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miércoles, 5 de julio de 2017

JUEGO DE TRONOS Y EL NO FEMINISMO

Alguien dejó caer recientemente en Twitter que los grandes problemas actuales de los españoles eran el paro, la corrupción y los espóilers de Juego de Tronos. Una semana después de terminar la sexta temporada, todos nos preguntamos si es realmente necesario otro artículo más. Si nos dirigimos a los grandes medios, la respuesta es evidente. Mirándose unos a otros de reojo ya desde abril, han abierto sus páginas para las reseñas semanales y, el pormenorizado análisis final. La saturación ha llegado a los comentarios mismos de dichos artículos, tradicionales piedras de toque de los límites de la libertad de expresión y de la fluidez en la lectura comprensiva del ciudadano medio. Así, los comentaristas que opinan en cualquier periódico se dividen entre espectadores airados porque estamos a martes y ya no hay sorpresa que valga, lectores airados porque la cosa ha derivado en el nuevo jardín de los senderos que se bifurcan, e individuos hastiados de algo a lo que han decidido permanecer completamente ajenos, a pesar de las presiones de amigos, vecinos y compañeros de trabajo.
Con todo, la trascendencia del relato es indudable. Y es así por dos cuestiones muy de la post-post modernidad: Primero, la deconstrucción del mito por medio del humor. Parodias videográficas, televisivas, chistes. Solo para iniciados, la recomendación encarecida de las reseñas semanales que ha ido publicando El Mundo Today, quién si no.
Segundo: porque se ha convertido en objeto de estudio de intelectuales y disciplinas varias. Así, Juego de Tronos ha ocupado el lugar del fútbol en el sector de los temas populares que son elegidos por los sabios contemporáneos para teorizar acerca de la condición humana. De igual manera que en los noventa leímos con avidez a Jorge Valdano y a Eduardo Galeano, hoy podemos guardar enlaces múltiples de análisis sociológicos, políticos, psicológicos, literarios, y filosóficos sobre la difícil existencia en Poniente. Parece que Slavoj Zizej no ha escrito nada aún, y los textos de Pablo Iglesias conjugan regular al admirador rendido con el experto en Ciencia Política.

En este sentido, retomo la pregunta inicial, pregunta retórica en sí misma. Sí, son necesarios más artículos sobre Juego de Tronos. Y es así porque hay que seguir probando la capacidad de la serie para ejemplificar los conceptos nuevos o remendados de las teorías sociológicas más en boga.
Esta sexta temporada ha sido, sin duda, la más diseccionada, por cuanto ha supuesto, dicen, un cambo de rumbo, un portazo al dominio del patriarcado. El supuesto “girl power” ha sido titular en todos los medios. Otros más serios, han preferido hablar del “empoderamiento”, que viene a ser lo mismo pero más de temporada de invierno que de primavera.
Aquí viene la segunda pregunta: ¿Realmente han abrazado el feminismo los señores Benioff y Wise, monarcas absolutistas de Los Siete Reinos, tras la abdicación de George R.R. Martin? La respuesta es no. Ni antes era sexista, ni ahora feminista. No hacen falta muchas lecturas para afirmar que las chicas de Poniente son guerreras, siempre lo han sido. Lo que ha tomado el poder en esta temporada ha sido la literalidad de la cuestión. La significación literal siempre ha sido importante en esta historia. Los hachazos son literales, lo son los mensajes que se lanzan en los celebrados duelos dialécticos que jalonan la trama entre muertes, y los que se envían a través del servicio cuervopostal, de funcionamiento suizo. Lo son las decisiones de Cersei Lannister (“I choose violence”). Literalmente, las mujeres han adquirido más cuota de poder, pero a costa de imitar las conductas más reprochables del patriarcado. Dejemos a Cersei y su querencia a la pirotecnia, y a Daenerys y las crucifixiones disuasorias para esclavistas. Hablemos de Margaret Thatcher y Ángela Merkel. Mujeres con un poder literal de gestión y de gobierno, que no han sido consideradas como el epítome del feminismo, precisamente. Son ellas los modelos de mujeres poderosas a las que más se asemejena los renovados personajes femeninos de estos últimos episodios. Dos de los momentos más empoderados de la temporada han sido de Yara GreyJoy, autoproclamada heredera de las islas del Hierro con el apoyo resignado de su hermano Theon. Y lo han sido por insinuar y luego mostrar su condición sexual. Las redes los han aplaudido efusivamente como símbolo de la liberación femenina, pero ya sabemos que en esta serie, la alegoría no se estila, y las escenas del burdel, tan denostadas en el pasado, parecen más la materialización de alguna fantasía típica de algún guionista solitario. Melissandre aún no ha lavado del todo su imagen, aunque las brujas sí están siendo rehabilitadas dentro de algunas corrientes actuales de pensamiento como figuras de transgresión.
Si hablamos de las nuevas generaciones, ha quedado claro que Arya Stark no debiera ser un ejemplo a seguir por las mujeres oprimidas. Su preocupante tendencia a la psicopatía ha cristalizado, y sus víctimas son ya tantas que acapara las elipsis, tan escasas en las distintas tramas. La nueva gran esperanza se llama Lyanna Mormont. Una niña de diez años que se hace escuchar en salas llenas de curtidos soldados, digna heredera de una madre que muere en primera línea de batalla.
Mientras, siempre nos quedará Brienne. Mi razón quizá poco feminista, espera aún que su peripecia termine junto a Jaime Lannister, retirados los dos en alguno de sus castillos.

