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miércoles, 8 de abril de 2020

Encerrados, enclaustrados, aislados, recluidos, confinados por el cine en..(II)


1. Un ataúd. Buried (2010), de Rodrigo Cortés. 93 minutos de oxígeno según cinematográficos cálculos.
2. Una habitación de hotel. Citizenfour (2014), de Laura Poitras. Edward Snowden, asilado en Rusia, ni confirma ni desmiente que la NSA estuviera al tanto de futuras pandemias.
3. Un laberinto cúbico. Cube (1997), de Vincenzo Natali. "Escape room"algo intensa para despedidas de soltero.
4. Mi mansión con los amigos. El ángel exterminador (1962), de Luis Buñuel. Clásico del fantástico cotidiano extrañamente poco citado en este tipo de listas.
5. Una plataforma multinivel. El hoyo (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia. El ojo para cuadrar de los programadores de Netflix es admirable.
6. Una llamada telefónica. La cabina (1972), de Antonio Mercero. 35 minutos de angustia que ya no se repetirán en nuestras ciudades.
7. El hueco de una escalera. La trinchera infinita (2019), de Jon Garaño, Aitor Arregi y José María Goneaga. Ante las represalias de los vencedores, algunos se echaron al monte y otros vieron la vida pasar desde un falso tabique.
8. Una habitación con vistas. Rear Window (La ventana indiscreta, 1954), de Alfred Hitchcock. Sin internet pero con unos prismáticos, imposible aburrirse.
9.  Un semisótano invisible. Room (L a habitación, 2015), de Lenny Abrahamson. Una oda a la resiliencia y a la adaptación al medio.
10. Un islote poco paradisíaco. The Shallows (Infierno azul, 2016), de Jaume Collet-Serra.  La falta que hacen a veces cuatro paredes y un techo.
11. Un aeropuerto. The Terminal(La terminal, 2004), de Steven Spielberg. Los no lugares también pueden ser hogares de alguien.
12. Una pared de tu casa. Treinta años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín. Historia gemela a la de La Trinchera infinita, idéntico desmesurado sacrificio.
13. En el aquí y el ahora mismo. Vivarium (2020).  Próximo estreno el 8 de abril en salavirtualdecine.com  Todos los parecidos con la realidad son meras coincidencias.


lunes, 6 de abril de 2020

ENCERRADOS, enclaustrados, confinados, recluidos, en el cine (I)

Al principio fue la perplejidad. Después, un nuevo capitulo de la era del pensamiento positivo. La primera semana de Esto, el entusiasmo nacional por compartir listas de cosas que hacer, que ver, que cocinar, que modelar, que leer incluso, contrarrestó el desánimo de la población. Una apabullante oferta de sucedáneos para calmar el ansia de unos recluidos primerizos, nosotros, a los que se les recuerda sin cesar  la imposibilidad empírica de aburrirse teniendo conexión a internet.
La idea de que tampoco era para tanto cundió y las agendas se llenaron, como las matrículas de gimnasios en enero, de buenas intenciones. Pero llegaron el teletrabajo y la burocracia de los ERTES , y las clases online de las criaturas.   En la segunda semana, las bandas anchas empezaron a flojear y brotaron los ejemplos históricos de cuarentenas ilustres en tiempos desconectados. Pero si alguien, hoy, en nuestro contexto, está viviendo sin red, solo puede ser objeto de nuestra misericordia o admiración por semejante hazaña.  Tres semanas después, los que se asoman al balcón, ahora todo el mundo tiene uno,  se aplauden a sí mismos, se dan ánimos, se recomiendan series.  ¿Qué preferirán ver desde sus pantallas, ventanas al mundo más allá del patio de manzana?
Opción A: Secuencias de amplios paisajes, peripecias de múltiples personajes por múltiples escenarios, horizontes lejanos o cercanos (nos conformamos con bien poco). En el plano emotivo, puede sentirse envidia insana, nostalgia de viajes pasados y anhelos de futuro.
Opción B: historias claustrofóbicas en espacios reducidos habitados por sujetos, solos o malacompañados que no quieren estar allí. Aquí hallaremos empatía e identificación.
Opción C: Espacios exteriores anteriormente apetecibles pero ahora infestados de amenazas y espacios interiores apañados para sobrevivir y poco más.  En este caso, nos inundará el alivio y el consuelo universal de saber que siempre hay alguien en peor situación que la de uno mismo.
Con la perspectiva de otro mes para rellenar huecos en todos los ámbitos de conocimiento, los medios ya han agotado su provisión de listas. Es el turno de propuestas más modestas que tienen más que ver con la situación. Lo que hemos llamado Opción B. Es decir: historias que transcurren en un solo espacio, de tan  variables dimensiones como los medios han documentado (desde un semisótano en la calle Goya hasta los hogares de futbolista con jardín-piscina-gimnasio-pero no biblioteca).  De esas hemos visto demasiadas, y bibliotecas también.
Personajes que se ven recluidos de improviso o con escaso tiempo de reacción en lugares no preparados para ello. Descartamos el género carcelario. Sin zombies, ni asesinos asediando en el umbral. Los motivos del encierro pueden ser internos, o externos. Nunca voluntarios. Descartamos todas las biografías de gentes del arte que declinan salir de su estudio o lugar de creación, como la reciente A Quiet Passion (2016). No somos Emily Dickinson. 
Lugares cerrados, no compartidos, no en movimiento. No nos vale el coche de Tom Hardy en Locke (2013), ni la sala policial de The Guilty (2018) ni el salón de Litus (2019).
Una selección ecléctica y atemporal de dormitorios caseros y de hotel, sótanos, un ataúd, un par de huecos en armarios, un chamizo camuflado, un búnker casero, una terminal aeroportuaria, una mansiones incómoda y , de regalo, dos islotes.

