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lunes, 31 de marzo de 2025

Adolescencia es para tanto.


De unos asombrosos  66,3 millones de visualizaciones en dos semanas se deduce que millones de padres y madres de todo el mundo civilizado han descubierto que quizá visten y alimentan a un monstruo en casa. Gracias, Netflix. Ese era quizá el principal propósito de la nueva mejor serie de la década, y, desde luego, es la única manera de justificar el cuarto y último episodio (perdón, plano secuencia). 

De la puesta en escena y del foco elegido por el muy preciso guion de Stephen Graham y Jack Thorne se deduce también que ningún profesional docente fue consultado acerca del estado de la cuestión. Aunque  en caso contrario, quizá el viscoso protagonismo del centro educativo  del capítulo 2 habría mostrado aún más tintes de pesadilla. Así las cosas, mientras esos millones de progenitores acarrean ahora insidiosas sensaciones de inquietud y desconfianza, otros tantos profesionales de la adolescencia que hasta ahora han sido profetas en el desierto, aguantan la tentación del "ya os lo dije".  Mientras que otros tantos usuarios de redes se afanan en la disección de cada detalle esencial que ha pasado desapercibido para todos menos para ellos, añorando los tiempos en los que hasta los diarios deportivos glosaban la masacre semanal de Juego de Tronos. 

Cabe preguntarse entonces si las cuatro horas necesarias para el visionado de Adolescencia son un gasto o una inversión, sea estética o ética. 

El audiovisual británico hace mucho que ofrece visiones amargas de la vida entre los trece y los dieciocho años. La misma Thirteen, de Larry Clark, Fish Tank, Little Britain en televisión, conforman un combo de audacia formal y sufrimiento existencial anterior al advenimiento de ese llamado Internet 3.0, el de las interacciones, las barbaridades lapidarias y la derrota de la lógica. Pero todo puede empeorar, y la validación virtual obligatoria para sentirse entre iguales se nos ha ido ya de las manos.  La monetización de contenidos, mayor cuanto más escandalosos, lleva a algunos homínidos a grabar y grabarse en actitudes incompatibles con los derechos humanos.  En Inglaterra y en Santander. Entre los aciertos de la producción que nos ocupa, la constatación de otro sentir general docente, e incomprendido en general : la peor edad son los trece, y el peor curso, tercero de eso o equivalente. El debutante Owen Cooper, de esa edad, ha agotado los sinónimos de excelencia interpretativa. De él se ha filtrado incluso el casting. El ya celebérrimo capítulo tres da miedo, mucho, a la vez que es una muestra perfecta de cómo equilibrar cambios de tono y de cómo obtener del espectador la reacción deseada. Los famosos planos secuencia que ha propiciado cierto interés por el lenguaje audiovisual por parte del pueblo llano impactan porque nos agarran del pescuezo y nos obligan a salir y entrar de casas y comisarías, a subir y bajar escaleras de colegios, a atravesar puertas de seguridad, a marcar códigos y a permanecer sentados en una sala de entrevistas esperando el estallido de ira definitivo. La entrevista de Jamie con la psicóloga de rictus imperturbable y con la procesión carcomiéndola por dentro, está salpicada de recordatorios de que este agresor es un niño. "El ¿Te caigo bien"?,  la dulce petición de otro chocolate caliente tras haber arrojado al suelo el anterior, el empecinarse en el "yo no hice nada". Ya en el inicio, más allá de la precisión documental del asalto al hogar y el proceso de detención, es interesante la elección de adulto responsable que hace el chico, reflejo de su búsqueda de referentes masculinos, contrapuesta a la figura de la madre, en proceso de negación y encargada de recordarles y recordarnos que solo es un niño. 

Tan fundamentales en la construcción del relato como los planos secuencia son las elipsis. Cada capítulo retoma desde un determinado y creciente tiempo posterior (un día, unas semanas, unos meses, unos años). El espectador acostumbrado a que se lo cuenten todo, tiene aquí la oportunidad de rellenar los huecos con mayor o menor carga dramática, dependiendo de su estado de confirmación o de incredulidad. Inevitable recomendar la estupenda Mass (2021)para entender mejor la transición al último capítulo.

Y tan fundamentales también son algunos personajes que aparecen brevemente para subrayar la existencia latente de esa bomba ideológica, ajena hasta ese momento a la apaciblemente estresada vida adulto. Ha de estremecer la risotada insensible del compañero de clase al enterarse de la culpabilidad de Jamie. Igual que el acoso sordo al que someten al hijo del inspector, personaje ridiculizado por su ignorancia supina respecto a lo que pasa en su entorno y en su propia casa. Igual que el emocionado apoyo del dependiente de la ferretería. Igual que las menciones a la imperfección de la víctima en cuanto a víctima, en Inglaterra y en Barcelona. 

