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martes, 26 de marzo de 2024

UN MANICOMIO EN El FIN DEL MUNDO


 En la casi inabarcable lista de gestas humanas, las expediciones polares ocupan un lugar estelar por su misma esencia de aventura radical, experimentación con los límites geográficos y de resistencia física y mental. El colectivo es a la vez fuerza y fragilidad, y normalmente la gloria y el honor de nombrar estrechos y bahías se la lleva solo uno. El oprobio también. Esta primera obra del periodista especializado en viajes Julian Sancton es valiosa no porque lleve el marchamo, muy cuestionado últimamente, de recomendado por el NYT, sino por descubrirnos la posiblemente más documentada travesía de esta índole. Mucho más que las célebres de Franklin y Shackelton, anteriores en el tiempo y convenientemente aludidas en estas páginas. La aventura del Bélgica en los hielos antárticos se emparenta con la segunda en el final moderadamente satisfactorio y en el tortuosísimo proceso de liberación que resulta solo por una carambola del destino, o del deshielo. 

El manual de instrucciones de la crónica periodística de nuestros días aconseja cierta dosis de biografismo autoral. Algún excursos acerca del cómo se hizo, cómo llegó el cronista a saber del asunto. En este caso, pandemia mediante, Sancton aprovecha una renovada versión del “manuscrito encontrado” en forma de profusos diarios de a bordo escritos por gran parte de la tripulación del barco. Un hallazgo inaudito también por la expresividad y contundente realismo de sus páginas, que conforman una visión realmente caleidoscópica de los infortunios que padecieron. A los que escribimos en la moderada placidez de nuestras vidas pequeñoburguesas nos asombra la capacidad de esos seres sufrientes de encontrar las palabras adecuadas para describir lo que les acontece bajo la completa incertidumbre de si servirá de algo. 

Dado que el final ya se conoce/ puede ser consultado en Wikipedia, el toque de suspense es ofrecido desde el inicio, con una misteriosa reunión entre un médico de pasado aventurero encarcelado por fraude y cierto noruego célebre con el que rememora la expedición en la que ambos coinciden. 

La historia es, desde luego, sugestiva de por sí. Un cóctel multivitamínico que nace del empeño de Adrien de Gerlache por llevar el nombre de su país y el de su noble familia hasta los confines del mundo. Con el narcisismo imprescindible para meterse en estos berenjenales, el joven Adrien sufre desde el principio para conseguir patrocinadores y el favor de su rey, el infausto Leopoldo II, más interesado como sabemos en exprimir su porción de África. 

La utilización expresa del término “manicomio”(madhouse en el original) puede resultar poco inclusiva para cierto tipo de lector pero por completo adecuada. No solo por las variopintas y estragadas personalidades que conviven en el barco, más de un año confinadas entre los hielos, sino por los efectos de dicha reclusión en un contexto hostil en extremo. Efectos sobre la mente y el cuerpo que son diseccionados al detalle y en riguroso directo por el médico con el que empezamos la historia, el doctor Cook. La noche polar está de vuelta a las pantallas gracias a la nueva entrega de True Detective, y su opuesto el día eterno destruía el raciocinio de Al Pacino en Insomnia. A bordo del Bélgica, abandonado su proyecto de llegar al Polo Sur magnético, la luz solar se torna en obsesión y pócima curativa para todo. Las alucinaciones y los desbarres de la marinería, agravados por la dieta enlatada y su amigo el escorbuto son prolijamente descritos y hacen múltiples prisioneros. Menos uno, el noruego anteriormente mencionado, un tal Roald Admunsen, debutante en estas lides. Los divergentes caracteres  del capitán belga y su némesis nórdica proporcionan entretenidos duelos dialécticos en persona y por correspondencia. Las escenas de caza nos salpican de sangre y se siente el sabor de la carne cruda de pingüino que la tripulación consume obligada por Cook para curar el escorbuto. Si bien parece que la comida nunca falta, a tenor de los banquetes que se celebran periódicamente, y el frío pasa desapercibido aun con las calderas del barco apagadas. Al fin y al cabo no son Los Andes.  Bien provistos en lo material,  carentes de esa tan elogiada hermandad que conserva la cordura a treinta grados bajo cero. 