domingo, 8 de marzo de 2020

DESIERTO SONORO, de Valeria Luiselli

La eterna disyuntiva entre arte y compromiso no mengua ya avanzado el siglo XXI. Conflictos locales con intereses globales y, sobre todo, las crisis migratorias que surgen y resurgen cuando a los medios interesa, vuelven a interpelar al escritor contemporáneo. El descrédito del periodismo no ayuda tampoco. En contextos vitales como el de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), se convierte casi en obligación. Escritora, periodista, ensayista en dos lenguas, cronista y narradora de manera indistinta, su labor artística se enlaza indisoluble con su labor de altavoz de migrantes , desde sus primeros trabajos como traductora en la Corte Suprema neoyorquina. 
Es esta una obra atípica y ambiciosa, impelida por la necesidad y la urgencia de contar. El título original inglés, The Lost Children Archive, es uno de los vasos comunicantes entre vida y obra. Por suerte, los parabienes críticos recibidos desde su publicación no son gratuitos. Desierto sonoro destaca por alejarse de la denuncia plana o hiperemotiva de otros relatos recientes sobre el tema, más dirigidos a lectores tipo Reader´s Digest y a espectadores de la televisión matinal. Con una voluntad estética muy clara, apuesta por una robusta estructura fragmentaria que se corresponde exactamente con los perfiles y los propósitos de los personajes al iniciar su viaje de investigación compartido y bifurcado al tiempo. 
La novela, sí, es una recreación fiel y curtida de los desmanes que sufre la inmigración centroamericana al paraíso estadounidense, pero sobre todo es la crónica de un viaje acerca de otro viaje acerca de otro viaje. Igual que uno de esos grandes mapas que no pueden ser replegados de idéntica manera anterior a su despliegue, la historia muestra rugosidades y dobleces dependiendo de los intereses del lector. 
El punto de partida es sumamente atractivo por original. Una pareja de documentalistas especializados en la investigación de sonidos emprende un largo viaje por carretera que intentara conjugar sus dos proyectos académicos y vitales, que suelen ser lo mismo. Les acompañan sus dos hijos de diez y seis años, a la vez testigos, escuchantes, depositarios de narrativas y tradiciones, y por último actores en la representación que funde los ecos del pasado perseguidos por el padre, y los alaridos de auxilio del presente, reconstruidos por la madre. La vos materna lleva las riendas en la primera parte, desgranando los contenidos de las cajas que, en el maletero del coche, transportan los materiales para el trabajo de campo, a la vez expectativas de futuro, a la vez piezas de una vida pasada a punto de caducar. Sus propios caracteres se enmarcan dentro de la disyuntiva anteriormente mencionada: origen latino, excelente preparación académica, perfecta inserción social dentro del entorno controlado que es Nueva York, se dan de bruces con la verdadera identidad americana en pueblos del Medio Oeste donde los paisanos les recuerdan con hechos y palabras que el linaje puede más que el curriculum. El momento terminal de la relación va pasando de latente a inevitable, al tiempo que los objetivos primarios del trayecto se van cumpliendo. Donde el padre ve política, la madre ve lógica natural. La crónica periodística, la ficción y la metanarración conviven en armónicas capas. La búsqueda de los dos niños perdidos se torna legendaria con la lectura de la elegía ficticia  Los niños perdidos, que, a la manera borgiana, la autora nos ofrece como auténtico testimonio de la travesía migrante por el desierto, que tiene mucho de odisea pero también de Pound y de Cavafis. 
Sin embargo, el cambio abrupto de narrador que trae la segunda parte desconcierta y baja la intensidad. El hijo mayor suple a la madre y durante las páginas en las que repite con sus palabras todo lo que ha pasado antes, la brillantez de las imágenes y la profundidad de pensamiento se desvanecen. No es una decisión errónea finalmente, por cuanto el cambio se desvela necesario para el giro final. 
La lectura de Luiselli en Europa, justamente en estas fechas, se enriquece de manera inesperada por la vuelta a los medios del infierno de los refugiados sirios, vilmente utilizados como moneda de cambio y presión por gobiernos que se denominan democráticos. En su relato falta La Bestia, ese terrorífico tren de mercancías tan sustancial en el tráfico de seres humanos protagonista además de uno de los documentales más estremecedores del periodista Jon Sistiaga. A cambio, está el invierno. 