El choque entre un cerebro aún no completamente formado y el bombardeo ideológico que ataca a través del móvil podría ser uno de los temas transversales de esta historia que, a pesar de su crudeza, es indecisa respecto a lo que quiere contar. Pero le ha gustado a Boyero, y eso es digno de placa honorífica.


domingo, 9 de octubre de 2022

BLONDE no es Marilyn no es Norma


 Aquellos heroicos espectadores que aguantan hasta el final de los créditos y los no menos heroicos que sestean viendo pelis de tarde conocen bien aquello de "esta película está basada en hechos reales".

Esta semana se ha hecho menos viral de lo  que merecía, quizá debido a la feroz competencia, la reclamación de ciertos pagadores de una entrada para el regreso a los cines de Avatar porque pensaban que era Avatar 2. No caeremos en la falacia tuitera que empieza por "los mismos que..." pero tentador es un rato. La aproximación de Andrew Dominik a la novela de Joyce Carol Oates se está saldando con fenomenales y furibundas reacciones que le vienen muy bien en cuanto a audiencias y muy mal en cuanto a futuribles premios. Esta rubia no es mi Marilyn, exclama el octogenario Paul Schrader, dando voz a los indignados. Vaya visión machista, cuánta miseria emocional ante nuestros ojos. Tras el amable recordatorio de su identidad de versión cinematográfica de una novela, el ojo de Mordor se ha dirigido a la escritora, no una biógrafa aspirante a polemista sino toda una eterna candidata al Nobel. En un giro desopilante y más humorístico que el que le cayó en su momento a Margaret Atwood, se le ha llegado a reprochar a Oates que, en siendo fea, se atreva a escribir sobre una mujer guapa. Cero unidades de sorpresa en cuanto al nivel argumentativo de esta década del siglo XXI. 

Así pues, comenzamos recordando que esta película es una libre versión de una novela que es una libre versión de los claroscuros de la biografía  de una de las poquísimas personas para las que se creó el término "mito". No es aconsejable por ello, ir consultando Wikipedia durante las dos horas y cuarenta y siete minutos de metraje, igual que estan haciendo ustedes con las dos series de moda y sus árboles genealógicos.   A pesar de eso, no hay revista ni magazine de entretenimiento que no haya publicado su correspondiente artículo enmendando la plana al director y guionista.

Pasemos a lo que importa. Blonde es una obra artística de calidad. Sorprendente en su apariencia de pesadilla desenfocada, una muestra excelente de lo que supone el punto de vista en una narración cinematográfica. La cámara no enfoca a Marilyn sino que se inserta dentro de lo más profundo de su ser y deja vía libre a la expresión, al sufrimiento, a la alucinación. Este planteamiento lógicamente molesta a quien esperaba un biopic de los que se llevan los óscares y los globos de oro y los brit awards. Dicen los entendidos que Ana de Armas muy injustamente no olerá ninguno. Los que dan los premios sabrán. Su encarnación de la diosa abarca todos los matices y expresividades. Sale ganando incluso en personal confrontación con los planos reales rescatados de la misma Monroe en estrenos y promociones. Más leña a la confusión entre vida, verdad, cine y literatura para los apóstoles de lo literal.  


Formalmente,decimos, es una cinta ambiciosa, de una calculada ambigüedad traducida en el uso alterno del color y del blanco y negro, más allá de la simbología evidente en cuanto a representación de felicidad/angustia. De hecho, es lo contrario,como demuestran la narración de uno de los pocos momentos de equilibrio vital en su relación con Charles Chaplin jr y Edward G. Robinson jr. (Qué mentirosos Dominik y Oates, solo fueron tres amigos. Lo dice Esquire)

Quizá lo que moleste sea la imposibilidad de resignificar a Norma/Marilyn como improbable icono feminista, al estilo de Frida Kalho. Norma Jean y todas las Normas que poblaron el mundo occidental en esas décadas previas a la primavera sesentera, únicamente jugaron las cartas que la naturaleza les dio para salir adelante. Una naturaleza que se cobró en sangre el precio. Dos violaciones y tres abortos aparecen en el metraje. 

