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sábado, 27 de enero de 2024

CINE: SLOW. LA ÚNICA REVOLUCIÓN SEXUAL POSIBLE

 


Premio a la Mejor Dirección de Drama en el Festival de Sundance 2023.

Slow food, slow life, fueron efímeras tendencias en las revistas de moda y bienestar hace ya algún tiempo. Un brindis al sol que apenas supuso un rasguño en el engranaje endiablado de nuestra contemporaneidad occidental. Esta aparentemente sencilla película lituana, en coproducción con Suecia y España (Xunta de Galicia) dispara audacia y valentía hacia dos de los frentes principales de la guerra cultural del siglo XXI: nuestras  hiperestimuladas y  supersónicas agendas vitales, y las siglas sin número que etiquetan por decreto las relaciones humanas. Y todo ello despojando a la palabra de su papel preponderante en la expresión de la identidad y de los sentimientos. Elena, profesora de danza y Dovydas, intérprete de lenguaje de signos, se conocen en una de las clases de ella. Comienzan a hablar. Conectan. Salen. Se enamoran. Él se sincera: es  asexual. Ella duda, no cree que tal cosa exista. Él le explica, con un discurso que intuimos ensayado y puesto en práctica alguna vez. ¿Qué hará ella? Asistimos a partir de aquí al desarrollo de una historia por cauces no marcados que va atravesándose de capas a medida que pasan los meses y la euforia inicial del no pasa nada va chocando con las necesidades y las imposiciones, las explicaciones.
La asexualidad es  el último tabú del muy expuesto universo de las identidades de género. Invisible en los manifiestos y en las siglas, negada su existencia por los muy respetables colectivos que marcan la inclinación sexual como rasgo más capital en la identidad humana, mucho más que la cantidad de libros leídos al año, por poner un ejemplo igual de loco, pero también por miembros de la comunidad médica. Tan invisible que ni siquiera las religiones han tenido a bien el ataque o el castigo. No se concibe que gente como el bueno de Dovydas pulule por el mundo y además se comporte, se vista, interaccione como una persona normal. Esta propuesta tan inusual merece un estudio de personajes tan minucioso y firme como el que nos ofrece la joven cineasta Marija Kavtaradze. No hay antipatía alguna ni extrañeza en su mirada. Enseguida somos incorporados al mundo de Elena Y Dovydas, que se nos desvelan como componentes algo discordantes de su mundo. Ella, empeñada desde niña en bailar a pesar de su cuerpo no normativo y de su madre, a la que ve de tanto en tanto y que se perdió su niñez por un trabajo en Luxemburgo. Él, que decide aprender la lengua de signos para comunicarse con su hermano después de que sus padres se negaran en pos de una educación que llamaríamos ahora inclusiva. Muy soviéticos progenitores todos.
Este tipo de propuestas intimistas triunfa o naufraga según los intérpretes. Aquí, los muy creíbles Greta Grineviciute y Kestutis Cicenas imprimen complementariedad y divergencia a partes iguales. Ella, coreógrafa y bailarina, en actitud segura de sí misma con los demás pero frágil e incrédula en su relación. Él, reservado pero no hermético, y dueño de un sutil sentido del humor.

Ambos construyen su relación con los mismos mimbres que cualquiera. Pequeños eventos cotidianos que la cámara muestra al ritmo pausado al que alude el título. Momentos de risas, de charlas, de exploración de lo desconocido.Es llamativo el uso del primer plano de los rostros y de los cuerpos. La alternancia de escenas en las que ella se expresa y se desahoga bailando y él interpreta los decires de otros. Distancias cortas que transparentan la inquietud, la incertidumbre,la felicidad, el deseo. El deseo. Elena lo verbaliza y Dovydas hace pedagogía con una enorme paciencia y dulzura. Una montaña muy escarpada  la que tienen por delante.