Un manicomio en el fin del mundo: el viaje del Bélgica a la larga noche antártica. Julián Sancton. Traducido por David Muñoz Mateos. Capitán Swing, 2023. 384 páginas. 


sábado, 17 de febrero de 2024

SERIES: BEEF (BRONCA)

Ante todo, agradecer al departamento que corresponda su velar por la lengua castellana al traducir el título. Todos los jóvenes espectadores que han contemplado "beefs" virtuales entre individuos pertenecientes a las muy variadas subespecies de internet ya tienen sello de autoridad para recuperar la castiza palabra. 
El resto, en efecto, asiste atónito a una tremenda escalada de hostilidades surgida tras un incidente de tráfico en las calles de Los Ángeles, ciudad incaminable donde las haya. Un juego de dominó perverso en el que todas las fichas caen y hacen caer con la evidente pregunta que revolotea: ¿Pero cómo es posible que se haya llegado a esto? Es fácil olvidar quién empezó.
Amy y Danny son el anverso y el reverso de un mismo proceso de alienación cultural. Hijos de la inmigración coreana, depositarios ambos de las muy altas expectativas familiares, el fruto de su emprendimiento ha sido dispar. Amy, empresaria de plantas de interior, conduce un SUV blanco y reside en uno de los municipios californianos preferidos por la farándula. Está casada con el hijo de un famoso creador japonés, un nepobaby de manual que no ha heredado el talento paterno y se tortura por haber priorizado el negocio a la familia.  Danny pelea para evitar la quiebra de su empresa de reformas a bordo de su furgo roja de trabajo. Vive con su hermano cryptobro en el motel que abandonaron sus padres al regresar a Corea. El ladrillo y las plantas, lo material y lo etéreo y el dinero en el centro, como corresponde al contexto. El contraste prende la mecha pero la frustración vital es compartida. El día de furia es también compartido y ya no privativo del hombre blanco Michael Douglas. 
El director y guionista Lee Sung Jin recrea un incidente propio y se alía con la productora de moda A24 para ofrecer un producto estéticamente ambicioso y muy cercano a los grandes éxitos de la empresa (Euphoria, Todo a la vez en todas partes). La vocación autoral está muy presente desde los ilustrados títulos de crédito en todo el sentido de la palabra, con imágenes referenciales y citas literarias alusivas

a la trama de cada episodio. Y una alucinante y tenebrista banda sonora. 
Se mezclan en el cóctel temas perennes pasados por el tamiz del desquicie contemporáneo:  la alienación del capitalismo liberal, la crisis de la mediana edad, la lucha de clases, el choque cultural, demostrando que no, no salimos mejores de la pandemia. El tono, dependiendo de nuestra confianza en la capacidad de reinserción del ser humano, va oscilando entre la miniserie postapocalíptica, el retrato costumbrista de una sociedad dominada por el cortisol, o el thriller existencialista. Sus intenciones de comedia negra se dispersan enseguida, y la orgía de sangre del penúltimo episodio, que recuerda a las tradicionales de Juego de Tronos, no ayuda. El club de las sonrisas fingidas, muy recurrentes en la expresión gestual de todos los personajes muta en el de las sonrisas congeladas. Sí brilla la construcción de los personajes secundarios,  que aquilatan las personalidades principales, y conforman una galería certera de arquetipos contemporáneos: el nepobaby, la rica insoportable, el ama de casa aburrida, la suegra metomentodo, el hermano criptobro, la ex con familia perfecta. En esta sinfonía enloquecida, la subtrama de la parroquia y el alucinatorio par de episodios finales dan el toque justo de disonancia. 
Una ensalada de microviolencias  y grotescas microvenganzas aderezada con un irregular aliño de sátira e hipérbole, y el siempre pertinente recordatorio de las redes como combustible del odio que ha resultado ganadora en lo clásico y en lo actual. Tres Globos de Oro y la prestigiosa etiqueta de “es tan buena que no parece de Netflix”. 

sábado, 27 de enero de 2024

CINE: SLOW. LA ÚNICA REVOLUCIÓN SEXUAL POSIBLE

 


Premio a la Mejor Dirección de Drama en el Festival de Sundance 2023.

