañeros de vagón, todos, se entretenían mirando el móvil. O cuando entramos en Facebook y la publicidad ofrecida tenía relación con las últimas búsquedas en Amazon. O cuando nos rendimos al íntimo placer de puntuar a los demás por su apariencia y conducta y a la ansiedad por ser puntuados. 
El caso es que la invención de Charlie Brooker hace tiempo que ya no encaja en la definición de  distopía. 1984 tardó decenios en replicar a Orwell. . En este caso, la realidad ha alcanzado a la ficción en menos de un lustro. Y no es un demérito para Netflix, que responde con orgullo “ya lo dije primero” cuando Pizza Hut tuitea la próxima llegada de los vehículos autónomos de reparto que son la mecha que prende “Crocodile”. Y qué decir de la siniestra publicidad de Meetic y su “coach” para encontrar la pareja perfecta, precuela inconfesable de “Hang the DJ”. 
Así las cosas, la quinta temporada acerca a la serie a una confortable madurez, con la irregularidad inevitable. Con una vocación nueva de ser cronista del presente y del mañana más literal, los seis episodios siguen proporcionando momentos excelsos y sensaciones perturbadoras. Si el hallazgo de la pasada entrega fue el final feliz de San Junipero, esta vez se prueba con la suave parodia friki en USS Callister, que amenaza con  secuela. Pero, sin duda, el concepto clave de la serie 4 ha sido el del “paternidad/maternidad”. En dos vertientes diferentes y complementarias, partes del proceso ambas, e incorporando las ideas y términos más exitosos en las modernas pedagogías.El capítulo 2, “Arkangel”, dirigido por Jodie Foster, y el 6, “Black Museum”, evocan la cruz y la cara de ser padres. La tablet diabólica que censura las vivencias de la hija en Arkangel nos resulta extremadamente familiar en su propósito. La sensación general es que los padres nunca fueron tan sobreprotectores como lo son hoy. Acercando la reflexión a lo que tenemos más cerca, es sorprendente/desazonador/ que la generación patria criada con La Bola de Cristal, cuyas vidas al límite sin cinturón de seguridad se recuerdan con regocijo en Yo fui a EGB, entren en modo ataque cada vez que su retoño se siente importunado; ya sea por un congénere que le hace la zancadilla en el recreo, o por un maestro que anota en su agenda la falta de deberes. El futuro inminente que retrata el episodio está a tres zancadas y da tanto miedo como solía darlo la serie entera cuando era británica. 
El último capítulo de la temporada es una oda a la autorreferencialidad. Un festín para los buscadores de conexiones entre tramas y personajes. Y también un merecido autohomenaje del orgulloso padre de la criatura. El museo de los horrores enclavado en un secarral funciona a la manera de unos grandes éxitos. Hay recuerdos para todas las temporadas, bajo el común denominador de toda la serie: qué pasa cuando la tecnología se nos va de las manos. La audaz adolescente protagonista no dispuso precisamente de una vida filtrada por el artefacto Arkángel. 
Black Museum supone un muy adecuado cierre temporal en su interés por recapitular y entretejer detalles olvidados por el amplio margen entre entrega y entrega. Charlie Brooker nos recuerda lo que ha crecido su serie con esta original reinterpretación del clásico álbum de fotos familiar. 
Situada ya plenamente en su nicho de comodidad, habrá que seguir atentamente evoluciones temáticas y  narrativas. Aún queda capacidad de sorpresa. 


lunes, 1 de enero de 2018

¿FEMINISTAS SOMOS TODAS?

POR QUÉ NO SOY FEMINISTA (UN MANIFIESTO FEMINISTA)

Confieso que una de mis motivaciones al abordar la lectura de este sorprendentemente polémico ensayo era averiguar si Cristina Pedroche y las modelos de Victoria´s Secret podían ser o no feministas. Ya tenía claro que las camisetas con proclamas y leyendas eran una manera cómoda y asequible de serlo, y que el color rosa podía ser a la vez estigmatizado por reduccionista y escogido como distintivo de causas tan femeninas como el cáncer de mama. El mundo es cada día más complicado, y la aparente paradoja del título era una invitación a desentrañar siquiera un trocito de esa complejidad.
Las entrevistas que la autora ha ido despachando compartían plenamente el tono del libro, tan llamativo o más que su incendiario y trabajado contenido.
Así pues, Jessa Crispin se presenta en persona y en su texto como el negativo de la perfecta equidistancia. En lugar de estar de acuerdo con todo, apelar al agnosticismo ideológico o de tener en una mano el palo y en otra la zanahoria, se pone a repartir estopa contra todas. Y digo contra todas, porque hacia la mitad del libro deja clarísimamente expuesto que los hombres no son lectores bienvenidos. Tanto como si buscan exacerbar su lado femenino, o respuestas a su recién descubierta conciencia, no es el trabajo de la autora evangelizar o convencer.
Así las cosas, las que sí podemos leer, nos vamos a dar de bruces con un tono de escritura inusual en el género ensayístico. Un estilo bronco, profundamente airado y a veces macarra, que no ahorra en interjecciones y expresiones coloquiales, que funciona en ocasiones pero que en otras perjudica la reflexión intelectual que es el reconocido núcleo de la obra.