domingo, 31 de diciembre de 2023

EL CINE DE 2023 EN VARIOPINTAS LISTAS DE FINAL DE AÑO


 Como hace ya mucho que no se dice: no son todas las que están ni están todas las que son. Aquí va la selecta cosecha de El Niño Cabra bien clasificada en epígrafes más o menos clásicos para la degustación general. En este curso ha sido el de la duración de los metrajes superior en dígitos a la duración de algunos títulos en salas. No importa, pensamos, ya los pescarán las plataformas. Con la intención de ir resquebrajando la fe de los muy creyentes, el caso recentísimo e inaudito de La espera, de Francisco Javier Gutiérrez. Elogiada con fervor tras su paso por festivales,  con un premiado y excelso, dicen, Víctor Clavijo, cuyo recorrido comercial en Madrid se redujo a una sola sala y a una sola semana. Algunos afortunados de provincias pueden visionarla aún en escualidez horaria más típica de función teatral, y no hay rescate internáutico a la vista. Así que cuidado con el 2024. Si pestañeas, te las pierdes. 

Por estricto orden de estreno.

LAS MEJORES

Holy Spider, de Ali Abassi. Irán. Incomodidad, perturbación, religión y justicia.

El triángulo de la tristeza, de Ruben Östlund. Suecia. Los ricos europeos concursan en Supervivientes.

The Quiet Girl, de Colm Bairéad. Irlanda. La infancia como antítesis del paraíso.

El castigo, de Matías Bize. Chile. Reseñada aqui. https://elninocabra.blogspot.com/2023/04/el-castigo.html.  Noventa minutos de asfixia y estocadas dialécticas.

Las ocho montañas, de Feliz Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch. Italia. La amistad masculina existe,

Upon Entry, de Alejandro Rojas y Juan Sebastian Vasquez. España. https://elninocabra.blogspot.com/2023/07/upon-entry-la-llegada.html. Horror contemporáneo de primer mundo.

La vida no tan simple, de Félix Viscarret. España. Y la vida era esto. 

Monstruo, de Hirokazu Koreeda. Reseñada aquí. https://elninocabra.blogspot.com/2023/10/cine-monstruo.html. Los seres de luz no existen.

LAS SORPRESAS

Libres (duc in altum), de Santos Blanco. España.  https://elninocabra.blogspot.com/2023/05/libres-duc-in-altum.html

Los tres mosqueteros: Dartagnan, de Martin Bourboulon. Francia.

Barbie, de Greta Gerwig.EEUU. 

El sol del futuro, de Nanni Moretti. Italia.

Saben aquell, de David Trueba.

Teresa, de Paula Ortiz. España.

LAS IGNOTAS

La paradoja de Antares, de Luis Tinoco. España. 

El fantástico caso del Golem, de Burnin´Percebes.

La desconocida, de Pablo Maqueda. España.

Los colonos, de Felipe Gálvez. Chile.  https://elninocabra.blogspot.com/2023/11/los-colonos-2023-el-oeste-en-el-sur.html

Quest,  de Antonina Obrador. España.

Samsara, de Lois Patiño. España.

LAS QUE COMPENSAN SUS MÁS DE DOS HORAS Y MEDIA 

Babylon, de Damien Chazelle. EEUU

Decision to Leave, de Heojil Kyolshim. Corea del Sur.

Misión imposible: sentencia mortal parte 1, de Christopher McQuarrie. EEUU.

La sociedad de la nieve, de Juan Antonio Bayona. España.

 

LAS DECEPCIONES

La ballena, de Darren Aronovsky. EEUU.

Almas en pena de Inisherin, de Martin McDonagh. Irlanda.

The Lost King, de Stephen Frears. GB.

Asteroid City, de Wes Anderson. EEUU. 

