cabra

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domingo, 11 de junio de 2017

Déjame salir (Get Out)

CINE: DÉJAME SALIR (GET OUT)
En estos tiempos en los que todo es líquido, llega un cómico estadounidense todoterreno de los que allí brotan, y se marca un cóctel ambicioso y milimétrico que desborda las fronteras entre géneros y los hermana para que los millenials se entrenen en reír, llorar, estremecerse y volver a reír con cosas de aquellas sin maldita la gracia en la vida real. Vamos, lo que nos enseñó Lazarillo de Tormes cuando leer a los clásicos no era desmotivante.
Promocionada como película de terror más humor, asistimos en realidad a una sátira más o menos mordaz de múltiples aristas, que recrea unas situaciones que de tangibles, parecen estar filmada en tres dimensiones. Un retrato que se pretende certero de las miserias de nuestra sociedad post (post Obama, post racismo, post new age, post Adivina quién viene esta noche), que se ha limitado a esconder la porquería bajo la mullida capa de la mesura y de una equidistancia imposible. Tenemos a una encantadora joven pareja interracial, Chris y Rose, tan contemporánea como similar en expectativas y nivel socioeconómico, interpretada con química y retranca por Daniel Kaluuya y Allison Williams, recuperando esta rasgos de su personaje en Girls. Como a todo novio formal, a él le llega su momento Ben Stiller, y se dispone a pasar un fin de semana convenciendo a sus suegros de su idoneidad como yerno. Ella no les ha advertido de que es negro, pero ya no hace falta. Estamos en 2017, y sus padres, como se menciona en varias ocasiones, hubieran votado a Obama una tercera vez de haber podido, a la vez que se disculpan por la incongruencia de disponer de una sirvienta y un jardinero de dicha raza.
Lo que ocurre durante ese largo, largo fin de semana oscila entre la paranoia, el costumbrismo, lo paranormal y el terror psicológico desasosegante. La paciencia y la resignación del infortunado Chris ante la condescendencia de los blancos anglosajones protestantes que le dan palmaditas en la espalda y se congratulan por la igualdad de oportunidades es encomiable y a veces tronchante. Sucintos pero precisos detalles nos mantienen alerta de la inminente implosión de acontecimientos. Nunca más responderemos con indiferencia ante el tintineo de una cucharilla de café.
La luz propia de las mañanas radiantes de agosto en las urbanizaciones de clase alta contribuye más a la desazón. Hace tiempo ya que lo peor no sucede por las noches, y sabemos que los zombies atacan igual antes o después del almuerzo.
Especial mención se merecen los secundarios. La siniestra por hipersonriente Georgina recuerda en su expresividad no verbal a las mujeres autómatas de El cuento de la criada, por ejemplo. El no menos siniestro pero más serio Walter el jardinero no le va a la zaga, y sus ejercicios nocturnos tenían que haber mosqueado a Chris desde mucho antes. Y el mejor amigo del protagonista, un rol clásico en las historias de misterio, de lo mejor de la función, se permite desde su posición laboral unos cuantos chistes de lo más incorrecto acerca del tema tabú por excelencia de estos últimos años. Parecería que los yanquis no son mojigatos, anymore. 
La película exige al espectador en ciertos momentos una “suspensión de la incredulidad”, si bien esta menudencia no le restará adeptos. Más allá de sus defectos formales, muchos dirán que es una obra necesaria para el contexto socio-político-cultural de nuestros días, y eso, en nuestros días, es lo que legitima el arte. Brilla la revitalización de los viejos códigos de la crítica política enmascarada en el género del miedo, y se agradece el esfuerzo por colar reflexiones de calado entre el humorismo y el susto. Como las buenas, o malasmadres distraen trocitos de verdura entre croqueta y filete de pollo. 