DESIERTO SONORO, de Valeria Luiselli. Traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli.
Sexto Piso. 2019
476 páginas.

sábado, 22 de febrero de 2020

EL FARO (THE LIGHTHOUSE, 2019)



El segundo trabajo de Robert Eggers no pasa el test de Bechdel. No confundir con Al faro, de Woolf, que tampoco lo pasaría. Un leve obstáculo para el devenir de la breve pero intensa convivencia entre el operario titular de un faro enclavado en algún punto de las costas de Nueva Inglaterra y su aprendiz, formulada en un hiperestético blanco y negro. A cambio, supone una muestra clarividente de lo que significa "cine de autor", en el sentido más francés del término. Un director y guionista que ya avanzaba en su ópera prima (The Witch, 2015) algunas de sus preferencias temáticas, estilísticas y espaciales encuentra en los diarios de Herman Melville el catalizador perfecto para invitarnos a su festival de referencias, unas más wikipédicas que otras. 
El tema del faro y su simbolismo sustancioso es antiguo en el arte y la literatura. Aquí, La Luz que guía e ilumina lo hace de manera literal y nada epidérmica. Su fulgor quema y traspasa las almas de los pobres seres perdidos, que,como el farero viejo lobo de mar interpretado excelsamente por Willem Dafoe, se han dejado cautivar. El aprendiz, se llama igual que el farero y se sumerge en un juego ambiguo de parejas y dobles. Robert Pattinson nos convence de que es buen actor cuando el papel lo es, y quiere compartir La Luz con el que a veces es su maestro, otras su señor, otras su padre, todas las noches cocinero irregular del mismo bacalao ahumado. Pero parece que no lo conseguirá, por mucho que friegue y muchas escaleras que suba. No hay descanso físico ni mental en los días de ambos hombres, ni para el espectador, que no puede apartar la vista de los profusos primeros planos, barnizados con varias capas de expresionismo. Añadiendo una fotografía portentosa merecidamente nominada o premiada en los repartos anuales de la industria. 
No solo la imagen construye el drama. Los sonidos del mar inundan la pantalla. Nada bueno puede pasar. Los chillidos de las gaviotas, que a falta de rubias a quienes picotear, se ceban en el joven ex leñador de pasado oscuro. Las olas hostiles chocando con las rocas en un paisaje costero desolador en invierno y en verano. La cronología se difumina. La soledad en compañía terrorífica borra la línea entre lo real y lo onírico; una propuesta clara en este sentido. Quizá los únicos momentos anclados al suelo sean las primeras cenas, antes de que el alcohol despliegue sus vapores de pesadilla. 
Desde las primeras escenas, el farero parece hablar en verso. Una investigación somera nos remite, no solo a Melville, sino a sus secuaces Poe y Lovecraft. Los parlamentos verborreicos que no impresionan al inicialmente indiferente aprendiz hacen un efecto progresivo en el ánimo, y la gabarra que debiera acudir para reponer víveres y relevarles de su turno nunca llega. 
Pero esta confrontación ascendente no es en absoluto inesperada. El contexto quizá  demasiado propicio, el ambiente alucinante y alucinatorio, plenamente claustrofóbico posibilita una lectura contemporánea de la historia. Esta puede entenderse como un catálogo de masculinidades tóxicas (que son todas, como afirmaba un tuitero flagelante hace unos días), nada sorprendentes pero menos expresivas que un par de ciervos en plena berrea. Por poner un ejemplo. Ya sabemos que en estas luchas testosterónicas solo puede quedar uno, o ninguno. Con o sin botellas de ron enterradas en la arena. 

