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domingo, 23 de enero de 2022

HAMNET, de Maggie O´Farrell: vidas pequeñas insospechadamente grandes.

 HAMNET, de Maggie O´Farrell



Cuando uno indaga acerca de la considerada como segunda mejor novela de 2021 por el suplemento literario más leído (si es que eso existe), la búsqueda más recurrente es si lo que se cuenta en ella es verdad. Y parece ser que sí, pero la curiosidad solo nace a medida que sus páginas avanzan. Extremadamente difícil en estos tiempos es renunciar a toda información previa, a leer la sinopsis de la contracubierta, a los títulos de las reseñas, dejarse sorprender, en definitiva.  En este caso, diría que es casi obligatoria la renuncia. Diría, incluso, que la novela será más disfrutable cuanto menor sea el conocimiento enciclopédico del asunto. Algo raro de ver, sin duda. Solo así la inteligente decisión de la autora irlandesa de reviste de pleno sentido. De esta manera, lo que se nos cuenta en un ejercicio magistral de equilibrio entre el mundo real y los cuentos de hadas es el proceso de un duelo, una historia de renuncias y un retrato delicado, emocionante y documentadísimo de la vida doméstica en la Inglaterra rural del siglo XVII. 

El protagonista no es ese famoso dramaturgo de cuyo nombre todos se han acordado. Considerarlo de otra manera es omitir la intencionalidad del punto de vista. La figura paterna que entra y sale de las vidas de los personajes no es nombrada nunca. La maestría en su construcción radica en que,a través de sus acciones, de sus palabras, de sus pensamientos, va brotando en el ilustrado lector la evidente similitud. Y, en este sentido desemboca el relato, claro está. Sin embargo, que  luego el lector haga sus comprobaciones o no, debiera influir bien poco en el regusto final. 

El pequeño Hamnet es ejemplo evidente de lo que Don Miguel de Unamuno llamó la "intrahistoria". Su peripecia vital no deja de ser extraordinaria a pesar de que las vicisitudes del siglo la hicieran desgraciadamente común. El juego entre lo que pasó, lo que sabemos, lo que el narrador cuenta y lo que la autora imagina está trenzado con enorme maestría.  A través de la alternancia de planos temporales, se exploran los dificultosos contextos vitales que perfilan el carácter de los personajes. En una campiña onírica, alejada del bullicio y del peligro de las nacientes ciudades, crece Agnes, la madre de Hamnet, que siempre fue diferente. Es ella, y en ella muchas mujeres, la verdadera depositaria del relato. Un espíritu libre que se resiste a ser amoldado por los que le rodean. 

No hay asomo de  sentimentalismo y cursilería, que parecen ser cosustanciales a las historias con raíz rural. Ahí está, por ejemplo, el hit Yo canto y la montaña baila, de Irene Solá. Hamnet no es ningún ejercicio de nostalgia de laboratorio para urbanitas, ni necesita dar voz impostada a animalillos para transmitir el aura de una naturaleza que mantiene con el ser humano una relación de beneficio mutuo.Siendo esta una historia de interioridades, cada vez que el narrador sale a tomar el aire, la sencillez  y el rigor, y un cierto y necesario toque de humor impregna sus palabras. Ahí están de muestra la relación de Agnes y las plantas y la clarividente explicación de la llegada de la peste a las islas. Demoledora relación entre causa y efecto en personas normales que hacen su vida ajenas a lo que se les viene encima. Que cada cual haga su propia lectura más o menos contemporánea. 