Título original :Get Out
Año :2017
Duración :103 min.
País :Estados Unidos
Director :Jordan Peele
Guion :Jordan Peele
Música :Michael Abels
Fotografía :Toby Oliver
Reparto : Daniel Kaluuya, Allison Williams, Catherine Keener, Bradley Whitford, Betty Gabriel, Caleb Landry Jones, Lyle Brocato, Ashley LeConte Campbell, Marcus Henderson, LilRel Howery, Gary Wayne Loper, Jeronimo Spinx, Rutherford Cravens
Productora : Blumhouse Productions / QC Entertainment
Género :Intriga. Terror. Thriller | Thriller psicológico. Racismo. Familia

lunes, 20 de marzo de 2017

La hora de clase

Hemos crecido con ellos. Profesores carismáticos que se ganan a un auditorio renuente a base de personalidad, atractivo y conocimientos enciclopédicos de lo suyo. Que establecen una conexión casi mental con sus alumnos, o con algunos de ellos. Quién no se ha cruzado con alguno cuando calentaba pupitre, en el colegio, en el instituto, o en la universidad, o se ha imaginado participando en una clase de ficción, escuchando con arrobo a esos docentes de película, siempre de materias humanísticas, que dan más juego. Leyendo esta oda a la clase magistral que escribe el profesor Recalcati, he recordado especialmente a uno de los míos, igual de ducho que el italiano en el psicoanálisis aplicado. Un catedrático de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico cuya explicación de Hamlet y Frankenstein hicieron que hordas de veinteañeros (¡caribeños!) agotaran las ediciones de Lacan, Jung, y de rebote, Derrida, en las librerías del barrio.
Pero hace ya demasiado tiempo de eso, y la nostalgia no es buena, aunque está de moda. La hora de clase, inteligentemente subtitulada “por una erótica de la enseñanza”, es un bien armado ejercicio de nostalgia, defendido por un experto en educación y seguro excepcional docente. Un binomio casi nunca visto por nuestro maltratadísimo sistema educativo. Desde este doble prisma, el autor dibuja un mapa certero de los males que aquejan al noble arte, y ciertamente quijotesca experiencia de enseñar un saber en el siglo XXI. Constatamos entre suspiros que “mal de muchos, consuelo de tontos”, como decían las abuelas. Ya en el prólogo se ataca duramente la intrusión, que no inclusión, en las aulas del fervor tecnológico mal entendido, así como el escaso apoyo a la labor docente por parte de instituciones y familias. Ya estamos otra vez con las quejas, pensará el paciente lector. Pero no. No estamos ante un libro de reclamaciones, sino ante un minucioso trabajo de campo que radiografía el problema con el mejor instrumental psicoanálitico. Desde la primera parte del texto, Recalcati saca la artillería pesada y propone una clasificación interesante de los tipos de escuela, pasada y presente: Escuela-Edipo, Escuela- Narciso, Escuela- Telémaco. Conceptos elaborados desde el didactismo que no suponen obstáculo alguno para el lector poco avezado, que sí captará por entero el sentido de términos como “vides torcidas”, y otras resonancias a tiempos si no mejores, más fáciles de clasificar. Pasadas estas páginas, las ideas fluyen con rotundidad. Cómo no identificarse con el profesor veterano acosado por superiores que le obligan a convertir sus aulas en “examenderías”, a registrarlo absolutamente todo con parámetros medibles y cuantificables. A transmutarse en psicólogo en las tutorías y a bregar con padres y madres abrumados por los gurús de la nueva educación que les taladran con lo uno y su contrario, sin tiempo ni recursos para sentarse a solas con sus hijos. Acude el texto a autoridades reales y ficticias para apuntalar sus afirmaciones: Daniel Pennac y su Mal de escuela; el contradictorio William Stoner de John Williams. Hasta que llegamos a la razón de ser de la obra: la oda, que bien pudiera ser una elegía, a la hora de clase. Una hora que debiera dejar al alumno perplejo como el que escucha en Youtube a Roberto Benigni recitando a Dante. El libro mutado en cuerpo, el cuerpo en libro. El cuerpo del maestro emanando la erótica de la enseñanza. Algo al alcance de muy, muy pocos, y que hace tiempo dejó de ser suficiente. Algo hermoso de experimentar, y de escribir, pero, vaya, imposible de transmitir, y de explicar. Dice Recalcati que el secreto del maestro es “el estilo”. Ha de bastar que el maestro entre por la puerta. ¿Y qué es el estilo? ¿El porte, la voz, las dotes de comunicador? ¿Y la competencia brutal con el supersónico fragmentarismo audiovisual que consumen los destinatarios de sus mensajes? Nada acerca de cómo adquirir el estilo, amén de la experiencia. Seguimos en la penumbra entonces. Enseñar es dejar marca, la etimología manda, y eso no está al alcance de todos los maestros. Para él sí, como traslucen las anécdotas que jalonan esta última parte.
Huir de la mediocridad, provocada por la informática, según sus palabras, y convertir esa hora, y todas las de ese día, y todas las del curso, en momentos de transferencia total entre maestro, y alumno. Arrinconada esa desvaída competencia de Aprender a aprender, y obviada la transformación obligada del profesor de antaño en comercial de su producto, que debe saber vender cada día a un público generalmente hostil que no le da con la puerta en las narices porque está pensando si la reseña de ese libro estará en Internet.
Aunque la conexión existe, se han dado casos y están documentados.