EL FARO
Título original: The Lighthouse
Año: 2019
Dirección: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers, Max Eggers
Música: Mark Korven
Fotografía: Jarin Blaschke (B&W)
Reparto: Willem Dafoe, Robert Pattinson
Producción: EEUU-Canadá
Duración: 110 minutos

domingo, 26 de enero de 2020

EL COLGAJO, de Philippe Lançon

No quería novelar mi experiencia. Tenía que controlar la literaturización. Son dos de los objetivos, que el narrador se marca, y que, como vamos a ver, alcanza a veces, sin que sea necesariamente perjudicial para la historia. 
El pasado 7 de enero se cumplían cinco años del atentado islamista contra el semanario satírico Charlie Hebdo, y en octubre pasado se editó en castellano El colgajo (Le lambeau, en francés), la remembranza de uno de los supervivientes, el periodista y crítico Philippe Lançon. Un texto sorprendente en muchos aspectos que rebosa los moldes  del subgénero "historias de superación y supervivencia". Una peripecia vital desgraciadamente compartida por cada vez más personas, con una propuesta alejada del arquetipo de héroe/antihéroe/víctima que deja en manos de otro la composición y narración de su historia, con vistas a exaltar la emotividad del lector y optar a un contrato cinematográfico. Consecuencia lógica del aumento de la violencia terrorista en Occidente es la transformación de esas experiencias individuales en libros, películas y obras de teatro. Sin ir más lejos, la temporada pasada, los espectadores madrileños tuvieron ocasión de contrastar perspectivas y maneras dramáticas en funciones como La Golondrina, de Guillem Clúa, o Espejo de víctima, de Ignacio Martínez Del Moral. Y estos días, Atentado, de Félix Estaire.
La distancia y el desinterés por todo esto se hace patente ya desde el título. Una elección que anticipa el tono de la obra, absolutamente fundamental y selectivo en sus receptores. La metáfora del colgajo fusiona los dos mundos en los que el autor/narrador se va a mover durante nueve meses de su vida: la cirugía especializada, tan ajena a él como propia es la cultura y el arte en su más amplio espectro. Así, la técnica que le devuelve la posibilidad de un mentón y de un rostro se hermana con los versos de Jean Racine, el gran trágico francés, para construir un relato fascinante en el que el hecho luctuoso solo es el punto de partida. 
Mientras seguimos esperando que la autoficción empiece a dar sus últimos coletazos, Lançon despacha más de cuatrocientas páginas de autobiografía a la antigua usanza. Sin ánimo alguno de hacer literatura con ella, si bien ha de entenderse como huida del artificio, de la banalización, del edulcorante, de la hipérbole, de las selecciones del Reader´s Digest, en definitiva. Su firme propósito en este sentido ha resultado ser un ejemplo de cómo una crónica de sucesos puede transformarse en literatura de primera división rescatando básicos como la forma, el tono y unos personajes sobresalientes. Descartando cualquier ápice de heroísmo de sobremesa y logrando con maestría, buscada o no, el difícil equilibrio entre la crudeza descriptiva y la asepsia narrativa. Con precisión quirúrgica, que diría el tópico, 