En paralelo a las discusiones sociológicas, se ha llamado la atención al progresivo aumento del número de espectadoras de la serie. Los mismos analistas sorprendidos con la cantidad de mujeres aficionadas a los videojuegos. Menuda sorpresa. Es probable que George Martin no conozca los cantares de gesta, por más que reivindique las influencias medievales de su universo para defenderse de las acusaciones respecto al tema que nos ocupa. Ya los juglares tenían muy presente la necesidad de captar el mayor público posible, y es eso lo que la serie hace. Igual que en el Poema del Cid, hay escenas para todos los públicos con niños incluidos, escenas de batallas sangrientas con las que gritaban los lugareños, y escenas para remover los sentimientos destinadas a las damas. Parece que ya está todo inventado. En Juego de Tronos, como en otras sagas más contemporáneas, las mujeres dan un paso al frente para defender su nombre, y su familia. Son mujeres fuertes que entierran las cualidades típicamente femeninas de las que se las supone depositarias. Quizá lo verdaderamente rompedor sería mostrar al héroe haciendo gala de algunas de ellas. El Cid del Cantar lloraba. A Jon Snow le ha faltado poco.

domingo, 2 de julio de 2017

CINE: SELFIE (2017)


La justicia poética es un concepto difuso que ha dado nombre a algún ensayo y a alguna película. Implica un aparente triunfo del bien sobre el mal que reconforta y renueva nuestra fe en el orden cósmico. Pues bien, a mi juicio, el nuevo trabajo de Víctor García León después de la excelente Vete de mí, es una a ratos enloquecida oda a la justicia poética. Cuántas veces el pueblo llano, extenuado ya de indignarse y de meter rodajas de chorizo en los sobres electorales no ha deseado las desventuras del protagonista para sus élites extractivas. Lo que ocurre es que el escarmiento y el placer de la desubicación y el desconcierto del otro se limita al principio de la peripecia. La capacidad de adaptación del ser humano es infinita, de ahí su éxito. Los que viven en la cumbre de la cadena trófica pueden sobrevivir en la base.
La historia de un pijo de manual que se ve desahuciado literal y socialmente de su área de seguridad debido al encarcelamiento de su padre corrupto exige en su desarrollo altas expectativas. Uno de los aciertos de la película es la importancia de la forma. El término “mockumentary” de movedizas líneas entre realidad y ficción, se coronó televisivamente con The Office y Modern Family, pero en en España, definitivamente, con aquel Salvados sobre el 23-F. Aquella noche debe servir aún para el cuñadismo de las nochebuenas (yo no me creí nada, desde el primer momento se veía el truco y tal). Las cámaras de Selfie no aparecen nunca pero son omnipresentes. A ratos complacientes, a ratos molestas como paparazzi, se rebelan en el momento en el que debieran haberse replegado. Ese punto de giro en el que Bosco, con cara de circunstancias, mira al objetivo tras haber sido expulsado de su máster, después de habernos regalado un tour por el lugar en el que “ocurre la magia”. Una persona corriente habría necesitado intimidad para digerir los golpes que se van sucediendo, pero el contrato social de Bosco con sus seguidores (nosotros), impera. Y es a partir de entonces cuando las ansias de justicia social no van siendo recompensadas, porque Bosco es un superviviente, como corresponde a los de su clase. En este ambiente de incómodo voyeurismo, comprobamos también la derrota de la dialéctica. En una sucesión de réplicas y contrarréplicas, (“reventar”, “qué vais a reventar vosotros”, “no habéis reventado ni el bipartidismo”) y en confesiones que de tan sinceras provocan la carcajada estupefacta (“el machismo es lo peor de todo”, “debajo solo está el abuso sexual”), (“Mi padre es feminista, aunque no lo sabe”, “todos hemos ayudado a nuestra madre a vivir su vida”). García León nos presenta a un ser tan repulsivo en su superioridad que no desdeña ni un tic. Muy reveladores son los momentos “pijolácteos”. Una combinación del extraterrestre Gurb en la odisea del extrañamiento y del maniqueísmo que exhiben los personajes de Patria.
Del otro lado, el retrato sarcástico y dolido de una juventud tan reivindicativa como ingenua. Esta misma temporada ha pasado fugaz por la cartelera Ranas (Igelak), de Patxo Tellería, una comedia vasca de similar punto de partida y que resulta fallida e intrascendente por su rumbo buenista. Un rumbo que Selfie va sorteando muy inteligentemente.
Santiago Alverú borda al infortunado antihéroe y se beneficia de un reparto de secundarios bien conocido en el mundo teatral, y del que sobresale la activista encarnada por Macarena Díaz en un cóctel maestro de tópicos, realidades y destellos de ese humor tan ofensivo solo en las redes.

