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miércoles, 4 de junio de 2025

UNA NOVELA PARA LA FERIA:La península de las siete casas vacías, de David Uclés.

 

 


Quien acuda en fin de semana a la recién inaugurada edición de la Feria del Libro de Madrid y no coincida con David Uclés es que se ha equivocado y ha ido en martes. La sorpresa literaria del año 2024, compitiendo en resonancia y extensión con Los escorpiones de Sara Barquinero, es la novela que al aún joven autor de 33 años se le apareció a los 19 y que tardó 15 en cristalizar. La intrahistoria (también somos hinchas de Unamuno) de esta por medios y autor nombrada “novela total” es tan pedregosa y maratoniana como la obra en sí. La trayectoria vital de David desde sus conciertos callejeros en París y Santiago de Compostela y del tibio Odisto en su odiseico periplo de vuelta a casa son parejas. Si el atribulado padre de familia numerosa menguante consigue retornar a su pueblo gracias a la generosidad de muy diversos seres por mar y tierra, el autor de sus días fue dando forma a su idea junto con su multidisciplinar trayectoria artística y aprovechó bien sendas becas de creación para ir más allá de la consabida documentación y confeccionar su sensorial propuesta. 

 Siendo rigurosos, es de justicia reconocer que esta ambiciosa empresa literaria es un puente robusto entre el best-seller orgánico y la narrativa con pretensiones.No se esconde,no inventa nada pero todo en sus páginas tiene una pátina de novedad, de propuesta estilística semienterrada en el siglo pasado, que cala en un público de ese segmento de edad que ya empezó a sufrir el desdén escolar por los clásicos.   Respecto a la cuestión del realismo mágico, causa cierta estupefacción el hecho de haber dejado la lectura de Cien años de soledad en la página 30 "para no contaminarse", una vez decidió que quería hacer eso mismo pero con la historia contemporánea española. Según esas mismas declaraciones, curiosamente a un medio extranjero, nuestro bohemio autor la retomó una vez finiquitada su obra. Nada dice de algún tipo de seguimiento a Isabel Allende, aunque fuera del jaez de cierta miss noventera con el recién fenecido Vargas Llosa. Jándula es Macondo pero es más Mágina, de su paisano Muñoz Molina.  Y Saramago y su balsa de piedra, reimplantada con grapas. Es una suerte de nivola 2.0 con doble tirabuzón y mortal atrás que pone al mismo nivel  (ya se sabe, el de Dios)y casi en las mismas escenas, a don Miguel con el narrador-autor omnipresente e insidioso que ha dado tanto que hablar. Otra resurrección afortunada. Un narrador todopoderoso que no esconde sus impulsos y apetencias, que exprime su inmenso margen de maniobra, que se deleita en recordarnos cada poco quién es el chef ejecutivo de este larguísimo menú degustación, que dinamita la separación canónica en la que insiste todo docente de Literatura. Lo tomas, o lo dejas. 

 Que no es una novela histórica es evidente. De nuevo el autor ha salido a la palestra para reconocer, en un inédito afán de transparencia, que apenas sabía del periodo sobre el que fabula. Una "captatio benevolentiae " de manual, tan exitosa como las de los entrañables clérigos poetas del Medievo.  La minuciosidad puntillista con la que cada suceso histórico se engarza con la correspondiente imagen mágico/onírica eleva y sorprende, pero también agota y distrae. Muy consciente es, por ello, la inclusión al principio de cada capítulo de tenebrosas citas o declaraciones reales que atenúan la hipérbole y el cromatismo en los que vive instalado el relato. En un ejercicio muy logrado de ¿Qué hubiera pasado si...?, abundan los cameos de personajes históricos, algunos simpáticos, otros recurrentes, otros con escasa justificación. Afortunados son los intercambios dialécticos entre el narrador-autor de la novela y el autor/narrador hegemónico de la contienda bélica,ya saben quién. Ojalá Iberia.