El autor/protagonista/narrador no puede encajar mejor en la silueta de intelectual francés que suele rondar la cinematografía vecina y que se deleita en conversaciones de alto standing mientras marida una buena añada de tinto con un surtido de queso. Hay decenas de ejemplos, uno de los más recientes, Dobles vidas (2018), de Olivier Assayas. Tanta coincidencia estereotípica a veces nos hace sonreír y puede alejar en cierta manera la empatía que todo relato de este tipo necesita. Lançon exhibe un bagaje (el galicismo es pertinente) apabullante en todos los ámbitos artísticos. Colaborador ocasional en Charlie, y crítico en Liberátion, representa un tipo de periodismo casi extinguido. Esta es la verdadera novedad y aliciente de la lectura. Muy consciente de ello, dedica numerosas líneas a la reflexión y al análisis casi psicoanalítico acerca de los beneficios que su fondo de armario cultural le proporciona en el trago humano, demasiado humano de haberse degradado solo en un cuerpo herido. Es esta una de las claves del relato. Se dice que la filosofía, entendida como la necesidad del individuo de inquirir acerca de su existencia, surge una vez las necesidades físicas más perentorias están razonablemente cubiertas. El conocimiento nos surte de más preguntas que de respuestas, como todo investigador sabe, y lleva inevitablemente a la infelicidad y a la insatisfacción si nos ponemos en modo romántico obsesivo. ¿Mejor no saber, entonces? En una situación que escapa a nuestro dominio, ¿mejor entregarse al otro que sabe? En uno de los mejores y más sinceros pasajes del relato, el exhausto protagonista se apena de los que están pasando por lo mismo que él pero que no pueden encontrar resuello en Proust, Bach o Kafka, sus tres ángeles de la guarda. Seres que se arrastran por pasillos, salas y parques, anestesiados por la televisión. Él, como buen intelectual francés, disfruta de la compañía de numerosos amigos, amigas y ex parejas que le sacan al teatro, a exposiciones, a pasear por los exteriores del hospital, que no es uno cualquiera, sino Los Inválidos, y a pesar de todo eso, apenas sobrelleva el sufrimiento físico y mental de verse convertido en un ser muñequizado que va de mano en mano, de quirófano en quirófano.  Y a pesar de la fenomenal galería de secundarios, literariamente hablando, del que dispone. Alguien que se acerque a esta historia con ánimo identificativo, se sorprenderá del grado de conexión médico-paciente, ampliamente diseccionado en páginas enteras. Y de la afinidad personal y de formación del paciente con sus cirujanos, enfermeras y aledaños. No hay cabida en su microcosmos para iletrados o lectores del Paris Match. Un punto a favor de la Assistance Publique, a la que el protagonista dedica honestos elogios y breves denuncias de su deterioro, lastrada por los recortes y salvada por su personal, como es norma en Europa desde hace ya demasiado tiempo. 

EL COLGAJO, de Philippe Lançon. Traducción de Juan de Sola. Anagrama (Panorama de Narrativas). 2019. 


martes, 24 de diciembre de 2019

LOS DOS PAPAS (2019). Qué bonito hubiera sido.

