cabra

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sábado, 22 de febrero de 2020

EL FARO (THE LIGHTHOUSE, 2019)



El segundo trabajo de Robert Eggers no pasa el test de Bechdel. No confundir con Al faro, de Woolf, que tampoco lo pasaría. Un leve obstáculo para el devenir de la breve pero intensa convivencia entre el operario titular de un faro enclavado en algún punto de las costas de Nueva Inglaterra y su aprendiz, formulada en un hiperestético blanco y negro. A cambio, supone una muestra clarividente de lo que significa "cine de autor", en el sentido más francés del término. Un director y guionista que ya avanzaba en su ópera prima (The Witch, 2015) algunas de sus preferencias temáticas, estilísticas y espaciales encuentra en los diarios de Herman Melville el catalizador perfecto para invitarnos a su festival de referencias, unas más wikipédicas que otras. 
El tema del faro y su simbolismo sustancioso es antiguo en el arte y la literatura. Aquí, La Luz que guía e ilumina lo hace de manera literal y nada epidérmica. Su fulgor quema y traspasa las almas de los pobres seres perdidos, que,como el farero viejo lobo de mar interpretado excelsamente por Willem Dafoe, se han dejado cautivar. El aprendiz, se llama igual que el farero y se sumerge en un juego ambiguo de parejas y dobles. Robert Pattinson nos convence de que es buen actor cuando el papel lo es, y quiere compartir La Luz con el que a veces es su maestro, otras su señor, otras su padre, todas las noches cocinero irregular del mismo bacalao ahumado. Pero parece que no lo conseguirá, por mucho que friegue y muchas escaleras que suba. No hay descanso físico ni mental en los días de ambos hombres, ni para el espectador, que no puede apartar la vista de los profusos primeros planos, barnizados con varias capas de expresionismo. Añadiendo una fotografía portentosa merecidamente nominada o premiada en los repartos anuales de la industria. 
No solo la imagen construye el drama. Los sonidos del mar inundan la pantalla. Nada bueno puede pasar. Los chillidos de las gaviotas, que a falta de rubias a quienes picotear, se ceban en el joven ex leñador de pasado oscuro. Las olas hostiles chocando con las rocas en un paisaje costero desolador en invierno y en verano. La cronología se difumina. La soledad en compañía terrorífica borra la línea entre lo real y lo onírico; una propuesta clara en este sentido. Quizá los únicos momentos anclados al suelo sean las primeras cenas, antes de que el alcohol despliegue sus vapores de pesadilla. 
Desde las primeras escenas, el farero parece hablar en verso. Una investigación somera nos remite, no solo a Melville, sino a sus secuaces Poe y Lovecraft. Los parlamentos verborreicos que no impresionan al inicialmente indiferente aprendiz hacen un efecto progresivo en el ánimo, y la gabarra que debiera acudir para reponer víveres y relevarles de su turno nunca llega. 
Pero esta confrontación ascendente no es en absoluto inesperada. El contexto quizá  demasiado propicio, el ambiente alucinante y alucinatorio, plenamente claustrofóbico posibilita una lectura contemporánea de la historia. Esta puede entenderse como un catálogo de masculinidades tóxicas (que son todas, como afirmaba un tuitero flagelante hace unos días), nada sorprendentes pero menos expresivas que un par de ciervos en plena berrea. Por poner un ejemplo. Ya sabemos que en estas luchas testosterónicas solo puede quedar uno, o ninguno. Con o sin botellas de ron enterradas en la arena. 

EL FARO
Título original: The Lighthouse
Año: 2019
Dirección: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers, Max Eggers
Música: Mark Korven
Fotografía: Jarin Blaschke (B&W)
Reparto: Willem Dafoe, Robert Pattinson
Producción: EEUU-Canadá
Duración: 110 minutos