SELFIE (2017)
PAÍS: España
DIRECCIÓN Y GUION: Víctor García León
FOTOGRAFÍA: Eva Díaz
REPARTO: Santiago Alverú, Macarena Díaz, Javier Caramiñana, Alicia Rubio, Pepe Ocio.
DURACIÓN: 87 minutos.
GÉNERO: Comedia, Falso documental
Premio de la Crítica y Mención Especial del Jurado en el Festival de Málaga 2017.

sábado, 1 de julio de 2017

LIBROS: Párpados

PÁRPADOS, de TONI QUERO

Huir, dormir, tal vez soñar. La abulia, la inercia, el hastío, el tedio, el spleen ha sido desde siempre un persistente efecto secundario de la introspección, el autoanálisis, de los estómagos llenos y las lecturas excesivas. Un problema del primer mundo,que ahora llamaríamos. Recetas paliativas nos da la literatura y sus adyacentes, que pueden resumirse en dos: Exilio interior modelo Andrés Hurtado o exilio exterior marca Dean Moriarty. Ambas modalidades tienen mala combinación con la otredad: la presencia del otro genera frustración al no cumplirse el horizonte de expectativas. Hay viajes que uno ha de hacer solo, por más que el multiverso del turismo se empeñe en lo contrario.
El debut narrativo del poeta Toni Quero, galardonada con el III Premio Dos Passos a la mejor primera novela , se planta ante varios cruces de caminos y escoge en todos la ruta más pedregosa. Documenta el viaje compartido de una joven pareja en distintos puntos de su peripecia vital pero con idéntico deseo de reinicio. Nos propone que prosa y poesía compartan habitáculo, contando una historia recurrente con brevedad, sutileza y un lirismo alejado de las luces de neón. Opta por el discurso fragmentario en una narración lineal en su literalidad de carretera. Imbrica una serie de elementos fijos en cada capítulo que reproducen las rítmicas rutinas que serán familiares a los viajeros de largo alcance. La motocicleta, la playa, la ciudad, los variados refugios, la búsqueda del propio arte en las cosas pequeñas, las correctas interacciones sociales, la lluvia, son las líneas maestras en las que se esboza el largo trayecto que emprenden con poco equipaje del que uno hace y deshace, y demasiado del que no se puede dejar en una cuneta. Los elementos prototípicos del viaje como construcción personal se suceden junto con detalles innecesariamente reiterados (rodar, la dieta de conservas y tostadas). Las curvas sinuosas de la trama parecen brotar del cuaderno de dibujo de la joven artista Duna, consagrada a un autorretrato que no termina de conseguir. Meta que también se le resiste a su compañero, que se obstina en fotografiarla una y otra vez sin lograr aprehender su alma. Profundamente contemporánea en su esencia, la novela no renuncia a pinceladas clásicas del género. Kilómetros pisados a fondo en carreteras secundarias, alojamientos cutres, la gasolina como madre nutricia, experiencias pasadas que repiten y regresan al paladar con un sabor descompuesto. Paréntesis desdibujados, la vida como una imagen en blanco y negro que se reescribe y se borra, superponiendo trazos.
En el lenguaje literario, la metonimia es una figura retórica de pensamiento que consiste en designar una cosa con el nombre de otra con la que existe una relación de diversa índole. La sinécdoque es una variante de la metonimia que toma una parte para aludir al todo. Es esta una novela metonímica en su definición: personajes y paisajes se esbozan desde lo particular, desde el detalle. Los jóvenes protagonistas escapan al estereotipo del romántico torturado eludiendo desahogos emocionales y dejando rastros de sí mismos en sus referencias e intereses, en los lugares que eligen para mostrarse. Murnau y Renoir como humildes contribuyentes, los lápices y las lentes de la cámara como intermediarios en la interpretación de una realidad que se atraganta. Aunque sí hay huella romántica en la percepción del paisaje. La historia fluye mejor en esas playas solitarias del norte, en su soledad fotogénica, tan alejadas del concepto mediterráneo, que en las aceras de París. En ese verano tan suyo, el nublado interior de la pareja encaja. En el final de Madame Bovary, Charles no entiende por qué sigue luciendo el sol después de su desgracia, demostrando así el prosaísmo que tan infeliz hizo a su esposa. Esta es la diferencia.