Ni El irlandés, ni Historias de un matrimonio. La película idónea para despedir el año Netflix (decir la película del año con semejante catálogo es algo aventurado), es Los dos papas, del brasileño Fernando Meirelles, y algo de eso han intuido los votantes de los Globos de Oro. Los espectadores televidentes de la plataforma se están acostumbrando a que algunos directores prestigiosos que no son Scorsese, ni Cuarón, estrenen lo último más o menos de tapadillo, es decir, sin publicidad en autobuses urbanos. El mismo Noah Baumbach ya debutó en la semiclandestinidad con su anterior trabajo, The Meyerovitz Stories, lo mismo  que los Hermanos Coen con su Balada de Buster Scruggs. Obras francamente interesantes con las que uno se topa mientras rastrea las novedades. El largo de Meirelles, autor de Ciudad de Dios y El jardinero fiel, entre otras, sí parece estar siendo publicitado en uno de sus nichos naturales: Ciudad del Vaticano. De ninguna manera hay que desanimarse por este dato. Estamos ante un proyecto original en tono y forma, mesurado y muy pertinente de abordar en estas fechas. Con las garras afiladas lo justo para no espantar a los seguidores de los protagonistas, pero tampoco una historia desdentada como algunos críticos reprochan. Nada que ver tampoco con El joven Papa, la serie afterpop de Paolo Sorrentino para la empresa rival.  Los octogenarios protagonistas mantienen esas conversaciones jugosas que algunos tanto valoraban en Juego de Tronos (comparación no gratuita, merced al actor compartido), aunque con más enjundia intelectual,claro está. En relación a los otros octogenarios del año, los mafiosos, podría decirse que las citas teológicas de unos rellenan los silencios de los otros.  Meirelles opta por armar una trama tremendamente eficaz y resultona con la complicación justa , a partir de la vieja premisa de la Historia-Ficción. ¿Qué hubiera pasado si....? Fantasear con que dos personalidades de ese calibre, tan unidas por circunstancias presentes y pasadas y tan dispares en su forma de bregar con ellas, hubieran compartido paseos, debates, partidos de fútbol, desayunos con pizza, es demasiado bonito. Además de peligroso y con muchas papeletas de caer en la dramedia de ancianos. Hay momentos,claro,sobre todo enfilando el desenlace, en los que parecemos estar ante una feelgood movie de firmes convicciones, y nos parece lógico que así sea. Love Actually necesita recambio. Sin embargo, no puede obviarse  el rigor de varios extensos framentos, materializado en un empleo modélico de la imagen documental , para recordar de dónde vienen los personajes y en qué devienen las personas. 
Alejada la tentación de unirse a los cansinos biopics que nunca faltarán en carteleras ni en nominaciones, es humano disfrutar del duelo actoral entre Pryce/Bergoglio y Hopkins/Ratzinger. Dominando las dificultades de trabajar en varias lenguas y de sumergirse en figuras bastante alejadas de las creencias propias, según declaraciones de los propios intérpretes. A este respecto, el asombroso acento argentino de Jonathan Pryce, ya experimentado en líderes religiosos, es como tener la capilla Sixtina para confesarse tranquilamente, demasiado bonito para ser verdad. Lo demás, encaja. La manera de contraponer antecedentes y pareceres quizá es algo obvia por momentos, pero fructífera y reveladora. Constatar  su colaboracionismo con regímenes genocidas, su mutismo cuando tenían voz que alzar. En las escenas retrospectivas, con el argentino Juan Minujín brillando como el Jorge joven, cristaliza la subjetiva, que no hagiográfica, aproximación a la trayectoria del actual pontífice, que es el narrador indirecto de la historia. El agotado Benedicto no goza de recuerdos, y se arrastra por las estancias oprimido por una suerte de cuentapasos que le obliga a seguir moviéndose. Curiosa paradoja en institución tan inmovilista. Llegando al final del camino uno, y al culmen profesional otro; uno estudiando y el otro viviendo, concluyen en lo mismo: El inglés es una lengua diabólica. 

Los dos Papas (2019). En Netflix y cines seleccionados.
Dirección: Fernando Meirelles
Guion: Anthony McCarthen
Música: Bryce Dessner
Fotografía: César Charlone
Reparto: Jonathan Pryce, Anthony Hodkins, Juan Minujín, Cristina Banegas, Sidney Cole, Luis Gnecco,Federico Torre, María Ucedo, Thomas D. Williams, Pablo Trimarchi. 
Producción: Netflix. Reino Unido, Italia, Argentina, Estados Unidos.