Slow food, slow life, fueron efímeras tendencias en las revistas de moda y bienestar hace ya algún tiempo. Un brindis al sol que apenas supuso un rasguño en el engranaje endiablado de nuestra contemporaneidad occidental. Esta aparentemente sencilla película lituana, en coproducción con Suecia y España (Xunta de Galicia) dispara audacia y valentía hacia dos de los frentes principales de la guerra cultural del siglo XXI: nuestras  hiperestimuladas y  supersónicas agendas vitales, y las siglas sin número que etiquetan por decreto las relaciones humanas. Y todo ello despojando a la palabra de su papel preponderante en la expresión de la identidad y de los sentimientos. Elena, profesora de danza y Dovydas, intérprete de lenguaje de signos, se conocen en una de las clases de ella. Comienzan a hablar. Conectan. Salen. Se enamoran. Él se sincera: es  asexual. Ella duda, no cree que tal cosa exista. Él le explica, con un discurso que intuimos ensayado y puesto en práctica alguna vez. ¿Qué hará ella? Asistimos a partir de aquí al desarrollo de una historia por cauces no marcados que va atravesándose de capas a medida que pasan los meses y la euforia inicial del no pasa nada va chocando con las necesidades y las imposiciones, las explicaciones.
La asexualidad es  el último tabú del muy expuesto universo de las identidades de género. Invisible en los manifiestos y en las siglas, negada su existencia por los muy respetables colectivos que marcan la inclinación sexual como rasgo más capital en la identidad humana, mucho más que la cantidad de libros leídos al año, por poner un ejemplo igual de loco, pero también por miembros de la comunidad médica. Tan invisible que ni siquiera las religiones han tenido a bien el ataque o el castigo. No se concibe que gente como el bueno de Dovydas pulule por el mundo y además se comporte, se vista, interaccione como una persona normal. Esta propuesta tan inusual merece un estudio de personajes tan minucioso y firme como el que nos ofrece la joven cineasta Marija Kavtaradze. No hay antipatía alguna ni extrañeza en su mirada. Enseguida somos incorporados al mundo de Elena Y Dovydas, que se nos desvelan como componentes algo discordantes de su mundo. Ella, empeñada desde niña en bailar a pesar de su cuerpo no normativo y de su madre, a la que ve de tanto en tanto y que se perdió su niñez por un trabajo en Luxemburgo. Él, que decide aprender la lengua de signos para comunicarse con su hermano después de que sus padres se negaran en pos de una educación que llamaríamos ahora inclusiva. Muy soviéticos progenitores todos.
Este tipo de propuestas intimistas triunfa o naufraga según los intérpretes. Aquí, los muy creíbles Greta Grineviciute y Kestutis Cicenas imprimen complementariedad y divergencia a partes iguales. Ella, coreógrafa y bailarina, en actitud segura de sí misma con los demás pero frágil e incrédula en su relación. Él, reservado pero no hermético, y dueño de un sutil sentido del humor.

Ambos construyen su relación con los mismos mimbres que cualquiera. Pequeños eventos cotidianos que la cámara muestra al ritmo pausado al que alude el título. Momentos de risas, de charlas, de exploración de lo desconocido.Es llamativo el uso del primer plano de los rostros y de los cuerpos. La alternancia de escenas en las que ella se expresa y se desahoga bailando y él interpreta los decires de otros. Distancias cortas que transparentan la inquietud, la incertidumbre,la felicidad, el deseo. El deseo. Elena lo verbaliza y Dovydas hace pedagogía con una enorme paciencia y dulzura. Una montaña muy escarpada  la que tienen por delante.



domingo, 31 de diciembre de 2023

EL CINE DE 2023 EN VARIOPINTAS LISTAS DE FINAL DE AÑO


 Como hace ya mucho que no se dice: no son todas las que están ni están todas las que son. Aquí va la selecta cosecha de El Niño Cabra bien clasificada en epígrafes más o menos clásicos para la degustación general. En este curso ha sido el de la duración de los metrajes superior en dígitos a la duración de algunos títulos en salas. No importa, pensamos, ya los pescarán las plataformas. Con la intención de ir resquebrajando la fe de los muy creyentes, el caso recentísimo e inaudito de La espera, de Francisco Javier Gutiérrez. Elogiada con fervor tras su paso por festivales,  con un premiado y excelso, dicen, Víctor Clavijo, cuyo recorrido comercial en Madrid se redujo a una sola sala y a una sola semana. Algunos afortunados de provincias pueden visionarla aún en escualidez horaria más típica de función teatral, y no hay rescate internáutico a la vista. Así que cuidado con el 2024. Si pestañeas, te las pierdes. 

