cabra

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jueves, 21 de febrero de 2019

MARÍA, REINA DE ESCOCIA

Siempre es interesante asistir a los cambios de tercio en cuestiones artísticas. Así es en el debut cinematográfico de la directora teatral Josie Rourke, que parece hecho a medida de los discursos mayoritarios de la post postmodernidad. Acerca de volver al pasado si de explicar el presente se trata. En este caso, en lugar de seguir la tendencia de rebuscar y rescatar modelos femeninos ejemplares para nuestros días(olvidados, obviados, eclipsados), o forzar la máquina imponiendo improbables personajes de mujeres fuertes en épocas pretéritas, echa mano de la Historia en letras grandes, poco necesitada de aderezos. María Estuardo siempre fue objeto de estudio cinéfilo, y ahí queda la interpretación de Katherine Hepburn. Isabel I ha sido aún más afortunada, merced a Cate Blanchett o a esa aparición de siete minutos que valió un Óscar para Judi Dench. Ambas dos el epítome del empoderamiento, sin saberlo. Dos mujeres con poder real, literalmente, y una manera dispar de ejercerlo, magnéticas cada una en su sentido, y parientes a distancia. Para presentar, o refrescar las dos biografías con claridad y nítidas intenciones, es clave el montaje en paralelo. Todo el metraje nos prepara para el primer encuentro entre las primas repartiendo sus apariciones de manera simétrica. Si bien María es la protagonista, a cada suceso acaecido en la corte escocesa le sucede otro en la inglesa, poniendo de manifiesto las diferencias de actitud ante la vida misma. María es joven, casi adolescente, impetuosa, un tanto radical y poco dada a los consejos. No desdeña su naturaleza y su máxima aspiración es concebir un heredero que le asegure ambas coronas. Una perspectiva menos revolucionaria que la de su prima. Isabel I, llamada La Reina Virgen, simboliza de manera más transparente las contradicciones que lastran el discurso feminista contemporáneo. Si María se lleva los parlamentos más pasionales y exaltados llamando a las armas y reivindicándose incesante, Isabel arrastra las dosis de realismo que da la edad y se muestra prisionera de una decisión que recuerda inevitablemente a la idea que se tenía de los políticos en la Grecia clásica, una renuncia a la esfera privada y la asunción de responsabilidades públicas como una suerte de sacerdocio. Isabel se autodenomina "hombre" en algunas ocasiones, y renuncia a la maternidad porque es la única forma de subvertir su naturaleza y que la tomen en serio como gobernante. Claramente nos evoca figuras poco dadas a ser estandartes de la causa, como Ángela Merkel, Margaret Thatcher o Christine Lagarde. Mujeres que mandan mucho en un mundo de hombres pero denostadas por masculinizadas. ¿En qué quedamos entonces? ¿La gobernanza femenina tiene cualidades intrínsecamente mejores?¿Quién es mejor ejemplo de empoderamiento? La amarga envidia que siente Isabel de la maternidad de su prima sea probablemente una decisión creativa, pero pone las cartas boca arriba. 
La película deja claro además la insatisfacción y el progresivo cabreo de los gobernados masculinos de uno y otro bando, que se preguntan cómo ha llegado una época en la que han de vivir sujetos a los vaivenes propios de la condición femenina. No falta el predicador extremista, protestante esta vez, que contribuye a las insidias que, históricamente, dejaron a la pobre María Estuardo de promiscua para arriba. La venganza de la directora se materializa en la figura de su segundo marido, Lord Darnley, un auténtico pelele cautivo en su propio armario, y en Jacobo Estuardo, el hermanastro y posterior regente, que protagoniza una sonrojante escena (para la masculinidad en general), en la que renuncia a la conspiración solo porque su sobrino llevará su nombre. 
La puesta en escena de todo este material se antoja algo oscura, y aséptica en exceso. Las interpretaciones de Saorsie Ronan y Margot Robbie son primorosas, eso sí, pero los necesitados de empatizar con algún personaje lo tendrán difícil, como bien dictan los modernos manuales de guion. Puede ser ansiedad excesiva ante lo que abril nos depara, pero los seguidores de Juego de Tronos encontrarán dos clarísimos guiños, o recreaciones del mero azar en dos escenas clave. Ya lo anticipó Borges en Kafka y sus precursores.