Quizá lo que moleste sea el retrato de una Marilyn que nunca supo dejar  de ser Norma Jean, pivotando su existencia privada en torno a un padre ausente, muchacha ingenua que llama daddy a sus parejas y que acaba engañada y burlada por sus únicos amigos. La estrella que osa decir que lee a los rusos y aspira a hacer teatro porque en el cine los personajes le parecen hechos a trozos se choca con las miradas, las risotadas y los aplausos de recurrentes figuras masculinas siempre encorbatadas. La chica huérfana que se divorcia del astro del deporte por no dejarla ser Marilyn y que implora al dramaturgo que no la obligue a ser esa de nuevo. La despoblada de afectos que fantasea con sus hijos nonatos y se pregunta a sí misma "no me harás eso de nuevo", antes del segundo aborto. ¿El destrozo moral ante tanta pérdida transmite un mensaje antiabortista? Y si así fuera,¿ sería un demérito artístico?


jueves, 4 de marzo de 2021

SUPONGAMOS QUE ES UNA CIUDAD (Y que Scorsese nunca se rio de tal manera)

Primera aproximación: ¿De qué va esto?  Una señora mayor de profesión opinadora conversa con gentes diversas del mundillo artístico norteamericano acerca de la idiosincrasia neoyorquina, con el aplomo y la sorna de un oráculo y provoca las carcajadas de uno de los cineastas más importantes de la Historia del cine. Una tarde noche cualquiera, el espectador de Netflix se encuentra con un documental desenfadado de duración muy razonable creado por alguien que forma parte del canon básico. Pero es poco probable que supiera de la existencia de la otra parte. En ese caso, un interrogante le taladrará las sienes .Cómo es posible que no la conociera antes? ¿Por qué el paquete básico de Viajes El Corte Inglés de cinco días y tres noches no incluye visita a esos clubs decimonónicos tan chulos donde charlan Marty y Fran?¿Por qué en las marquesinas de autobús Nueva York me echa de menos?

Todo lugar mítico necesitaría de su trovador. Un nativo o adoptado capaz de respirar por las branquias de su personaje sumergido por completo en las entrañas del lugar, de subsumirse en una fusión total entre sus sistemas nerviosos, de exhalar en su respiración los vapores de sus alcantarillas. Si ese locus amoenus es una urbe claro, o más que una urbe, como el caso que nos ocupa.

Nueva York, o mejor dicho, su versión reduccionista llamada Manhattan, es la  ciudad con más toneladas de mitomanía acumulada. Con Woody Allen caído en desgracia y abocado a ejercer de guía turístico mercenario de la vieja Europa, es buen momento para descubrir otras voces cuya peripecia vital también ha sido  indisoluble a la de la megalópolis. Hay unas cuantas, pero el señor Scorsese, él mismo una de las más señeras, solo se ríe con Fran. 

Si bien el nivel básico de la Gran Manzana es accesible a todos merced a la fabulosa capacidad mercadotécnica del amigo americano, los siete episodios de Supongamos que es una ciudad, ofrecen un curso intensivo de neoyorquismo, recordatorio muy necesario para los que hemos pasado estos meses repasando con saudade los álbumes de fotos de segundas y sucesivas visitas (en las que no aparecen ya los iconos de las primeras ) y encontramos particularmente irritante el anuncio ese de las marquesinas. Como si fuera verdad. Si por nosotros fuera. El ahora difunto The Village Voice, los clubes de Park Avenue, la majestuosa maqueta que vivía hasta ahora anónima en el Queen´s Museum of Art. ¿Por que no tenía ni idea de eso si fui a Nueva York mis cinco días y tres noches? Porque está en Queen´s.

Así, pues, aceptamos el sucedáneo y nos acoplamos a los andares majestuosos de Frances Levowitz, escritora de corta bibliografía y exitosa creadora de su personaje, conferenciante que llena recintos ( Public Speaking Fran Lebowitz in person!!)",  invitada siempre jugosa en los talk shows de la Costa 
Este, mujer de un millón de amigos y de más de diez mil libros. Desde su primera aparición, cámara sempiterna al lado, sabes que pasarás con ella todo el arco emocional desde la admiración, la pura envidia y el progresivo hartazgo. Porque el estado permanente de mordacidad exige del otro un estado permanente de autodefensa. 

Es transparente el paralelo sincrónico y diacrónico de la historia de la ciudad desde los años 50 y los avatares del personaje, absolutamente parejos. El personaje se imbrica en el aparato de la elite intelectual y artística y se convierte en su cronista privilegiado, primero en medios de prestigio y luego sin intermediarios. Como el dinosaurio, ella siempre estaba allí. En calidad de notaria mayor del reino, Fran da fe de la existencia de toda leyenda que ha pisado la isla, desde Warhol hasta Muhammad Ali. Deleite de entrevistadores profesionales y amateurs (Alec Baldwin, Olivia Wilde), musa de conversatorios con interlocutores dispares (Toni Morrison, Spike Lee), que van conformando el particular puzzle de su personaje público, que no se adivina lejano a la persona. Puede ocurrir que le tomemos un poco de manía, a medida que Fran se delata como uno más de esos habitantes del Upper West Side con sus neurosis, y sus muros de lamentaciones cuando en la tintorería fallan, o cuando es la primera vez que cobras un cheque de cien mil dólares y tienes que rellenar papeles. 