Párpados, de Toni Quero. Galaxia Gutenberg, 2017. 219 páginas.

domingo, 11 de junio de 2017

Déjame salir (Get Out)

CINE: DÉJAME SALIR (GET OUT)
En estos tiempos en los que todo es líquido, llega un cómico estadounidense todoterreno de los que allí brotan, y se marca un cóctel ambicioso y milimétrico que desborda las fronteras entre géneros y los hermana para que los millenials se entrenen en reír, llorar, estremecerse y volver a reír con cosas de aquellas sin maldita la gracia en la vida real. Vamos, lo que nos enseñó Lazarillo de Tormes cuando leer a los clásicos no era desmotivante.
Promocionada como película de terror más humor, asistimos en realidad a una sátira más o menos mordaz de múltiples aristas, que recrea unas situaciones que de tangibles, parecen estar filmada en tres dimensiones. Un retrato que se pretende certero de las miserias de nuestra sociedad post (post Obama, post racismo, post new age, post Adivina quién viene esta noche), que se ha limitado a esconder la porquería bajo la mullida capa de la mesura y de una equidistancia imposible. Tenemos a una encantadora joven pareja interracial, Chris y Rose, tan contemporánea como similar en expectativas y nivel socioeconómico, interpretada con química y retranca por Daniel Kaluuya y Allison Williams, recuperando esta rasgos de su personaje en Girls. Como a todo novio formal, a él le llega su momento Ben Stiller, y se dispone a pasar un fin de semana convenciendo a sus suegros de su idoneidad como yerno. Ella no les ha advertido de que es negro, pero ya no hace falta. Estamos en 2017, y sus padres, como se menciona en varias ocasiones, hubieran votado a Obama una tercera vez de haber podido, a la vez que se disculpan por la incongruencia de disponer de una sirvienta y un jardinero de dicha raza.
Lo que ocurre durante ese largo, largo fin de semana oscila entre la paranoia, el costumbrismo, lo paranormal y el terror psicológico desasosegante. La paciencia y la resignación del infortunado Chris ante la condescendencia de los blancos anglosajones protestantes que le dan palmaditas en la espalda y se congratulan por la igualdad de oportunidades es encomiable y a veces tronchante. Sucintos pero precisos detalles nos mantienen alerta de la inminente implosión de acontecimientos. Nunca más responderemos con indiferencia ante el tintineo de una cucharilla de café.
La luz propia de las mañanas radiantes de agosto en las urbanizaciones de clase alta contribuye más a la desazón. Hace tiempo ya que lo peor no sucede por las noches, y sabemos que los zombies atacan igual antes o después del almuerzo.
Especial mención se merecen los secundarios. La siniestra por hipersonriente Georgina recuerda en su expresividad no verbal a las mujeres autómatas de El cuento de la criada, por ejemplo. El no menos siniestro pero más serio Walter el jardinero no le va a la zaga, y sus ejercicios nocturnos tenían que haber mosqueado a Chris desde mucho antes. Y el mejor amigo del protagonista, un rol clásico en las historias de misterio, de lo mejor de la función, se permite desde su posición laboral unos cuantos chistes de lo más incorrecto acerca del tema tabú por excelencia de estos últimos años. Parecería que los yanquis no son mojigatos, anymore. 
La película exige al espectador en ciertos momentos una “suspensión de la incredulidad”, si bien esta menudencia no le restará adeptos. Más allá de sus defectos formales, muchos dirán que es una obra necesaria para el contexto socio-político-cultural de nuestros días, y eso, en nuestros días, es lo que legitima el arte. Brilla la revitalización de los viejos códigos de la crítica política enmascarada en el género del miedo, y se agradece el esfuerzo por colar reflexiones de calado entre el humorismo y el susto. Como las buenas, o malasmadres distraen trocitos de verdura entre croqueta y filete de pollo. 