viernes, 6 de enero de 2017

Paterson, la película del año

¿Se puede seguir siendo independiente después de veinte años de carrera? ¿Y después de una acogida absolutamente unánime de la crítica de Cannes y de Filmaffinity? ¿Ser independiente y a la vez producido por Amazon? Claramente, sí.
Jim Jarmusch, el independiente por excelencia del distrito de Nueva York, elabora en esta su última obra la radiografía más delicada acerca del proceso creativo, de su génesis y de sus contextos. Todo es aparentemente nimio en esta historia, llena de detalles de precisa cotidianeidad que, engarzados, componen el negativo de un poema épico. Pequeñas victorias y pequeñas derrotas que se tornan en poesía merced a un cuaderno lineado sin marca y un bolígrafo. Una vida construida con placidez, la de un conductor de autobús que escribe en su hora del almuerzo y se deleita silenciosamente en las conversaciones rutinarias, pero menos, que se suceden en su lugar de trabajo y en el bar al que acude cada noche después de la cena. Un proletario que rechaza autodenominarse como “poeta”.
No todos tenemos un conductor de autobús ni un poeta dentro, desde luego, por más que los gurús del bienestar nos inculquen lo contrario. Las piezas que componen la vida de Paterson por separado ya son extraordinarias, si bien inteligentemente disfrazadas de comunes. Pero nada de lo que sucede es común. Las simetrías, envueltas en meras casualidades: el apellido que es el topónimo de la ciudad, los tres cuartos propios del protagonista (el autobús en el que se nutre su inspiración, el sótano en el que lee, y el oasis de cataratas donde escribe). La anodina ciudad suburbial de Nueva Jersey que es cuna de literatos señalados. La estructura, más sencilla imposible, siete retazos para siete días de la semana. La envidiable vida sentimental del joven, que ha encontrado de verdad a su alma gemela. Un torbellino creativo de esposa, que le complementa milimétricamente y que puede soliviantar ciertas sensibilidades de los modernos feminismos. Una dimensión emocional cubierta modélicamente y sufragada con un modesto salario municipal. Y el momento dramático , supremo para todo escritor, y que no dirá absolutamente nada a los que salgan del cine pensando que esto va de la vida de alguien.
Los cinéfilos de Jarmusch encontrarán a su vez otras simetrías con películas anteriores, como corresponde a una trayectoria tan longeva. Reconocerán la mirada a la ciudad, desprovista de todo adorno, la reflexión metacrítica, el lirismo, aquí literal. Pero esta vez, el artesano está menos solo que nunca. Adam Driver, descubierto por la excesiva Lena Dunham para su serie icono Girls, se ha convertido en el auténtico contraplano en la nueva generación de actores que comienzan en la televisión o en películas de Sundance aspirando secretamente a encabezar la próxima saga/precuela/secuela de. Junto a él, una luminosa Golshifteh Farahani le da la réplica y le alimenta con blanquinegros cupcakes.