domingo, 26 de enero de 2020

EL COLGAJO, de Philippe Lançon

No quería novelar mi experiencia. Tenía que controlar la literaturización. Son dos de los objetivos, que el narrador se marca, y que, como vamos a ver, alcanza a veces, sin que sea necesariamente perjudicial para la historia. 
El pasado 7 de enero se cumplían cinco años del atentado islamista contra el semanario satírico Charlie Hebdo, y en octubre pasado se editó en castellano El colgajo (Le lambeau, en francés), la remembranza de uno de los supervivientes, el periodista y crítico Philippe Lançon. Un texto sorprendente en muchos aspectos que rebosa los moldes  del subgénero "historias de superación y supervivencia". Una peripecia vital desgraciadamente compartida por cada vez más personas, con una propuesta alejada del arquetipo de héroe/antihéroe/víctima que deja en manos de otro la composición y narración de su historia, con vistas a exaltar la emotividad del lector y optar a un contrato cinematográfico. Consecuencia lógica del aumento de la violencia terrorista en Occidente es la transformación de esas experiencias individuales en libros, películas y obras de teatro. Sin ir más lejos, la temporada pasada, los espectadores madrileños tuvieron ocasión de contrastar perspectivas y maneras dramáticas en funciones como La Golondrina, de Guillem Clúa, o Espejo de víctima, de Ignacio Martínez Del Moral. Y estos días, Atentado, de Félix Estaire.
La distancia y el desinterés por todo esto se hace patente ya desde el título. Una elección que anticipa el tono de la obra, absolutamente fundamental y selectivo en sus receptores. La metáfora del colgajo fusiona los dos mundos en los que el autor/narrador se va a mover durante nueve meses de su vida: la cirugía especializada, tan ajena a él como propia es la cultura y el arte en su más amplio espectro. Así, la técnica que le devuelve la posibilidad de un mentón y de un rostro se hermana con los versos de Jean Racine, el gran trágico francés, para construir un relato fascinante en el que el hecho luctuoso solo es el punto de partida. 
Mientras seguimos esperando que la autoficción empiece a dar sus últimos coletazos, Lançon despacha más de cuatrocientas páginas de autobiografía a la antigua usanza. Sin ánimo alguno de hacer literatura con ella, si bien ha de entenderse como huida del artificio, de la banalización, del edulcorante, de la hipérbole, de las selecciones del Reader´s Digest, en definitiva. Su firme propósito en este sentido ha resultado ser un ejemplo de cómo una crónica de sucesos puede transformarse en literatura de primera división rescatando básicos como la forma, el tono y unos personajes sobresalientes. Descartando cualquier ápice de heroísmo de sobremesa y logrando con maestría, buscada o no, el difícil equilibrio entre la crudeza descriptiva y la asepsia narrativa. Con precisión quirúrgica, que diría el tópico, 