domingo, 3 de febrero de 2019

LA MEJOR PELÍCULA DEL AÑO

El reino, o Campeones. Lo que ayer se dirimía en Sevilla (Este, como bien especificaban los tuiteros), era ni más ni menos que dos maneras de entender el cine. Por un lado, la conjugación de estilo e historia, una buena trama junto a cierta ambición estética. Por otro, el cine como emisor de valores cívicos y divulgador de mensajes, tal y como lo eran las denostadas novelas decimonónicas de tesis. Propósitos dignos de todo respeto ambos, pertinentes y actuales. Al menos, es lo que pareció transmitir la Academia ya desde las nominaciones. 13 a Sorogoyen, 11 a Fesser, podíamos encontrarnos ante una gran derrotada, o con una decisión salomónica. Al filo de las 13:30 de la madrugada, quedó clara la decisión tomada. Victoria numérica para el retrato hiperrealista de la corrupción valenciana, y el premio gordo para el equipo de baloncesto altamente funcional. 
¿Es Campeones la mejor película española del año? La más taquillera, desde luego. ¿La mejor? Pues no. Quien quiso entender, entendió, a medida que iban cayendo los galardones a reparto, dirección, guion, y aspectos técnicos. Y los títulos premiados como el mejor europeo (Cold War) y latinoamericano (Roma).Otro día hablamos sobre la resurrección del blanco y negro. 
Los académicos hablaron los últimos, después de la crítica. El dictamen de los críticos, por cierto, fue casi unánime en su beneplácito, pero solo en nuestro país. Es altamente significativo echar un vistazo a las reseñas profesionales extranjeras en Filmaffinity. Ahí se intuye la dificultad de la disensión acerca del discurso mayoritario. Como historia dirigida al gran público, importa mucho más que el mensaje cale, que ese mensaje se construya con cierta voluntad de estilo que pueda distraer u obstaculizar. Mucho más si dicho mensaje es necesario. Dicho esto, Campeones no es una buena película, desde el punto de vista del cine como arte. Es una película buenrrollista de manual, narrada como un cuento de Navidad, un arco mil veces visto de éxito-caída en desgracia-redención de un personaje que empieza despreciable y termina ejemplar, previa exposición de sus traumas y fobias. Una trama trufada de casualidades solo verosímiles si no se tienen en cuenta, y un cosido quirúrgico de todos los hilos. Ni un cabo suelto, ni una malvada actitud sin castigar. 
El equipo casi ganador consigue conmover, emocionar y todo eso, porque funciona de espejo oscuro para las miserias interiores del protagonista Javier Gutiérrez.  Son un contrapunto muy certero con líneas de diálogo indudablemente brillantes del por siempre creador de P. Tinto. La comedia sobre vidas a priori poco cómicas es un género muy agradecido por el espectador, que premia obras como Intocable. Seguimos necesitando el cine como bálsamo, y más que las series, el final feliz nos enchufa glucosa en vena para ir tirando. El inapelable "Si yo he podido, tú también", como si el contexto social, económico, cultural, biológico, no importara. En Campeones, son hilarantes las escenas de entrenamiento, pródigas en palabras (retrasado) y actitudes inadmisibles en Twitter pero celebradas en la pantalla porque son ellos mismos los actuantes. Como los corrosivos monólogos de Sarah Silverman, nieta de judíos exterminados, sobre el Holocausto. Todos los que ayer lloraron con el discurso de aceptación de Jesús Vidal, deberían ver La enfermedad del domingo, de la que Susi Sánchez dijo que no era una película para todos los públicos, con cierto deje de orgullo y su cabezón en la mano. Y si quieren reírse con hechos reales que no hicieron ni maldita la gracia, mi película de antisuperación favorita: Yo, Tonya
A pesar de estos momentos, el filme no evita la moralina transversal que proporciona la esposa del entrenador, interpretada por Athenea Mata, coautora del guion. Un papel de nimia influencia que da bandazos a lo largo de todo el metraje. A una velocidad supersónica pasa de ser una esposa abandonada por su ansia de maternidad, a convertirse en la madraza de todo el equipo y por último a recuperar a un marido totalmente nuevo, incluido su recién brotado deseo de reproducirse. 
Todo esto hubiera sido perdonado si Luis Bermejo, en su año lotero, hubiera tenido más escenas. 
No deja de ser curioso, en conclusión, que todas las míticas historias de superación cinematográfica terminen con el personaje detonante abandonando el espacio tras un solo año de estancia. El club de los poetas muertos, Intocable, Los chicos del coro. Aquí, los tres meses de trabajos comunitarios han construido un hombre nuevo para el resto de sus días. Hay margen para la secuela. 