La insistencia en esto último, en que el/los feminismos actuales han arrumbado la ideología en favor de la terminología vacua y de la apariencia, no consigue hacerse llegar con claridad. En una lectura atenta surgen contradicciones entre el mensaje al que se aspira y el público objetivo al que se quiere hacer llegar. La autora reitera su tesis y la apuntala mediante la demolición de todos los lugares comunes del feminismo de hoy, pero no propone nada a cambio. La apelación a recuperar la cosmovisión radical de las pioneras en el movimiento no se acompaña de medidas concretas que las consumidoras de camisetas y revistas femeninas puedan llevar a cabo en sus rutinas diarias. Hay que releer a las clásicas, sí, pero la nueva hornada de adolescentes y universitarias que son carne de mercado necesitan algo más para dejar de ser eslóganes andantes.
Es particularmente enriquecedor el capítulo en el que equipara las marcas lingüísticas 3.0 (empoderamiento y demás), con el narcisismo de sus usuarias. Es este uno de los valiosos aportes del libro: diferenciar entre el individuo y el colectivo, entre sus necesidades/gustos/deseos y lo que el mundo requiere de las mujeres para ser mejor lugar que el que nos encontramos al nacer. Nos interrogamos sustancialmente acerca de la cultura de la indignación, anatema para el feminismo de redes sociales. ¿Es lícito exigir el despido de un hombre por un comentario desafortunado? ¿Por qué no es admisible hoy rebatir locas afirmaciones hechas por mujeres, del tipo “somos independentistas sin fronteras”? ¿Hay que desterrar a las mujeres célebres que no se declaran feministas y abrazar a las estrellas que sí lo hacen para vender su negociado? Aun siendo la publicación del libro anterior al terremoto Weinstein y a la coronación del #MeToo como el movimiento social más destacado de este recién terminado año, son cuestiones de permanente pertinencia.
Y llegamos al quid de la cuestión: el feminismo es imprescindible, sí, pero no este. Las mujeres han sido explotadas y sometidas, siguen siéndolo, pero no por el hecho intrínseco de serlo, sino como parte del engranaje devorador del sistema patriarcal capitalista. Dicho así suena algo antiguo, pero la autora consigue que recordemos la dualidad atávica de esta nuestra organización del ecosistema. Una afirmación polémica, el engarzar los conflictos de género con el abuso de poder. ¿De quién y hacia quién? Nos sorprendemos al descubrirnos en este punto ante un texto mucho más antisistema, y teóricamente más simple de lo que apuntaba en un principio. Los hombres blancos, y las mujeres blancas, como ideólogos, participantes y beneficiarios del sistema, son los culpables. Un titular jugoso que no ha sido desaprovechado, el desprecio nada sutil de Crispin por las mujeres que desde la cúspide de sus multinacionales o de sus países, se han empoderado sin sororidad alguna y están contribuyendo a la maltrecha marcha del mundo a la vez que se dedican portadas sobre sus historias de esfuerzo, superación, discriminación, y conciliación. El feminismo de hoy es un traje a la medida de la mujer blanca del Upper West Side, esgrime la autora, y no podemos más que darle la razón. Reclamar guarderías o ayudas para cuidadores no es feminista, porque la maternidad no lo es y velar por nuestros ancestros tampoco.
Otras dudas se quedan en el tintero. Nada se dice acerca de la hipotética “monstruosa naturaleza del hombre y su libido”, sensacional título de uno de los artículos más leídos del año en The New York Times. Aunque, como afirma Jessa con su rotundidad habitual, los hombres no son su (nuestro) problema. Sí su (nuestra) responsabilidad.
Al final, una sorpresa y una certeza. Sorpresa de encontrar entre los agradecimientos a Emma Goldman y a Santa Teresa de Jesús, y la certeza de que, a día de hoy, Cristina Pedroche sí es feminista.