Por estricto orden de estreno.

LAS MEJORES

Holy Spider, de Ali Abassi. Irán. Incomodidad, perturbación, religión y justicia.

El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund. Suecia. Los ricos europeos concursan en Supervivientes.

The Quiet Girl, de Colm Bairéad. Irlanda. La infancia como antítesis del paraíso.

El castigo, de Matías Bize. Chile. Reseñada aqui. https://elninocabra.blogspot.com/2023/04/el-castigo.html.  Noventa minutos de asfixia y estocadas dialécticas.

Las ocho montañas, de Feliz Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Italia. La amistad masculina existe,

Upon Entry, de Alejandro Rojas y Juan Sebastian Vasquez. España. https://elninocabra.blogspot.com/2023/07/upon-entry-la-llegada.html. Horror contemporáneo de primer mundo.

La vida no tan simple, de Félix Viscarret. España. Y la vida era esto. 

Monstruo, de Hirokazu Koreeda. Reseñada aquí. https://elninocabra.blogspot.com/2023/10/cine-monstruo.html. Los seres de luz no existen.

LAS SORPRESAS

Libres (duc in altum), de Santos Blanco. España.  https://elninocabra.blogspot.com/2023/05/libres-duc-in-altum.html

Los tres mosqueteros: Dartagnan, de Martin Bourboulon. Francia.

Barbie, de Greta Gerwig.EEUU. 

El sol del futuro, de Nanni Moretti. Italia.

Saben aquell, de David Trueba.

Teresa, de Paula Ortiz. España.

LAS IGNOTAS

La paradoja de Antares, de Luis Tinoco. España. 

El fantástico caso del Golem, de Burnin´Percebes.

La desconocida, de Pablo Maqueda. España.

Los colonos, de Felipe Gálvez. Chile.  https://elninocabra.blogspot.com/2023/11/los-colonos-2023-el-oeste-en-el-sur.html

Quest,  de Antonina Obrador. España.

Samsara, de Lois Patiño. España.

LAS QUE COMPENSAN SUS MÁS DE DOS HORAS Y MEDIA 

Babylon, de Damien Chazelle. EEUU

Decision to Leave, de Heojil Kyolshim. Corea del Sur.

Misión imposible: sentencia mortal parte 1, de Christopher McQuarrie. EEUU.

La sociedad de la nieve, de Juan Antonio Bayona. España.

 

LAS DECEPCIONES

La ballena, de Darren Aronovsky. EEUU.

Almas en pena de Inisherin, de Martin McDonagh. Irlanda.

The Lost King, de Stephen Frears. GB.

Asteroid City, de Wes Anderson. EEUU. 

Passages, de Ira Sachs. Francia.




miércoles, 6 de diciembre de 2023

DE BESTIAS Y AVES

 


En este 2023 casi finito, la misma novela ha sido galardonada en abril con el Nacional de la Crítica, y en octubre con el Nacional de Narrativa. Una autora escondida para el gran público, que ya estaba allí antes del advenimiento de otras muchas que descuellan con óperas primas más o menos brillantes pero siempre oportunas. Con De bestias y aves, su segunda narración larga, Pilar Adón ha escrito el Antiplaneta con mimbres similares, como el punto de vista femenino que narra su propia peripecia, pero sin folletín ni fanfarria. Coro, una pintora de cierto renombre, atraviesa una crisis existencial que la lleva a coger el coche y emprender un trayecto nocturno sin teléfono móvil, y sin apenas gasolina en el depósito. Su vida hasta ese momento acaba cuando es acogida a la fuerza por las mujeres que habitan la casa junto a la que ha quedado varada. A partir de aquí, el lector comparte con la protagonista la lógica secuencia de sentimientos y pensamientos, desde el agradecimiento inicial, con reservas,  la curiosidad estupefacta por  el funcionamiento de ese hermético microcosmos,  la resistencia íntima a formar parte de él y culminando con la certeza progresiva e inapelable de que no la dejarán marchar.