Título original :Get Out
Año :2017
Duración :103 min.
País :Estados Unidos
Director :Jordan Peele
Guion :Jordan Peele
Música :Michael Abels
Fotografía :Toby Oliver
Reparto : Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener, Bradley Whitford, Betty Gabriel, Caleb Landry Jones, Lyle Brocato, Ashley LeConte Campbell, Marcus Henderson, LilRel Howery, Gary Wayne Loper, Jeronimo Spinx, Rutherford Cravens
Productora : Blumhouse Productions / QC Entertainment
Género :Intriga. Terror. Thriller | Thriller psicológico. Racismo. Familia

lunes, 20 de marzo de 2017

La hora de clase

Hemos crecido con ellos. Profesores carismáticos que se ganan a un auditorio renuente a base de personalidad, atractivo y conocimientos enciclopédicos de lo suyo. Que establecen una conexión casi mental con sus alumnos, o con algunos de ellos. Quién no se ha cruzado con alguno cuando calentaba pupitre, en el colegio, en el instituto, o en la universidad, o se ha imaginado participando en una clase de ficción, escuchando con arrobo a esos docentes de película, siempre de materias humanísticas, que dan más juego. Leyendo esta oda a la clase magistral que escribe el profesor Recalcati, he recordado especialmente a uno de los míos, igual de ducho que el italiano en el psicoanálisis aplicado. Un catedrático de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico cuya explicación de Hamlet y Frankenstein hicieron que hordas de veinteañeros (¡caribeños!) agotaran las ediciones de Lacan, Jung, y de rebote, Derrida, en las librerías del barrio.
Pero hace ya demasiado tiempo de eso, y la nostalgia no es buena, aunque está de moda. La hora de clase, inteligentemente subtitulada “por una erótica de la enseñanza”, es un bien armado ejercicio de nostalgia, defendido por un experto en educación y seguro excepcional docente. Un binomio casi nunca visto por nuestro maltratadísimo sistema educativo. Desde este doble prisma, el autor dibuja un mapa certero de los males que aquejan al noble arte, y ciertamente quijotesca experiencia de enseñar un saber en el siglo XXI. Constatamos entre suspiros que “mal de muchos, consuelo de tontos”, como decían las abuelas. Ya en el prólogo se ataca duramente la intrusión, que no inclusión, en las aulas del fervor tecnológico mal entendido, así como el escaso apoyo a la labor docente por parte de instituciones y familias. Ya estamos otra vez con las quejas, pensará el paciente lector. Pero no. No estamos ante un libro de reclamaciones, sino ante un minucioso trabajo de campo que radiografía el problema con el mejor instrumental psicoanálitico. Desde la primera parte del texto, Recalcati saca la artillería pesada y propone una clasificación interesante de los tipos de escuela, pasada y presente: Escuela-Edipo, Escuela- Narciso, Escuela- Telémaco. Conceptos elaborados desde el didactismo que no suponen obstáculo alguno para el lector poco avezado, que sí captará por entero el sentido de términos como “vides torcidas”, y otras resonancias a tiempos si no mejores, más fáciles de clasificar. Pasadas estas páginas, las ideas fluyen con rotundidad. Cómo no identificarse con el profesor veterano acosado por superiores que le obligan a convertir sus aulas en “examenderías”, a registrarlo absolutamente todo con parámetros medibles y cuantificables. A transmutarse en psicólogo en las tutorías y a bregar con padres y madres abrumados por los gurús de la nueva educación que les taladran con lo uno y su contrario, sin tiempo ni recursos para sentarse a solas con sus hijos. Acude el texto a autoridades reales y ficticias para apuntalar sus afirmaciones: Daniel Pennac y su Mal de escuela; el contradictorio William Stoner de John Williams. Hasta que llegamos a la razón de ser de la obra: la oda, que bien pudiera ser una elegía, a la hora de clase. Una hora que debiera dejar al alumno perplejo como el que escucha en Youtube a Roberto Benigni recitando a Dante. El libro mutado en cuerpo, el cuerpo en libro. El cuerpo del maestro emanando la erótica de la enseñanza. Algo al alcance de muy, muy pocos, y que hace tiempo dejó de ser suficiente. Algo hermoso de experimentar, y de escribir, pero, vaya, imposible de transmitir, y de explicar. Dice Recalcati que el secreto del maestro es “el estilo”. Ha de bastar que el maestro entre por la puerta. ¿Y qué es el estilo? ¿El porte, la voz, las dotes de comunicador? ¿Y la competencia brutal con el supersónico fragmentarismo audiovisual que consumen los destinatarios de sus mensajes? Nada acerca de cómo adquirir el estilo, amén de la experiencia. Seguimos en la penumbra entonces. Enseñar es dejar marca, la etimología manda, y eso no está al alcance de todos los maestros. Para él sí, como traslucen las anécdotas que jalonan esta última parte.
Huir de la mediocridad, provocada por la informática, según sus palabras, y convertir esa hora, y todas las de ese día, y todas las del curso, en momentos de transferencia total entre maestro, y alumno. Arrinconada esa desvaída competencia de Aprender a aprender, y obviada la transformación obligada del profesor de antaño en comercial de su producto, que debe saber vender cada día a un público generalmente hostil que no le da con la puerta en las narices porque está pensando si la reseña de ese libro estará en Internet.
Aunque la conexión existe, se han dado casos y están documentados.