Passages, de Ira Sachs. Francia.




miércoles, 6 de diciembre de 2023

DE BESTIAS Y AVES

 


En este 2023 casi finito, la misma novela ha sido galardonada en abril con el Nacional de la Crítica, y en octubre con el Nacional de Narrativa. Una autora escondida para el gran público, que ya estaba allí antes del advenimiento de otras muchas que descuellan con óperas primas más o menos brillantes pero siempre oportunas. Con De bestias y aves, su segunda narración larga, Pilar Adón ha escrito el Antiplaneta con mimbres similares, como el punto de vista femenino que narra su propia peripecia, pero sin folletín ni fanfarria. Coro, una pintora de cierto renombre, atraviesa una crisis existencial que la lleva a coger el coche y emprender un trayecto nocturno sin teléfono móvil, y sin apenas gasolina en el depósito. Su vida hasta ese momento acaba cuando es acogida a la fuerza por las mujeres que habitan la casa junto a la que ha quedado varada. A partir de aquí, el lector comparte con la protagonista la lógica secuencia de sentimientos y pensamientos, desde el agradecimiento inicial, con reservas,  la curiosidad estupefacta por  el funcionamiento de ese hermético microcosmos,  la resistencia íntima a formar parte de él y culminando con la certeza progresiva e inapelable de que no la dejarán marchar.

El tono lo es todo. Con la información justa, la autora nos ofrece un retrato poliédrico de la cotidianidad de un grupo de mujeres voluntariamente encapsuladas en un entorno exuberante para los sentidos. Paraíso y prisión al mismo tiempo. Un festín de escritura sensorial que el lector absorbe casi sin esfuerzo. El paraje natural es un tapiz  en el que no sobra ningún adjetivo. Una oda léxica que recuerda a ciertos pasajes de la estupenda Hamnet, de Maggie O´Farrell. La descripción como arte. Pero claro, la fragilidad o fortaleza de las sociedades utópicas siempre se decide ante la intromisión de lo ajeno. Esta en concreto, a la que llaman Betania, comparte oscuridad y pulsión femenina con las sucesivas viviendas en las que las Stella Maris de La Mesías nacen, crecen y se desarrollan como hijas predilectas del internet cómico-fundamentalista.  Las mujeres de Betania adoptan una sola identidad cercana a la clausura monjil, en la que cada una de ellas se reserva algunos rasgos de carácter y, por supuesto, un papel distintivo en el reparto de tareas. También gozan de la presencia de una guía, Missa Tita, a la que Coro recuerda bruscamente su corporeidad al caérsele encima en una escena casi cómica que conjura la solemnidad del encuentro. 

Todas esas mujeres se ufanan de su libertad pero se imponen elementos coercitivos como los vestidos, inadecuados para caminar entre matorrales, y la verja de la casa, icono esencial en la futurible multipremiada serie. Coro no dejará de ser nunca una suerte de apéndice a punto de infectarse, oscilante entre la indignación por ser retenida e ignoradas sus preguntas y la resignación, materializada en el vestido con el que se araña las piernas en sus sucesivas exploraciones. Sin ánimo de caer en el tópico, pueden defenderse también resonancias lorquianas en la construcción simbólica del medio. El hombre como elemento perturbador, encarnado en la figura, ambigua como todas esas mujeres, de Tobías Mos. Un casi viejo que reclama la propiedad de la casa y que aguarda su turno sobreviviendo cerca del lago. Un hombre adulto cuya vida a la intemperie se convierte en entretenimiento y conocimiento de la más joven, una niña sin vínculos familiares con ninguna de las mujeres. Un lago que guarda secretos y cuyas aguas recuerdan a Coro el episodio trágico no resuelto que la ha terminado llevando hasta allí. 

La placidez onírica de la vida en Betania se va diluyendo desde la llegada de Coro, aparentemente sincronizada con la reaparición de Mos. Quizá una prueba divina, quizá un castigo por la soberbia de esas mujeres que presumen de superioridad moral frente a los urbanitas. La religión entendida como trayecto está muy presente en la historia. Algo audaz en estos tiempos. Coro también debe superar un par de ritos iniciaticos para lograr la purificación de su alma herida. El viaje inicial en coche es un fracaso y a la vez una segunda oportunidad. La inmersión en la poza, evidente reflejo del bautismo, supone el clímax en la lucha de Coro por eludir el sentimiento de pertenencia hacia una vida nueva. 

