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domingo, 20 de junio de 2021

PAROT Y LO FALLIDO

 La doctrina Parot , llamada así por el dirigente terrorista Henri Parot, supuso en 2012 una enorme polémica a cuenta de las revisiones de condenas a la baja que supuso la excarcelación, no solo del anteriormente mencionado, sino de numerosos reos condenados por variopintos delitos. En ese marco de crispación, a un nivel que ya quisiéramos nosotros, un anónimo justiciero comienza a liquidar a los hasta entonces agraciados. El penúltimo (siempre lo son) estreno español en plataformas digitales  ha sido recibido con división de opiniones. Enmarcadas siempre dentro del fragmentarismo crítico que supone juzgar una propuesta de diez capítulos habiendo visto solo tres, el número habitualmente facilitado por las plataformas a los medios. Si uno quiere una panorámica completa, ha de recurrir a reseñistas aficionados y , en este caso, no ha habido muchos. Las primeras reservas obedecieron a la ruptura de lo que a finales del siglo pasado se denominó "horizonte de expectativas". El título escogido y el punto de partida de la trama situaban la historia en diálogo con otros proyectos muy estimables del mismo proveedor, como la serie documental El desafío: ETA (2020). Pero no. Sin afirmar tan rotundamente como otros que "hemos sido engañados", sí resultan un tanto discutibles ciertas decisiones creativas.Toca pues examinar el resultado bajo los parámetros del policíaco tradicional, y es aquí donde saltan las costuras. Y analizando los por qués, salta a la vista un problema similar que ha lastrado otras propuestas recientes de la competencia, como El desorden que dejas (Netflix).

La cosa se llama "verosimilitud". En referencia a la serie anterior, han proliferado hilos que desmenuzan las incoherencias sucesivas que desconcertaban al espectador, sobre todo el que no consume el producto del tirón. Es tentador aventurarse a lo mismo en estas líneas pero acecharían los espóileres. 

Absolutamente inevitable es la asociación de la premisa inicial con Dexter (2006), uno de los ejemplos más palmarios de la necesidad de una muerte digna también para las narraciones por entregas, y es de temer que sea también, este mismo año, uno de los ejemplos más palmarios de la no necesidad de resurrección de dichas historias cuando ya están muertas y enterradas. Sale perdiendo, evidentemente, y no solo porque el vengador sea anónimo hasta casi el final y llegado el momento, carezca de la doblez irónica que hizo grande al poli científico de Miami. 

Así las cosas, el peso de la trama es depositado sobre las frágiles espaldas de unos personajes trazados con irregular ambición. La pareja de inspectores (¿Habrá algún policía que duerma más de cuatro horas y utilice los fines de semana y tardes noches para cultivar sus aficiones?), interpretados por solvencia y calculado dramatismo por Adriana Ugarte y un reencontrado Javier Albalá proveen de contenido al verdadero dueño de la función, notándose demasiado quizá la voluntad del guion para que así sea. El aristócrata desatado en su psicopatía que entrega Iván Massagué exprime sus puntos fuertes pero no evita ciertos clichés referentes a la acumulación de maldades, lo que incide en la falta de verosimilitud de su venganza arrolladora. La sucesión de asesinatos queda como mero decorado a lo que, en paridad es un auténtico asedio a la cordura de una mujer. Una reedición doméstica del concepto de "luz de gas", que, según gustos, nos remitirá a la asfixiante película de 1944 o al reciente docudrama de Rocío Carrasco. En lo que es la columna vertebral de la historia, Isabel Mora, como la pobre mujer interpretada por Ingrid Bergman, es progresivamente despojada de su credibilidad como profesional y como ser humano merced a un intrincado plan. Gaslight, por cierto disponible en la misma plataforma para un interesante programa doble sobre salud mental. 

En este llevar tan al límite el sufrimiento destaca el secundario, o no, que compone Blanca Portillo, que en algunos momentos se erige en único motivo para no pausar el visionado. La reputada psiquiatra madre de la inspectora aporta el barniz científico a los comportamientos delincuenciales y basa su interés en la perpetuación del tópico, uno más, de la subversión del vínculo médico-paciente. 


Como corresponde al contexto histórico-social, es esta una historia de mujeres fuertes que pugnan por sobrevivir en un mundo de hombres, variablemente competentes o colaborativos. Incluyamos también a la periodista carroñera libremente inspirada en individuos/as que podemos sintonizar cada día en nuestras pantalla, una eficaz Patricia Vico. No puede incluirse en este grupo a la pánfila hija adolescente de la inspectora, de comportamientos naïves a lo película de terror de los noventa. 