El autor/protagonista/narrador no puede encajar mejor en la silueta de intelectual francés que suele rondar la cinematografía vecina y que se deleita en conversaciones de alto standing mientras marida una buena añada de tinto con un surtido de queso. Hay decenas de ejemplos, uno de los más recientes, Dobles vidas (2018), de Olivier Assayas. Tanta coincidencia estereotípica a veces nos hace sonreír y puede alejar en cierta manera la empatía que todo relato de este tipo necesita. Lançon exhibe un bagaje (el galicismo es pertinente) apabullante en todos los ámbitos artísticos. Colaborador ocasional en Charlie, y crítico en Liberátion, representa un tipo de periodismo casi extinguido. Esta es la verdadera novedad y aliciente de la lectura. Muy consciente de ello, dedica numerosas líneas a la reflexión y al análisis casi psicoanalítico acerca de los beneficios que su fondo de armario cultural le proporciona en el trago humano, demasiado humano de haberse degradado solo en un cuerpo herido. Es esta una de las claves del relato. Se dice que la filosofía, entendida como la necesidad del individuo de inquirir acerca de su existencia, surge una vez las necesidades físicas más perentorias están razonablemente cubiertas. El conocimiento nos surte de más preguntas que de respuestas, como todo investigador sabe, y lleva inevitablemente a la infelicidad y a la insatisfacción si nos ponemos en modo romántico obsesivo. ¿Mejor no saber, entonces? En una situación que escapa a nuestro dominio, ¿mejor entregarse al otro que sabe? En uno de los mejores y más sinceros pasajes del relato, el exhausto protagonista se apena de los que están pasando por lo mismo que él pero que no pueden encontrar resuello en Proust, Bach o Kafka, sus tres ángeles de la guarda. Seres que se arrastran por pasillos, salas y parques, anestesiados por la televisión. Él, como buen intelectual francés, disfruta de la compañía de numerosos amigos, amigas y ex parejas que le sacan al teatro, a exposiciones, a pasear por los exteriores del hospital, que no es uno cualquiera, sino Los Inválidos, y a pesar de todo eso, apenas sobrelleva el sufrimiento físico y mental de verse convertido en un ser muñequizado que va de mano en mano, de quirófano en quirófano.  Y a pesar de la fenomenal galería de secundarios, literariamente hablando, del que dispone. Alguien que se acerque a esta historia con ánimo identificativo, se sorprenderá del grado de conexión médico-paciente, ampliamente diseccionado en páginas enteras. Y de la afinidad personal y de formación del paciente con sus cirujanos, enfermeras y aledaños. No hay cabida en su microcosmos para iletrados o lectores del Paris Match. Un punto a favor de la Assistance Publique, a la que el protagonista dedica honestos elogios y breves denuncias de su deterioro, lastrada por los recortes y salvada por su personal, como es norma en Europa desde hace ya demasiado tiempo. 