No es fácil mantener la tensión narrativa en un relato de vocación intimista pero profundamente arraigado en su marco externo, y  del cual dudamos continuamente. Un terreno fértil para la psique, los sueños y las leyendas. 

Pilar Adón.  De bestias y aves. Galaxia Gutenberg, 2022. 208 páginas. 

domingo, 5 de noviembre de 2023

LOS COLONOS (2023). EL OESTE EN EL SUR.

"Cuando los militares se aburren, uno puede esperar cualquier cosa", afirma resignado uno de los personajes de Los colonos. Sobrecoge la certeza en estos tiempos en los que nos seguimos desangrando. Opacada por el huracán Scorsese, o en venturosa coincidencia, según se mire, aún puede verse en cines la ópera prima del guionista chileno Felipe Gálvez. Un estupendo western con aspiraciones contemporáneas y sin miedo a la ambición que puede dar la sorpresa en la temporada de premios. Buena oportunidad para comparar perspectivas y resultados.

 La voracidad territorial del hombre blanco en aras del evangelio de Dios o del dinero ha tenido  una fértil trayectoria cinematográfica, principalmente en lo  que respecta a América del Norte. El progresivo cambio de foco hacia la revisión de mitos y la entonación del mea culpa va cristalizando a partir de hitos como Unforgiven (1992) o Dancing with Wolves (1991),a la vez que el género ha resucitado tanto en pantallas grandes y pequeñas - los trabajos de Taylor Sheridan-  como en la literatura - Jon Bilbao en la narrativa patria. Ya no es posible volver atrás, y, parece ser que salvo la muy primermundista Australia, hay un consenso general acerca del resarcimiento infinito que deben recibir las Primeras Naciones. En este contexto, como ya es sabido, se embarca el octogenario Martin Scorsese en una obra magna acerca de uno de los episodios tenebrosos del cómo se hizo Estados Unidos de América.  Más de tres horas y media que flaquean a medida que avanza el metraje y la trama discurre por cauces previsibles, oda al sistema judicial incluida. 

En la otra parte, el chileno Gálvez saca petróleo del presupuesto y condensa un periodo similar en cronología e ignominia de la historia de su país en apenas hora y media. El indio de América Latina y su exterminio ha tenido poca presencia en el cine. La metrópoli y las sucesivas repúblicas estaban a otras cosas, pero todo llega. La colonización de uno de los confines de la Tierra se presenta como una necesidad para la naciente economía de la república,  basada en el latifundismo ganadero que pretende vallarlo todo, expulsando a seres humanos para poner ovejas. Mientras Scorsese ocupa las primeras secuencias en presentar al pueblo Osage en el origen y esplendor de su inaudita riqueza, la escena inicial de Los colonos quita la respiración. Un trabajador pierde un brazo haciendo una labor que se nos hurta, y mientras musita que está bien, que es solo un brazo, su superior a caballo le ejecuta mientras recuerda al resto que un trabajador lisiado no es nadie. 

La desolación de las planicies inmensas de Tierra de Fuego coloniza las almas del trío protagonista. Un escocés que se presenta como teniente del ejército británico, un tejano ufano de su experiencia en matar indios, y un mestizo, Segundo, que presta su mirada ausente al inicio, e involucrada después, obligado a participar del espectáculo de sangre. Víctima de todas sus circunstancias, Segundo es reclutado para la peculiar expedición por su puntería con el rifle, y es sistemáticamente ignorado por sus testosterónicos compañeros hasta el momento terrible de la primera masacre de los Ona. En


Killers Of The Flower Moon
, la mirada india corresponde a Molly, magnéticamente interpretada por Lily Gladstone. Molly ve desvanecerse su suerte a base de ver morir a su familia, sin perder nunca su decir cadencioso. Segundo, en cambio, nunca tuvo suerte. Ambos tienen la oportunidad final de dar voz a lo innombrable, gracias, en todo caso, a otros hombres blancos buenos. De un lado, Vicuña, (Marcelo Alonso). enviado del presidente de la República para poner orden en el descarnado sur. Del otro,el honesto agente de la ley White (Jesse Plemons), que no para hasta desenredar la madeja de subcontratas del crimen que asola la villa Osage. Más semejanzas, en los terratenientes de ambas historias, sociópatas sedientos de más dinero. José Menéndez, figura histórica que orquesta las matanzas indígenas con aportaciones  tan viles como pagar recompensas por oreja de indio y útero de india; y William Hale (recuperado Robert de Niro), que añade un plus de hipocresía premium al alcance de muy pocos. 