Jessa Crispin: Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista. Lince Ediciones. 2017. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

STRANGER NOSTALGIA




La irrupción de Stranger Things hace dos veranos fue entusiásticamente recibida por todos aquellos treinta y que han hecho de mirar hacia atrás sin ira una forma de vida. Lo tenía todo. Un festival de recuerdos idealizados y prestados de aquellos, nosotros, que se dejaron colonizar mansamente por el construcción estadounidense de la infancia. Aquellos, nosotros, miraban con misericordia a sus ascendientes, que en las reuniones familiares evocaban la televisión en blanco y negro, a la vez que adoptaban como generacionales los veranos yanquis en bicicleta, con sus tardes de pesca, sus aventuras en minas abandonadas, sus contactos extraterrestres. Todo mucho más estimulante que las horas al sol en Torrevieja, Alicante, al cuidado de la tía Enriqueta. La EGB se ha sacralizado, y la pugna con los millenials es desigual; a saber qué podrán rescatar ellos sin buscar en Youtube. Por eso, las expectativas generadas por la nueva tanda de episodios era grande, y así la trabajó Netflix en la publicidad que inundó el transporte público, solo accesible para los conocedores del Upside Down. (Los demás seguirán pensando que los operarios colocaron los carteles al revés). Los hermanos Duffer, demasiado jóvenes para haber asistido en directo a los hitos del cine que recrean, han tomado la idea de “lector ideal” de la estética de la recepción, y se han confeccionado un espectador a medida. Con una primera temporada sorprendente en su fidelidad a los clásicos, cautivaron a los que buscaban razones para evocar sus primeros años como un paraíso. En estos tiempos de oda al sucedáneo, daba mucho más miedo el Demogorgon que la obsesión de Richard Dreyfuss por la Torre del Diablo.
Así pues, abandonado el período estival de emisión, que no concordaba con las tramas desarrolladas en pleno curso escolar, la segunda temporada nos ha dado más, mucho más, pero no mejor. Culpa de las expectativas. Al igual que vimos en otras series de aquí, tipo El Ministerio del Tiempo, la referencialidad y vertientes pueden ser una plaga. Los seguidores de los preadolescentes de Hawkins seguramente celebraron con mayor alborozo el episodio de Halloween, ahora que ya está dentro de nuestro calendario, con toda justicia, justo entre el Oktobertfest y el Adviento. Más dudosa en su adecuado entendimiento ha sido la evolución de Eleven, personaje icónico que ha puesto de relieve cómo cambian los tiempos, y qué significaba tener trece años hace treinta, y tenerlos ahora. Homenajeando al racionalismo, resultó que antes de Once había otros diez pequeños seres víctimas de la experimentación y de la numeración cardinal, y alguno de ellos, más ellas que ellos, exponencialmente peligrosos. La anagnórisis de Eleven, esperada desde el primer episodio, devino en una enloquecida alegoría punk difícil de asumir para los que seguían viendo a Los Goonies en la adorable no-dentadura de Justin. No era necesaria tanta sombra de ojos para ilustrar su lado oscuro. Tampoco lo era sus sustitución por la mala pero buena pelirroja del monopatín, que no ha conseguido enamorar a nadie. Pero la extrañeza cotidiana no descansa, y confirmada está ya una tercera temporada.
Es conveniente preguntarse por qué, ya que uno decide entregarse a devaneos nostálgicos, no echa mano de los suyos. El mensaje único que los productos estadounidenses ofrecen, en los ochenta y hoy, es el de la importancia de la familia. Hasta cierta edad, claro. Hasta Will se graduará y dejará a su poco equilibrada madre redecorando las paredes de su casa, y las habitaciones de sus amigos tienen todas las papeletas para ser transformadas en gimnasios. Las madres españolas, sin embargo,no saben lo que es el síndrome del nido vacío. Habría que ir aceptando que nuestra infancia no estuvo marcada por conspiraciones en el bosque del pueblo, sino por la neolengua de Chiquito de la Calzada, mucho más extraterrestre que ET, el gigante de Super 8 y todos los Demogorgon juntos.