viernes, 1 de febrero de 2019

MRS.MAISEL, MARAVILLOSA

No vi Las chicas Gilmore. Pero sí estaba al tanto del estilo "Sherman-Palladino", de su brillantez en la construcción de diálogos y de su especialización en personajes femeninos. Las peripecias de Miriam Maisel, más extravagantes que cotidianas, debutaron sin ruido en la plataforma de vídeo de Amazon, y así siguieron hasta que su protagonista empezó a recolectar premios y parabienes. Muchos descubrieron así a la aspirante a cómica. Una joven esposa, al principio, tan lenguaraz como devota seguidora de los usos y costumbres de la buena mujer judía neoyorquina de los años cincuenta. Carne de Divinity, según los estereotipos del consumidor televisivo en España. 
Lo cierto es que todo brilla en esta serie. A veces, literalmente, como algunos modelos del inabarcable guardarropa de la protagonista. Luminosidad en su concepto más amplio. No es necesario saber de técnica para apreciar la colorida fotografía, que funciona de puerta de entrada al universo de Miriam. El retrato de la Nueva York de clase que toma tímido contacto con buscavidas y artistas del alambre se supera en los primeros capítulos de la segunda temporada. La cámara filma París con verdadero deleite, dando la razón a la insatisfecha madre de la protagonista en su tardía reivindicación personal. El goce de la vista se acompaña casi en todo momento por el goce del oído. Una banda sonora ambiciosa y exquisita, con clásicos y menos clásicos que se beneficia de la posibilidad de consultar al momento quién y qué están sonando, al igual que ocurre con cada personaje que aparece en escena. Un buen punto que las dos grandes del streaming deberían apuntarse. 
Pero no es solo esto lo que debiera reclutar más adeptos, sino la manera de contar una historia que se presumía algo previsible y ya contada, la de la mujer joven que decide abrirse camino en un mundo de hombres. Por ese ir contracorriente, y por la producción impecable, no podemos dejar de acordarnos de Mad Men en general, y de Peggy Olson en particular. Pero ya. Porque la nada aparente y la pesadumbre existencial de Madison Avenue deja paso a la locomotora en que se va convirtiendo la vida de Miriam tras la ruptura, en buenísimos términos, de su ideal matrimonio destinado a durar eternamente. Y a su alrededor, contribuyendo a la velocidad de crucero, y a los amagos de descarrilamiento, los secundarios que se esperan de las buenas comedias. En La maravillosa Mrs. Maisel, todos los personajes son graciosos, o tienen gracia, y cada uno a su muy particular manera. De tal forma, que la serie llega a convertirse en un manual del humor y sus múltiples variantes, muchas veces en un solo capítulo. Tenemos escenas de comedia familiar frente a un desayuno, y diez minutos después, una sarta de chistes destructores que en los cincuenta podían espetarse en un garito del alto Manhattan pero no en el Twitter de 2019. Palabras como dagas, o metralletas según el caso, que hacen necesaria, si no existe ya, la creación de una Wikiquote para el uso y reciclaje en nuestra insulsa vida real. 
Siguiendo un arco argumental más o menos canónico, la primera temporada nos presenta a la aspirante en pleno inicio de conflicto. Como suele pasar, el azar es determinante a la hora de poner en contacto los elementos necesarios para la consecución del experimento. La aparición de Susie, que evidentemente protagonizará la secuela con más legitimidad que Saul Goodman, provoca la primera bifurcación en la vida de Miriam, que pasa a ser una especie de trinidad. La ex esposa, madre e hija que vuelve a la casa paterna, la singular vendedora de cosméticos en los grandes almacenes de la clase alta, y la cómica nocturna en su tugurio de cabecera. La segunda temporada nos presenta a una Miriam, de nombre artístico su propio vocativo de casada, con algo más de hueco en el mundillo. Las numerosas escenas de monólogo dejan paso a los duelos dialécticos de ella contra todos, de uno en uno o a la vez. Los adversarios están a su altura, la complementan y la engrandecen. En esta etapa de consolidación, la sorpresa aparece en la parodia despiadada teñida de tenue afecto, que los guiones hacen de la idiosincrasia judía. Tremendos bofetones propinados con guantes de seda, muy presentes en los atuendos femeninos. El resort de Catskills en el que los más respetables miembros de la comunidad pasan el verano es un guetto de cinco estrellas. Un homenaje al idílico escenario de Dirty Dancing pero en limpio, aséptico y entusiasmático. Una verdadera pesadilla. 
Vean y escuchen a Mrs. Maisel, en versión original. Imperativo categórico. 