El recurso a documentos gráficos reales en ambas películas es también digno de mención. En la norteamericana al inicio, y al final en la chilena. Se sentía necesario subrayar que aquello sucedió en el mismo continente, en menos de medio siglo, a miles de kilómetros de distancia, por la codicia y el sentirse el pueblo elegido.  Sigue sucediendo.


 

domingo, 1 de octubre de 2023

CINE DE INICIO DE CURSO. MONSTRUO. Kore-eda y el acoso escolar.

 


 

 

Hay monstruos en todas partes, pero en unas más que en otras. El japonés Koreeda, uno de los grandes del cine contemporáneo, frecuentador de festivales y carteleras, acude a su cita con las salas españolas en este inicio de curso con una historia de lacerante pertinencia. Igual que el azaroso azar unió hace unas semanas a la  obra teatral Prima Facie con el caso Rubiales, este sentido alegato contra el desamparo infantil y las situaciones que conlleva, coincide en el tiempo con el suceso de Jerez de la Frontera. Quizá esta circunstancia aumente su visibilidad, aunque no llegue a conseguir agotar localidades y una reposición navideña como el monólogo de la inconmensurable Vicky Luengo. 

Es este su primer trabajo con un guion ajeno, aunque no se nota. El texto firmado por Yuji Sakamoto vuelve a los temas transversales de la filmografía del director, y se esfuerza en crear vínculos emocionales entre espectador y personajes esquivando con solvencia la amenaza de sentimentalismo. Sin la agudeza de anteriores ocasiones, hay que decir.

La historia dolorosamente universal de un niño de primaria que empieza a comportarse de manera extraña es contada en tres actos y tres puntos de vista. El de su madre, el del profesor implicado, y una conclusión salomónica por parte del ojo de la cámara. La madre, viuda aunque tratada de soltera, es víctima también de los prejuicios que aún sustentan una sociedad tan bipolar como la japonesa. Primeramente parece reaccionar con cierta lentitud a los signos de sospecha. Su actitud conciliadora después de que su hijo  se tire del coche en marcha recuerda a esas progenitoras de hikikomoris que prefieren hacerse una cocina nueva porque su hijo se ha encerrado en ella en lugar de tirar la puerta abajo al modo mediterráneo. Cuando toma conciencia de la situación y exige explicaciones, se topa con la reacción digamos tibia del centro educativo, que la trata con conmiseración y la acusa nada veladamente de exagerada. El veredicto de este primer acto es claro, y gustaría a los jueces sumarísimos que pueblan las redes estos días. 

Es el punto de vista del profesor el que va aportando nuevos datos, y destapa la decisión creativa que lastra la propuesta. El suspense por saber quién tiene la culpa se construye a base de seleccionar y temporalizar los datos necesarios para que el espectador decida, de tal modo que su resolución coincida con la que nos da el punto de vista objetivo en el tercer acto. En ocasiones el hilo no es muy fino. 

En cualquier caso, la visión poliédrica de un asunto, el del acoso, que jamás es lineal ni sencillo de desmadejar, es expuesta con pulso y con profusión de detalles acerca del destrozo que actitudes y comentarios hechos con o sin pensar hacen a multitud de vidas. Los niños protagonistas estremecen con su manera de afrontar comportamientos inexplicables de sus semejantes y de los adultos, culpables sin miramientos. El aprovechamiento depredador de los medios de comunicación de hoy,los secretos que ocultan los que debieran protegerlos. Casi todos los personajes utilizan la palabra "monstruo" para su particular contexto, dejando claro cuál la hipótesis ganadora.

