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domingo, 26 de enero de 2020

EL COLGAJO, de Philippe Lançon

No quería novelar mi experiencia. Tenía que controlar la literaturización. Son dos de los objetivos, que el narrador se marca, y que, como vamos a ver, alcanza a veces, sin que sea necesariamente perjudicial para la historia. 
El pasado 7 de enero se cumplían cinco años del atentado islamista contra el semanario satírico Charlie Hebdo, y en octubre pasado se editó en castellano El colgajo (Le lambeau, en francés), la remembranza de uno de los supervivientes, el periodista y crítico Philippe Lançon. Un texto sorprendente en muchos aspectos que rebosa los moldes  del subgénero "historias de superación y supervivencia". Una peripecia vital desgraciadamente compartida por cada vez más personas, con una propuesta alejada del arquetipo de héroe/antihéroe/víctima que deja en manos de otro la composición y narración de su historia, con vistas a exaltar la emotividad del lector y optar a un contrato cinematográfico. Consecuencia lógica del aumento de la violencia terrorista en Occidente es la transformación de esas experiencias individuales en libros, películas y obras de teatro. Sin ir más lejos, la temporada pasada, los espectadores madrileños tuvieron ocasión de contrastar perspectivas y maneras dramáticas en funciones como La Golondrina, de Guillem Clúa, o Espejo de víctima, de Ignacio Martínez Del Moral. Y estos días, Atentado, de Félix Estaire.
La distancia y el desinterés por todo esto se hace patente ya desde el título. Una elección que anticipa el tono de la obra, absolutamente fundamental y selectivo en sus receptores. La metáfora del colgajo fusiona los dos mundos en los que el autor/narrador se va a mover durante nueve meses de su vida: la cirugía especializada, tan ajena a él como propia es la cultura y el arte en su más amplio espectro. Así, la técnica que le devuelve la posibilidad de un mentón y de un rostro se hermana con los versos de Jean Racine, el gran trágico francés, para construir un relato fascinante en el que el hecho luctuoso solo es el punto de partida. 
Mientras seguimos esperando que la autoficción empiece a dar sus últimos coletazos, Lançon despacha más de cuatrocientas páginas de autobiografía a la antigua usanza. Sin ánimo alguno de hacer literatura con ella, si bien ha de entenderse como huida del artificio, de la banalización, del edulcorante, de la hipérbole, de las selecciones del Reader´s Digest, en definitiva. Su firme propósito en este sentido ha resultado ser un ejemplo de cómo una crónica de sucesos puede transformarse en literatura de primera división rescatando básicos como la forma, el tono y unos personajes sobresalientes. Descartando cualquier ápice de heroísmo de sobremesa y logrando con maestría, buscada o no, el difícil equilibrio entre la crudeza descriptiva y la asepsia narrativa. Con precisión quirúrgica, que diría el tópico, 
El autor/protagonista/narrador no puede encajar mejor en la silueta de intelectual francés que suele rondar la cinematografía vecina y que se deleita en conversaciones de alto standing mientras marida una buena añada de tinto con un surtido de queso. Hay decenas de ejemplos, uno de los más recientes, Dobles vidas (2018), de Olivier Assayas. Tanta coincidencia estereotípica a veces nos hace sonreír y puede alejar en cierta manera la empatía que todo relato de este tipo necesita. Lançon exhibe un bagaje (el galicismo es pertinente) apabullante en todos los ámbitos artísticos. Colaborador ocasional en Charlie, y crítico en Liberátion, representa un tipo de periodismo casi extinguido. Esta es la verdadera novedad y aliciente de la lectura. Muy consciente de ello, dedica numerosas líneas a la reflexión y al análisis casi psicoanalítico acerca de los beneficios que su fondo de armario cultural le proporciona en el trago humano, demasiado humano de haberse degradado solo en un cuerpo herido. Es esta una de las claves del relato. Se dice que la filosofía, entendida como la necesidad del individuo de inquirir acerca de su existencia, surge una vez las necesidades físicas más perentorias están razonablemente cubiertas. El conocimiento nos surte de más preguntas que de respuestas, como todo investigador sabe, y lleva inevitablemente a la infelicidad y a la insatisfacción si nos ponemos en modo romántico obsesivo. ¿Mejor no saber, entonces? En una situación que escapa a nuestro dominio, ¿mejor entregarse al otro que sabe? En uno de los mejores y más sinceros pasajes del relato, el exhausto protagonista se apena de los que están pasando por lo mismo que él pero que no pueden encontrar resuello en Proust, Bach o Kafka, sus tres ángeles de la guarda. Seres que se arrastran por pasillos, salas y parques, anestesiados por la televisión. Él, como buen intelectual francés, disfruta de la compañía de numerosos amigos, amigas y ex parejas que le sacan al teatro, a exposiciones, a pasear por los exteriores del hospital, que no es uno cualquiera, sino Los Inválidos, y a pesar de todo eso, apenas sobrelleva el sufrimiento físico y mental de verse convertido en un ser muñequizado que va de mano en mano, de quirófano en quirófano.  Y a pesar de la fenomenal galería de secundarios, literariamente hablando, del que dispone. Alguien que se acerque a esta historia con ánimo identificativo, se sorprenderá del grado de conexión médico-paciente, ampliamente diseccionado en páginas enteras. Y de la afinidad personal y de formación del paciente con sus cirujanos, enfermeras y aledaños. No hay cabida en su microcosmos para iletrados o lectores del Paris Match. Un punto a favor de la Assistance Publique, a la que el protagonista dedica honestos elogios y breves denuncias de su deterioro, lastrada por los recortes y salvada por su personal, como es norma en Europa desde hace ya demasiado tiempo. 