El tono lo es todo. Con la información justa, la autora nos ofrece un retrato poliédrico de la cotidianidad de un grupo de mujeres voluntariamente encapsuladas en un entorno exuberante para los sentidos. Paraíso y prisión al mismo tiempo. Un festín de escritura sensorial que el lector absorbe casi sin esfuerzo. El paraje natural es un tapiz  en el que no sobra ningún adjetivo. Una oda léxica que recuerda a ciertos pasajes de la estupenda Hamnet, de Maggie O´Farrell. La descripción como arte. Pero claro, la fragilidad o fortaleza de las sociedades utópicas siempre se decide ante la intromisión de lo ajeno. Esta en concreto, a la que llaman Betania, comparte oscuridad y pulsión femenina con las sucesivas viviendas en las que las Stella Maris de La Mesías nacen, crecen y se desarrollan como hijas predilectas del internet cómico-fundamentalista.  Las mujeres de Betania adoptan una sola identidad cercana a la clausura monjil, en la que cada una de ellas se reserva algunos rasgos de carácter y, por supuesto, un papel distintivo en el reparto de tareas. También gozan de la presencia de una guía, Missa Tita, a la que Coro recuerda bruscamente su corporeidad al caérsele encima en una escena casi cómica que conjura la solemnidad del encuentro. 

Todas esas mujeres se ufanan de su libertad pero se imponen elementos coercitivos como los vestidos, inadecuados para caminar entre matorrales, y la verja de la casa, icono esencial en la futurible multipremiada serie. Coro no dejará de ser nunca una suerte de apéndice a punto de infectarse, oscilante entre la indignación por ser retenida e ignoradas sus preguntas y la resignación, materializada en el vestido con el que se araña las piernas en sus sucesivas exploraciones. Sin ánimo de caer en el tópico, pueden defenderse también resonancias lorquianas en la construcción simbólica del medio. El hombre como elemento perturbador, encarnado en la figura, ambigua como todas esas mujeres, de Tobías Mos. Un casi viejo que reclama la propiedad de la casa y que aguarda su turno sobreviviendo cerca del lago. Un hombre adulto cuya vida a la intemperie se convierte en entretenimiento y conocimiento de la más joven, una niña sin vínculos familiares con ninguna de las mujeres. Un lago que guarda secretos y cuyas aguas recuerdan a Coro el episodio trágico no resuelto que la ha terminado llevando hasta allí. 

La placidez onírica de la vida en Betania se va diluyendo desde la llegada de Coro, aparentemente sincronizada con la reaparición de Mos. Quizá una prueba divina, quizá un castigo por la soberbia de esas mujeres que presumen de superioridad moral frente a los urbanitas. La religión entendida como trayecto está muy presente en la historia. Algo audaz en estos tiempos. Coro también debe superar un par de ritos iniciaticos para lograr la purificación de su alma herida. El viaje inicial en coche es un fracaso y a la vez una segunda oportunidad. La inmersión en la poza, evidente reflejo del bautismo, supone el clímax en la lucha de Coro por eludir el sentimiento de pertenencia hacia una vida nueva. 

No es fácil mantener la tensión narrativa en un relato de vocación intimista pero profundamente arraigado en su marco externo, y  del cual dudamos continuamente. Un terreno fértil para la psique, los sueños y las leyendas. 

Pilar Adón.  De bestias y aves. Galaxia Gutenberg, 2022. 208 páginas. 

domingo, 5 de noviembre de 2023

LOS COLONOS (2023). EL OESTE EN EL SUR.

