cabra

cabra
Mostrando entradas con la etiqueta "el niño cabra".. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "el niño cabra".. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de julio de 2021

LIBROS: EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Erdrich.


No es ninguna neófita la galardonada con el Pulitzer de este año, ni puede considerarse desconocida para el gran público lector anglosajón, ni para los fieles de Siruela, que ha publicado en español sus últimas obras. Lo que sí es novedoso es el reconocimiento oficial para la que ya era la  gran voz de la literatura nativoamericana. Prolífica en narrativa, poesía y literatura infantil, Louise Erdrich consigue al fin algo de espacio para la minoría de las minorías, que sigue esperando paciente su momento, después de la eclosión reivindicativa del resto de identidades que conforman el mosaico social estadounidense.  Es realmente perturbador constatar el profundo desprecio, quizá explicable mediante la ingeniería social, con el que todos y cada una de las potencias colonizadoras han tratado a los primeros habitantes de los territorios colonizados. En este sentido, la fanfarria anticolón que de momento se ha limitado a retirar estatuas, no oculta el enorme trabajo de resarcimiento que queda por hacer, no precisamente en Latinoamérica. Qué odiosas son las comparaciones, qué bárbaros los españoles, y qué necesario es echarle un vistazo a lo que sucedió y sucede en estados del primerísimo mundo como Australia, Canadá y, evidentemente, Estados Unidos. 
Mientras esperamos algún #NativeLivesMatter, Erdrich se sumerge con éxito en su primera historia no enteramente ficcional recuperando la peripecia de su abuelo, un jefe tribal que, en 1954, se atrevió a plantar cara al proyecto de Ley de emancipación/terminación/exterminio del senador mormón Arthur C. Walkins. Y lo hizo con la misma arma de los políticos, la dialéctica. Las numerosas cartas que dejó describiendo cada uno de sus pasos conforman la base biográfica del relato, que en ningún no cae en la cansina y quizá más europea moda de la autoficción. La honestidad es el camino, y las vidas que se cuentan son dignas de ser contadas. Un colectivo no solo silenciado, sino demolido y reconstruido al albur de la mitografía de la industria del entretenimiento, que les otorgó un espacio en el imaginario mental de Occidente a cambio de la perpetuación del estereotipo. 
El lector lejano social y geográficamente hallará una forma de contar que conjuga bien la eficacia y la emoción. La autora echa mano de su bagaje para construir un entramado formal en el que lo espiritual y lo terreno operan de manera indisoluble e influyen de igual manera en la creación y resolución de conflictos. Al igual que en otras culturas con mejor predicamento en nuestra parte afortunada del planeta, por otra parte. El vigilante nocturno es Thomas Wazhushk, que reparte sus días y sus noches entre el trabajo nocturno en la fábrica de cojinetes de piedras preciosas que ha traído cierta prosperidad a la tribu, y sus tareas como jefe del consejo. Su retrato personal representa la antítesis del indio belicoso y salvaje que seguimos comprando, y no parece endulzado por las necesidades creativas. Como pergeñador del plan, es fundamental en la trama, pero ya el jurado del Pulitzer valoró sobre todo su condición de novela polifónica. Y es que multitud de caracteres de variado tipo y condición atraviesan el hilo principal. De ellos destacan al menos tres, con sus historias paralelas propias: Patrice (Pixie) Partaneau, una joven india empleada en la fábrica que decide ir en busca de su hermana mayor Vera, perdida en Minneapolis. Wood Mountain, promesa del boxeo que intenta a su manera abrirse camino en la sociedad blanca que le rechaza por defecto. Millie Cloud, la india universitaria que utiliza sus estudios para ahondar en las raíces que le fueron escondidas al crecer en la ciudad. Les rodea una amplia muestra de individualidades que van elaborando un colorido tapiz de caracteres, de pequeños acontecimientos, de rutinas, de dilemas y miserias dentro de la comunidad. Ninguno es prescindible. 
Este retrato del común a través del individuo se ve reforzada en lo formal con la estructura en cortos capítulos que van intercalando las peripecias principales, primero en paralelo, luego en convergencia, hasta llegar al largo trayecto en tren hasta la Capital Federal, Washington, tan lejos en las tierras y en las almas como pudiera estarlo cualquiera de las cortes de Austrias y Borbones para un labrador castellano. 
La descripción de esa larga lucha con tintes de suspense por detener el expolio es tan solo una cara del 
prisma. Verdaderamente meritoria es la recreación del universo chippewwa y su problemática inserción dentro de los moldes de la sociedad estadounidense. Está en peligro tanto la existencia material de Turtle Mountain como la del espíritu. El catolicismo incrustado en los internados del horror que ahora avergüenzan a los civilizados canadienses no ha conseguido aplastar la especialísima relación del indio con la naturaleza. El sauce y el cedro, el oso y el alce proporcionan alimento y medicina. Erdrich logra pasajes de enorme belleza y emotividad a través de rituales mortuorios, de premoniciones en sueños, de venganzas conseguidas gracias a los espíritus. El vagar de holandés errante de Roderick, el fantasma. 
No es baladí la acumulación de momentos en los que un rasgo físico se asocia con un animal (cara de osa, ojos de ave rapaz, rata almizclera). 
La mirada del narrador, que como el gran espíritu pasa de un alma a otra, es bondadosa. Más allá de las afrentas y de las humillaciones sin cuento, el hombre blanco es dibujado incluso con humor. Los dos misioneros mormones, por ejemplo. O las estadísticas tramposas que maneja el censo para despojar de aún más territorio a la tribu. Thomas y los demás siempre echan en falta más sentido del humor en el carácter del blanco. Más aún cuando, en su afán por conocer al enemigo, el vigilante nocturno invierte horas de oficina en leer y descifrar la obra fundacional del reverendo Joseph Smith. Su extrañeza ante la solemnidad de lo narrado no les debe resultar ajena a los espectadores de The Book of Mormon, musical satírico de enorme éxito en Broadway. 
Quienes no deseen esperar para conocer el desenlace de la historia, que es lícito desconocer no siendo Titanic, ahí está Wikipedia, o alguna de las pausadas charlas de la autora que pueden encontrarse en la red. Solo decir que, ni en 1850, ni en 1954. Hace un par de años, Donald Trump, quién si no, lo intentó de nuevo.

EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Eldrich. Siruela, 412 páginas. 

domingo, 23 de mayo de 2021

FERIA, de Ana Iris Simón


La jugada perfecta. Una narradora debutante en un sello minoritario cumple de modo preciso los parámetros actuales del buen debut (mujer joven, autoficción, alabanza de aldea) encuentra en redes a comentaristas que destapan el subtexto político más polémico posible. Y así es cómo Ana Iris Simón consigue con su primera obra una resonancia extraliteraria que la distancia de coetáneas con propuestas concomitantes como Andrea Abreu y su Panza de Burro (Barrett, 2021) y algo antes, Elisa Victoria con Vozdevieja (Blackie Books, 2019). Y como era previsible en estos días en los que todo absolutamente todo es política y todo absolutamente todo ha de ser etiquetado para comodidad del consumidor, el ojo de Mordor/Twitter comienza las prospecciones arqueológicas, rescata párrafos en capturas de pantalla y términos como "rojipardo" para indignación de unos y perplejidad de otros y regocijo del negocio. A esta labor contribuye sin duda la distribución en episodios cortos de títulos llamativos (Yo duermo abajo y arriba España, La historia que emocionaría a Juan Manuel de Prada, Patria, estirpe y linaje, Toda mujer ama a un fascista) fácilmente extractables. Imposible resistirse a compartirlos. 