martes, 1 de enero de 2019

AÑO NUEVO, LIBRO NUEVO

Lo leemos por doquier. Nos asustamos ante la marabunta de nuevos textos literarios, nos asombramos de la tasa de escritores por metro cuadrado y nos indignamos con los que asumen con el impudor del anonimato no haber leído un solo libro el año pasado. Leer es un acto cada vez más asequible, pero apenas nos preguntamos si realmente vale la pena el esfuerzo, y si es cierto que leer por leer es tontería, o nos hará mejores personas. El primer libro que proponemos para este nuevo año es un texto exigente, ambicioso e idealista. Un tanto temerario también, por cuanto ha de fajarse con la sobrepoblación novelística, o novelera, que aturde a los usuarios de ciertas plataformas de venta. 
Así pues, ][olema, ópera prima del autor, resulta a la vez un reto de calado y una materialización de conceptos como el de "lector ideal", de Umberto Eco. Sus más de quinientas páginas exigen un perfil muy determinado de receptor, alejado de los arquetipos que frecuentan las páginas de novedades. Buena ocasión para reivindicar el viejo papel de la literatura, más allá del entretenimiento evanescente. 
Así pues, firmamos el contrato y nos recibe una portada ciertamente subyugante. Metáfora perfecta de lo que aguarda, intrincada oscuridad y luz a lo lejos. Es esta quizá la mayor pega que se le puede poner. No tanto la extensión sino la penumbra difícil a la que se somete al lector en el terreno formal, que en ocasiones se interpone más que colabora, en el disfrute de la historia, que tiene su miga. Claramente deudora de nombres casi malditos de la literatura norteamericana contemporánea como John Barth, o William Gaddis, y todo un homenaje en su parte final al gran tapado de la novela española del siglo XX,  Julián Ríos, el bosque intrincadísimo que conforman determinados capítulos se nos acercan demasiado al mero y muy meritorio ejercicio de estilo. El lenguaje puede ser claramente hostil pero otras veces dispensador de momentos sutilmente humorísticos. Advertidos estamos, y con el machete para despejar senderos cual explorador de la Amazonia, nos topamos con personajes temporales con problemas universales que intentan solventar con métodos muy particulares, enmarcados en un microcosmos ausente de coordenadas espacio-temporales con cierto aroma a distopía. Por un lado, Kleo, un profesor que no logra dar con el método que explique la esencia de la existencia; ni con sus alumnos ni con su hijo Niko, un adicto a los videojuegos. Por otro, Villamen, un magnético villano, poco al uso, que maneja los hilos en su Olimpo emporio como un Zeus menos dado a la interacción personal. Precisamente, el mundo del videojuego es el macguffin de la novela. Parece que es el tema principal, a tenor del grado de implicación en el desarrollo de las tramas, pero solo es una parte del tapiz superficial que el lector modelo debe ir desbrozando. A medida que nos vamos acercando hacia la luz, vislumbramos dolorosas certezas acerca de la identidad, de los elementos que la conforman, de nuestra capacidad de decisión, de los fracasos inevitables, del destino, en definitiva. Revoloteando sobre todo ello, la posibilidad, cada vez más cercana, de que el ser humano pueda elevar enésimamente sus prestaciones a través de artilugios biomédicos. Es la bermis, o el gusano, el gran hallazgo de la historia. La ciencia-ficción como género ya nos previno, y propuestas postmodernas como Black Mirror son muestra de su vigencia, pero no deja de ser desasosegante el pensar.  La inteligencia artificial como supremo ejemplo de la inteligencia humana. Pero, ¿Y si todo es un juego?
Si han llegado hasta aquí, no hay excusa. Mejor propósito que ir al gimnasio o aprender inglés, darle trascendencia al acto de lectura.