viernes, 6 de enero de 2017

Paterson, la película del año

¿Se puede seguir siendo independiente después de veinte años de carrera? ¿Y después de una acogida absolutamente unánime de la crítica de Cannes y de Filmaffinity? ¿Ser independiente y a la vez producido por Amazon? Claramente, sí.
Jim Jarmusch, el independiente por excelencia del distrito de Nueva York, elabora en esta su última obra la radiografía más delicada acerca del proceso creativo, de su génesis y de sus contextos. Todo es aparentemente nimio en esta historia, llena de detalles de precisa cotidianeidad que, engarzados, componen el negativo de un poema épico. Pequeñas victorias y pequeñas derrotas que se tornan en poesía merced a un cuaderno lineado sin marca y un bolígrafo. Una vida construida con placidez, la de un conductor de autobús que escribe en su hora del almuerzo y se deleita silenciosamente en las conversaciones rutinarias, pero menos, que se suceden en su lugar de trabajo y en el bar al que acude cada noche después de la cena. Un proletario que rechaza autodenominarse como “poeta”.
No todos tenemos un conductor de autobús ni un poeta dentro, desde luego, por más que los gurús del bienestar nos inculquen lo contrario. Las piezas que componen la vida de Paterson por separado ya son extraordinarias, si bien inteligentemente disfrazadas de comunes. Pero nada de lo que sucede es común. Las simetrías, envueltas en meras casualidades: el apellido que es el topónimo de la ciudad, los tres cuartos propios del protagonista (el autobús en el que se nutre su inspiración, el sótano en el que lee, y el oasis de cataratas donde escribe). La anodina ciudad suburbial de Nueva Jersey que es cuna de literatos señalados. La estructura, más sencilla imposible, siete retazos para siete días de la semana. La envidiable vida sentimental del joven, que ha encontrado de verdad a su alma gemela. Un torbellino creativo de esposa, que le complementa milimétricamente y que puede soliviantar ciertas sensibilidades de los modernos feminismos. Una dimensión emocional cubierta modélicamente y sufragada con un modesto salario municipal. Y el momento dramático , supremo para todo escritor, y que no dirá absolutamente nada a los que salgan del cine pensando que esto va de la vida de alguien.
Los cinéfilos de Jarmusch encontrarán a su vez otras simetrías con películas anteriores, como corresponde a una trayectoria tan longeva. Reconocerán la mirada a la ciudad, desprovista de todo adorno, la reflexión metacrítica, el lirismo, aquí literal. Pero esta vez, el artesano está menos solo que nunca. Adam Driver, descubierto por la excesiva Lena Dunham para su serie icono Girls, se ha convertido en el auténtico contraplano en la nueva generación de actores que comienzan en la televisión o en películas de Sundance aspirando secretamente a encabezar la próxima saga/precuela/secuela de. Junto a él, una luminosa Golshifteh Farahani le da la réplica y le alimenta con blanquinegros cupcakes.