EL COLGAJO, de Philippe Lançon. Traducción de Juan de Sola. Anagrama (Panorama de Narrativas). 2019. 


martes, 24 de diciembre de 2019

LOS DOS PAPAS (2019). Qué bonito hubiera sido.

Ni El irlandés, ni Historias de un matrimonio. La película idónea para despedir el año Netflix (decir la película del año con semejante catálogo es algo aventurado), es Los dos papas, del brasileño Fernando Meirelles, y algo de eso han intuido los votantes de los Globos de Oro. Los espectadores televidentes de la plataforma se están acostumbrando a que algunos directores prestigiosos que no son Scorsese, ni Cuarón, estrenen lo último más o menos de tapadillo, es decir, sin publicidad en autobuses urbanos. El mismo Noah Baumbach ya debutó en la semiclandestinidad con su anterior trabajo, The Meyerovitz Stories, lo mismo  que los Hermanos Coen con su Balada de Buster Scruggs. Obras francamente interesantes con las que uno se topa mientras rastrea las novedades. El largo de Meirelles, autor de Ciudad de Dios y El jardinero fiel, entre otras, sí parece estar siendo publicitado en uno de sus nichos naturales: Ciudad del Vaticano. De ninguna manera hay que desanimarse por este dato. Estamos ante un proyecto original en tono y forma, mesurado y muy pertinente de abordar en estas fechas. Con las garras afiladas lo justo para no espantar a los seguidores de los protagonistas, pero tampoco una historia desdentada como algunos críticos reprochan. Nada que ver tampoco con El joven Papa, la serie afterpop de Paolo Sorrentino para la empresa rival.  Los octogenarios protagonistas mantienen esas conversaciones jugosas que algunos tanto valoraban en Juego de Tronos (comparación no gratuita, merced al actor compartido), aunque con más enjundia intelectual,claro está. En relación a los otros octogenarios del año, los mafiosos, podría decirse que las citas teológicas de unos rellenan los silencios de los otros.  Meirelles opta por armar una trama tremendamente eficaz y resultona con la complicación justa , a partir de la vieja premisa de la Historia-Ficción. ¿Qué hubiera pasado si....? Fantasear con que dos personalidades de ese calibre, tan unidas por circunstancias presentes y pasadas y tan dispares en su forma de bregar con ellas, hubieran compartido paseos, debates, partidos de fútbol, desayunos con pizza, es demasiado bonito. Además de peligroso y con muchas papeletas de caer en la dramedia de ancianos. Hay momentos,claro,sobre todo enfilando el desenlace, en los que parecemos estar ante una feelgood movie de firmes convicciones, y nos parece lógico que así sea. Love Actually necesita recambio. Sin embargo, no puede obviarse  el rigor de varios extensos framentos, materializado en un empleo modélico de la imagen documental , para recordar de dónde vienen los personajes y en qué devienen las personas. 
Alejada la tentación de unirse a los cansinos biopics que nunca faltarán en carteleras ni en nominaciones, es humano disfrutar del duelo actoral entre Pryce/Bergoglio y Hopkins/Ratzinger. Dominando las dificultades de trabajar en varias lenguas y de sumergirse en figuras bastante alejadas de las creencias propias, según declaraciones de los propios intérpretes. A este respecto, el asombroso acento argentino de Jonathan Pryce, ya experimentado en líderes religiosos, es como tener la capilla Sixtina para confesarse tranquilamente, demasiado bonito para ser verdad. Lo demás, encaja. La manera de contraponer antecedentes y pareceres quizá es algo obvia por momentos, pero fructífera y reveladora. Constatar  su colaboracionismo con regímenes genocidas, su mutismo cuando tenían voz que alzar. En las escenas retrospectivas, con el argentino Juan Minujín brillando como el Jorge joven, cristaliza la subjetiva, que no hagiográfica, aproximación a la trayectoria del actual pontífice, que es el narrador indirecto de la historia. El agotado Benedicto no goza de recuerdos, y se arrastra por las estancias oprimido por una suerte de cuentapasos que le obliga a seguir moviéndose. Curiosa paradoja en institución tan inmovilista. Llegando al final del camino uno, y al culmen profesional otro; uno estudiando y el otro viviendo, concluyen en lo mismo: El inglés es una lengua diabólica. 