domingo, 18 de diciembre de 2016

CINE Y EDUCACIÓN

PELÍCULAS PARA LA EDUCACIÓN

El cine y las aulas han gozado de una buena relación desde siempre, si bien más provechosa en el celuloide que en los pupitres reales. En estos años de leyes y contraleyes, parece unánime el acuerdo en dejar espacio a las nuevas narrativas, aunque el cinematógrafo irrumpió hace tiempo. El profesional docente se ha visto inmerso en una guerra de gurús y pedagogos, que marcan caminos dispares, y por eso se agradecen iniciativas didácticas como la que nos ocupa. Nos encontramos ante una propuesta original en cuanto a su punto de partida, y sobre todo, en cuanto a su planteamiento estructural y temático. No se trata tan solo de ver cine, algo al alcance de cualquiera en cualquiera de sus formatos. Y más aún, no se trata tan solo de aprender viendo cine, como reza la primera premisa del subtítulo, sino de la segunda, aprender a ver cine. La adquisición de una mínima cultura cinéfila es facilitada por el completo glosario de las páginas finales. Es sorprendente comprobar como incluso, estudiantes que se declaran futuros actores o técnicos, lo desconocen todo.
Para materializar ambas premisas, una guía entre ambiciosa y audaz que agrupa por temas y subtemas un amplio número de largometrajes de calidad y trascendencia contrastadas. Dos de ellos minuciosamente analizados en cada subtema, representan dos maneras diferentes de abordar el asunto. Son especialmente valiosos detalles como la reproducción de fotogramas y secuencias temporales pertinentes para su comentario. Este enfoque de la exégesis narrativa es el punto más realista en esta obra colectiva de raíz inconfundiblemente universitaria. Porque es tradición que los acercamientos pedagógicos que se producen desde el ámbito de la educación superior a la secundaria adolezcan casi siempre de experiencia sobre el terreno, o las trincheras, depende. Esta guía de título contundente no se libra del exceso de optimismo. El prólogo minucioso es a la vez una declaración de intenciones que choca con los corsés que mantienen al borde de la asfixia a los niveles obligatorios de la enseñanza. No solamente la carencia de medios materiales que impide el aprovechamiento exitoso del producto, es decir, la proyección íntegra o fragmentaria de las películas. La carencia de ese bien tan evanescente que es el tiempo, devorado literalmente por los crecientes currículos, hace que desaparezca el sentido global del planteamiento, que bien podría abarcar un curso entero. Y no hay que subestimar la propia formación e intereses del docente, que no dispone en los planes al efecto de otras disciplinas que no sean los idiomas y las nuevas tecnologías. La transversalidad de los temas y películas invita sin duda a la cooperación entre asignaturas, pero de nuevo se hace necesario cuadrar varios círculos.
En el prolijo sumario, llama la atención la audacia, hablando desde la trinchera, de atreverse con el sexo. Dos películas que, en su primer visionado, no parecen tener a una clase llena de heterogéneos adolescentes como público objetivo.
Por otra parte, se echa en falta la representación del cine documental, de enorme pujanza hoy día, y enormemente efectivo en según qué contextos. Queremos pensar que hay vida más allá de Youtube.
Y por qué no, aplaudir el homenaje a la metanarrativa del aula, aunque sea a través de la historia que más ha contribuido a difundir la imagen utópica del profesor como alguien que te cambia la vida.
En el prólogo, el grupo de investigación de la UPV habla de instaurar una “pedagogía de la mirada” para contrarrestar la saturación de imágenes a los que los cerebros en formación se ven expuestos. “Películas para la educación” es un empuje de mérito indudable, sobre todo para aquellos docentes en busca de motivación y alumnos que no se desaniman al comprobar la duración de los metrajes.
* “Películas para la educación” (aprender viendo cine, aprender a ver cine). Iñigo Marzábal y Carmen Arocena (eds). Cátedra (Signo e Imagen). 2016. 420 páginas.