domingo, 24 de noviembre de 2019

CINE: VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN

La etiqueta "de culto" en las artes suele ser sinónimo de que cierta obra ha sido vista/leída/disfrutada por un selecto número de privilegiados, que han sabido descifrar sus códigos, fuera del alcance de los que buscan en el cine o en los libros una mera forma de entretenimiento. Esto está muy bien para el creador, que tampoco le hubiera hecho ascos a una recepción más amplia. A veces, pocas, la obra "de culto" se regenera años después porque encaja con alguna moda inexplicable, y los artistas, si no han muerto ya, obtienen al fin su hueco en las apretadas agendas de medios y consumidores de cultura. 
En el año 2000, el escritor y profesor universitario Antonio Orejudo publica en Tusquets Ventajas de viajar en tren, una novela corta y extraña, un homenaje al marco narrativo y a la estructura de cajas chinas de las colecciones de cuentos orientales. Su particular sentido del humor ya asomaba en su primera obra, Fabulosas narraciones por historias, de 1996. Ambas fueron premiadas rápidamente con la etiqueta de marras, y aún pueden encontrarse ejemplares de bolsillo en los estantes de las grandes cadenas libreras. 
Casi veinte años después, ha tenido que llegar un admirador confeso para llevar a la pantalla la epopeya costumbrista de la editora Helga Pato y su realidad ficción realidad. Aritz Moreno, guionista y productor, recoge el guante en su primer largometraje, con una apuesta muy clara por la construcción visual. La presencia del color, los golpes de cámara, las escenas cortas superpuestas, son el cauce adecuado para el torrente narrativo  que se marcó Orejudo, a quien las críticas de la película apenas mencionan, por cierto. Los primeros planos de rostros desencajados, inquisidores, enloquecidos, expresan certeramente la incapacidad del espectador por encontrar a todo aquello un hilo conductor a lo convencional. Y claro, si uno no sabe de qué va el asunto, comienzan las incomodidades. Saber que uno debería reírse pero no saber ni cuándo ni por qué. Los que van avisados no esperarán la carcajada. En el absurdo contemporáneo, lo que se lleva es la media incrédula sonrisa. Sin ser heredera fiel, sí es inevitable recordar hitos como Amanece que no es poco, El milagro de P. Tinto, Justino, un asesino de la tercera edad, Gente en sitios, o la rara entre las raras Algo muy gordo. También al Hotel Budapest de Wes Anderson. 
La ventaja de viajar en tren es, principalmente, la de conocer gente. Aprovechar el trayecto para entablar conversaciones inesperadas con desconocidos que sorprenden, es incluso el leiv motiv de la publicidad de Renfe. Clásicos dispares como Extraños en un tren o Antes del amanecer animan a subirse al ferrocarril para que individuos enigmáticos nos hagan propuestas irresistibles que nos cambien la vida. 
Obviando la existencia del teléfono móvil, en el vagón donde Helga Pato conoce al psiquiatra Ángel Sanagustín, todos los pasajeros están mirando por la ventana. Normal en los paisajes del norte. Pilar Castro da vida a la confusa Helga, que regresa a la capital tras dejar internado en un sanatorio a su pareja por cierta fijación coprofílica. El doctor Sanagustín la interpela. La conoce de vista y la invita a  sumergirse en los casos clínicos que almacena en su carpeta. Es la primera muestra de narrador poco confiable. Porque es esa la verdadera razón de ser de la historia. Un homenaje al arte de contar, y una burla a ese tipo de lector entregado al narrador omnisciente, del que también se rió Julio Cortázar en su cuento Continuidad de los parques. Ernesto Alterio aborda su personaje con miradas de loco y verbo de sabio que hacen de Helga y el espectador seres en duda constante. Cuando el doctor se baja en una parada para comprar, algo que ya sabemos que no hay que hacer nunca, y Helga prosigue su marcha con la carpeta en la mano, da comienzo una ristra de pequeñas cápsulas narrativas unidas entre sí por un paciente, militar por imperativo familiar y basurero por obligación, materalizado por un Luis Tosar con pelo que cuadra exactamente con el tono ascendente en surrealismo de la historia y con un clímax explosivo muy cerca de la Plaza de Las Ventas. 
Se rodean  los viajantes de uno de los repartos más estelares que se recuerdan en papeles secundarios pero jugosos(Belén Cuesta, Ramón Barea, Javier Godino, Quim Gutiérrez, Alberto San Juan, Macarena García, Javier Botet, Ana Wagener) y la ruta toma carrerilla peligrosa hacia la falta de sentido. Un WTF continuo. Pero no. Al fin y al cabo, la narrativa tradicional va de dar muchas vueltas pero no dejar cabos sueltos. Y tiene gracia que lo que eran paranoias conspiranoicas en el 2000, sean certezas clandestinas en 2019. 

VENTAJAS DE VIAJAR EN TREN (2019) 102 minutos. España.
Dirección: Aritz Moreno
Guion: Javier Gullón sobre la novela de Antonio Orejudo
Fotografía: Javier Agirre
Música: Cristóbal Tapia