Aún así, reconforta recuperar el mero deleite de una conversación cara a cara, y constatar que lo importante en la vida no es tener piscina , o en su caso, avión privado, sino tener un amigo con piscina, o avión privado, o entradas para el combate del siglo porque se las pasó Frank Sinatra. A La resistencia con ella.

viernes, 8 de mayo de 2020

TIGER KING VOTA JUAN

Por definición, lo exótico es lo lejano, lo inhabitual. Es humano desear lo que no se tiene, y es de humano acomodado hacer lo posible por tenerlo. "Si se lo puede permitir" es un lema de descargo que vale para todo.  La sensacion documental de la que todos hablan comienza queriendo ser denuncia con un dato sorprendente para las personas normales: En EEUU viven más tigres en cautividad que en libertad en el resto del planeta.  Desde esta primera línea de guion, el nuevo docudrama del momento parece facturado especialmente para la culta y distanciada mirada europea, proclive a a la conmiseración y a la indignación a partes iguales. Pero pronto entendemos que esto no va de felinos confinados, los "big cats" a los que aluden constantemente. Un término ajustadísimo a lo que en realidad son. Decir que están amaestrados es  quedarse muy corto. La alienación sería absoluta de no ser por el brazo arrancado del primer episodio. Esos gatos grandes, que parecen reproducirse muy bien en cautividad, son solo un medio de acceso al poder y al dinero. Y aquí nos vamos acercando ya al verdadero leiv motiv del asunto. ¿Quién le hace ascos a una foto con un cachorro de tigre blanco? En Washington parece que nadie. ¿Y quién le hace ascos en España a un jamón Cinco Jotas? 
En estos días de gloria para el audiovisual, y para la cocina, hay tiempo y ocasión de fabricarse menús al gusto con mezclas pelín insólitas, y encontrar en ellas coincidencias no tan insólitas. Es el caso de Tiger King en Netflix y Vota Juan, la producción de TNT cuya primera temporada puede verse en Prime Video.  Quitando el macguffin tigresco, ambas conforman dos fenomenales galerías de personajes entre lo grotesco, la caricatura, y la más cruda de las realidades.  Porque esa gente existe, e influye en otra gente y ve la vida como un gran juego de estrategia. Parecen todos tremendos perdedores, o desequilibrados, pero su triunfo es destacar como antisistema. Travisten sus aspiraciones corrientes en la misión visionaria de cambiar el mundo y esparcir dicha entre sus congéneres. No olvidemos nunca que la Constitución estadounidense, además de las enmiendas que todos conocemos, proclama el derecho de todo individuo a buscar su felicidad. Y poseen una admirable capacidad para reirse de sí mismos,lo que les hace en cierta manera entrañables.
En un momento determinado, Tiger King aka Joe Exotic, repulsivo por fuera y por dentro, (siempre desde la mirada europea/neoyorkina/bostoniana), decide presentarse a Gobernador de Oklahoma y más tarde a la mismísima Presidencia. No entraremos en que, de un tiempo a esta parte, la industria del espectáculo estadounidense parece consagrada al análisis del especimen llamado "votante de Trump", sabedora de la incapacidad del europeo medio para comprender. El caso es que el buen hombre cree sinceramente en sus posibilidades y en que hará cosas buenas, (y no cosas malas, al estilo  lingüístico de la Casa Blanca) por su comunidad. 
Y por aquí tenemos a un inmejorable Javier Cámara como Juan Carrasco, ministro de Agricultura aspirante a la Secretaría General de su partido, convencido él también de que es la mejor opción para su formación, y para el país entero. Su soberbia directamente proporcional a su facilidad para la ofensa gratuita recuerda inevitablemente a Homer Simpson. Su tendencia a caer de pie y a conservar inexplicablemente el afecto de su entorno, también. La vergüenza ajena por su modo de transitar la existencia, también. 
De igual manera, el rey de los tigres y el ministro operan en un espacio, digamos, provinciano. El Medio Oeste americano es para un neoyorkino lo mismo que Logroño para uno de Madrid. Es un hecho, anticuado, pero un hecho. Los guionistas de Vota Juan, animadores del llamado posthumor con joyas como Selfie y Gente en sitios, están al borde de la demanda judicial cada vez que hacen repetir a sus personajes que ellos no volverán al lugar de donde salieron, es decir, Logroño. 
El segundo marido casi adolescente de Joe Exotic hace el camino inverso que los granjeros de Las uvas de la ira, de California a Oklahoma, y ese ir a la contra basta para perfilar al personaje.
Hablar en este sentido de los sequitos de semejantes aspirantes a líder personal variopinto es un festín de color.
Sería bastante simplón ventilar al círculo social de los infortunados tigres con el manido "redneck", habida cuenta de que ellos mismos asumen el término con idéntico orgullo (su bar de cabecera se llama así), que los modernistas de Valle-Inclán. Pero no se puede dejar al albur crítico a seres tan especiales como el primer marido casi adolescente de Joe, que disfruta de muchos momentos confesionales frente a cámara. Un chaval con tantos tatuajes como dientes le faltan, que no es homosexual pero se casa con su jefe, y que prefiere que se le regalen camionetas antes que una dentadura nueva. Joe presume de contratar solo ex convictos, individuos sin porvenir de los que se asegura lealtad y agradecimiento. Sabe que no van a cuestionar la jerarquía ni por la carne caducada en la que se basa su dieta. 
El equipo del ministro Carrasco puede parecer más usual, más anodino, pero cumple la misma función: resaltar subrayar, acompañar, alentar, mantener al rey sin saber que está desnudo.  Son igualmente fieles que han crecido al amparo del jefe, que no tienen vida fuera de la res publica y que, cuando el tren se para, se sienten arrojados al mundo como seres sartrianos. Pura ficción.