martes, 29 de noviembre de 2016

DEAD SLOW AHEAD. Es posible un cine diferente en España

En estos tiempos de velocidades supersónicas y de cerebros moldeados para ellas, la reivindicación de la lentitud es tendencia. Para los que se iniciaron con la slow food, este pausado viaje de hora y cuarto a bordo de un carguero será su piedra de toque. Mauro Herce, gallego, ingeniero y técnico de sonido antes que director, ha confeccionado una alucinante oda al maquinismo donde la luz y la fotografía sustituyen a la palabra. El carguero “Fair Lady” se abre en canal para la cámara y engulle al espectador como la ballena de Jonás.
Hace unos meses, Alexander Sokurov también utilizaba un barco de carga como metáfora en Francofonia, reseñada en estas páginas . La diferencia con este trabajo radical está en la ausencia de política, o al menos en su presencia mucho más difuminada. En el lento vaivén del barco, podemos sumirnos en una suerte de capitalismo del tiempo, un denso contraste entre los pasos apresurados de la globalización, y el lento avance de la máquina gigantesca que la hace posible. Se permite incluso unas leves notas de suspense, con la vía de agua que sufre el barco y que está mojando la carga. Trigo, materia altamente simbólica por su trascendencia histórica y por su importancia como valor especulativo.
El comienzo de la travesía puede asemejarse una videoinstalación de esas que ahora dan la bienvenida a cualquier exposición de arte. No es, sin embargo una mera sucesión de imágenes hipnóticas de rebuscado subtexto, sino un sencillo relato de otra vida cotidiana que no es la nuestra. En este mundo, las cotidianeidades son diversas, y el extrañamiento que tan bien escribieron cuentistas como Felisberto Hernández otorga al espectador cierto margen de alivio al contemplar esas estancias setenteras donde no ha entrado Ikea. Los sonidos propios de un organismo en movimiento ayudan a mantener la cadencia de los acontecimientos, en los cuales sentimos que falta algo. ¿Dónde está el ritmo coreográfico que hemos visto tantas veces en las tripulaciones de los barcos? En el Fair Lady, un marinero puede comer en completa soledad, y consumir su jornada sin intercambiar impresiones, ni mucho menos chocarse con nadie. El puente de mando puede estar vacío, y los teléfonos sonar, y la vida sigue. No hay gritos, ni sudor, ni suciedad en las calderas del monstruo, el infierno se quedó en el Titanic. Un ambiente perturbador y desasosegante que le da ese aire a trama de ciencia-ficción, o relato fantasmal del que no reniega su director y guionista. Como fantasmales son también los momentos de ocio de los marineros, uno de los puntales de la película. Hombres anónimos, presentados en fogonazos de karaoke, fotos de carnet y asépticas llamadas de Año Nuevo.
En palabras de Herce, Dead Slow Ahead es una película “que dialoga con el inconsciente, que anula la parte pensante del espectador, y concebida de principio a fin para verse en el cine”. Una propuesta tan arriesgada como necesaria, que a base de premios en festivales internacionales se está haciendo hueco en escenarios alternativos de toda España.
* DEAD SLOW AHEAD (2015)
Duración :74 min.
País: España
Director :Mauro Herce
Guión :Mauro Herce, Manuel Muñoz
Fotografía :Mauro Herce
Productora :Nanouk Films / El Viaje Films

sábado, 12 de noviembre de 2016

¿Para qué sirve un taller de escritura?