domingo, 16 de diciembre de 2018

THE ROMANOFFS

Es culpa nuestra. Los televidentes del siglo XXI no somos tan diferentes de los lectores decimonónicos. Compramos un universo de historias, personajes, conflictos, apariencias. Lo incorporamos a nuestra mundanidad durante siete años, y al concluir el contrato y proponérsenos uno nuevo, ansiamos que todo siga igual. A tenor de las críticas, El amigo Matthew Weiner se ha topado con el horizonte de expectativas. Aunque parecía intuirlo, visto el reparto de viejos conocidos con los que ha jalonado esta atípica sucesión de capítulos independientes acerca de las tribulaciones de tener, o no tener, alguna molécula de la sangre real más legendaria de la edad contemporánea. Además de la producción fastuosa, que sí remite por momentos a las entretelas de Madison Avenue, es esta una propuesta demasiado irregular. Ocho episodios servidos en plataforma exclusivamente online pero a la vieja usanza, a razón de uno por semana, que se antojan más dispares en fondo y forma de lo que su creador tenía en mente. El propio título escogido para el conjunto, The Romanoffs, nos advierte ya en cierta manera de que nos hallamos ante una cierta dosis de sucedáneo. Como los son los descendientes con doble ff en lugar de la v preceptiva, como así es informada la aburrida consorte de "The Royal We", cuando acude a inscribirse como participante en el crucero temático sobre los ancestros reales de su marido. 
En vista panorámica, comprobamos la diversidad y disparidad de la descendencia real dispersa por el mundo. Este rasgo tan de hoy, la preocupación por reflejar la diversidad, se materializa excelentemente en los marcos más o menos urbanos que dan cobijo a las tramas. París como comienzo, y como final, Londres, la Alemania profunda, la Rusia más profunda, el crucero, Ciudad de México,Nueva York siempre. Mucho afán que, en episodios como "Panorama", se quedan en una mera postal para anglosajones habitada por individuos deambulantes y un recurrente Zócalo huérfano de vendedores niños y limpiabotas. Dentro de esta variedad desigual, son mayoría las tramas sutiles, en las que los setenta y pico minutos de media no pasa realmente nada, muy al gusto de los emuladores de Carver, y justamente por esto, sobresalen en interés las escasas ocasiones en las que el  interés del punto de partida no se difumina al poco o un giro reaviva el devenir mortecino de los personajes. Así comienza el primer capítulo, "The Violet Hour",según el orden propuesto, que escenifica la confrontación entre dos maneras de pensar y de vivir, la americana y la europea, en pugna por el común objeto de deseo y verdadero regocijo de la función, el espectacular piso en pleno centro de París. Los temas subyacentes como la decadencia del señorío, la forzada convivencia con el otro y las hipócritas relaciones familiares palidecen ante los planos semi-secuencia de las habitaciones, como si de un vídeo de agencia inmobiliaria se tratase. A los espectadores de la competición siempre les quedará el consuelo de saber que no podrían mantenerlo. 