EL COLGAJO, de Philippe Lançon. Traducción de Juan de Sola. Anagrama (Panorama de Narrativas). 2019. 


lunes, 20 de marzo de 2017

La hora de clase

Hemos crecido con ellos. Profesores carismáticos que se ganan a un auditorio renuente a base de personalidad, atractivo y conocimientos enciclopédicos de lo suyo. Que establecen una conexión casi mental con sus alumnos, o con algunos de ellos. Quién no se ha cruzado con alguno cuando calentaba pupitre, en el colegio, en el instituto, o en la universidad, o se ha imaginado participando en una clase de ficción, escuchando con arrobo a esos docentes de película, siempre de materias humanísticas, que dan más juego. Leyendo esta oda a la clase magistral que escribe el profesor Recalcati, he recordado especialmente a uno de los míos, igual de ducho que el italiano en el psicoanálisis aplicado. Un catedrático de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico cuya explicación de Hamlet y Frankenstein hicieron que hordas de veinteañeros (¡caribeños!) agotaran las ediciones de Lacan, Jung, y de rebote, Derrida, en las librerías del barrio.
Pero hace ya demasiado tiempo de eso, y la nostalgia no es buena, aunque está de moda. La hora de clase, inteligentemente subtitulada “por una erótica de la enseñanza”, es un bien armado ejercicio de nostalgia, defendido por un experto en educación y seguro excepcional docente. Un binomio casi nunca visto por nuestro maltratadísimo sistema educativo. Desde este doble prisma, el autor dibuja un mapa certero de los males que aquejan al noble arte, y ciertamente quijotesca experiencia de enseñar un saber en el siglo XXI. Constatamos entre suspiros que “mal de muchos, consuelo de tontos”, como decían las abuelas. Ya en el prólogo se ataca duramente la intrusión, que no inclusión, en las aulas del fervor tecnológico mal entendido, así como el escaso apoyo a la labor docente por parte de instituciones y familias. Ya estamos otra vez con las quejas, pensará el paciente lector. Pero no. No estamos ante un libro de reclamaciones, sino ante un minucioso trabajo de campo que radiografía el problema con el mejor instrumental psicoanálitico. Desde la primera parte del texto, Recalcati saca la artillería pesada y propone una clasificación interesante de los tipos de escuela, pasada y presente: Escuela-Edipo, Escuela- Narciso, Escuela- Telémaco. Conceptos elaborados desde el didactismo que no suponen obstáculo alguno para el lector poco avezado, que sí captará por entero el sentido de términos como “vides torcidas”, y otras resonancias a tiempos si no mejores, más fáciles de clasificar. Pasadas estas páginas, las ideas fluyen con rotundidad. Cómo no identificarse con el profesor veterano acosado por superiores que le obligan a convertir sus aulas en “examenderías”, a registrarlo absolutamente todo con parámetros medibles y cuantificables. A transmutarse en psicólogo en las tutorías y a bregar con padres y madres abrumados por los gurús de la nueva educación que les taladran con lo uno y su contrario, sin tiempo ni recursos para sentarse a solas con sus hijos. Acude el texto a autoridades reales y ficticias para apuntalar sus afirmaciones: Daniel Pennac y su Mal de escuela; el contradictorio William Stoner de John Williams. Hasta que llegamos a la razón de ser de la obra: la oda, que bien pudiera ser una elegía, a la hora de clase. Una hora que debiera dejar al alumno perplejo como el que escucha en Youtube a Roberto Benigni recitando a Dante. El libro mutado en cuerpo, el cuerpo en libro. El cuerpo del maestro emanando la erótica de la enseñanza. Algo al alcance de muy, muy pocos, y que hace tiempo dejó de ser suficiente. Algo hermoso de experimentar, y de escribir, pero, vaya, imposible de transmitir, y de explicar. Dice Recalcati que el secreto del maestro es “el estilo”. Ha de bastar que el maestro entre por la puerta. ¿Y qué es el estilo? ¿El porte, la voz, las dotes de comunicador? ¿Y la competencia brutal con el supersónico fragmentarismo audiovisual que consumen los destinatarios de sus mensajes? Nada acerca de cómo adquirir el estilo, amén de la experiencia. Seguimos en la penumbra entonces. Enseñar es dejar marca, la etimología manda, y eso no está al alcance de todos los maestros. Para él sí, como traslucen las anécdotas que jalonan esta última parte.
Huir de la mediocridad, provocada por la informática, según sus palabras, y convertir esa hora, y todas las de ese día, y todas las del curso, en momentos de transferencia total entre maestro, y alumno. Arrinconada esa desvaída competencia de Aprender a aprender, y obviada la transformación obligada del profesor de antaño en comercial de su producto, que debe saber vender cada día a un público generalmente hostil que no le da con la puerta en las narices porque está pensando si la reseña de ese libro estará en Internet.
Aunque la conexión existe, se han dado casos y están documentados.