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miércoles, 11 de septiembre de 2024

SERIES : CÓMO CAZAR A UN MONSTRUO

             


  Cero en metáfora, diez en contundencia para un título  que valdría igual para la crónica del juicio que se está celebrando estos días en Avignon, Francia, a una rama de monstruosidad prima hermana. Una larga serie de puñetazos en el rostro del espectador por parte del periodista curtido en redes Carles Tamayo. Una plataforma audiovisual y una productora poderosa que apuestan por los códigos de Youtube para irrumpir en una de las tendencias de entretenimiento más potentes de la actualidad. La serie documental en tres actos de Tamayo (1995) supera el molde estándar de lo que se ha dado en llamar "true crime" vertebrando la narración en en orden cronológico y una voz protagonista que no es la del criminal, y la culmina en veinte infartantes minutos de secuencia a tiempo real para todos los participantes. La omnipresencia del creador se sustenta y se justifica desde los primeros momentos de metraje. Lluis Gros, un antiguo profesor y gestor de un cine de El Masnou, condenado a 23 años por abusos sexuales a menores, contacta con Carles, oriundo de dicha localidad, al que conoce desde adolescente y le propone grabar un reportaje sobre su vida. Contando su verdad, como dirían algunos. Carles le va dando largas y hasta que constata que Gros sigue haciendo su vida de jubilado jovial sin entrar en la cárcel. Ese es el punto de partida del trabajo de Tamayo, que se pregunta directamente a cámara por qué sigue en libertad, y que en todo momento da credibilidad absoluta a los hechos y a la lacerante ristra de víctimas que va localizando.  Y es que, aunque hubiera querido hacer de Pepito Grillo, el inefable Gros cercena toda posibilidad de duda, toda, con una serie de estupefacientes actos y declaraciones ante una cámara que sabe y permite que esté encendida.  Un delincuente condenado que exhibe sus podridos mecanismos mentales como los entrevistados de la añorada Mindhunter. Ni falta hace el reconocer o el pedir perdón.

Un espectador más hecho a Equipo de investigación y a los trabajos de otro  Carles (Porta), perciba quizá menos pulcritud en el montaje y una base menos artesanal, pero a cambio obtiene una transparencia en la secuencia de acontecimientos y una fluidez narratoria altamente adictiva. El recurso de la cámara al hombro, la presentación escalonada de los datos, la crudeza de las entrevistas facilitan el acceso a una realidad tan sórdida como algunos detalles en los que se recrea el pederasta para defender su inocencia.

Se han señalado ya algunos cortes inauditos que pasarían enteramente por ficcionalizados, y de hecho desearíamos que lo fueran. La videollamada entre Gros y unos adolescentes andaluces en los que les introduce alborozado en el Cantar de los Cantares, lo más erótico de la Biblia, como les insiste y ya sabía Fray Luis de León. Las preguntas palpitan pero no son respondidas. ¿Cómo ha conocido a esos chavales? ¿Ha olvidado que hay una cámara grabando la escena? Él no ha hecho nada malo, insiste machaconamente durante las tres horas. La chulería de la que hace gala de manera permanente y la impunidad, nada de sensación sino de certeza, nos lacera. Los colaboradores necesarios que le dan soporte material se muestran a atisbos, sin rellenar interrogantes y, salvo en un caso, sin sorpresas en cuanto a la organización a la que pertenecen.

Tamayo, entre intervención e intervención, recibe regalos del azar, como la interrupción de un almuerzo en el mercado del lugar de residencia de Gros por parte de una de sus víctimas, un hombre maduro que decide en ese momento no darse la vuelta, y que se convierte en cooperador para desentrañar la madeja de abusos no denunciados que va saltando cual malaya al foco de la cámara.  Y cómo de valioso puede ser que tu investigado tienda a no colgar las videollamadas. Bendito edadismo.                                                  

Siguiendo el camino de migas de pan que le ha venido dado al equipo de detectives periodistas, el título del último capítulo tampoco está puesto con sorna, aunque la tenga. La gran evasión que es el gran engaño. Todo nos va enfilando hacia un final reparador made in Hollywood y los veinte minutos finales nos devuelven a la dura España, o Cataluña, que para este caso es la misma tragicomedia.