HAMNET, de Maggie O´Farrell. Traducción de Concha Cardeñoso. Libros del Asterioide, 2021. 350 p.


domingo, 19 de septiembre de 2021

CINE: JINETES DE LA JUSTICIA (2020)

En una de esas asociaciones insólitas que perturban las cabezas de vez en cuando, podemos afirmar sin rubor el parentesco entre una tragicomedia danesa de 2020 y los giros locos más los golpes desconcertantes de humor  marca registrada de Vancouver Media, la productora española más de moda y artífice de obras magnas como La casa de papel y Sky Rojo. Así, el guionista y director Anders Thomas Jensen convierte a un Mads Mikkelsen anterior a Otra ronda en un pétreo militar en misión exterior con ansias de venganza que es convencido por un grupo de científicos obsesionados con los datos de que la muerte de su esposa en accidente ferroviario no fue casual. Añadida la correspondiente dosis de culpabilidad por la decepcionante última conversación telefónica, en la que comunica a la familia la prórroga de la estancia, aquí se acaban los puntos en común con las películas de Liam Neeson. Porque el desarrollo lineal de este tipo de tramas se convierte aquí en un carrusel de géneros de ninguna manera fallido, en el que los momentos puntuales de tragedia se compensan al punto con secuencias descacharrantes. El espectador avezado va a estar siempre en tensión por si a la historia se le va la pinza definitivamente a un lado o al otro, pero el equilibrio entre tonos termina siendo satisfactorio y muy, muy difícil de conseguir. (Véanse las dos referencias al inicio de estas líneas para entenderlo). Y todo ello sin perder su esencia de película navideña, a la nórdica usanza. 

Pero una buena historia con un buen tratamiento naufraga sin unos buenos personajes que le den cuerpo.  El grupo digamos de disfuncionalidad creciente que se enfrasca en la investigación con ánimo justiciero está retratado con maestría y suma agudeza. Cada uno de ellos, bajo el arquetipo ya sea de soldado robótico o científico nerd, va mostrando de manera muy medida otras capas, y todas se relacionan con tragos amargos que les hacen ser como parecen ser. Cada uno lidia con su dolor como mejor puede, nos vienen a decir, y muchas veces el disfraz ayuda a evitar intromisiones. 


El inicio a lo CSI pero mal ya nos pone en situación. Los números nunca mienten. El azar no existe. La estadística es la ciencia que hace más predecible el mundo, y el algoritmo, ay el algoritmo. El muy numérico Otto (Nikolaj Lie Kaas)no logra transmitir el futuro de su software a los resecos ejecutivos powerpointistas que financian su investigación, llevada a cabo, como no, en sus horas libres.Él y sus tres escuderos son depurados y quedan libres para investigar el accidente del tren en el que no por casualidad sino por su despido, va Otto, que no puede asumir la culpa por haber cedido el asiento a la esposa de Markus. Así pues, dentro de la coctelera, la necesidad de redención como catalizador de la ecuación de acontecimientos que devienen en incontrolables, como la vida en general. En medio de estos individuos discordantes, Mathilde, la hija de Markus y principal damnificada, que implora a su padre ayuda psicológica para superar el trance mientras le ve despeñarse sin remedio,, a la vez que se convierte en el la justificación perfecta para que el grupo funcione sume con nuevas incorporaciones. Una actitud valiente e inusual por madura, un recordatorio más de nuestra fragilidad en estos tiempos de zozobra. 

JINETES DE LA JUSTICIA (Retfærdighedens ryttere)

Año:  2020

Dirección: Anders Thomas Jensen

Guion: Nicolaj Arcel, Anders Thomas Jensen

Música: Jeppe Kaas

Fotografía: Kasper Tuxen

País: Dinamarca

Reparto: Mads Mikkelsen, Nicolaj Lie Kaas, Gustav Lindh, Roland Moller, Nicolas Bro, Lars Brygmann, Rykke Louise Anderson.