En el último episodio de la tercera temporada de Girls (HBO), la desnortada aspirante a escritora Hanna Horvath anuncia su marcha de Nueva York a Iowa, pues ha sido aceptada en el prestigioso posgrado de Escritura fundado en la Universidad del estado en 1936. Todos se alegran por Hanna, excepto, claro está, su desnortado novio actor. Es el paso lógico para alguien que se da cabezazos literales por pertenecer al gremio.
Al mismo tiempo, en alguna nación mediterránea, un joven que empieza a relacionarse con el mundillo decide ampliar sus conocimientos o darles un lustre más práctico. Los másteres sobre el asunto están apenas recién nacidos, cuestan una pasta y la asignaturas (y sus profesores) son las mismas que cursó en la carrera. Decide apuntarse a un taller de escritura, Pero, en este caso, quizá no lo comunique en su círculo, ni lo cuelgue en su muro ni lo mencione en su blog. Tendrá que bregar con la extrañeza, y las preguntas. Para defenderse, se comparará con los pintores, que pueden ir a academias o estudian Bellas Artes. Pero, en el fondo, sabe que un escritor nace y si acaso, se hace solo, pasando frío y penalidades en una húmeda buhardilla mientras escribe la novela definitiva.
Confiando en que le dejarán pasar al nivel avanzado, se presenta el primer día de clase con su bolígrafo y su cuaderno de notas. Advierte la heterogeneidad de los arquetipos humanos allí presentes: un ama de casa, un recién jubilado, una economista, un físico, ¡un filósofo!, cuyo único punto en común parece ser la firme determinación de sacar del cajón la novela que llevan toda la vida escribiendo. Debe de ser el único que en el cajón solo tiene calcetines. Comprueba con desazón que no le han puesto en el nivel avanzado, sino en el inicial. Pasará los meses siguientes trabajando ejercicios de estilo a lo Queneau, descubriendo decálogos varios y repasando los elementos del texto narrativo. Irá identificando a sus compañeros. El que entiende la escritura como terapia y se desahoga con desconocidos, el adicto a escucharse en voz alta, el que no tolera ni una crítica, el entusiasta de todo, el mesurado, el tímido, el que no escribe jamás. Utiliza el género masculino, pero las mujeres asistentes ganan por mayoría. ¿Pueden ser estos estereotipos  la causa de la frialdad con que se acoge a los que admiten asistir a un taller de escritura?
Medita ampliamente su estrategia de defensa. Sabe que su país, además de ser de charanga y pandereta, es muy de burbujas. Se desinfló (de momento) la más grande, pero surgieron otras en su lugar, casi peores. La burbuja de cursos para llenar el tiempo libre, por ejemplo. Y todos idénticamente adjetivados. La apostilla “creativa” que acompaña invariablemente los nombres de los infinitos cursos de repostería, costura, música, es una redundancia y un eufemismo, además. Cámbiese “creativa” por “re-creativa” y se entenderá mucho mejor lo que se puede obtener con la matrícula. La escritura es otra cosa, o al menos, tiene que serlo.
¿Se puede aprender a escribir? Por supuesto. A escribir novelas, cuentos, guiones, obras teatrales, tesis doctorales. Y si antes se toma un curso rápido de redacción y estilo, mejor que mejor. Hay manuales para todo eso. Visto así, ¿A qué ir a un taller literario?
El joven tallerista sabe que, en otras latitudes, los “talleres de escritores”, no de escritura, son lugares de creación de prestigio. Pueden tener su espacio en resonantes aulas universitarias de Princeton o Iowa, en centros comunitarios, o en una cocina de Oregón, como el taller de Tom Spambauer.
Parece este un buen motivo para asistir a un taller literario. Escuchar y aprender de un escritor contrastado. O quizá sea ese un error común, confiar en que el escritor contrastado sea además un magnético transmisor de su ciencia. Un mago generoso que comparte sus trucos a cambio de una entrada. Pero no nos engañemos, es una especie más bien rara. Mucho más aprovechable es el profesor que no habla de sí mismo, sino de los demás. Chéjov a un lado de la mesa, Carver en el otro, para la sesión inaugural.
El joven sabe, que, realmente, solo hay dos motivos: la necesidad de ser escuchado, y valorado; y la necesidad de disciplina. Redescubre la tensión de la fecha límite de entrega, y la presión de que haya alguien aguardando su trabajo. Él mismo aprenderá a escuchar, y a manejarse entre perspectivas dispares. Entenderá que la soledad del escritor rinde más si es compartida.
“Para empezar, no está nada mal”, piensa.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Doctor Extraño o la vida es mezcla