David Uclés: La península de las casas vacías. 2024.Siruela. 700 páginas. 

sábado, 10 de diciembre de 2022

CERBANTES PARK (2022)


 Provocador título el de la primera novela del barcelonés Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977).Provocador para los guardianes ortográficos de marca blanca que siguen pululando por la red y por algunas aulas también. La be larga con la que Don Miguel firmó todo es la misma que aparece en el retrato de Francisco de Quevedo reproducido en serie por los manuales escolares.  La grafía vintage anticipa una historia de fracaso y derroición individual y colectiva desde un punto ciertamente original, que no es poco. El interés inicial de un comisario de exposiciones acerca de los parques de atracciones como catalizadores de la identidad urbana contemporánea, deviene en objeto de tesis doctoral y se materializa en empresa quijotesca con generosa financiación de nobles con inquietudes. El camino desde la intuición hasta el abandono es largo y se nos ofrece implacablemente a modo de via crucis por un narrador testigo clásico, amigo de intensidad intermitente del idealista burgués que da vida a la criatura y la va modificando a medida de sus ideales cambiantes hasta provocar su fin por tedio y edibta negativo. Desde un presente inhóspito, convertido en okupa  de unas instalaciones que se van desmoronando con estruendo, igual que Occidente, anhela dejar su  testimonio para las generaciones futuras. El lector va percibiendo su deterioro cognitivo mientras visualiza los tiempos dorados del parque. Este Robinson Crusoe náufrago por la literatura recuerda su pasado compartido con el Comisario por el barrio obrero que los sueños de grandeza de un intelectual no han conseguido subir de categoría. A la vez, se deleita en describir con detalle el mapa del parque, con sus atracciones y experiencias que ahora llamamos inmersivas para lectores, no visitantes, para los que la palabra escrita ya no es suficiente.  Un superviviente que se aferra a un proyecto abandonado por otros como la razón de su existencia.


Nos tenemos que conformar con esta voz rencorosa para comprender los anhelos del sumo hacedor del asunto, un hijo de la clase media del que no llegamos a conocer su verdadero nombre. La remembranza de tiempos mejores se va alterando con pasajes de la juventud expatriada de El comisario, fragmentos más convencionales de desventuras estudiantiles y cuitas existenciales que todo becario sabrá reconocer.

Sin duda, lo más atrayente de la propuesta es la interacción entre contextos dispares y sus decepcionantes consecuencias. El Comisario, producto del ahora casi fenecido ascensor social, y de honda raíz catalana,  logra materializar su proyecto merced al patrocinio de unos nobles de barrio noble de Madrid que buscan un cierto barniz filantrópico a la par que beneficios pecuniarios y de imagen. El plan megalómano disfrazado de hito de la industria cultural que no revitaliza el barrio pobre en el que se asienta y del que ha detraído ingentes terrenos de usos recreativos, sanitarios, educacionales, dotaciones básicas, más necesarias pero menos vistosas. Esa concepción del urbanismo acaparador de recursos, tan familiar para el español. Ponga un parque de atracciones dentro de su deprimida área residencial, o un recinto deportivo para eventos de élite, o un auditorio sin orquesta, o una ciudad del arte o de la justicia.

Esta propuesta de animación a la lectura radical encantará a los perpetradores de las nuevas leyes educativas, obsesionados con la diversión y el autodescubrimiento. No descartemos nada, que los fondos europeos hay que gastarlos.

Cerbantes Park, de Carlos Robles Lucena. Navona, 2022. 280 págs.

domingo, 25 de julio de 2021

LIBROS: EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Erdrich.