PAROT (2021)10 episodios en Amazon Prime Video.


domingo, 16 de diciembre de 2018

THE ROMANOFFS

Es culpa nuestra. Los televidentes del siglo XXI no somos tan diferentes de los lectores decimonónicos. Compramos un universo de historias, personajes, conflictos, apariencias. Lo incorporamos a nuestra mundanidad durante siete años, y al concluir el contrato y proponérsenos uno nuevo, ansiamos que todo siga igual. A tenor de las críticas, El amigo Matthew Weiner se ha topado con el horizonte de expectativas. Aunque parecía intuirlo, visto el reparto de viejos conocidos con los que ha jalonado esta atípica sucesión de capítulos independientes acerca de las tribulaciones de tener, o no tener, alguna molécula de la sangre real más legendaria de la edad contemporánea. Además de la producción fastuosa, que sí remite por momentos a las entretelas de Madison Avenue, es esta una propuesta demasiado irregular. Ocho episodios servidos en plataforma exclusivamente online pero a la vieja usanza, a razón de uno por semana, que se antojan más dispares en fondo y forma de lo que su creador tenía en mente. El propio título escogido para el conjunto, The Romanoffs, nos advierte ya en cierta manera de que nos hallamos ante una cierta dosis de sucedáneo. Como los son los descendientes con doble ff en lugar de la v preceptiva, como así es informada la aburrida consorte de "The Royal We", cuando acude a inscribirse como participante en el crucero temático sobre los ancestros reales de su marido. 
En vista panorámica, comprobamos la diversidad y disparidad de la descendencia real dispersa por el mundo. Este rasgo tan de hoy, la preocupación por reflejar la diversidad, se materializa excelentemente en los marcos más o menos urbanos que dan cobijo a las tramas. París como comienzo, y como final, Londres, la Alemania profunda, la Rusia más profunda, el crucero, Ciudad de México,Nueva York siempre. Mucho afán que, en episodios como "Panorama", se quedan en una mera postal para anglosajones habitada por individuos deambulantes y un recurrente Zócalo huérfano de vendedores niños y limpiabotas. Dentro de esta variedad desigual, son mayoría las tramas sutiles, en las que los setenta y pico minutos de media no pasa realmente nada, muy al gusto de los emuladores de Carver, y justamente por esto, sobresalen en interés las escasas ocasiones en las que el  interés del punto de partida no se difumina al poco o un giro reaviva el devenir mortecino de los personajes. Así comienza el primer capítulo, "The Violet Hour",según el orden propuesto, que escenifica la confrontación entre dos maneras de pensar y de vivir, la americana y la europea, en pugna por el común objeto de deseo y verdadero regocijo de la función, el espectacular piso en pleno centro de París. Los temas subyacentes como la decadencia del señorío, la forzada convivencia con el otro y las hipócritas relaciones familiares palidecen ante los planos semi-secuencia de las habitaciones, como si de un vídeo de agencia inmobiliaria se tratase. A los espectadores de la competición siempre les quedará el consuelo de saber que no podrían mantenerlo. 

Dos episodios más merecen indudablemente un visionado, y podrían de verdad funcionar como películas independientes. El tercero, "House of Special Purpouse", nos regala un fenomenal duelo interpretativo entre Christina Hendricks como estrella en horas bajas e Isabelle Huppert como directora sociópata y un pelín desequilibrada. El rodaje desastroso de una serie sobre Los Romanov es la excusa para que ocurran toda clase de fenómenos poco normales. Brilla la forma, cómo no hacerlo en este contexto, y el fondo no se diluye. 
Pero es el séptimo episodio el más perturbador y el que pone de veras a funcionar el cerebro. Especialmente meritorio dado que el sexto es el más inane de toda la serie. Muchos ni habrían llegado a él. En The End of the Line, el dilema ético que brota en una desolada población rusa nos abofetea sin piedad ninguna y nos sorprende desprevenidos, esperando ya otro muestrario de pequeñas miserias cotidianas. El frío en todas sus facetas es sobrecogedor.  Un dilema de digestión mucho más ardua que el planteado en "Bright and High Circle" y su homenaje a las mujeres desesperadas de Wisteria Lane.
El octavo y último episodio funciona también como final de trayecto, con una ruta circular. De París a París, en una historia de cajas chinas y armarios occidentales que recuerda en estética y construcción a Patrick Melrose, que reseñamos recientemente aquí.
Como es preceptivo en estos tiempos, tenemos arquetipos de mujeres fuertes para elegir, mientras que los hombres se dejan llevar, y embaucar, por muy descendientes que sean. Pero salvo momentos aislados, "fallido" es el adjetivo que encaja mejor para esta antología de seres improbables en en una mezcla improbable de espacios y tiempos. La Gran Duquesa María, única Romanov certificada y residente en Madrid, ya ha dicho que no le ha gustado.