Pero esto es una reseña literaria y Feria no es un ensayo sociológico sino una novela, por más que haya cogido con impulso la ola adecuada. La historia de una familia y de un territorio sentimental e histórico, fluidamente narrada desde la voz treinteañera y desencantada de una periodista que decide desandar el camino del campo a la ciudad y volver al espacio de donde toda una generación anhelaba salir. 

El mismo título y el prólogo del cantante alternativo asturiano Pablo Und Destruktion ya anticipan que lo verdaderamente distintivo de esta conjunción de autobiografías no es el mero "ser de pueblo" sino la identidad nómada de la familia feriante. El primer capítulo a modo de post de Facebook o carta al director moderadamente quejosa da paso a la retrospección. Las ferias rodantes que están insertas en el adn de todo español hasta la generación centeniall, que conformaban el punto de encuentro estival entre los que se fueron, los que se quedaron, los visitantes, los forasteros casuales y los vecinos de tertulia nocturna. La mirada nostálgica de la narradora, nieta de feriantes de pro, se escora hacia la complacencia y la suave provocación ya desde el inicio, añorando esos tiempos de explotación animal y remedos del Freaks de Tod Browning. Esta aspiración a epatar, no ya a la burguesía, sino al tuitero medio, se reproduce en anécdotas excéntricas como la del feto en el tarro de cristal, producto del aborto espontáneo del que hubiera sido su hermano. 

Las vivencias infantiles se van ensartando en unas coordenadas geográficas muy concretas (Campo de Criptana, Ontígola, Aranjuez), que dibujan idílicos paisajes emocionales e infancias rodeadas de aire libre y de  familia siempre dispuesta a alimentar el cuerpo con buenas comilonas y el espíritu con enseñanzas temporales.  Es fácil ganar la comparación con los rostros cetrinos de nuestros adolescentes a su teléfono móvil pegados. La remembranza nostálgica que emparenta la obra con tantas otras protagonizadas por niños y admiradores del cualquier tiempo pasado fue mejor, es recurso previsible y efectivo. 

Lo que en verdad da aire a la historia y alas al escándalo revisionista es la relación de Ana Iris con su padre. De nada servirían los mimbres neorrurales sin ese cartero de pueblo de firmes convicciones comunistas y con el verbo lo suficientemente trabajado como para polemizar con su hija, que desde bien temprano tiende a llevarle la contraria. Ese capítulo titulado Jesucristo fue el primer comunista sirve para rescatar lemas y contradicciones del comunismo old- fashioned que siguen vivas. La imposibilidad del obrero de tener patria, la familia como sustento y y raíz, los tres días de luto que decretó Cuba tras la muerte del dictador. Este hombre que trasciende su modesta formación con una facilidad notable para la abstracción y el símbolo, define a su ex mujer y madre de la narradora como "un universo que se expande". 

Hasta la página 178, Feria es tímida. En el ejercicio nostálgico, en las descripciones de caracteres, en la crítica al pijo de Malasaña, en el empleo de palabras terruñeras que hubieran enriquecido sobremanera la narración. Vocabulario manchego que sí se disemina con más alegría en el tramo final del relato, y que por otra parte no es desconocido para el urbanita gracias a los exitosos cómicos de la tierra.  En esa página hace su aparición estelar Ramiro Ledesma y en el temeroso lector se enciende el código rojo (rojipardo). Ese lector contemporáneo que comparte su preocupación por la publicidad subliminal del falangismo y avisa del peligro como ciudadano responsable que es. Cuidado, que os podéis convencer. Mejor no lo leáis. Barbra Streissand no nos enseñó nada. 