Es esta  lucha por el poder y el éxito, la superioridad moral del ciudadano ilustrado languidece. Son estos seres mezquinos, ignorantes y orgullosos de serlo los que mejor saben chapotear en las ciénagas y coleccionar admiradores sinceros. La campechanía, sin complejos.

martes, 24 de diciembre de 2019

LOS DOS PAPAS (2019). Qué bonito hubiera sido.

Ni El irlandés, ni Historias de un matrimonio. La película idónea para despedir el año Netflix (decir la película del año con semejante catálogo es algo aventurado), es Los dos papas, del brasileño Fernando Meirelles, y algo de eso han intuido los votantes de los Globos de Oro. Los espectadores televidentes de la plataforma se están acostumbrando a que algunos directores prestigiosos que no son Scorsese, ni Cuarón, estrenen lo último más o menos de tapadillo, es decir, sin publicidad en autobuses urbanos. El mismo Noah Baumbach ya debutó en la semiclandestinidad con su anterior trabajo, The Meyerovitz Stories, lo mismo  que los Hermanos Coen con su Balada de Buster Scruggs. Obras francamente interesantes con las que uno se topa mientras rastrea las novedades. El largo de Meirelles, autor de Ciudad de Dios y El jardinero fiel, entre otras, sí parece estar siendo publicitado en uno de sus nichos naturales: Ciudad del Vaticano. De ninguna manera hay que desanimarse por este dato. Estamos ante un proyecto original en tono y forma, mesurado y muy pertinente de abordar en estas fechas. Con las garras afiladas lo justo para no espantar a los seguidores de los protagonistas, pero tampoco una historia desdentada como algunos críticos reprochan. Nada que ver tampoco con El joven Papa, la serie afterpop de Paolo Sorrentino para la empresa rival.  Los octogenarios protagonistas mantienen esas conversaciones jugosas que algunos tanto valoraban en Juego de Tronos (comparación no gratuita, merced al actor compartido), aunque con más enjundia intelectual,claro está. En relación a los otros octogenarios del año, los mafiosos, podría decirse que las citas teológicas de unos rellenan los silencios de los otros.  Meirelles opta por armar una trama tremendamente eficaz y resultona con la complicación justa , a partir de la vieja premisa de la Historia-Ficción. ¿Qué hubiera pasado si....? Fantasear con que dos personalidades de ese calibre, tan unidas por circunstancias presentes y pasadas y tan dispares en su forma de bregar con ellas, hubieran compartido paseos, debates, partidos de fútbol, desayunos con pizza, es demasiado bonito. Además de peligroso y con muchas papeletas de caer en la dramedia de ancianos. Hay momentos,claro,sobre todo enfilando el desenlace, en los que parecemos estar ante una feelgood movie de firmes convicciones, y nos parece lógico que así sea. Love Actually necesita recambio. Sin embargo, no puede obviarse  el rigor de varios extensos framentos, materializado en un empleo modélico de la imagen documental , para recordar de dónde vienen los personajes y en qué devienen las personas. 
Alejada la tentación de unirse a los cansinos biopics que nunca faltarán en carteleras ni en nominaciones, es humano disfrutar del duelo actoral entre Pryce/Bergoglio y Hopkins/Ratzinger. Dominando las dificultades de trabajar en varias lenguas y de sumergirse en figuras bastante alejadas de las creencias propias, según declaraciones de los propios intérpretes. A este respecto, el asombroso acento argentino de Jonathan Pryce, ya experimentado en líderes religiosos, es como tener la capilla Sixtina para confesarse tranquilamente, demasiado bonito para ser verdad. Lo demás, encaja. La manera de contraponer antecedentes y pareceres quizá es algo obvia por momentos, pero fructífera y reveladora. Constatar  su colaboracionismo con regímenes genocidas, su mutismo cuando tenían voz que alzar. En las escenas retrospectivas, con el argentino Juan Minujín brillando como el Jorge joven, cristaliza la subjetiva, que no hagiográfica, aproximación a la trayectoria del actual pontífice, que es el narrador indirecto de la historia. El agotado Benedicto no goza de recuerdos, y se arrastra por las estancias oprimido por una suerte de cuentapasos que le obliga a seguir moviéndose. Curiosa paradoja en institución tan inmovilista. Llegando al final del camino uno, y al culmen profesional otro; uno estudiando y el otro viviendo, concluyen en lo mismo: El inglés es una lengua diabólica. 