domingo, 18 de diciembre de 2016

CINE Y EDUCACIÓN

PELÍCULAS PARA LA EDUCACIÓN

El cine y las aulas han gozado de una buena relación desde siempre, si bien más provechosa en el celuloide que en los pupitres reales. En estos años de leyes y contraleyes, parece unánime el acuerdo en dejar espacio a las nuevas narrativas, aunque el cinematógrafo irrumpió hace tiempo. El profesional docente se ha visto inmerso en una guerra de gurús y pedagogos, que marcan caminos dispares, y por eso se agradecen iniciativas didácticas como la que nos ocupa. Nos encontramos ante una propuesta original en cuanto a su punto de partida, y sobre todo, en cuanto a su planteamiento estructural y temático. No se trata tan solo de ver cine, algo al alcance de cualquiera en cualquiera de sus formatos. Y más aún, no se trata tan solo de aprender viendo cine, como reza la primera premisa del subtítulo, sino de la segunda, aprender a ver cine. La adquisición de una mínima cultura cinéfila es facilitada por el completo glosario de las páginas finales. Es sorprendente comprobar como incluso, estudiantes que se declaran futuros actores o técnicos, lo desconocen todo.
Para materializar ambas premisas, una guía entre ambiciosa y audaz que agrupa por temas y subtemas un amplio número de largometrajes de calidad y trascendencia contrastadas. Dos de ellos minuciosamente analizados en cada subtema, representan dos maneras diferentes de abordar el asunto. Son especialmente valiosos detalles como la reproducción de fotogramas y secuencias temporales pertinentes para su comentario. Este enfoque de la exégesis narrativa es el punto más realista en esta obra colectiva de raíz inconfundiblemente universitaria. Porque es tradición que los acercamientos pedagógicos que se producen desde el ámbito de la educación superior a la secundaria adolezcan casi siempre de experiencia sobre el terreno, o las trincheras, depende. Esta guía de título contundente no se libra del exceso de optimismo. El prólogo minucioso es a la vez una declaración de intenciones que choca con los corsés que mantienen al borde de la asfixia a los niveles obligatorios de la enseñanza. No solamente la carencia de medios materiales que impide el aprovechamiento exitoso del producto, es decir, la proyección íntegra o fragmentaria de las películas. La carencia de ese bien tan evanescente que es el tiempo, devorado literalmente por los crecientes currículos, hace que desaparezca el sentido global del planteamiento, que bien podría abarcar un curso entero. Y no hay que subestimar la propia formación e intereses del docente, que no dispone en los planes al efecto de otras disciplinas que no sean los idiomas y las nuevas tecnologías. La transversalidad de los temas y películas invita sin duda a la cooperación entre asignaturas, pero de nuevo se hace necesario cuadrar varios círculos.
En el prolijo sumario, llama la atención la audacia, hablando desde la trinchera, de atreverse con el sexo. Dos películas que, en su primer visionado, no parecen tener a una clase llena de heterogéneos adolescentes como público objetivo.
Por otra parte, se echa en falta la representación del cine documental, de enorme pujanza hoy día, y enormemente efectivo en según qué contextos. Queremos pensar que hay vida más allá de Youtube.
Y por qué no, aplaudir el homenaje a la metanarrativa del aula, aunque sea a través de la historia que más ha contribuido a difundir la imagen utópica del profesor como alguien que te cambia la vida.
En el prólogo, el grupo de investigación de la UPV habla de instaurar una “pedagogía de la mirada” para contrarrestar la saturación de imágenes a los que los cerebros en formación se ven expuestos. “Películas para la educación” es un empuje de mérito indudable, sobre todo para aquellos docentes en busca de motivación y alumnos que no se desaniman al comprobar la duración de los metrajes.
* “Películas para la educación” (aprender viendo cine, aprender a ver cine). Iñigo Marzábal y Carmen Arocena (eds). Cátedra (Signo e Imagen). 2016. 420 páginas.