Los dos Papas (2019). En Netflix y cines seleccionados.
Dirección: Fernando Meirelles
Guion: Anthony McCarthen
Música: Bryce Dessner
Fotografía: César Charlone
Reparto: Jonathan Pryce, Anthony Hodkins, Juan Minujín, Cristina Banegas, Sidney Cole, Luis Gnecco,Federico Torre, María Ucedo, Thomas D. Williams, Pablo Trimarchi. 
Producción: Netflix. Reino Unido, Italia, Argentina, Estados Unidos.


domingo, 24 de noviembre de 2019

CINE: VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN

La etiqueta "de culto" en las artes suele ser sinónimo de que cierta obra ha sido vista/leída/disfrutada por un selecto número de privilegiados, que han sabido descifrar sus códigos, fuera del alcance de los que buscan en el cine o en los libros una mera forma de entretenimiento. Esto está muy bien para el creador, que tampoco le hubiera hecho ascos a una recepción más amplia. A veces, pocas, la obra "de culto" se regenera años después porque encaja con alguna moda inexplicable, y los artistas, si no han muerto ya, obtienen al fin su hueco en las apretadas agendas de medios y consumidores de cultura. 
En el año 2000, el escritor y profesor universitario Antonio Orejudo publica en Tusquets Ventajas de viajar en tren, una novela corta y extraña, un homenaje al marco narrativo y a la estructura de cajas chinas de las colecciones de cuentos orientales. Su particular sentido del humor ya asomaba en su primera obra, Fabulosas narraciones por historias, de 1996. Ambas fueron premiadas rápidamente con la etiqueta de marras, y aún pueden encontrarse ejemplares de bolsillo en los estantes de las grandes cadenas libreras. 
Casi veinte años después, ha tenido que llegar un admirador confeso para llevar a la pantalla la epopeya costumbrista de la editora Helga Pato y su realidad ficción realidad. Aritz Moreno, guionista y productor, recoge el guante en su primer largometraje, con una apuesta muy clara por la construcción visual. La presencia del color, los golpes de cámara, las escenas cortas superpuestas, son el cauce adecuado para el torrente narrativo  que se marcó Orejudo, a quien las críticas de la película apenas mencionan, por cierto. Los primeros planos de rostros desencajados, inquisidores, enloquecidos, expresan certeramente la incapacidad del espectador por encontrar a todo aquello un hilo conductor a lo convencional. Y claro, si uno no sabe de qué va el asunto, comienzan las incomodidades. Saber que uno debería reírse pero no saber ni cuándo ni por qué. Los que van avisados no esperarán la carcajada. En el absurdo contemporáneo, lo que se lleva es la media incrédula sonrisa. Sin ser heredera fiel, sí es inevitable recordar hitos como Amanece que no es poco, El milagro de P. Tinto, Justino, un asesino de la tercera edad, Gente en sitios, o la rara entre las raras Algo muy gordo. También al Hotel Budapest de Wes Anderson. 
La ventaja de viajar en tren es, principalmente, la de conocer gente. Aprovechar el trayecto para entablar conversaciones inesperadas con desconocidos que sorprenden, es incluso el leiv motiv de la publicidad de Renfe. Clásicos dispares como Extraños en un tren o Antes del amanecer animan a subirse al ferrocarril para que individuos enigmáticos nos hagan propuestas irresistibles que nos cambien la vida. 
Obviando la existencia del teléfono móvil, en el vagón donde Helga Pato conoce al psiquiatra Ángel Sanagustín, todos los pasajeros están mirando por la ventana. Normal en los paisajes del norte. Pilar Castro da vida a la confusa Helga, que regresa a la capital tras dejar internado en un sanatorio a su pareja por cierta fijación coprofílica. El doctor Sanagustín la interpela. La conoce de vista y la invita a  sumergirse en los casos clínicos que almacena en su carpeta. Es la primera muestra de narrador poco confiable. Porque es esa la verdadera razón de ser de la historia. Un homenaje al arte de contar, y una burla a ese tipo de lector entregado al narrador omnisciente, del que también se rió Julio Cortázar en su cuento Continuidad de los parques. Ernesto Alterio aborda su personaje con miradas de loco y verbo de sabio que hacen de Helga y el espectador seres en duda constante. Cuando el doctor se baja en una parada para comprar, algo que ya sabemos que no hay que hacer nunca, y Helga prosigue su marcha con la carpeta en la mano, da comienzo una ristra de pequeñas cápsulas narrativas unidas entre sí por un paciente, militar por imperativo familiar y basurero por obligación, materalizado por un Luis Tosar con pelo que cuadra exactamente con el tono ascendente en surrealismo de la historia y con un clímax explosivo muy cerca de la Plaza de Las Ventas. 
Se rodean  los viajantes de uno de los repartos más estelares que se recuerdan en papeles secundarios pero jugosos(Belén Cuesta, Ramón Barea, Javier Godino, Quim Gutiérrez, Alberto San Juan, Macarena García, Javier Botet, Ana Wagener) y la ruta toma carrerilla peligrosa hacia la falta de sentido. Un WTF continuo. Pero no. Al fin y al cabo, la narrativa tradicional va de dar muchas vueltas pero no dejar cabos sueltos. Y tiene gracia que lo que eran paranoias conspiranoicas en el 2000, sean certezas clandestinas en 2019. 

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN (2019) 102 minutos. España.
Dirección: Aritz Moreno
Guion: Javier Gullón sobre la novela de Antonio Orejudo
Fotografía: Javier Agirre
Música: Cristóbal Tapia