Los dos Papas (2019). En Netflix y cines seleccionados.
Dirección: Fernando Meirelles
Guion: Anthony McCarthen
Música: Bryce Dessner
Fotografía: César Charlone
Reparto: Jonathan Pryce, Anthony Hodkins, Juan Minujín, Cristina Banegas, Sidney Cole, Luis Gnecco,Federico Torre, María Ucedo, Thomas D. Williams, Pablo Trimarchi. 
Producción: Netflix. Reino Unido, Italia, Argentina, Estados Unidos.


viernes, 26 de enero de 2018

BLACK MIRROR SON LOS PADRES


¿Black Mirror, o realidad? podría ser el título de una de las pruebas tontorronas con las que El Hormiguero asaetea a sus invitados. Porque, ¿cuándo dejó de ser Black Mirror el espejo siniestro donde mirábamos nuestro futuro inmediato? ¿No sin algo de ingenua confianza en un golpe de timón que nos alejara? Pudo ser en el metro,  el día en que nos dimos cuenta de que todos nuestros compañeros de vagón, todos, se entretenían mirando el móvil. O cuando entramos en Facebook y la publicidad ofrecida tenía relación con las últimas búsquedas en Amazon. O cuando nos rendimos al íntimo placer de puntuar a los demás por su apariencia y conducta y a la ansiedad por ser puntuados. 
El caso es que la invención de Charlie Brooker hace tiempo que ya no encaja en la definición de  distopía. 1984 tardó decenios en replicar a Orwell. . En este caso, la realidad ha alcanzado a la ficción en menos de un lustro. Y no es un demérito para Netflix, que responde con orgullo “ya lo dije primero” cuando Pizza Hut tuitea la próxima llegada de los vehículos autónomos de reparto que son la mecha que prende “Crocodile”. Y qué decir de la siniestra publicidad de Meetic y su “coach” para encontrar la pareja perfecta, precuela inconfesable de “Hang the DJ”. 
Así las cosas, la quinta temporada acerca a la serie a una confortable madurez, con la irregularidad inevitable. Con una vocación nueva de ser cronista del presente y del mañana más literal, los seis episodios siguen proporcionando momentos excelsos y sensaciones perturbadoras. Si el hallazgo de la pasada entrega fue el final feliz de San Junipero, esta vez se prueba con la suave parodia friki en USS Callister, que amenaza con  secuela. Pero, sin duda, el concepto clave de la serie 4 ha sido el del “paternidad/maternidad”. En dos vertientes diferentes y complementarias, partes del proceso ambas, e incorporando las ideas y términos más exitosos en las modernas pedagogías.El capítulo 2, “Arkangel”, dirigido por Jodie Foster, y el 6, “Black Museum”, evocan la cruz y la cara de ser padres. La tablet diabólica que censura las vivencias de la hija en Arkangel nos resulta extremadamente familiar en su propósito. La sensación general es que los padres nunca fueron tan sobreprotectores como lo son hoy. Acercando la reflexión a lo que tenemos más cerca, es sorprendente/desazonador/ que la generación patria criada con La Bola de Cristal, cuyas vidas al límite sin cinturón de seguridad se recuerdan con regocijo en Yo fui a EGB, entren en modo ataque cada vez que su retoño se siente importunado; ya sea por un congénere que le hace la zancadilla en el recreo, o por un maestro que anota en su agenda la falta de deberes. El futuro inminente que retrata el episodio está a tres zancadas y da tanto miedo como solía darlo la serie entera cuando era británica. 
El último capítulo de la temporada es una oda a la autorreferencialidad. Un festín para los buscadores de conexiones entre tramas y personajes. Y también un merecido autohomenaje del orgulloso padre de la criatura. El museo de los horrores enclavado en un secarral funciona a la manera de unos grandes éxitos. Hay recuerdos para todas las temporadas, bajo el común denominador de toda la serie: qué pasa cuando la tecnología se nos va de las manos. La audaz adolescente protagonista no dispuso precisamente de una vida filtrada por el artefacto Arkángel. 
Black Museum supone un muy adecuado cierre temporal en su interés por recapitular y entretejer detalles olvidados por el amplio margen entre entrega y entrega. Charlie Brooker nos recuerda lo que ha crecido su serie con esta original reinterpretación del clásico álbum de fotos familiar. 
Situada ya plenamente en su nicho de comodidad, habrá que seguir atentamente evoluciones temáticas y  narrativas. Aún queda capacidad de sorpresa. 