De la nostalgia del sucedáneo que decolora tiempos añejos hablaremos otro día. O cómo las redes enloquecen con una pareja de post adolescentes entonando la canción de La La Land.

lunes, 6 de noviembre de 2017

A GHOST STORY (2017)


Dicen que dijo Augusto Monterroso que solo había tres temas en la historia de la literatura: el amor, la muerte y las moscas, esto último entendido como el paso del tiempo. Y otro alguien, que la línea entre lo sublime y lo grotesco es cada vez más fina. A Ghost Story, último trabajo de David Lowery (Peter y el dragón), hilvana las tres eternas cuestiones aunando sencillez y complejidad, abstracción y materia, literalidad y oxímoron. Pero también exige del espectador una predisposición muy concreta para conectar emocionalmente con la propuesta. El austero título preludia la economía narrativa de la historia, aparentemente pequeña y común, con unos personajes vistos en el abrupto final de la cotidianeidad de sus vidas. Es una historia de fantasmas, sí, pero nadie se llama a engaño. ¿Vienes preparado para llorar?-Le pregunta un espectador a su acompañante. Pero no es necesario. Sin alharacas, ni sobresaltos sobrenaturales, ni videntes entregadas, sin melodías encadenadas ni clases de cerámica, es enorme el mérito de un guion que nos hace ver como lo más normal del mundo la pervivencia de un algo más allá de la muerte. Una presencia que está y se hace notar solo en ocasiones. Con la simplicidad y sutileza de los buenos cuentos, el despertar del protagonista fantasmagórico a su nueva vida es puro deleite visual. Y para dibujar a un fantasma en una época repleta de ellos, qué mejor que volver a los trazos más primitivos. Cubierto por una sábana con sus correspondientes agujeros camina Casey Affleck por la que nunca dejará de ser su hogar.  Habitáculos anodinos que se transforman en una suerte de Casa tomada. Su deambular por un espacio cambiante es de un patetismo mortecino. Atrapado en un tiempo elíptico, cualquiera de nosotros preferiría el fuego eterno antes de ver al ser amado pasar a velocidad variable las etapas del duelo, coronadas necesariamente por el olvido. El silencio es atronador, y sus preguntas sin posibilidad de respuesta resuenan como la vajilla destrozada cuando la ira es la única reacción posible. Es esta una historia de dos, y la otra parte es ella, la chica prematuramente abandonada, la solidez lánguida de Rooney Mara en un quizá demasiado frío proceso que pone a prueba la paciencia y la empatía. Algunos tacharán de pretenciosidad “indie” emplear cinco minutos de metraje para mostrar la deglución de un pastel, típica cortesía anglosajona en estos casos. Otros lo entenderán como inspirada metáfora de todos los sentimientos encontrados que brotan sin control después del trauma. En cualquier caso, estamos ante un relato desolado y despojado, sin más concesiones al sentimiento que una mano envuelta escarbando en un tabique. Planos conmovedores y risibles a la vez, y un desenlace hermanado con la teoría de las dimensiones paralelas, inverosímil, o el único posible. Como la existencia humana en general.

domingo, 22 de octubre de 2017

Netflix es español, español, español: Fe de etarras (2017)