En este progreso al desenlace, la voz narrativa se permite más margen, y riega su evocación de opiniones francamente incorrectas para el feminismo 3.0, lo más valioso de estas últimas páginas. Lo hace simplemente recordando las contradicciones a las que se siguen sin dar respuesta y que explican en parte la existencia de individuos de género femenino que no comulgan el discurso hegemónico. Pinceladitas incómodas como ciertas palabras de Silvia Plath que sin duda provocarán su cancelación, otras  acerca de la estafa de la emancipación laboral femenina, o del hecho de que ninguna mujer se entacona y demás para pasar la tarde sola en casa, o cómo todos los hombres que miran escotes y se atavían de mujer son sátiros excepto si son músicos de trap o reguetón. Es curioso que toda la ira  se la  haya llevado la calculada aproximación a las ideologías preconstitucionales. 

Con todo, un debut solvente y agitaconciencias que esperemos tenga continuidad en lo que a contar historias se refiere. 

Feria, de Ana Iris Simón. Círculo de Tiza, 2020. 232 páginas.



domingo, 25 de abril de 2021

UNA JOVEN PROMETEDORA (2020)


Tras el paréntesis pandémico, y toda vez que Occidente se ha acostumbrado al incómodo compañero vírico porque la idea del exterminio queda fea, los Oscar vuelven esta madrugada, con adaptaciones en el fondo y en la forma. En estos tiempos de paradojas que tragamos como si tal, algunos críticos han señalado el contraste entre la notable selección de competidoras y la falta de interés del público, que sigue sin poder acudir a las salas en la mayor parte del mundo (Madrid no cuenta). 

Esta desaparición, esperemos que temporal, de la proyección cinematográfica como acto compartido, debiera ser aprovechado por las plataformas multimedia que, hasta este año, han estado proscritas para el triunfo, que no para las nominaciones. Veremos. 

De momento, la ópera prima de la directora, guionista y actriz Emerald Fenell se ha colado en las categorías principales. Nunca sabremos si es por su vocación de "película necesaria", o porque es de las pocas que han podido estrenarse a tiempo  a la manera tradicional. Lo cierto es que, más allá de sus méritos y deméritos como obra artística, que ahora analizamos, lo tenía todo para salir más que airosa del trance. Una historia confeccionada y producida por mujeres con voz sobre mujeres sin ella, unos hechos traumáticos que pasan por rito iniciático en ciertos ambientes estudiantiles, achacables siempre a la víctima, que se ha de sacrificar doblemente durante la comisión del delito, y más tarde, para no interferir en las futuras siempre brillantes carreras de sus asaltantes. Basta con googlear unos minutos para encontrar los mimbres reales de la historia truncada de esa joven prometedora, que en realidad son dos: la protagonista, y su mejor amiga. En este sentido, es significativo que la historia transcurra en Estados Unidos siendo británico la mayor parte de los que aparecen en los títulos de crédito. En Europa no pasan estas cosas. 

Sin embargo, las potentes premisas y la ambición de abrir camino en la denuncia se diluyen en unas cuantas decisiones creativas bastante discutibles. Tanto como el prestigioso y bien conocido reparto enclaustrado en personajes excesivamente secundarios y reducidos a un solo rasgo. Si bien no hay discusión en que Carey Mulligan está fascinante y perturbadora, con su correcto acento del Medio Oeste, como  treinteañera recién estrenada que decide cargar con una cruz que no es suya y focalizar su existencia en un sucedáneo de venganza. Aunque algunos reclamaran a una actriz más atractiva para el personaje, como su misma productora Margot Robbie. 

Despojada de su chiclosa estética de instituto en peluquería y vestuario, noventera en la banda sonora y ochentera en la fotografía saturada de tonos pastel con trazos fosforito, asistimos a la típica historia de buenos y malos, presa de un vaivén errático entre tonos y géneros, salpicada de un autoproclamado humor negro que no escandaliza en absoluto. Con secundarios gruesamente trazados cuya misión principal es el alivio cómico, tenue, cuando sube la tensión dramática. Ahí están los padres de la protagonista, típicos padres estadounidenses que han visto frustrado sus derechos a presumir de hija médico en el club de golf y a montar un gimnasio en la habitación, aún inauditamente ocupada. Mucho que aprender tienen de las madres mediterráneas.

