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domingo, 6 de agosto de 2023

SERIES: LA NOCHE QUE LOGAN DESPERTÓ


 Xavier Dolan lo deja. El más prominente ejemplo de joven hombre orquesta en la cinematografía contemporánea, afirma estar harto de la escasa repercusión de sus obras. Un ejercicio de reflexión muy poco común dentro del colectivo del arte y ensayo, que podría ser contrarrestado por una buena conversación con nuestro Albert Serra. Desde aquí emplazamos a Xavier a ese encuentro. Seguro que encuentra una motivación renovada, no solo para rodar la producción "en estado embrionario" según sus palabras, que tiene acordada con HBO. 

Esta mala noticia es un punto para Filmin, una de las dos o tres plataformas que, lamenta el creador, han comprado la serie. Hay que decir, obra casi postrera que puede ser un enganche interesante para abordar sus restantes trabajos aun en sentido inverso. Porque aquí se muestran bien lustrosos todos los intereses y todas las obsesiones que han acompañado a Dolan desde su debut casi adolescente con He matado a mi madre (2009).  Su querencia por el melodrama familiar envuelto en esa estética feísta y decadente que quizá ahuyente más a un público potencial que el endiablado francés quebecois en el que rueda habitualmente, aunque opine lo contrario. 

En esta ocasión, Dolan vuelve a versionar una obra teatral de Michel Marc Bouchard, como ya hizo en Tom en la granja (2013). La pieza, estrenada en 2019, es la materia prima perfecta para que el de nuevo productor/director/guionista/montador/actor elabore un menú de alta cocina, con múltiples preparaciones y adaptado con precisión a las posibilidades que da el formato miniserie. Cinco episodios de apenas una hora de duraciòn, cada uno encabezado por el nombre de uno de los personajes principales. El esfuerzo por otorgar al espectador un punto de partida asequible cristaliza desde las primeras escenas. Madeleine,"Mado", la matriarca de la familia Larouche, agoniza en su cama y todo se prepara para el inminente final. Hay una caja de latón con recuerdos y una última llamada. A su alrededor van reunièndose sus hijos. Julien, el mayor, preso en un matrimonio anodino con Chantal, su novia de toda la vida, Denis, que parece funcionar de pegamento familiar a la par que mantiene su vida y su casa en una mugre absoluta, y Elliot, el pequeño, que sale de un centro de rehabilitación para despedirse de su madre. Este es el personaje que Dolan se reserva, y sus razones tiene. Todos ellos acarrean dificultosamente cicatrices del pasado de una herida compartida, recibida con perplejidad y asumida con resignación. Es en el segundo capítulo cuando aparece el personaje catalizador de la tragedia. Mireille, la hermana mediana, que ha estado veinte años haciendo su vida en Montrèal. A partir de ese momento, la información se va dosificando sabiamente y el espectador no familiarizado con los códigos del joven cineasta se va dando cuenta de que un dramón de sobremesa no es. Hay un secreto terrible que ha destrozado una familia, sí, pero la narrativa y el envoltorio es tan poco ortodoxo como cabía esperar. La sórdida historia se desvela pizca a pizca, tamizada de imágenes alucinatorias y recuerdos borrosos que se enredan entre sí hasta casi perder el equilibrio entre el suceso acaecido, lo soñado y lo que cada uno desearía que hubiese pasado. No solo Elliot o Julien, más proclives al onirismo por sus adicciones mal resueltas. Esta ceremonia de la confusión va a más a cuenta de la fenomenal banda sonora a cargo de nada menos que Hans Zimmer y David Fleming, amén de composiciones de Rufus Wainright y un momento cumbre de karaoke Céline Dion. Imposible ser más de la tierra. La factura estilística tan del gusto del autor, rebosa oscuridad y propuestas visuales incómodas que retratan a unos seres que, treinta años después de que sus vidas se fueran a la basura, tienen la oportunidad de aventurar una redención.