Dos episodios más merecen indudablemente un visionado, y podrían de verdad funcionar como películas independientes. El tercero, "House of Special Purpouse", nos regala un fenomenal duelo interpretativo entre Christina Hendricks como estrella en horas bajas e Isabelle Huppert como directora sociópata y un pelín desequilibrada. El rodaje desastroso de una serie sobre Los Romanov es la excusa para que ocurran toda clase de fenómenos poco normales. Brilla la forma, cómo no hacerlo en este contexto, y el fondo no se diluye. 
Pero es el séptimo episodio el más perturbador y el que pone de veras a funcionar el cerebro. Especialmente meritorio dado que el sexto es el más inane de toda la serie. Muchos ni habrían llegado a él. En The End of the Line, el dilema ético que brota en una desolada población rusa nos abofetea sin piedad ninguna y nos sorprende desprevenidos, esperando ya otro muestrario de pequeñas miserias cotidianas. El frío en todas sus facetas es sobrecogedor.  Un dilema de digestión mucho más ardua que el planteado en "Bright and High Circle" y su homenaje a las mujeres desesperadas de Wisteria Lane.
El octavo y último episodio funciona también como final de trayecto, con una ruta circular. De París a París, en una historia de cajas chinas y armarios occidentales que recuerda en estética y construcción a Patrick Melrose, que reseñamos recientemente aquí.
Como es preceptivo en estos tiempos, tenemos arquetipos de mujeres fuertes para elegir, mientras que los hombres se dejan llevar, y embaucar, por muy descendientes que sean. Pero salvo momentos aislados, "fallido" es el adjetivo que encaja mejor para esta antología de seres improbables en en una mezcla improbable de espacios y tiempos. La Gran Duquesa María, única Romanov certificada y residente en Madrid, ya ha dicho que no le ha gustado. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

PATRICK MELROSE, POBRE NIÑO RICO

Sky Tv existe. Para muchos dejó de ser una plataforma clandestina los días en los que la estación de Cercanías de Sol estuvo empapelada con su cabeza de cartel para la temporada televisiva. Patrick Melrose, o Benedict Cumberbatch recreando a un drogadicto no tan funcional como en anteriores ocasiones. Estrenada en España el 18 de septiembre, bien merece un vistazo. Cinco único episodios de duración y estructura bien medidas, que condensan los cinco tomos de la autobiografía del aristocrático escritor británico Edward St.Aubyn. La amarguísima infancia, juventud y primera madurez se muestra como una suerte de sórdido reverso de Downton Abbey,  alternando épocas y espacios muy diversos y distantes. El público obrero siempre se ha deleitado con las desgracias de los ricos, que también lloran pero lo disimulan mejor. El principal escollo que ha solventado un guion brillante es el de la probable falta de empatía hacia las desventuras de Patrick, que exhibe en los primeros capítulos una prodigalidad pecuniaria y una falta de conocimiento del prójimo muy propia de los de su clase. A pesar de los obstáculos que le pone la existencia. 
La familia es la segunda causa de trauma después de la guerra, dijo alguien. El clan Melrose se gradúa summa cum laude en esta tarea ingrata. La relación padre-hijo es sin duda el tema que vértebra las cinco partes de la historia, por lo demás cuidadosamente diferenciadas. Cada capítulo evoca una década con densidad y detallismo, desde la misma cabecera. La ambientación sobresaliente del tremendo Bronx de los ochenta, la psicodelia sesentera, la atocinada Provenza estival o el fin de milenio londinense está al servicio de una secuenciación narrativa en la que el protagonista va reelaborando su historia desde su poco mullido presente. Hijo único de una pareja de sociópatas que dedican su vida a representar el papel del rico, cultivado, filántropo británico de clase alta que sustituyen el psicoanalista de sus contemporáneos neoyorquinos por cruentas sesiones de esgrima verbal, enjuagadas las heridas con alcoholes y sesiones de música clásica. Lo que en la condesa viuda de Grantham era mala baba destilada, pura ironía de las islas, aquí son dagas que solo buscan el daño. Y todo sin dejar que los asados se enfríen.
Las elipsis terribles de los veranos franceses de Patrick son sencillamente sobrecogedoras. Todos esos recuerdos conforman uno de los retratos más certeros que se han hecho del sadismo últimamente. Jennifer Jason Leigh, felizmente de vuelta, encarna a la madre anulada de Patrick, una rica heredera estadounidense que se casa por aburrimiento y que se limita a ver, oír, callar, beber y volcar sus afectos en desconocidos, que es mucho más aséptico. Hugo Weaving como el padre, remueve las entrañas como encarnación de la vileza, de la mezquindad, de la maldad llana. Y sin embargo, las contradicciones de la dimensión emocional que nos hace humanos laten en todos los episodios. A pesar de todo, su muerte no consuela al hijo, que solo es capaz de relacionar su infierno infantil con su deambular cotidiano cuando su propia familia le abandona.
Llegados a este punto, uno solo desea que Zola no tuviera razón, y que el pobre hombre rico que maneja modélicamente los verbos sumergirse y derrumbarse en su literalidad y en su metáfora, sea capaz de sobreponerse a los determinismos sociales y genético. Vale la pena comprobarlo.