domingo, 10 de diciembre de 2017

STRANGER NOSTALGIA




La irrupción de Stranger Things hace dos veranos fue entusiásticamente recibida por todos aquellos treinta y que han hecho de mirar hacia atrás sin ira una forma de vida. Lo tenía todo. Un festival de recuerdos idealizados y prestados de aquellos, nosotros, que se dejaron colonizar mansamente por el construcción estadounidense de la infancia. Aquellos, nosotros, miraban con misericordia a sus ascendientes, que en las reuniones familiares evocaban la televisión en blanco y negro, a la vez que adoptaban como generacionales los veranos yanquis en bicicleta, con sus tardes de pesca, sus aventuras en minas abandonadas, sus contactos extraterrestres. Todo mucho más estimulante que las horas al sol en Torrevieja, Alicante, al cuidado de la tía Enriqueta. La EGB se ha sacralizado, y la pugna con los millenials es desigual; a saber qué podrán rescatar ellos sin buscar en Youtube. Por eso, las expectativas generadas por la nueva tanda de episodios era grande, y así la trabajó Netflix en la publicidad que inundó el transporte público, solo accesible para los conocedores del Upside Down. (Los demás seguirán pensando que los operarios colocaron los carteles al revés). Los hermanos Duffer, demasiado jóvenes para haber asistido en directo a los hitos del cine que recrean, han tomado la idea de “lector ideal” de la estética de la recepción, y se han confeccionado un espectador a medida. Con una primera temporada sorprendente en su fidelidad a los clásicos, cautivaron a los que buscaban razones para evocar sus primeros años como un paraíso. En estos tiempos de oda al sucedáneo, daba mucho más miedo el Demogorgon que la obsesión de Richard Dreyfuss por la Torre del Diablo.
Así pues, abandonado el período estival de emisión, que no concordaba con las tramas desarrolladas en pleno curso escolar, la segunda temporada nos ha dado más, mucho más, pero no mejor. Culpa de las expectativas. Al igual que vimos en otras series de aquí, tipo El Ministerio del Tiempo, la referencialidad y vertientes pueden ser una plaga. Los seguidores de los preadolescentes de Hawkins seguramente celebraron con mayor alborozo el episodio de Halloween, ahora que ya está dentro de nuestro calendario, con toda justicia, justo entre el Oktobertfest y el Adviento. Más dudosa en su adecuado entendimiento ha sido la evolución de Eleven, personaje icónico que ha puesto de relieve cómo cambian los tiempos, y qué significaba tener trece años hace treinta, y tenerlos ahora. Homenajeando al racionalismo, resultó que antes de Once había otros diez pequeños seres víctimas de la experimentación y de la numeración cardinal, y alguno de ellos, más ellas que ellos, exponencialmente peligrosos. La anagnórisis de Eleven, esperada desde el primer episodio, devino en una enloquecida alegoría punk difícil de asumir para los que seguían viendo a Los Goonies en la adorable no-dentadura de Justin. No era necesaria tanta sombra de ojos para ilustrar su lado oscuro. Tampoco lo era sus sustitución por la mala pero buena pelirroja del monopatín, que no ha conseguido enamorar a nadie. Pero la extrañeza cotidiana no descansa, y confirmada está ya una tercera temporada.
Es conveniente preguntarse por qué, ya que uno decide entregarse a devaneos nostálgicos, no echa mano de los suyos. El mensaje único que los productos estadounidenses ofrecen, en los ochenta y hoy, es el de la importancia de la familia. Hasta cierta edad, claro. Hasta Will se graduará y dejará a su poco equilibrada madre redecorando las paredes de su casa, y las habitaciones de sus amigos tienen todas las papeletas para ser transformadas en gimnasios. Las madres españolas, sin embargo,no saben lo que es el síndrome del nido vacío. Habría que ir aceptando que nuestra infancia no estuvo marcada por conspiraciones en el bosque del pueblo, sino por la neolengua de Chiquito de la Calzada, mucho más extraterrestre que ET, el gigante de Super 8 y todos los Demogorgon juntos.