Merced a un encuentro casual con un ex compañero de facultad, Cassandra ve la luz y comienza a pergeñar la revancha definitiva, con mucha elaboración y pocos elementos dejados al azar.  El problema es  la verosimilitud, sacrificada en la mesa de dirección en pos del mensaje, bien subrayado con esos mismos tonos flúor. Sorprende constatar que todos los caracteres, ayudantes o antagonistas, se definen por el infantilismo, en diversas variantes. El pensamiento unidireccional de Cassandra, a la que la propia madre de la verdadera víctima le dice "no seas niña". La ex amiga superficial que tampoco ha culminado su carrera pero por la mejor de las causas, y, sobre todo y ante todo, los personajes masculinos. En alguna reseña benévola se ha dicho que "están llevados al extremo", Al extremo de la caricatura, añado. Evidentemente, esta no iba a ser una historia de equilibrado análisis de hechos, pero el ridículo de palabra y acción de todo el género masculino en pantalla estorba a la necesaria empatía que debiéramos sentir con las miserias que se narran. Solo uno se salva en su patetismo redentor, solo un aliado. 

Una vez más, la sororidad es un concepto con más espacio en el diccionario de la RAE que en la palpabilidad  de la vida. La inclinación aparentemente inevitable del varón hacia la depredación y la misoginia es transversal en cuanto a color de bien y nivel socioeconómico, como bien se trasluce en ciertos diálogos de la interesante Una noche en Miami, de Regina King, también nominada. 

Para los aficionados al comparativismo, es muy sugerente, y factible ahora mismo en salas, el programa doble con la estupenda Otra Ronda, de Thomas Vinterberg, con los efectos del alcohol como piedra de toque. Las conclusiones, se sienta uno o no identificado con los #MeToo que en el mundo han sido, son transparentes. El experimento pseudocientífico que llevan a cabo los profesores de la película danesa descarrilaría si fueran profesoras. "Solas y borrachas queremos volver a casa" es uno de los lemas del nuevo feminismo, el  de Twitter. Básico y tristón para las que se partieron la cara en los sesenta y ochenta, pero Mads Mikkelsen se puede permitir pasar la noche tirado en la calle durmiendo la mona y ser despertado intacto por sus amables vecinos. 

A PROMISING YOUNG WOMAN (2020)

DIRECCIÓN Y GUION: Emerald Fenell

PAIS: Reino Unido

DURACIÓN: 113 minutos

MÚSICA: Anthony B. Willis

FOTOGRAFÍA: Benjamin Krakun

REPARTO: Carey Mulligan, Allison Brie, Bo Burnham, Connie Briton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Alfred Molina. 