sábado, 13 de octubre de 2018

CINE: THE RIDER (2017)

Muy de vez en cuando, y casi siempre con retraso, llega a nuestras pantallas un relato  diferente y posibilitador de lecturas dispares. The Rider, segundo trabajo de la directora china Chloè Zao, puede interpretarse de dos maneras, dependiendo de si se cuenta o no con información previa. Ficción con base real, o documental con base de ficción. El adelanto proyectado en cines auguraba una buena muestra de cine independiente, aplaudida en Sundance y en la Seminci, con todos los ingredientes que se le suponen al género: brillantes interpretaciones de actores debutantes, una historia intimista, una dirección potente, poso de crítica y su poco de exotismo. ¿Una cineasta china interesada en la identidad cowboy? Venga.
El segundo paso es vencer la pereza que suscita en un europeo la construcción folclórico-cultural del americano medio, al que se culpa sin disimulo de los años Trump que nos han caído. además. No hay rodeos en Boston ni en Nueva York, y sus demócratas ciudadanos tienden a mostrar idéntica superioridad moral en relación a sus paisanos del Medio Oeste.
Pero la pérdida de la identidad y la búsqueda infructuosa de otra no es patrimonio único de las clases ilustradas. Con parquedad y transparencia, Zao decide reproducir matemáticamente la peripecia vital de Brady, un  joven vaquero que ha de buscarle un nuevo sentido a su vida al sufrir un accidente con secuelas en su última competición. No entendemos cómo puede consagrarse una vida al rodeo, pero sí a la Fórmula 1, al fútbol, a la gimnasia o al ballet.  Pero Brady no es diferente a ninguno. Su proceso de duelo atraviesa todas las fases reglamentarias, empezando por la negación. Carece de un entorno que favorezca la transición y no tiene acceso a un psicoterapeuta, así que le toca demoler sus cimientos en solitario. Da pasos vacilantes, tiene que compatibilizar el tiempo para sí mismo con las responsabilidades familiares, y su nula formación le cierra posibilidades. Aquí es pertinente descubrir que el personaje y el actor son la misma persona. Un desdoblamiento sorprendente porque no se está interpretando un guion sino que se está recreando la propia vida, casi a tiempo real. La familia Blackburn/ Jandreau se muestra tan real como si no hubiera un set de rodaje en medio, especialmente la quinceañera Lilly. Necesitamos etiquetas: verismo, neorrealismo, poesía cotidiana. No hay glamour ni una historia de superación merecedora de un trozo de prime time. Es todo lo contrario a Dallas Byers Club, aquella primera reinvención de Matthew McConaughey. Quizá haya momentos poéticos en las llanuras de Dakota, si entendemos la poesía en su variable despojada, pero lo que llena los planos es una profunda tristeza y la luz entrecerrada de amaneceres y anocheceres en el desierto. Los diálogos escuetos tampoco se rellenan con miradas.Los personajes apenas se miran unos a otros, siquiera cuando se intercambian las frases justas para la convivencia. Los vaqueros son duros, y los caballos su conexión esencial con el mundo. (Aquí un par de ellos casi se roban la función). Con una excepción. El mejor amigo de Brady, en una subtrama estremecedora que los mister wonderfulistas entenderían como esa historia de superación cuando solo es la certeza de un fracaso que cuesta presenciar. ¿Qué pasa cuando los sueños se alcanzan, pero no permanecen?