Duración: 116 minutos.

domingo, 2 de junio de 2019

LA DISTOPÍA CHERNOBYL

Durante los capítulos primero y cuarto, Chernobyl, la serie, parece Tiburón. O El enemigo del pueblo. Un punto y final en la vida de tranquilas y aburridas comunidades que debieron evitar las autoridades competentes, y pertinentemente advertidas. Ante el dilema prestigio social/seguridad, gana siempre el primero. El qué dirán nuestros vecinos, que aprovecharán la coyuntura para arrebatarnos nuestra bien labrada posición en el orden local o global. El ser humano se ha ido construyendo a base de errores y enmiendas, si bien algunas llegan tarde, o nunca. En televisión, el invierno ya se ha ido, pero llega la mortecina desolación de Chernobyl para recordarnos que una distopía no ha de ser necesariamente ni ficción ni futura. Por eso, los capítulos segundo y tercero recuerdan tanto en lo formal  a El cuento de la criada, de oportuno y próximo retorno.  Las grandes distopías de nuestro tiempo, las de Orwell, Bradbury, Brooker o Atwood, han cristalizado en un presente igualador en lo siniestro, y por eso lo sucedido en Chernobyl aquella noche de 1986 y los posteriores acontecimientos carecerían de verosimilitud en un relato enteramente ficticio. La civilización occidental tendría que haberse despedido del planeta que tanto maltrata, pero no, aquí seguimos. Tentando la suerte otra vez en 2011. Los átomos de muerte que respiran los vecinos de la central nuclear Vladimir Yllich Lenin permean cada plano. Los días grisáceos de luz extraterrestre son idénticos a los que disfrutan las doncellas de Gilead en sus paseos al supermercado. Los bloques de viviendas, auténtico hormigón soviético, macilentos como las casas bostonianas de la república. Los rostros graníticos de quienes deciden y condenan, proscritas las risas. Idéntico también es el ruido que los estados totalitarios hacen al caer, en demoliciones incontroladas. La cámara lenta coreografiando las rutinas. Oigan eso, es el silencio. No hay notas sonoras, sin melodías de cabecera, ni subrayados musicales. Solo retazos electrónicos y discursos monocordes y rítmicos en su machaconería del todo está bien, las salmodias de presentación y, en este caso, el chirrido de los dosímetros que parece van a explotar en cualquier momento. 
Chernobyl, la serie, es ficción, olvidan los artículos que brotan comparando lo contado y lo sucedido fotograba a fotograma, ejercicios inútiles de puntualización para un espectador que puede ver y consultar al instante. Desde Propp, ruso más ilustre que todos los camaradas ingenieros que aprietan botones demasiado pronto o demasiado tarde, necesitamos un héroe y un villano. Pero se quedó corto en el catálogo de matices y caracteres. Aquí los malos son uno, negligentes y obsesionados. No parecen creaciones hiperbólicas fruto del revanchismo capitalista. Los héroes tradicionales que se enfrentan a la catástrofe en sus primerísimos momentos sin saber las consecuencias quedan oscurecidos por ejércitos de antihéroes, mineros, militares, civiles ofrendadores conscientes de sus propias vidas para salvar, de verdad, a su pueblo, por 300 rublos y unos litros de vodka. Y rescatando la ética de la responsabilidad de entre los escombros, un par de científicos (Emily Watson y Jared Harris)y un ministro (Stellan Skarsgård) que cae a tiempo del caballo.
Vean Chernobyl y afronten el verano con el alivio de seguir vivos, la desazón por la soberbia humana o la incertidumbre acerca de cuál será el próximo envite. 

sábado, 12 de noviembre de 2016

¿Para qué sirve un taller de escritura?