Entre la desolación asoma la visión esperanzada tan propia del director. La inocencia de las criaturas, y la idea de la naturaleza como refugio. La luz del bosque frente a la oscuridad de la escuela y de las casas. La tempestad de la que el que sobrevive sale más fuerte. Al final, el mensaje nítidamente contemporáneo de aceptar y aceptarse sobrepasa la ruta inicial de melodrama más misterio. 

MONSTRUO

Título original: Kaibutsu

País: Japón

Duración: 126.

Dirección: Hirokazu Koreeda

Guion: Yuji Sakamoto

Reparto: Soya Kurukawa, Hiiragii Hinata, Sakura Ando, Eita Nagayama, Mitsuki Takahata, Yuko Tanaka. 

Música: Ryuichi Sakamoto

Fotografía: Ryûto Kòndo.


Ganadora del premio al mejor guion en el festival de Cannes 2023.

domingo, 3 de septiembre de 2023

ÚLTIMO CINE DE VERANO: LAS CHICAS ESTÁN BIEN


 El debut de Itsaso Arana en la dirección no defraudará en absoluto a los conocedores de su trayectoria como actriz bajo la batuta de Jonás Trueba y de creadora teatral en la compañía La tristura. De sus quehaceres artísticos bebe este primer largo, producido de hecho por Los ilusos,  y ahí están los agradecimientos en los títulos de crédito. 

Con estos mimbres y con amigas de la casa como Irene Escolar y Bárbara Lennie, Arana confecciona un luminoso retrato de la convivencia lúdico-laboral de cuatro actrices (las mencionadas más Itziar Manero y Helena Ezquerro) más la directora del montaje que preparan (la propia Itsaso Arana) en una casa de campo. En ese entorno bucólico y bellamente fotografiado fluye una historia sencilla en su narración aunque con aristas puntuales, amortiguadas por las sedas de los vestidos de época,  que navega a través del doble plano de la obra que se ensaya y de los momentos de ocio y descanso en los que directora y actrices conversan apaciblemente acerca de sus inquietudes y proyectos. El que personajes y elenco compartan nombre y ciertos eventos vitales (el embarazo de Bárbara Lennie el más evidente), es un jugueteo con la autoficción que no molesta demasiado. 

Es más sustanciosa la interacción constante entre la amistad y el trabajo. El contexto ideal para los entornos artísticos, sin duda. La cámara de Arana se recrea en secuencias dialógicas en dormitorios al amanecer, salas de estar al anochecer, tardes en la ribera del río, todas ellas construidas con primeros planos que resaltan la expresividad de las actrices. Los diálogos son lo mejor de la función, sin duda. La escritura es indudablemente teatral, con réplicas largas en las que el pensamiento discurre sin cortapisas de espacio ni tiempo, tamizado de una ironía elegante por sutil. Las chicas contagian a sus roles el entusiasmo por un presente y un futuro palpitantes, sin caer en la languidez que se esperaría de muchachas reclinadas pasivamente en sofás y camas. El texto de la obra ficticia está especialmente conseguido en su función de justificación del encuentro y como enganche con las conversaciones cotidianas. Las chicas ensayan vestidas como sus personajes, hermanas acomodadas del siglo XIX que ven la vida pasar mientras mantienen correspondencia con su hermano ausente. Este les va proporcionando una educación a distancia para la vida acorde al decoro exigido para su clase y su sexo, en un tono suave y afectuoso que se mantiene en el resto de intercambios comunicativos entre las chicas y otros personajes esporádicos como la dueña de la casa y una niña que pulula por ahí a la que reclutan para los ensayos y que claramente se verá presa del veneno del teatro. 

