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lunes, 2 de noviembre de 2026

SERIES: EL CASTILLO

 


Érase una vez una madre colombiana casi adolescente llamada Claudia. Su hijo de dos años está enfermo y en su casa, que es la de su madre y la de su hermano, no hay recursos. Ella ha oído hablar de cierto señor que facilita la marcha a España para trabajar en la prostitución. Sí. Claudia sabe a lo que va, y sabe cuánto va a costarle, o ella piensa que lo sabe, o más bien prefiere pensar que lo sabe. Así que se lanza, no tiene otra alternativa. Su familia también sabe a lo que va y no solo no la disuade, sino que la anima y la exprime según avanzan los meses y los años. En una de las conversaciones telefónicas con su niño, Claudia le cuenta que está en un castillo, y nosotros queremos creer que el hijo enfermo se la imagina como una princesa en su cuento. Pero el castillo de Claudia es un burdel de Ciudad Real, y hay muchas princesas dentro con las que compite por complacer a los príncipes sapos que se dejan allí el salario de viajante de comercio. Claudia ha inaugurado sin quererlo una nueva etapa en este negocio milenario. Ella asumió que sería chica de plaza, esto es, gestora de su propia facturación, pero se ve convertida en una de las primeras "mujeres de deuda" esclavizadas por la ingeniería contable de sus empleadores en los idealizados años noventa. 

Con estos cimientos, los guionistas Isabel Peña y Eduardo Villanueva construyen una historia que evita los subrayados típicos de la denuncia social, que sí empleó con su habitual maestría Fernando León en Princesas (2005), su radiografía de la amistad entre dos prostitutas con más margen de maniobra. Tampoco ellas lo eran, pero tampoco tenían castillo ni señor feudal que las sometiera.

Porque, si bien el foco de la serie es de Claudia, es su señor feudal el protagonista de la función. Raúl Arévalo ha vuelto a la interpretación a todo trapo en El ser querido de Rodrigo Sorogoyen y aquí, de la mano de sus guionistas de cabecera. El proxeneta al que da vida y panza es hombre de anodino nombre, Manuel Muñoz, apelado El Suizo. En él se concita toda la idiosincrasia del empresaurio español en un ajustadísimo equilibrio entre la miserabilia y la humanidad. Manuel no se considera delincuente, porque no lo es. Manuel habla de usted a las chicas y les ofrece una figura casi paterna, correctivos físicos incluidos. Manuel quiere ser CEO y expandir su emporio a toda la península. Manuel quiere eliminar a la competencia de fuera y sabe hacer tratos con el diablo, aunque lleve placa. 

Pero un personaje "bigger than life" como Manuel necesita de secundarios robustos que le hagan contrapeso. Y de ellos dispone, a uno y otro lado de la ley. Por una parte, sus socios y secuaces, de más a menos patán, entre los que destaca el sibilino Marc Rodríguez. Del otro, el esforzado agente de la ley encarnado con brillantez y progresivo desencanto por Omar Ayuso. La trama se despega definitivamente de cualquier fábula esperanzadora cuando se adentra en los descuidados pasillos de la comisaría, habitada por seres igualmente descuidados y todo lo imperfectos que se supone que no debieran ser. Querer no es poder aquí. El naturalismo en la escenografía es absolutamente ejemplar en esta propuesta, tanto en la recreación de las dependencias policiales como en el diseño del castillo de Claudia, que se erige en el personaje más terrorífico. La precisión descriptiva, áspera, cruda y todos los adjetivos que se le quieran añadir, es compatible con la evocación de algún que otro estereotipo, como la variada tipología del cliente de estos sitios. Por ello, cada uno de los seis capítulos toma el nombre propio de un ejemplar diverso. Especial mención al encarnado por Fernando Delgado-Hierro. 

En el mundo real son los jueces los que deciden el grado y la cantidad de finales felices. Por eso, el último capítulo, con un tono totalmente documental, es sobrecogedor. 

El castillo (2026), en Movistar +.  Una serie de Isabel Peña y Eduardo Villanueva. Dirigida por Elena Martín y Sandra Romero a partir de El proxeneta, de Mabel Lozano.