"Cuando los militares se aburren, uno puede esperar cualquier cosa", afirma resignado uno de los personajes de Los colonos. Sobrecoge la certeza en estos tiempos en los que nos seguimos desangrando. Opacada por el huracán Scorsese, o en venturosa coincidencia, según se mire, aún puede verse en cines la ópera prima del guionista chileno Felipe Gálvez. Un estupendo western con aspiraciones contemporáneas y sin miedo a la ambición que puede dar la sorpresa en la temporada de premios. Buena oportunidad para comparar perspectivas y resultados.

 La voracidad territorial del hombre blanco en aras del evangelio de Dios o del dinero ha tenido  una fértil trayectoria cinematográfica, principalmente en lo  que respecta a América del Norte. El progresivo cambio de foco hacia la revisión de mitos y la entonación del mea culpa va cristalizando a partir de hitos como Unforgiven (1992) o Dancing with Wolves (1991),a la vez que el género ha resucitado tanto en pantallas grandes y pequeñas - los trabajos de Taylor Sheridan-  como en la literatura - Jon Bilbao en la narrativa patria. Ya no es posible volver atrás, y, parece ser que salvo la muy primermundista Australia, hay un consenso general acerca del resarcimiento infinito que deben recibir las Primeras Naciones. En este contexto, como ya es sabido, se embarca el octogenario Martin Scorsese en una obra magna acerca de uno de los episodios tenebrosos del cómo se hizo Estados Unidos de América.  Más de tres horas y media que flaquean a medida que avanza el metraje y la trama discurre por cauces previsibles, oda al sistema judicial incluida. 

En la otra parte, el chileno Gálvez saca petróleo del presupuesto y condensa un periodo similar en cronología e ignominia de la historia de su país en apenas hora y media. El indio de América Latina y su exterminio ha tenido poca presencia en el cine. La metrópoli y las sucesivas repúblicas estaban a otras cosas, pero todo llega. La colonización de uno de los confines de la Tierra se presenta como una necesidad para la naciente economía de la república,  basada en el latifundismo ganadero que pretende vallarlo todo, expulsando a seres humanos para poner ovejas. Mientras Scorsese ocupa las primeras secuencias en presentar al pueblo Osage en el origen y esplendor de su inaudita riqueza, la escena inicial de Los colonos quita la respiración. Un trabajador pierde un brazo haciendo una labor que se nos hurta, y mientras musita que está bien, que es solo un brazo, su superior a caballo le ejecuta mientras recuerda al resto que un trabajador lisiado no es nadie. 

La desolación de las planicies inmensas de Tierra de Fuego coloniza las almas del trío protagonista. Un escocés que se presenta como teniente del ejército británico, un tejano ufano de su experiencia en matar indios, y un mestizo, Segundo, que presta su mirada ausente al inicio, e involucrada después, obligado a participar del espectáculo de sangre. Víctima de todas sus circunstancias, Segundo es reclutado para la peculiar expedición por su puntería con el rifle, y es sistemáticamente ignorado por sus testosterónicos compañeros hasta el momento terrible de la primera masacre de los Ona. En


Killers Of The Flower Moon
, la mirada india corresponde a Molly, magnéticamente interpretada por Lily Gladstone. Molly ve desvanecerse su suerte a base de ver morir a su familia, sin perder nunca su decir cadencioso. Segundo, en cambio, nunca tuvo suerte. Ambos tienen la oportunidad final de dar voz a lo innombrable, gracias, en todo caso, a otros hombres blancos buenos. De un lado, Vicuña, (Marcelo Alonso). enviado del presidente de la República para poner orden en el descarnado sur. Del otro,el honesto agente de la ley White (Jesse Plemons), que no para hasta desenredar la madeja de subcontratas del crimen que asola la villa Osage. Más semejanzas, en los terratenientes de ambas historias, sociópatas sedientos de más dinero. José Menéndez, figura histórica que orquesta las matanzas indígenas con aportaciones  tan viles como pagar recompensas por oreja de indio y útero de india; y William Hale (recuperado Robert de Niro), que añade un plus de hipocresía premium al alcance de muy pocos. 

El recurso a documentos gráficos reales en ambas películas es también digno de mención. En la norteamericana al inicio, y al final en la chilena. Se sentía necesario subrayar que aquello sucedió en el mismo continente, en menos de medio siglo, a miles de kilómetros de distancia, por la codicia y el sentirse el pueblo elegido.  Sigue sucediendo.