jueves, 31 de octubre de 2019

MALAKA: MÁLAGA NECESARIA




Antes de que Málaga deviniera en el Silicon Valley europeo, en parque de museísticas atracciones, en zona cero de la gentrificación, en ciudad anfitriona de los Goya 2020, los espectadores ya conocíamos la pantanosidad de territorios como Palma Palmilla, Callejeros mediante. El empeño de algunos pocos en mostrar  las costuras de la urbe persistió en Sur, la novela de Antonio Soler, aquí reseñada. Faltaba sin embargo, el gran relato televisivo/cinematográfico, y este ha llegado sin ambages de la mano del Ministro del Tiempo Javier Olivares a partir de una idea de Daniel Corpas y Samuel Pinazo, con el también ministérico Marc Vigil en la dirección.
Las primeras impresiones tuiteras confirmaron que estábamos ante una rareza, previsiblemente bendecida por la crítica y con desigual comprensión por parte del público. RTVE juega a ser HBO, rezaban incluso algunos titulares. Lo cierto es que estábamos ante una historia exigente en fondo y forma que dejó claras sus intenciones desde el inicio. Una presentación sin concesiones, unos personajes que ahuyentan toda posible identificación o empatia, días desabridos, noches en vela. Dos tramas principales que van dejando afluentes sin aparente conexión hasta bien entrada la segunda mitad de la serie, silencios incomprendidos por los televidentes telecinqueros que esperaban otro El Príncipe, y crédito total de la fanmedia ministérica. Malaka ha sido una historia antipática de seguir. Francamente incómoda en momentos puntuales, ha ido dejando sus miguitas de pan para los que han sabido esperar y prefieren ir por caminos pedregosos antes que por calzadas. La comparación con el último éxito de ficción de la cadena pública, La caza: Monteperdido, se antoja productiva para entender los méritos y audacias de Malaka, que empeña su aliento en huir de las convenciones del género policial. De sus moralinas y sus moralejas. La pareja protagonista: ejemplar policía corrupto pero imprescindible para zambullirse en las tripas de los bajos fondos, eficaz correa de transmisión, respetado y temido por los malos, despreciado por los buenos. Ejemplar inspectora de oscuro pasado y tenebroso presente que vuelve a sus orígenes para investigar la desaparición y posterior muerte de la única hija de rico empresario local. No se enrollan, no se odian, no salen juntos de copas, no evolucionan según el seguidor querría. Es solo un ejemplo de la cantidad de ocasiones en las que los guionistas dan esquinazo a la rutina. Salva Reina, hasta ahora actor cómico, vuelve del revés el arquetipo y ofrece un máster en jerga y cultura de supervivencia. Maggie Civantos se pasa al lado de la ley y compone el retrato de una agente escurridiza que no se maneja en la felicidad doméstica.
 Ambos actores malagueños, como el grueso del reparto. Nada de acentos impostados, y alguna queja de los mismos que se quejaron del sevillano en La Peste. Exigencia en fondo y forma.
Los secundarios, encabezados por un hermético Vicente Romero que pasa a protagonista en los capítulos finales; siguiendo por los narcos de primera, segunda y tercera división, la fría matriarca y su impulsivo hermano. El entramado societario de gitanos, moros, locales, forasteros que conforman una telaraña que devoraría al incauto turista que errara su ruta. Un microcosmos sin chirridos de ruedas de maletas.
El homicidio solo es un pretexto para ofrecer, o mejor aún, arrojar a a la cara del acomodado televidente, un fresco de rutinas delincuenciales sin asomo de glamour, ni elipsis ni anestesia.  Incluso las fiestas de alto copete en la mansión Castañeda regalan más sordidez que encanto.  No sentimos deseos de compartir esos banquetes de hamburguesas a un euro. Las aspiraciones legítimas de prosperar, cada cual en su campo, se convierten en fracasos. Solo salen indemnes los personajes sin ambición, resignados al fatum, que ni el fútbol inglés puede sortear. Quizá es que no lo intentaron con ahínco, ni repasaban cada mañana frases inspiradoras.
MALAKA (2019). 
Ocho capítulos. Duración: 50 minutos. 
Disponible en RTVE.es