Una vez comprobada su viabilidad, tantas veces puesta en duda, Netflix continúa su producción propia en España. Siguiendo las premisas de su matriz, el antaño videoclub cibernético ha terminado de dinamitar la connotación negativa del concepto “telefilme”, tarea en la que HBO fue pionera. Más aún, se ha embarcado en una lucha porque sus películas sean reconocidas en los foros y festivales como los estrenos en pantalla grande. Mientras unos dicen sí y otros no, los más listos (léase aquí Borja Cobeaga y Diego San José), demuestran que el tamaño de la pantalla no importa si hay versatilidad y talento. Guionistas curtidos en la televisión y autores de dos de los mayores taquillazos nacionales de todos los tiempos, inauguran aquí la tercera vía.
Áproximadamente sobre la mitad del metraje, llega uno de esos momentos de conjunción astral entre realidad y ficción. El moderno consumidor audiovisual se sorprende de que, a estas alturas se pueda hacer gracia a costa de las banderas, del tamaño y de su abundancia. Y acto seguido, puede pausar la proyección, que para algo mola ver cine en casa, asomarse a la ventana, y contemplar el gag vivito y coleando en la fachada de enfrente o en a suya propia. Solo por la posibilidad de esta experiencia ultraterrena merece la pena la última aproximación de Cobeaga y San José a su tema fetiche. Menos audaz en su premisa que Negociador (2014) con personajes más básicos, con situaciones más asimilables, asistimos a la estática peripecia de unos terroristas que aguardan a Godot mientras se erigen los penúltimos soldados de su guerra. Les sostiene solamente la poco a poco quebrantable fe del título, ingenioso e intraducible para los usuarios no hispanohablantes de la plataforma, que ha optado por un insulso Bomb Scared según IMBD. La buena mano de los publicistas para que el toro (léase político simplón) entre al trapo hubiera sido suficiente para asegurar la curiosidad, pero es que los paralelismos con lo que estamos viendo fuera de la pantalla son de una atracción casi fatal. Así, la construcción de los personajes a base de arquetipos adquiere matices inesperados, como en el caso del militante veterano, un Javier Cámara de gesto adusto y esqueletos en el armario, que culpa a España de todos los males y que osa enmendarle la plana al mismísimo Trivial Pursuit. El hallazgo es sin duda el etarra de Albacete en búsqueda de apodo, un Julián López en clave costumbrista cuya fe del converso no mueve montañas pero sí cambia bañeras por platos de ducha. Los días claustrofóbicos encerrados en un piso Cuéntame se hacen largos se tenga o no se tenga una misión trascendental en la vida. Partiendo de esta lógica, Cobeaga y San José comparten hipótesis de lo más sensatas, trazadas con firmeza y equilibrio entre la amargura y la carcajada. La encantadora y muy abuela vecina, excelente Tina Sáinz, va socavando inconscientemente la fe a base de croquetas y guisotes. (Acerca de las croquetas y la noción de patria recorrió Twitter un atinado hilo hace unos días). El español muy español vecino del tercero desbarata el plan a la española también, y Ramón Barea, en un papel opuesto al de su protagónico en Negociador, pone el punto dramático que nos recuerda ante qué gentes estamos.
Queda demostrada la peligrosa cercanía entre la épica, y la ridiculez. Que todo discurso es susceptible de llamar a la risa, y que hay que sospechar de los solemnes que lo dicen todo absolutamente en serio. Y un aviso: los tentáculos de España son largos y no dejan marchar fácilmente.

miércoles, 11 de octubre de 2017

CINE: MADRE!


De vez en cuando los mosquitos siguen picando en octubre, y una película nos refresca el manoseado concepto de “cine de autor” y la imposibilidad de juzgarlo con los mismos parámetros que a las sagas de sustos palomiteros. El estreno de Madre!, traducción sorprendentemente literal para un país acostumbrado a los títulos explicativos, no defraudó las expectativas de los que sabían con quién se jugaban los cuartos. Una de terror manufacturada por el autor de Réquiem por un sueño y Cisne negro, que ya eran en sí mismas retratos de vidas terroríficas. Sí defraudó a los que desconocían la imposibilidad de la equidistancia con Darren Aronofsky.
Sin embargo, no es positivo que una historia necesite de tantas exégesis previas y posteriores por parte de su creador y de sus seguidores, acérrimos y apasionados sin necesidad de banderas. Fracasados los intentos de sinopsis sin desvelar los giros argumentales, hay en la blogosfera interpretaciones para todos los gustos y niveles. Bíblicas, panteístas, biográficas. Que los personajes carezcan de nombre invita a entender la película como una gran y enloquecida alegoría, dentro de la que uno puede focalizar en el que más guste o repela. Es muy sugerente que Él (HIM), interpretado milimétricamente por Javier Bardem, sea poeta. Un poeta que recorre todas las fases de la creación poética, que experimenta epifanías, arrastra masas y cura almas con su palabra. Algo anacrónico en estos tiempos de novelas históricas y textos de autoayuda. En plenos fuegos artificiales, enfilando ya el desenlace, es imposible no acordarse de Paterson, el humilde poeta amateur de lo cotidiano que nos presentó Jim Jarmusch la pasada temporada. No caben dos aproximaciones más dispares al hecho poético y sus aledaños. Bardem construye un vate romántico, aspirante a la inmortalidad y marcado por su creencia de haber sido elegido.
Sumergidos en una historia clásica a retazos que es ante todo una propuesta estética, se deslizan algunas incongruencias para los amantes o obsesos por la verosimilitud. Por ejemplo, la cantidad de ejemplares que Él ha debido despachar de sus poemarios para disfrutar de semejante mansión. Por ejemplo, el que a su fiel y admiradora esposa, y albañil, y fontanera, se la denomine “Inspiración”, siendo como es una musa en barbecho hasta que hace honor al nombre oficial del personaje.
Y si todo esto no es suficiente, o demasiado excesivo, quedémonos únicamente con Michelle Pfeiffer. Un regreso a lo grande que da miedo, mucho miedo.