 

domingo, 1 de octubre de 2023

CINE DE INICIO DE CURSO. MONSTRUO. Kore-eda y el acoso escolar.

 


 

 

Hay monstruos en todas partes, pero en unas más que en otras. El japonés Koreeda, uno de los grandes del cine contemporáneo, frecuentador de festivales y carteleras, acude a su cita con las salas españolas en este inicio de curso con una historia de lacerante pertinencia. Igual que el azaroso azar unió hace unas semanas a la  obra teatral Prima Facie con el caso Rubiales, este sentido alegato contra el desamparo infantil y las situaciones que conlleva, coincide en el tiempo con el suceso de Jerez de la Frontera. Quizá esta circunstancia aumente su visibilidad, aunque no llegue a conseguir agotar localidades y una reposición navideña como el monólogo de la inconmensurable Vicky Luengo. 

Es este su primer trabajo con un guion ajeno, aunque no se nota. El texto firmado por Yuji Sakamoto vuelve a los temas transversales de la filmografía del director, y se esfuerza en crear vínculos emocionales entre espectador y personajes esquivando con solvencia la amenaza de sentimentalismo. Sin la agudeza de anteriores ocasiones, hay que decir.

La historia dolorosamente universal de un niño de primaria que empieza a comportarse de manera extraña es contada en tres actos y tres puntos de vista. El de su madre, el del profesor implicado, y una conclusión salomónica por parte del ojo de la cámara. La madre, viuda aunque tratada de soltera, es víctima también de los prejuicios que aún sustentan una sociedad tan bipolar como la japonesa. Primeramente parece reaccionar con cierta lentitud a los signos de sospecha. Su actitud conciliadora después de que su hijo  se tire del coche en marcha recuerda a esas progenitoras de hikikomoris que prefieren hacerse una cocina nueva porque su hijo se ha encerrado en ella en lugar de tirar la puerta abajo al modo mediterráneo. Cuando toma conciencia de la situación y exige explicaciones, se topa con la reacción digamos tibia del centro educativo, que la trata con conmiseración y la acusa nada veladamente de exagerada. El veredicto de este primer acto es claro, y gustaría a los jueces sumarísimos que pueblan las redes estos días. 

Es el punto de vista del profesor el que va aportando nuevos datos, y destapa la decisión creativa que lastra la propuesta. El suspense por saber quién tiene la culpa se construye a base de seleccionar y temporalizar los datos necesarios para que el espectador decida, de tal modo que su resolución coincida con la que nos da el punto de vista objetivo en el tercer acto. En ocasiones el hilo no es muy fino. 

En cualquier caso, la visión poliédrica de un asunto, el del acoso, que jamás es lineal ni sencillo de desmadejar, es expuesta con pulso y con profusión de detalles acerca del destrozo que actitudes y comentarios hechos con o sin pensar hacen a multitud de vidas. Los niños protagonistas estremecen con su manera de afrontar comportamientos inexplicables de sus semejantes y de los adultos, culpables sin miramientos. El aprovechamiento depredador de los medios de comunicación de hoy,los secretos que ocultan los que debieran protegerlos. Casi todos los personajes utilizan la palabra "monstruo" para su particular contexto, dejando claro cuál la hipótesis ganadora.

Entre la desolación asoma la visión esperanzada tan propia del director. La inocencia de las criaturas, y la idea de la naturaleza como refugio. La luz del bosque frente a la oscuridad de la escuela y de las casas. La tempestad de la que el que sobrevive sale más fuerte. Al final, el mensaje nítidamente contemporáneo de aceptar y aceptarse sobrepasa la ruta inicial de melodrama más misterio. 

MONSTRUO

Título original: Kaibutsu

País: Japón

Duración: 126.

Dirección: Hirokazu Koreeda

Guion: Yuji Sakamoto

Reparto: Soya Kurukawa, Hiiragii Hinata, Sakura Ando, Eita Nagayama, Mitsuki Takahata, Yuko Tanaka. 

Música: Ryuichi Sakamoto

Fotografía: Ryûto Kòndo.


Ganadora del premio al mejor guion en el festival de Cannes 2023.