domingo, 6 de octubre de 2019

MIENTRAS DURE LA GUERRA


Mientras Hollywood no deje de hacer películas sobre Vietnam, hay margen para la guerra civil en el cine español, podría replicarse a los que se quejan, suspirando. Más aún cuando no es mera obsesión artística ni arqueológica, sino tozuda actualidad que se nos mete a diario y nos distrae de temas más festivos como la alegría de los hosteleros mediterráneos por este verano eterno. 
Alejandro Amenábar vuelve a rodar en español para ofrecernos una recreación más sobria de lo esperado de aquellos primeros meses de incertidumbre, de movimientos de tropas y despachos, de ejecuciones sumarias, de gentes incrédulas que no saben pero empiezan a intuir. Un estallido, bélico o no, suele ser precedido de una mecha larga. 
Coincidencia o estrategia, el sábado posterior al estreno era el aniversario de la toma del Alcázar de Toledo, y el domingo, día de nacimiento de Don Miguel de Unamuno. Bien cuadradas las fechas, el público asiste, sin soniquetes móviles ni palomitas, al relato de aquellos días de embrionaria infamia. La presencia poderosa de don Miguel, reencarnado en Karra Elejalde, vascos enfáticos los dos, envuelve el metraje. Una composición opuesta y complementaria a la de José Luis Gómez en La isla del viento (2015), centrada en los años de exilio en Fuerteventura. Los que apenas le recuerdan vagamente de estudiárselo para Selectividad, o los millenialls de furia tuitera encontrarán que su figura encaja peligrosamente en el molde del fascista versión 2.0, pongamos nivel medio. Sus ataques a la Segunda República, su adhesión inicial al Alzamiento, el manifiesto universitario que suscribe, antes de caerse del guindo y ver detenidos a sus dos mejores amigos: su discípulo Salvador Vila (eficaz Carlos Serrano-Clark) y el pastor protestante Atilano Coco (Luis Zahera). Otros dirán que fue el primer gran equidistante, del que aprendieron Jordi Évole o Juan Soto Ivars. 
Los que hayan leído sabrán perfectamente que de eso nada. Que lean unos y otros Del sentimiento trágico de la vida, texto fundacional del existencialismo español y entenderán las feroces disyuntivas en las que se movió toda su vida, más la obligación moral de criticar todo lo criticable, viniendo de donde viniera, sin comprar packs ideológicos, como ahora toca si uno no quiere ser tachado de tibio. 
Las boutades declaratorias de director y protagonistas durante la promoción de la película no se traducen, por suerte, en mensajes teledirigidos. Mal que les pese a los fascistas, esos sí, que sabotearon una de las proyecciones en Valencia. Falta de comprensión textual, sin duda. 
En Madrid quedarán las risas del respetable cada vez que El Generalísimo, nombrado jefe del Estado "mientras dure la guerra" entraba en escena. Revanchismo del primer mundo. El poco conocido Santi Prego no cae en la caricatura y proporciona a partes iguales risas y escalofríos. Los que le rodean, le dan los parabienes y acaban sintiéndose un poco timados, funcionan de efectivos secundarios. Luis Bermejo como Nicolás Franco, Tito Valverde como el general Cabanellas, por ejemplo.
La parte histriónica se la lleva el hiperactivo Eduard Fernàndez. El auténtico villano de la función. Millán-Astray, que se presenta a sí mismo como "El glorioso mutilado", y que sale escaldado de la Historia al intentar batirse en duelo dialéctico con el intelectual más respetado del país. Este episodio conforma el clímax de la narración. Pareciera que todo el entramado hubiera sido puesto en pie solo para llegar al momento indeleble del discurso. No esperen lecciones históricas ni se indignen por eso lo dijo/eso no lo dijo. El enfrentamiento está magistralmente rodado, los ánimos que se caldean a la vez que habla el todavía rector, el retrato de los legionarios que, de estar sentados como niños buenos pasan a ser criaturas sedientas de sangre da casi miedo. Esa mano salvadora.
Y en estos enfrentamientos heteropatriarcales, toca reivindicar también a los personajes femeninos, variados y de dispar suerte. Las hijas de Unamuno (Inma Cuevas y Patricia López Arnáiz) que representan en la pantalla a una numerosísima prole de nueve hermanos, son el perfecto retrato de moderna mujer republicana, con ideas propias y extensa cultura y compromiso, a la vez que el báculo de una vejez reacia a la jubilación. La breve aparición de Nathalie Poza como viuda del alcalde de Salamanca ahonda en las salvajes contradicciones que aquejaron el alma de un intelectual que fracasó en su misión de enmendar España, como todos los que lo han intentado.

MIENTRAS DURE LA GUERRA (2019) 107 minutos
Dirección: Alejandro Amenábar
Guion: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández
Fotografía: Álex Catalán
Música: Alejandro Amenábar
Reparto: Karra Elejalde, Eduard Fernández, Santi Prego, Inma Cuevas, Nathalie Poza, Patricia López, Luis Bermejo, Tito Valverde, Carlos Serrano-Clark, Luis Zahera.