domingo, 10 de diciembre de 2017

STRANGER NOSTALGIA




La irrupción de Stranger Things hace dos veranos fue entusiásticamente recibida por todos aquellos treinta y que han hecho de mirar hacia atrás sin ira una forma de vida. Lo tenía todo. Un festival de recuerdos idealizados y prestados de aquellos, nosotros, que se dejaron colonizar mansamente por el construcción estadounidense de la infancia. Aquellos, nosotros, miraban con misericordia a sus ascendientes, que en las reuniones familiares evocaban la televisión en blanco y negro, a la vez que adoptaban como generacionales los veranos yanquis en bicicleta, con sus tardes de pesca, sus aventuras en minas abandonadas, sus contactos extraterrestres. Todo mucho más estimulante que las horas al sol en Torrevieja, Alicante, al cuidado de la tía Enriqueta. La EGB se ha sacralizado, y la pugna con los millenials es desigual; a saber qué podrán rescatar ellos sin buscar en Youtube. Por eso, las expectativas generadas por la nueva tanda de episodios era grande, y así la trabajó Netflix en la publicidad que inundó el transporte público, solo accesible para los conocedores del Upside Down. (Los demás seguirán pensando que los operarios colocaron los carteles al revés). Los hermanos Duffer, demasiado jóvenes para haber asistido en directo a los hitos del cine que recrean, han tomado la idea de “lector ideal” de la estética de la recepción, y se han confeccionado un espectador a medida. Con una primera temporada sorprendente en su fidelidad a los clásicos, cautivaron a los que buscaban razones para evocar sus primeros años como un paraíso. En estos tiempos de oda al sucedáneo, daba mucho más miedo el Demogorgon que la obsesión de Richard Dreyfuss por la Torre del Diablo.
Así pues, abandonado el período estival de emisión, que no concordaba con las tramas desarrolladas en pleno curso escolar, la segunda temporada nos ha dado más, mucho más, pero no mejor. Culpa de las expectativas. Al igual que vimos en otras series de aquí, tipo El Ministerio del Tiempo, la referencialidad y vertientes pueden ser una plaga. Los seguidores de los preadolescentes de Hawkins seguramente celebraron con mayor alborozo el episodio de Halloween, ahora que ya está dentro de nuestro calendario, con toda justicia, justo entre el Oktobertfest y el Adviento. Más dudosa en su adecuado entendimiento ha sido la evolución de Eleven, personaje icónico que ha puesto de relieve cómo cambian los tiempos, y qué significaba tener trece años hace treinta, y tenerlos ahora. Homenajeando al racionalismo, resultó que antes de Once había otros diez pequeños seres víctimas de la experimentación y de la numeración cardinal, y alguno de ellos, más ellas que ellos, exponencialmente peligrosos. La anagnórisis de Eleven, esperada desde el primer episodio, devino en una enloquecida alegoría punk difícil de asumir para los que seguían viendo a Los Goonies en la adorable no-dentadura de Justin. No era necesaria tanta sombra de ojos para ilustrar su lado oscuro. Tampoco lo era sus sustitución por la mala pero buena pelirroja del monopatín, que no ha conseguido enamorar a nadie. Pero la extrañeza cotidiana no descansa, y confirmada está ya una tercera temporada.
Es conveniente preguntarse por qué, ya que uno decide entregarse a devaneos nostálgicos, no echa mano de los suyos. El mensaje único que los productos estadounidenses ofrecen, en los ochenta y hoy, es el de la importancia de la familia. Hasta cierta edad, claro. Hasta Will se graduará y dejará a su poco equilibrada madre redecorando las paredes de su casa, y las habitaciones de sus amigos tienen todas las papeletas para ser transformadas en gimnasios. Las madres españolas, sin embargo,no saben lo que es el síndrome del nido vacío. Habría que ir aceptando que nuestra infancia no estuvo marcada por conspiraciones en el bosque del pueblo, sino por la neolengua de Chiquito de la Calzada, mucho más extraterrestre que ET, el gigante de Super 8 y todos los Demogorgon juntos.


De la nostalgia del sucedáneo que decolora tiempos añejos hablaremos otro día. O cómo las redes enloquecen con una pareja de post adolescentes entonando la canción de La La Land.