En el último episodio de la tercera temporada de Girls (HBO), la desnortada aspirante a escritora Hanna Horvath anuncia su marcha de Nueva York a Iowa, pues ha sido aceptada en el prestigioso posgrado de Escritura fundado en la Universidad del estado en 1936. Todos se alegran por Hanna, excepto, claro está, su desnortado novio actor. Es el paso lógico para alguien que se da cabezazos literales por pertenecer al gremio.
Al mismo tiempo, en alguna nación mediterránea, un joven que empieza a relacionarse con el mundillo decide ampliar sus conocimientos o darles un lustre más práctico. Los másteres sobre el asunto están apenas recién nacidos, cuestan una pasta y la asignaturas (y sus profesores) son las mismas que cursó en la carrera. Decide apuntarse a un taller de escritura, Pero, en este caso, quizá no lo comunique en su círculo, ni lo cuelgue en su muro ni lo mencione en su blog. Tendrá que bregar con la extrañeza, y las preguntas. Para defenderse, se comparará con los pintores, que pueden ir a academias o estudian Bellas Artes. Pero, en el fondo, sabe que un escritor nace y si acaso, se hace solo, pasando frío y penalidades en una húmeda buhardilla mientras escribe la novela definitiva.
Confiando en que le dejarán pasar al nivel avanzado, se presenta el primer día de clase con su bolígrafo y su cuaderno de notas. Advierte la heterogeneidad de los arquetipos humanos allí presentes: un ama de casa, un recién jubilado, una economista, un físico, ¡un filósofo!, cuyo único punto en común parece ser la firme determinación de sacar del cajón la novela que llevan toda la vida escribiendo. Debe de ser el único que en el cajón solo tiene calcetines. Comprueba con desazón que no le han puesto en el nivel avanzado, sino en el inicial. Pasará los meses siguientes trabajando ejercicios de estilo a lo Queneau, descubriendo decálogos varios y repasando los elementos del texto narrativo. Irá identificando a sus compañeros. El que entiende la escritura como terapia y se desahoga con desconocidos, el adicto a escucharse en voz alta, el que no tolera ni una crítica, el entusiasta de todo, el mesurado, el tímido, el que no escribe jamás. Utiliza el género masculino, pero las mujeres asistentes ganan por mayoría. ¿Pueden ser estos estereotipos  la causa de la frialdad con que se acoge a los que admiten asistir a un taller de escritura?
Medita ampliamente su estrategia de defensa. Sabe que su país, además de ser de charanga y pandereta, es muy de burbujas. Se desinfló (de momento) la más grande, pero surgieron otras en su lugar, casi peores. La burbuja de cursos para llenar el tiempo libre, por ejemplo. Y todos idénticamente adjetivados. La apostilla “creativa” que acompaña invariablemente los nombres de los infinitos cursos de repostería, costura, música, es una redundancia y un eufemismo, además. Cámbiese “creativa” por “re-creativa” y se entenderá mucho mejor lo que se puede obtener con la matrícula. La escritura es otra cosa, o al menos, tiene que serlo.
¿Se puede aprender a escribir? Por supuesto. A escribir novelas, cuentos, guiones, obras teatrales, tesis doctorales. Y si antes se toma un curso rápido de redacción y estilo, mejor que mejor. Hay manuales para todo eso. Visto así, ¿A qué ir a un taller literario?
El joven tallerista sabe que, en otras latitudes, los “talleres de escritores”, no de escritura, son lugares de creación de prestigio. Pueden tener su espacio en resonantes aulas universitarias de Princeton o Iowa, en centros comunitarios, o en una cocina de Oregón, como el taller de Tom Spambauer.
Parece este un buen motivo para asistir a un taller literario. Escuchar y aprender de un escritor contrastado. O quizá sea ese un error común, confiar en que el escritor contrastado sea además un magnético transmisor de su ciencia. Un mago generoso que comparte sus trucos a cambio de una entrada. Pero no nos engañemos, es una especie más bien rara. Mucho más aprovechable es el profesor que no habla de sí mismo, sino de los demás. Chéjov a un lado de la mesa, Carver en el otro, para la sesión inaugural.
El joven sabe, que, realmente, solo hay dos motivos: la necesidad de ser escuchado, y valorado; y la necesidad de disciplina. Redescubre la tensión de la fecha límite de entrega, y la presión de que haya alguien aguardando su trabajo. Él mismo aprenderá a escuchar, y a manejarse entre perspectivas dispares. Entenderá que la soledad del escritor rinde más si es compartida.
“Para empezar, no está nada mal”, piensa.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Doctor Extraño o la vida es mezcla