lunes, 23 de septiembre de 2019

MINDHUNTER 2: Los que importan





Hace un par de años, Mindhunter revivió el aire a clase magistral que nos aturdió como espectadores
de los primeros CSI, y que luego se diluyó en excesos como Criminal Minds. Las profusas entrevistas
carcelarias a psicópatas asesinos que escribieron páginas reales en la crónica negra estadounidense
suscitó a más de uno la necesidad de tomar notas. El impecable manejo del lenguaje técnico,
las reglas de negociación, los albores de la moderna psicología, y la medida recreación de los
detalles escabrosos sorprendieron incluso a los que ya seguían a su creador y productor,
David Fincher. Dos temporadas se han necesitado para que el rarito Holden y el gruñón Bill sigan
indagando en las motivaciones de un ser humano para matar en cadena. 
En esta nueva tanda ha sido publicitada de manera colaborativa con la última de Tarantino, merced
a la coincidencia de personaje y actor protagonista (Damon Herriman como Charles Manson).
Mero gancho, puesto que la famosa entrevista ocupa poco más de quince minutos, y quizá
contribuye a la decepción que se ha percibido entre los que eligen serie  favorita con la
condición de que nada cambie, nunca. Esta vez, los policías, y la doctora Carr asumen más minutos
para explicarse a sí mismos. Algo completamente lógico en el desarrollo de un arco argumental,
aunque sea tan demorado como en este caso. Y de entre todos ellos, el más protagónico no es el
que cabría esperar. El hermético y muchas veces ininteligible agente Ford abre ambas temporadas
con variadas problemáticas que le dibujan como un ser complejo que sustenta en esa complejidad
su brillantez laboral. Pero los que se llevan esta vez la mayor parte de sustancia son la doctora
Wendy Carr y su rabiosa y cara independencia, y el agente Tench, atado esta temporada a un
problema familiar que le hace pionero en ensayar una mezcla de conciliación y puente aéreo entre
Virginia y Atlanta. Lo cierto es que no necesitábamos saber de la vida amorosa de la profesora para
admirar su desempeño en, este sí, un mundo de hombres. 


Que el cabal Bill Tench tenía un hijo rarito ya lo sabíamos. La subtrama de la que algunos se han
quejado es profundamente pertinente y es inevitable recordar a Dexter, aquel encantador policía de
Miami con un agudo sentido de la justicia, cuya trayectoria pretendía demostrar que los asesinos, al
igual que los talentos musicales y deportivos, nacen y después se hacen. Aquel pragmático padre
suyo, también policía, que sabedor del irremisible destino de su hijo, le impone el código ético que
regirá sus andanzas, es quizá el espejo del futuro que le espera al miembro fundador de la Unidad
de Comportamiento. Como la madre de Dexter, su esposa se mantiene en la negación, primero, y
después evoluciona hacia un valiente- en términos de guion hablando- desapego hacia la criatura,
autojustificado en que no es biológicamente nada de ella. Y, sobre todo, este arco cumple
impecablemente la función de ser un paralelo a pequeña escala de la gran investigación de la
temporada, además de dar algunas respuestas sobre las infancias de los entrevistados.
Las idas y venidas entre el cuartel de Atlanta,el de Virginia y  los aeropuertos nos hacen añorar una
època de la aviación comercial que nunca conocimos los que empezamos a viajar después del 11-S.
Ese “voy para allá”, llegar, comprar billete y embarcar, por ejemplo. Pueden parecer detalles banales,
pero siempre encajan en la sobria e hiperrealista ambientación de los principios de los ochenta. 
La trama de los sobrecogedores crímenes de Atlanta, que habrá sido convenientemente revisada
via Wikipedia por el espectador curioso, ofrece también momentos de muy tenue humor que liman a
lgo la aridez del asunto. Ver al agente Holden lidiar con la burocracia con gesto de no entender los
mecanismos del mundo, y remangarse para montar las decenas de cruces que pide para el
ceremonial y que le llegan como compradas en Ikea. 
Muy propio de su carácter es no entender tampoco ser la marioneta de sus jefes, que ningunean
al principio su interés por los casos para después enviarlo con toda la caballería y por último,
desentenderse tras conseguir al aparente culpable. Reagan acaba de ganar las elecciones y los
jeritalfes del FBI necesitan aportar méritos. 

El mundo sigue siendo ancho y ajeno, que dijo el latinoamericano Ciro Alegría; y gris, muy gris. 

MINDHUNTER, en Netflix.
Creador: Joe Penhall
Productores ejecutivos: David Fincher, Charlize Theron
Reparto: Jonathan Groff, Holt McCanally, Anna Torv
Basada en el libro de John Douglas y Mark Olshaker.