No es ninguna neófita la galardonada con el Pulitzer de este año, ni puede considerarse desconocida para el gran público lector anglosajón, ni para los fieles de Siruela, que ha publicado en español sus últimas obras. Lo que sí es novedoso es el reconocimiento oficial para la que ya era la  gran voz de la literatura nativoamericana. Prolífica en narrativa, poesía y literatura infantil, Louise Erdrich consigue al fin algo de espacio para la minoría de las minorías, que sigue esperando paciente su momento, después de la eclosión reivindicativa del resto de identidades que conforman el mosaico social estadounidense.  Es realmente perturbador constatar el profundo desprecio, quizá explicable mediante la ingeniería social, con el que todos y cada una de las potencias colonizadoras han tratado a los primeros habitantes de los territorios colonizados. En este sentido, la fanfarria anticolón que de momento se ha limitado a retirar estatuas, no oculta el enorme trabajo de resarcimiento que queda por hacer, no precisamente en Latinoamérica. Qué odiosas son las comparaciones, qué bárbaros los españoles, y qué necesario es echarle un vistazo a lo que sucedió y sucede en estados del primerísimo mundo como Australia, Canadá y, evidentemente, Estados Unidos. 
Mientras esperamos algún #NativeLivesMatter, Erdrich se sumerge con éxito en su primera historia no enteramente ficcional recuperando la peripecia de su abuelo, un jefe tribal que, en 1954, se atrevió a plantar cara al proyecto de Ley de emancipación/terminación/exterminio del senador mormón Arthur C. Walkins. Y lo hizo con la misma arma de los políticos, la dialéctica. Las numerosas cartas que dejó describiendo cada uno de sus pasos conforman la base biográfica del relato, que en ningún no cae en la cansina y quizá más europea moda de la autoficción. La honestidad es el camino, y las vidas que se cuentan son dignas de ser contadas. Un colectivo no solo silenciado, sino demolido y reconstruido al albur de la mitografía de la industria del entretenimiento, que les otorgó un espacio en el imaginario mental de Occidente a cambio de la perpetuación del estereotipo. 
El lector lejano social y geográficamente hallará una forma de contar que conjuga bien la eficacia y la emoción. La autora echa mano de su bagaje para construir un entramado formal en el que lo espiritual y lo terreno operan de manera indisoluble e influyen de igual manera en la creación y resolución de conflictos. Al igual que en otras culturas con mejor predicamento en nuestra parte afortunada del planeta, por otra parte. El vigilante nocturno es Thomas Wazhushk, que reparte sus días y sus noches entre el trabajo nocturno en la fábrica de cojinetes de piedras preciosas que ha traído cierta prosperidad a la tribu, y sus tareas como jefe del consejo. Su retrato personal representa la antítesis del indio belicoso y salvaje que seguimos comprando, y no parece endulzado por las necesidades creativas. Como pergeñador del plan, es fundamental en la trama, pero ya el jurado del Pulitzer valoró sobre todo su condición de novela polifónica. Y es que multitud de caracteres de variado tipo y condición atraviesan el hilo principal. De ellos destacan al menos tres, con sus historias paralelas propias: Patrice (Pixie) Partaneau, una joven india empleada en la fábrica que decide ir en busca de su hermana mayor Vera, perdida en Minneapolis. Wood Mountain, promesa del boxeo que intenta a su manera abrirse camino en la sociedad blanca que le rechaza por defecto. Millie Cloud, la india universitaria que utiliza sus estudios para ahondar en las raíces que le fueron escondidas al crecer en la ciudad. Les rodea una amplia muestra de individualidades que van elaborando un colorido tapiz de caracteres, de pequeños acontecimientos, de rutinas, de dilemas y miserias dentro de la comunidad. Ninguno es prescindible. 
Este retrato del común a través del individuo se ve reforzada en lo formal con la estructura en cortos capítulos que van intercalando las peripecias principales, primero en paralelo, luego en convergencia, hasta llegar al largo trayecto en tren hasta la Capital Federal, Washington, tan lejos en las tierras y en las almas como pudiera estarlo cualquiera de las cortes de Austrias y Borbones para un labrador castellano. 
La descripción de esa larga lucha con tintes de suspense por detener el expolio es tan solo una cara del 
prisma. Verdaderamente meritoria es la recreación del universo chippewwa y su problemática inserción dentro de los moldes de la sociedad estadounidense. Está en peligro tanto la existencia material de Turtle Mountain como la del espíritu. El catolicismo incrustado en los internados del horror que ahora avergüenzan a los civilizados canadienses no ha conseguido aplastar la especialísima relación del indio con la naturaleza. El sauce y el cedro, el oso y el alce proporcionan alimento y medicina. Erdrich logra pasajes de enorme belleza y emotividad a través de rituales mortuorios, de premoniciones en sueños, de venganzas conseguidas gracias a los espíritus. El vagar de holandés errante de Roderick, el fantasma. 
No es baladí la acumulación de momentos en los que un rasgo físico se asocia con un animal (cara de osa, ojos de ave rapaz, rata almizclera). 
La mirada del narrador, que como el gran espíritu pasa de un alma a otra, es bondadosa. Más allá de las afrentas y de las humillaciones sin cuento, el hombre blanco es dibujado incluso con humor. Los dos misioneros mormones, por ejemplo. O las estadísticas tramposas que maneja el censo para despojar de aún más territorio a la tribu. Thomas y los demás siempre echan en falta más sentido del humor en el carácter del blanco. Más aún cuando, en su afán por conocer al enemigo, el vigilante nocturno invierte horas de oficina en leer y descifrar la obra fundacional del reverendo Joseph Smith. Su extrañeza ante la solemnidad de lo narrado no les debe resultar ajena a los espectadores de The Book of Mormon, musical satírico de enorme éxito en Broadway. 
Quienes no deseen esperar para conocer el desenlace de la historia, que es lícito desconocer no siendo Titanic, ahí está Wikipedia, o alguna de las pausadas charlas de la autora que pueden encontrarse en la red. Solo decir que, ni en 1850, ni en 1954. Hace un par de años, Donald Trump, quién si no, lo intentó de nuevo.

EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Eldrich. Siruela, 412 páginas.