De la nostalgia del sucedáneo que decolora tiempos añejos hablaremos otro día. O cómo las redes enloquecen con una pareja de post adolescentes entonando la canción de La La Land.

domingo, 22 de octubre de 2017

Netflix es español, español, español: Fe de etarras (2017)

Una vez comprobada su viabilidad, tantas veces puesta en duda, Netflix continúa su producción propia en España. Siguiendo las premisas de su matriz, el antaño videoclub cibernético ha terminado de dinamitar la connotación negativa del concepto “telefilme”, tarea en la que HBO fue pionera. Más aún, se ha embarcado en una lucha porque sus películas sean reconocidas en los foros y festivales como los estrenos en pantalla grande. Mientras unos dicen sí y otros no, los más listos (léase aquí Borja Cobeaga y Diego San José), demuestran que el tamaño de la pantalla no importa si hay versatilidad y talento. Guionistas curtidos en la televisión y autores de dos de los mayores taquillazos nacionales de todos los tiempos, inauguran aquí la tercera vía.
Áproximadamente sobre la mitad del metraje, llega uno de esos momentos de conjunción astral entre realidad y ficción. El moderno consumidor audiovisual se sorprende de que, a estas alturas se pueda hacer gracia a costa de las banderas, del tamaño y de su abundancia. Y acto seguido, puede pausar la proyección, que para algo mola ver cine en casa, asomarse a la ventana, y contemplar el gag vivito y coleando en la fachada de enfrente o en a suya propia. Solo por la posibilidad de esta experiencia ultraterrena merece la pena la última aproximación de Cobeaga y San José a su tema fetiche. Menos audaz en su premisa que Negociador (2014) con personajes más básicos, con situaciones más asimilables, asistimos a la estática peripecia de unos terroristas que aguardan a Godot mientras se erigen los penúltimos soldados de su guerra. Les sostiene solamente la poco a poco quebrantable fe del título, ingenioso e intraducible para los usuarios no hispanohablantes de la plataforma, que ha optado por un insulso Bomb Scared según IMBD. La buena mano de los publicistas para que el toro (léase político simplón) entre al trapo hubiera sido suficiente para asegurar la curiosidad, pero es que los paralelismos con lo que estamos viendo fuera de la pantalla son de una atracción casi fatal. Así, la construcción de los personajes a base de arquetipos adquiere matices inesperados, como en el caso del militante veterano, un Javier Cámara de gesto adusto y esqueletos en el armario, que culpa a España de todos los males y que osa enmendarle la plana al mismísimo Trivial Pursuit. El hallazgo es sin duda el etarra de Albacete en búsqueda de apodo, un Julián López en clave costumbrista cuya fe del converso no mueve montañas pero sí cambia bañeras por platos de ducha. Los días claustrofóbicos encerrados en un piso Cuéntame se hacen largos se tenga o no se tenga una misión trascendental en la vida. Partiendo de esta lógica, Cobeaga y San José comparten hipótesis de lo más sensatas, trazadas con firmeza y equilibrio entre la amargura y la carcajada. La encantadora y muy abuela vecina, excelente Tina Sáinz, va socavando inconscientemente la fe a base de croquetas y guisotes. (Acerca de las croquetas y la noción de patria recorrió Twitter un atinado hilo hace unos días). El español muy español vecino del tercero desbarata el plan a la española también, y Ramón Barea, en un papel opuesto al de su protagónico en Negociador, pone el punto dramático que nos recuerda ante qué gentes estamos.
Queda demostrada la peligrosa cercanía entre la épica, y la ridiculez. Que todo discurso es susceptible de llamar a la risa, y que hay que sospechar de los solemnes que lo dicen todo absolutamente en serio. Y un aviso: los tentáculos de España son largos y no dejan marchar fácilmente.