No es esta una crítica al uso. Las servidumbres de seguir la trayectoria cinematográfica de ciertos actores proporciona oportunidades de acercarse a ciertos trabajos con curiosidad y sin fondo de armario. Tantear la constante polémica sobre las adaptaciones de cómics a grandes y pequeñas pantallas. Y opinar si es exagerada la sangre vertida. Discusiones tan sesudas como en las grandes novelas del diecinueve. No carece la cronista casual de referentes en el mundo de los superhéroes. Vienen a la memoria afinidades de juventud con los mutantes torturados, y con Lobezno en particular. Así, se afronta el visionado con la mente despejada de clichés, y con el alivio de no tener que posicionarse entre DC o Marvel. Ya tenemos que afrontar bastantes dicotomías en la vida diaria. Hechos los preparativos, nos encontramos ante una historia de superación, de pérdida y de reinvención muy recomendable para todos los que se achantan al primer contratiempo. Así pues, escrutemos con la mirada de Gurb el extraterrestre, pero sin caer una y otra vez en la misma zanja. La mirada Gurb distinguiría tres partes claramente asociables con otros grandes momentos de las narrativas audiovisuales y fácilmente reconocibles por un estudiante aplicado de secundaria.
  • Una introducción, acerca de un neurocirujano tan único, brillantísimo y egocéntrico como cualquiera de los que habitan el hospital de Anatomía de Grey. En cuanto al atractivo físico que se exige para trabajar en el mencionado hospital, en el caso del Dr. Strange y en el de su intérprete, no hay unanimidad al respecto. (En una reciente encuesta de Twitter, a la pregunta de si Benedict Cumberbatch es guapo o feo, un 45 por ciento se inclinaba por la segunda opción, y un 55 por ciento por la primera).
En esta parte ya se abre el grifo de la referencialidad, que inunda todo el metraje. Al más puro estilo “tonto el que no lo pille”, el guión escoge unas cuantas alusiones poco veladas a la cultura pop contemporánea y enhebra dos o tres pistas/gags para que el espectador despistado caiga del guindo. Entrañables, aunque solo para iniciados en la Cumbermanía, los sutiles homenajes a Sherlock, y muy en especial, la causa del tremendo accidente que supone el primer punto de giro de la trama.
Las duras secuelas que imposibilitan a Strange para seguir siendo el mejor en su profesión también son parientes cercanas de las que sufrió el añorado Derek Shepherd de Seattle.
  • Un desarrollo en el que el buen doctor no se resigna a la vida civil y afronta un trabajado proceso de duelo estancado en la fase de la negación. Hasta que conoce a alguien con una historia de superación digna de los informativos de Mediaset, pero más sospechosa. Su única amiga/amante/admiradora/colega, meritoriamente interpretada por Rachel McAdams, está ahí hasta que el deprimido doctor la expulsa con cajas destempladas. Comienza entonces un abandono de lo material, pues se funde todos sus ahorros, y marcha al gran parque temática de la búsqueda y del autoconocimiento de hoy en día: Nepal. Los aficionados a las buenas historias de inadaptados harán conexión inmediata con los Batman oscurísimos y trascendentes de Christopher Nolan. En el Shrangri La de Strange, M.D, no espera Liam Neeson como taciturno maestre calvo y aparentemente inmortal, sino una fantástica Tilda Swinton como taciturna maestra calva y aparentemente inmortal.
En todo este tortuoso proceso, aparece la segunda marca de la casa: las notas cómicas. Desde el mantra que no es tal sino la contraseña del wifi, o las burlas que se hacen a costa de las celebridades sin apellido. El ácido humor que vuelve a conectar a Strange con otro ilustrísimo e intratable médico genial que no nombraremos es uno de los puntos fuertes de sus aventuras. El antagonista malvado, que sigue la tradición luciferina del alumno díscolo que aspira a superar al maestro, también tiene su momento referencial, mezcla del lúgubre Tom Hardy de El Caballero oscuro, y de Hannibal Lecter en el trance de recibir visitas.
  • Y por fin, el desenlace. Apoteosis de capa con fuerte personalidad, amenazas a la humanidad ingenua, y un soberbio y merecidísimo recordatorio a esa obra maestra del absurdo que es Atrapado en el tiempo. Punxsutawney, Minessota, en el universo dimensión espejo con un Mordor de dos ojos.
Por cierto. Contemplar los inacabables créditos tiene premio. Doble.