viernes, 8 de mayo de 2020

TIGER KING VOTA JUAN

Por definición, lo exótico es lo lejano, lo inhabitual. Es humano desear lo que no se tiene, y es de humano acomodado hacer lo posible por tenerlo. "Si se lo puede permitir" es un lema de descargo que vale para todo.  La sensacion documental de la que todos hablan comienza queriendo ser denuncia con un dato sorprendente para las personas normales: En EEUU viven más tigres en cautividad que en libertad en el resto del planeta.  Desde esta primera línea de guion, el nuevo docudrama del momento parece facturado especialmente para la culta y distanciada mirada europea, proclive a a la conmiseración y a la indignación a partes iguales. Pero pronto entendemos que esto no va de felinos confinados, los "big cats" a los que aluden constantemente. Un término ajustadísimo a lo que en realidad son. Decir que están amaestrados es  quedarse muy corto. La alienación sería absoluta de no ser por el brazo arrancado del primer episodio. Esos gatos grandes, que parecen reproducirse muy bien en cautividad, son solo un medio de acceso al poder y al dinero. Y aquí nos vamos acercando ya al verdadero leiv motiv del asunto. ¿Quién le hace ascos a una foto con un cachorro de tigre blanco? En Washington parece que nadie. ¿Y quién le hace ascos en España a un jamón Cinco Jotas? 
En estos días de gloria para el audiovisual, y para la cocina, hay tiempo y ocasión de fabricarse menús al gusto con mezclas pelín insólitas, y encontrar en ellas coincidencias no tan insólitas. Es el caso de Tiger King en Netflix y Vota Juan, la producción de TNT cuya primera temporada puede verse en Prime Video.  Quitando el macguffin tigresco, ambas conforman dos fenomenales galerías de personajes entre lo grotesco, la caricatura, y la más cruda de las realidades.  Porque esa gente existe, e influye en otra gente y ve la vida como un gran juego de estrategia. Parecen todos tremendos perdedores, o desequilibrados, pero su triunfo es destacar como antisistema. Travisten sus aspiraciones corrientes en la misión visionaria de cambiar el mundo y esparcir dicha entre sus congéneres. No olvidemos nunca que la Constitución estadounidense, además de las enmiendas que todos conocemos, proclama el derecho de todo individuo a buscar su felicidad. Y poseen una admirable capacidad para reirse de sí mismos,lo que les hace en cierta manera entrañables.
En un momento determinado, Tiger King aka Joe Exotic, repulsivo por fuera y por dentro, (siempre desde la mirada europea/neoyorkina/bostoniana), decide presentarse a Gobernador de Oklahoma y más tarde a la mismísima Presidencia. No entraremos en que, de un tiempo a esta parte, la industria del espectáculo estadounidense parece consagrada al análisis del especimen llamado "votante de Trump", sabedora de la incapacidad del europeo medio para comprender. El caso es que el buen hombre cree sinceramente en sus posibilidades y en que hará cosas buenas, (y no cosas malas, al estilo  lingüístico de la Casa Blanca) por su comunidad. 
Y por aquí tenemos a un inmejorable Javier Cámara como Juan Carrasco, ministro de Agricultura aspirante a la Secretaría General de su partido, convencido él también de que es la mejor opción para su formación, y para el país entero. Su soberbia directamente proporcional a su facilidad para la ofensa gratuita recuerda inevitablemente a Homer Simpson. Su tendencia a caer de pie y a conservar inexplicablemente el afecto de su entorno, también. La vergüenza ajena por su modo de transitar la existencia, también. 
De igual manera, el rey de los tigres y el ministro operan en un espacio, digamos, provinciano. El Medio Oeste americano es para un neoyorkino lo mismo que Logroño para uno de Madrid. Es un hecho, anticuado, pero un hecho. Los guionistas de Vota Juan, animadores del llamado posthumor con joyas como Selfie y Gente en sitios, están al borde de la demanda judicial cada vez que hacen repetir a sus personajes que ellos no volverán al lugar de donde salieron, es decir, Logroño. 
El segundo marido casi adolescente de Joe Exotic hace el camino inverso que los granjeros de Las uvas de la ira, de California a Oklahoma, y ese ir a la contra basta para perfilar al personaje.
Hablar en este sentido de los sequitos de semejantes aspirantes a líder personal variopinto es un festín de color.
Sería bastante simplón ventilar al círculo social de los infortunados tigres con el manido "redneck", habida cuenta de que ellos mismos asumen el término con idéntico orgullo (su bar de cabecera se llama así), que los modernistas de Valle-Inclán. Pero no se puede dejar al albur crítico a seres tan especiales como el primer marido casi adolescente de Joe, que disfruta de muchos momentos confesionales frente a cámara. Un chaval con tantos tatuajes como dientes le faltan, que no es homosexual pero se casa con su jefe, y que prefiere que se le regalen camionetas antes que una dentadura nueva. Joe presume de contratar solo ex convictos, individuos sin porvenir de los que se asegura lealtad y agradecimiento. Sabe que no van a cuestionar la jerarquía ni por la carne caducada en la que se basa su dieta. 
El equipo del ministro Carrasco puede parecer más usual, más anodino, pero cumple la misma función: resaltar subrayar, acompañar, alentar, mantener al rey sin saber que está desnudo.  Son igualmente fieles que han crecido al amparo del jefe, que no tienen vida fuera de la res publica y que, cuando el tren se para, se sienten arrojados al mundo como seres sartrianos. Pura ficción.

Es esta  lucha por el poder y el éxito, la superioridad moral del ciudadano ilustrado languidece. Son estos seres mezquinos, ignorantes y orgullosos de serlo los que mejor saben chapotear en las ciénagas y coleccionar admiradores sinceros. La campechanía, sin complejos.