No es esta una crítica al uso. Las servidumbres de seguir la trayectoria cinematográfica de ciertos actores proporciona oportunidades de acercarse a ciertos trabajos con curiosidad y sin fondo de armario. Tantear la constante polémica sobre las adaptaciones de cómics a grandes y pequeñas pantallas. Y opinar si es exagerada la sangre vertida. Discusiones tan sesudas como en las grandes novelas del diecinueve. No carece la cronista casual de referentes en el mundo de los superhéroes. Vienen a la memoria afinidades de juventud con los mutantes torturados, y con Lobezno en particular. Así, se afronta el visionado con la mente despejada de clichés, y con el alivio de no tener que posicionarse entre DC o Marvel. Ya tenemos que afrontar bastantes dicotomías en la vida diaria. Hechos los preparativos, nos encontramos ante una historia de superación, de pérdida y de reinvención muy recomendable para todos los que se achantan al primer contratiempo. Así pues, escrutemos con la mirada de Gurb el extraterrestre, pero sin caer una y otra vez en la misma zanja. La mirada Gurb distinguiría tres partes claramente asociables con otros grandes momentos de las narrativas audiovisuales y fácilmente reconocibles por un estudiante aplicado de secundaria.
  • Una introducción, acerca de un neurocirujano tan único, brillantísimo y egocéntrico como cualquiera de los que habitan el hospital de Anatomía de Grey. En cuanto al atractivo físico que se exige para trabajar en el mencionado hospital, en el caso del Dr. Strange y en el de su intérprete, no hay unanimidad al respecto. (En una reciente encuesta de Twitter, a la pregunta de si Benedict Cumberbatch es guapo o feo, un 45 por ciento se inclinaba por la segunda opción, y un 55 por ciento por la primera).
En esta parte ya se abre el grifo de la referencialidad, que inunda todo el metraje. Al más puro estilo “tonto el que no lo pille”, el guión escoge unas cuantas alusiones poco veladas a la cultura pop contemporánea y enhebra dos o tres pistas/gags para que el espectador despistado caiga del guindo. Entrañables, aunque solo para iniciados en la Cumbermanía, los sutiles homenajes a Sherlock, y muy en especial, la causa del tremendo accidente que supone el primer punto de giro de la trama.
Las duras secuelas que imposibilitan a Strange para seguir siendo el mejor en su profesión también son parientes cercanas de las que sufrió el añorado Derek Shepherd de Seattle.
  • Un desarrollo en el que el buen doctor no se resigna a la vida civil y afronta un trabajado proceso de duelo estancado en la fase de la negación. Hasta que conoce a alguien con una historia de superación digna de los informativos de Mediaset, pero más sospechosa. Su única amiga/amante/admiradora/colega, meritoriamente interpretada por Rachel McAdams, está ahí hasta que el deprimido doctor la expulsa con cajas destempladas. Comienza entonces un abandono de lo material, pues se funde todos sus ahorros, y marcha al gran parque temática de la búsqueda y del autoconocimiento de hoy en día: Nepal. Los aficionados a las buenas historias de inadaptados harán conexión inmediata con los Batman oscurísimos y trascendentes de Christopher Nolan. En el Shrangri La de Strange, M.D, no espera Liam Neeson como taciturno maestre calvo y aparentemente inmortal, sino una fantástica Tilda Swinton como taciturna maestra calva y aparentemente inmortal.
En todo este tortuoso proceso, aparece la segunda marca de la casa: las notas cómicas. Desde el mantra que no es tal sino la contraseña del wifi, o las burlas que se hacen a costa de las celebridades sin apellido. El ácido humor que vuelve a conectar a Strange con otro ilustrísimo e intratable médico genial que no nombraremos es uno de los puntos fuertes de sus aventuras. El antagonista malvado, que sigue la tradición luciferina del alumno díscolo que aspira a superar al maestro, también tiene su momento referencial, mezcla del lúgubre Tom Hardy de El Caballero oscuro, y de Hannibal Lecter en el trance de recibir visitas.
  • Y por fin, el desenlace. Apoteosis de capa con fuerte personalidad, amenazas a la humanidad ingenua, y un soberbio y merecidísimo recordatorio a esa obra maestra del absurdo que es Atrapado en el tiempo. Punxsutawney, Minessota, en el universo dimensión espejo con un Mordor de dos ojos.
Por cierto. Contemplar los inacabables créditos tiene premio. Doble.