lunes, 29 de julio de 2019

UTOYA, 22 DE JULIO

No será la última vez ni la más señalada que coinciden relativamente en el tiempo dos recreaciones ficcionales de un mismo suceso. En estos casos suele pasar que quien da primero, da dos veces, aunque esta vez ha sido una excepción, según el recibimiento crítico. Hace un par de años, Paul Greengrass facturó para Netflix su larga y lineal visión de los hechos, pasando bastante desapercibida entre la cada vez más abrumadora oferta de la plataforma, y también con una tibia acogida en la Mostra de Venecia. Este 22 of July comparte título con la recién estrenada en cines Utoya, 22 of July - obra del local Erik Poppe - y apenas nada más.  Las distancias son notables en cuanto a pretensión artística, propósito y público objetivo. Greengrass, un experimentado director de dramas basados en hechos reales tan fiables como United 93 (2006) o Captain Philips (2013) decepciona en esta ocasión. Opta por una excesivamente extensa narración excesivamente lineal y encorsetada en unos parámetros peligrosamente cercanos en ocasiones al telefilme de sobremesa. Sobre todo, en la intención explicativa y en los apuntes de historia de superación del muchacho protagonista. Sin ser una mala película, es evidente su intención de conmover y explicar a un tiempo, a un público ansioso de porqués. Personas normales como las víctimas que buscan alivio tras el asombro y la indignación. Aunque el mismo pergeñador de los actos terroristas se lo ponga difícil. 
Nada de eso interesa a Erik Poppe, que ha afirmado públicamente su rechazo a dramatizar una situación ya de por sí inverosímil. Su propuesta con actores no profesionales aúna ética y estética. Un plano secuencia de 77 minutos, cinco más de lo que duró el ataque, de indudable complejidad técnica, que se desvela como artefacto idóneo para agarrarnos del cuello y transplantarnos a la isla infausta, siempre a la zaga de Kaya, la protagonista simbólica que presta su perspectiva para radiografiar el horror. Caduco el concepto "cámara al hombro", aquí está en las nucas, en las manos temblonas que teclean en el móvil, en el barro, pegada a las cabezas aterradas entre ramas, respirando aterida en los recovecos de piedra. 
Y en el centro de todo, la dispar elección acerca de cómo describir El Mal, así con mayúscula. Mostrarlo, describirlo, a riesgo de humanizarlo y provocar alguna mínima identificación o empatía, es lo que hace el guion de Greengrass, basado en el libro autobiográfico de un superviviente, One of Us. Y es lo que no tuvieron más remedio que hacer las autoridades noruegas.  Anders Danielsen Lie, visto en Personal Shopper (2016) compone un Breivik de una gelidez hiriente. Suyo es el peso moral de la historia, como creador solitario y absoluto. 
Poppe escoge la opción en extremo opuesta: el ser humano queda esbozado únicamente por los 72 minutos de disparos y por un par de siluetas recortadas en la neblina. La carga de angustia y de incertidumbre se hace por momentos insoportable, incluyendo detalles reales como el uniforme de policía que Breivik emplea para acceder a la isla, y que azuza en los jóvenes un sentimiento brutal de no entender nada de lo que está pasando. Es inevitable recordar títulos como Room (2015), en la que también se le niega toda visibilidad al perpetrador del secuestro. 
Para los que necesitan contexto, la cinta de Greengrass es útil y consoladora. Sirve además para sacar brillo de un sistema judicial arquetípico del primerísimo mundo. Qué hubiera sido del terrorista en manos de la policía de otras naciones que se suponen de ese club, por ejemplo. Es sumamente instructivo contemplar cada paso del proceso y la exquisita atención que desde el primer momento se le proporciona, independientemente del odio y la vergüenza concitadas en sus compatriotas. Los daños colaterales de tamaño cuidado se reflejan con amargura en el abogado de oficio que escoge con total premeditación. Un profesional del Derecho, en toda la extensión del término, abocado él y su familia al rechazo, al insulto y a la amenaza a pesar de ser él mismo miembro activo de la ideología que su defendido aspira a extinguir. 
 Tanto en las dos versiones como en los sucesos reales, como en cualquier acto de este tipo que sacude periódicamente a nuestro civilizado mundo, la pregunta que se incrusta en las mentes es cómo esto ha podido pasarnos a nosotros. La incredulidad no se agota, por más insistentes golpes que sufra nuestra molido sistema. Y, como no nos lo terminamos de creer, no pasamos a la fase de reacción. Clarísimo ejemplo de esto es la serie británica Years And Years, que se ha convertido en la distopía apocalíptica menos distópica del audiovisual contemporáneo. Su visionado, junto con los largometrajes comentados en estas líneas, conforman un apetecible combo para pasar un verano de reflexión y desasosiego. 