En este entrar y salir del papel, los segmentos confesionales son claves para afinar en la dimensión humana de cada una de ellas. En ellos sobresalen Itziar y Helena. Ambas comparten pérdida familiar temprana y un sentido del equilibrio emocional notable. Irene nos entretiene con diatribas amorosas y Bárbara se prepara para la maternidad en ese ambiente de tribu tan beneficioso dicen para la crianza. Mención aparte merece el único personaje masculino hecho materia. Un ligue adorable que se incorpora a las rutinas y a los rituales de las chicas de una manera que solo puede ser contemporánea.

domingo, 6 de agosto de 2023

SERIES: LA NOCHE QUE LOGAN DESPERTÓ


 Xavier Dolan lo deja. El más prominente ejemplo de joven hombre orquesta en la cinematografía contemporánea, afirma estar harto de la escasa repercusión de sus obras. Un ejercicio de reflexión muy poco común dentro del colectivo del arte y ensayo, que podría ser contrarrestado por una buena conversación con nuestro Albert Serra. Desde aquí emplazamos a Xavier a ese encuentro. Seguro que encuentra una motivación renovada, no solo para rodar la producción "en estado embrionario" según sus palabras, que tiene acordada con HBO. 

Esta mala noticia es un punto para Filmin, una de las dos o tres plataformas que, lamenta el creador, han comprado la serie. Hay que decir, obra casi postrera que puede ser un enganche interesante para abordar sus restantes trabajos aun en sentido inverso. Porque aquí se muestran bien lustrosos todos los intereses y todas las obsesiones que han acompañado a Dolan desde su debut casi adolescente con He matado a mi madre (2009).  Su querencia por el melodrama familiar envuelto en esa estética feísta y decadente que quizá ahuyente más a un público potencial que el endiablado francés quebecois en el que rueda habitualmente, aunque opine lo contrario. 

En esta ocasión, Dolan vuelve a versionar una obra teatral de Michel Marc Bouchard, como ya hizo en Tom en la granja (2013). La pieza, estrenada en 2019, es la materia prima perfecta para que el de nuevo productor/director/guionista/montador/actor elabore un menú de alta cocina, con múltiples preparaciones y adaptado con precisión a las posibilidades que da el formato miniserie. Cinco episodios de apenas una hora de duraciòn, cada uno encabezado por el nombre de uno de los personajes principales. El esfuerzo por otorgar al espectador un punto de partida asequible cristaliza desde las primeras escenas. Madeleine,"Mado", la matriarca de la familia Larouche, agoniza en su cama y todo se prepara para el inminente final. Hay una caja de latón con recuerdos y una última llamada. A su alrededor van reunièndose sus hijos. Julien, el mayor, preso en un matrimonio anodino con Chantal, su novia de toda la vida, Denis, que parece funcionar de pegamento familiar a la par que mantiene su vida y su casa en una mugre absoluta, y Elliot, el pequeño, que sale de un centro de rehabilitación para despedirse de su madre. Este es el personaje que Dolan se reserva, y sus razones tiene. Todos ellos acarrean dificultosamente cicatrices del pasado de una herida compartida, recibida con perplejidad y asumida con resignación. Es en el segundo capítulo cuando aparece el personaje catalizador de la tragedia. Mireille, la hermana mediana, que ha estado veinte años haciendo su vida en Montrèal. A partir de ese momento, la información se va dosificando sabiamente y el espectador no familiarizado con los códigos del joven cineasta se va dando cuenta de que un dramón de sobremesa no es. Hay un secreto terrible que ha destrozado una familia, sí, pero la narrativa y el envoltorio es tan poco ortodoxo como cabía esperar. La sórdida historia se desvela pizca a pizca, tamizada de imágenes alucinatorias y recuerdos borrosos que se enredan entre sí hasta casi perder el equilibrio entre el suceso acaecido, lo soñado y lo que cada uno desearía que hubiese pasado. No solo Elliot o Julien, más proclives al onirismo por sus adicciones mal resueltas. Esta ceremonia de la confusión va a más a cuenta de la fenomenal banda sonora a cargo de nada menos que Hans Zimmer y David Fleming, amén de composiciones de Rufus Wainright y un momento cumbre de karaoke Céline Dion. Imposible ser más de la tierra. La factura estilística tan del gusto del autor, rebosa oscuridad y propuestas visuales incómodas que retratan a unos seres que, treinta años después de que sus vidas se fueran a la basura, tienen la oportunidad de aventurar una redención.