domingo, 30 de octubre de 2016

Paquita Salas, esa mujer

El siglo avanza a buen paso, e Internet aún no ha matado a la televisión como el videoclip mató a las estrellas de la radio. En otros lugares, quizá la persecución está llegando a su fin, no en España, desde luego. El público sigue siendo televidente más que internauta, en cuanto a ficción seriada se refiere. Las webseries nacionales siguen llevando la etiqueta de la audacia amateur que dan los pocos años y la necesidad. O llevaban. Hasta que en julio, el universo PS Management entró en nuestras pantallas, a través de Flooxer, la plataforma de vídeo auspiciada por Atresmedia. Cuatro capítulos hasta el momento que han sorprendido por su desvergüenza y su reparto de bofetadas a todo y a todos los que algo son en el mundillo del entertaiment patrio. Un jolgorio inédito y concentrado en veinte minutos de hiperactividad que deja al espectador meditando acerca de Internet y la libertad creativa. Una historia de personajes que han perdido el tren de la modernidad, lo que no les causa conflicto psicológico alguno. Pero como siempre sucede, todo es apariencia. Al igual que los modernos de los noventa necesitaban horas de peluquería para pasearse como recién levantados, los padres de la criatura (Javier Calvo y Javier Ambrossi), han pasado mucho tiempo madurando la idea que surgió, eso sí, en una reunión de colegas. Alcanzado el éxito teatral con su comedia musical La llamada, que sigue representándose, han sabido llevar el concepto “sinergia”, a otra dimensión. La cantidad y calidad de intervenciones estelares en cada capítulo solo puede entenderse como resultado de una buena agenda de contactos. En este sentido, Paquita Salas cabe entenderse como una ficción documental. El “basado en hechos reales” se masca en cada una de las tramas. Pero eso no la aleja de su espectador ideal, al que aspira como toda obra artística. No es, o parecía ser esta una serie para todos los públicos. Por las bromas internas, los detalles y las referencias que se lanzan a una velocidad similar a la de los gags en las comedias de situación. Este espectador ideal estará al corriente de los sumideros del gremio, y se reirá cada vez que la representante de actores mencione “Puente Viejo”. También puede que haya visto algún montaje de Hedda Gabler y haya ido a la difunta Kubik Fabrik. Recordarán aquella ve que se inventaron toda una vida de glamour incrustando su efigie con Photoshop. Un espectador cultivado y concienciado que apoya el derecho de todo niño de pueblo a cumplir su sueño.
Pero algunos paquiters entregados al juego de desconocer la periodicidad de las entregas, lo que indudablemente confiere al asunto más atractivo e intriga, han advertido con cierta desazón un cierto cambio en el progreso de las tramas. Una evolución, o mejor involución supersónica que tiene que ver con ellos, los espectadores ideales. El cuarto y último capítulo emitido es, o parece ser, un atisbo muy precoz de un cambio de pretensiones. Lo que los estudiosos de la narrativa audiovisual llaman “salto del tiburón”, o pérdida progresiva de la verosimilitud en las situaciones. En solo cuatro entregas, el nivel de metarreferencialidad y de estrellas invitadas, a las que uno imagina implorando el móvil de ambos Javieres,está resultando inquietante. Quizá haya que desconfiar cuando los blogs de series comienzan a reseñar la tuya, o cuando el conglomerado mediático que acoge tu proyecto se plantea pasarlo a la primera división de su canal juvenil.
Con todo y con eso, Paquita Salas va a seguir sin despejar incógnitas como la ausencia de declaraciones de repulsa por parte de la Asociación de Actrices Mayores de Cuarenta , que inexplicablemente se han dejado birlar el papel del año.