domingo, 7 de julio de 2019

SUR: LA NOVELA DE UN DÍA DE VERANO

No hay que dejarse engañar por los comienzos, ni por las sobrecubiertas,  ni por las sinopsis de editorial. La última entrega del autor de El camino de los ingleses no es una novela negra. No es tampoco novela de verano para rebozar sobre la arena. Por si acaso los adoradores de Fred Vargas querían probar algo nuevo. El cuerpo agonizante y cubierto de hormigas podría iniciar una intriga policial canónica, pero aquí es solo un cebo, la primera pincelada del fresco monumental que es Sur.
No debería haber ciudad sin novela, y sin duda, esta es la novela que Málaga merece,y con autor de la tierra además. Antonio Soler apunta a lo más alto y entrega un homenaje confeso a Ulises, la gran novela de Dublín, esa crónica de un  paseo  en un día soleado. Nada que objetar a un caballero de la Orden de Finnegans.
Pero lo de Joyce es solo un atisbo. Los veranos dublinescos son un jueguecillo al lado de los malagueños, y en ese día indeterminado de agosto el aire se puede respirar y la chaqueta no sobra. El calor de barriada no es un elemento de atrezzo, sino una presencia pegajosa y omnímoda, que confiere a la escritura cierta aridez de lija.
Antes que Joyce, de todos modos, está Cela. El censo final de personajes, mitad boutade, mitad necesario documento de consulta, remite de inmediato a La colmena, mosaico igualmente transversal de la supervivencia urbana. Y las puntillosas y largas escenas casi documentales de los usos y costumbres de los variados especímenes lumpen evocan las de Tiempo de silencio, y su pionero monologuismo interior.
No encontraremos en esta colmena rastro alguno del Silicon Valley malacitano, ni rastros de las sucursales museísticas y aledaños que han regalado a la ciudad una gentrificación de manual. Todos los ejemplares diseccionados con pericia a través de jerga y acciones están perfectamente adaptados a su nicho ecológico. Fiables guías de su terruño, sus diálogos entremezclados con pensamientos proporcionan una visión certera al lector forastero, visitante improbable. 
Pero hay que insistir en el engaño al que nos somete la ficción, toda ella. No es un relato criminal, pero tampoco es un cuadro costumbrista. Y la culpa la tiene el narrador. Un narrador entre experimental y convencional, pilar y conductor del rompecabezas. Un narrador,  un tono exigente y buscado, según se deduce de las afirmaciones del propio Antonio Soler. Su omnipresencia discreta se advierte desde las primeras líneas, introduciendo trama y personajes a modo de travelling cinematográfico. Sin puntuación separadora, conciencias de unos y otros se suceden sin pausa en el mismo párrafo, consiguiendo una inmediatez y una simultaneidad de acción inviables de otro modo. Los múltiples caracteres se destapan, se justifican, se cuentan a sí mismos, a los de al lado, a los de fuera, a sus familias, a sus compañeros de farra, circunstanciales o perennes, sin darse, sin darnos  respiro ni tregua ni relevo, durante la primera mitad de la obra. Hay muestrario donde elegir. Los retratos más acertados en su sordidez y desesperanza, los del desequilibrio mental. 
Después, un medido convencionalismo necesario hace avanzar las intersecciones en tal cantidad de dramas cotidianos.
Algunos echarán de menos más sabor local, aquí demasiado entreverado de ochenterismos generalistas. Pero esa era la intención del novelista, una razonable (y exitosa) universalidad de lenguaje y escenarios con los que sentirse cercano sea cual nuestro origen. 
Este narrador maestro se posiciona más cerca que lejos de sus personajes, alternando distancia irónica con puntillas de ternura. No es nada fácil acertar con la mezcla. No echaremos de menos cierto decoro, a la lopesca manera, y nos creemos la elaboración ambiciosa  que ofrecen algunos discursos. Agosto y cerebros agostados en una lucha por la supervivencia. El fracaso reiterado, las excusas del que cae para no levantarse, la némesis del pensamiento positivo. Algunos ecosistemas son como telas de araña, y dejan nacer, crecer, reproducirse, entrar, pero no salir. 

Sur, de Antonio Soler. Galaxia Gutenberg. 2018. 512 págs.