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domingo, 16 de diciembre de 2018

THE ROMANOFFS

Es culpa nuestra. Los televidentes del siglo XXI no somos tan diferentes de los lectores decimonónicos. Compramos un universo de historias, personajes, conflictos, apariencias. Lo incorporamos a nuestra mundanidad durante siete años, y al concluir el contrato y proponérsenos uno nuevo, ansiamos que todo siga igual. A tenor de las críticas, El amigo Matthew Weiner se ha topado con el horizonte de expectativas. Aunque parecía intuirlo, visto el reparto de viejos conocidos con los que ha jalonado esta atípica sucesión de capítulos independientes acerca de las tribulaciones de tener, o no tener, alguna molécula de la sangre real más legendaria de la edad contemporánea. Además de la producción fastuosa, que sí remite por momentos a las entretelas de Madison Avenue, es esta una propuesta demasiado irregular. Ocho episodios servidos en plataforma exclusivamente online pero a la vieja usanza, a razón de uno por semana, que se antojan más dispares en fondo y forma de lo que su creador tenía en mente. El propio título escogido para el conjunto, The Romanoffs, nos advierte ya en cierta manera de que nos hallamos ante una cierta dosis de sucedáneo. Como los son los descendientes con doble ff en lugar de la v preceptiva, como así es informada la aburrida consorte de "The Royal We", cuando acude a inscribirse como participante en el crucero temático sobre los ancestros reales de su marido. 
En vista panorámica, comprobamos la diversidad y disparidad de la descendencia real dispersa por el mundo. Este rasgo tan de hoy, la preocupación por reflejar la diversidad, se materializa excelentemente en los marcos más o menos urbanos que dan cobijo a las tramas. París como comienzo, y como final, Londres, la Alemania profunda, la Rusia más profunda, el crucero, Ciudad de México,Nueva York siempre. Mucho afán que, en episodios como "Panorama", se quedan en una mera postal para anglosajones habitada por individuos deambulantes y un recurrente Zócalo huérfano de vendedores niños y limpiabotas. Dentro de esta variedad desigual, son mayoría las tramas sutiles, en las que los setenta y pico minutos de media no pasa realmente nada, muy al gusto de los emuladores de Carver, y justamente por esto, sobresalen en interés las escasas ocasiones en las que el  interés del punto de partida no se difumina al poco o un giro reaviva el devenir mortecino de los personajes. Así comienza el primer capítulo, "The Violet Hour",según el orden propuesto, que escenifica la confrontación entre dos maneras de pensar y de vivir, la americana y la europea, en pugna por el común objeto de deseo y verdadero regocijo de la función, el espectacular piso en pleno centro de París. Los temas subyacentes como la decadencia del señorío, la forzada convivencia con el otro y las hipócritas relaciones familiares palidecen ante los planos semi-secuencia de las habitaciones, como si de un vídeo de agencia inmobiliaria se tratase. A los espectadores de la competición siempre les quedará el consuelo de saber que no podrían mantenerlo. 

Dos episodios más merecen indudablemente un visionado, y podrían de verdad funcionar como películas independientes. El tercero, "House of Special Purpouse", nos regala un fenomenal duelo interpretativo entre Christina Hendricks como estrella en horas bajas e Isabelle Huppert como directora sociópata y un pelín desequilibrada. El rodaje desastroso de una serie sobre Los Romanov es la excusa para que ocurran toda clase de fenómenos poco normales. Brilla la forma, cómo no hacerlo en este contexto, y el fondo no se diluye. 
Pero es el séptimo episodio el más perturbador y el que pone de veras a funcionar el cerebro. Especialmente meritorio dado que el sexto es el más inane de toda la serie. Muchos ni habrían llegado a él. En The End of the Line, el dilema ético que brota en una desolada población rusa nos abofetea sin piedad ninguna y nos sorprende desprevenidos, esperando ya otro muestrario de pequeñas miserias cotidianas. El frío en todas sus facetas es sobrecogedor.  Un dilema de digestión mucho más ardua que el planteado en "Bright and High Circle" y su homenaje a las mujeres desesperadas de Wisteria Lane.
El octavo y último episodio funciona también como final de trayecto, con una ruta circular. De París a París, en una historia de cajas chinas y armarios occidentales que recuerda en estética y construcción a Patrick Melrose, que reseñamos recientemente aquí.
Como es preceptivo en estos tiempos, tenemos arquetipos de mujeres fuertes para elegir, mientras que los hombres se dejan llevar, y embaucar, por muy descendientes que sean. Pero salvo momentos aislados, "fallido" es el adjetivo que encaja mejor para esta antología de seres improbables en en una mezcla improbable de espacios y tiempos. La Gran Duquesa María, única Romanov certificada y residente en Madrid, ya ha dicho que no le ha gustado. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

PATRICK MELROSE, POBRE NIÑO RICO

Sky Tv existe. Para muchos dejó de ser una plataforma clandestina los días en los que la estación de Cercanías de Sol estuvo empapelada con su cabeza de cartel para la temporada televisiva. Patrick Melrose, o Benedict Cumberbatch recreando a un drogadicto no tan funcional como en anteriores ocasiones. Estrenada en España el 18 de septiembre, bien merece un vistazo. Cinco único episodios de duración y estructura bien medidas, que condensan los cinco tomos de la autobiografía del aristocrático escritor británico Edward St.Aubyn. La amarguísima infancia, juventud y primera madurez se muestra como una suerte de sórdido reverso de Downton Abbey,  alternando épocas y espacios muy diversos y distantes. El público obrero siempre se ha deleitado con las desgracias de los ricos, que también lloran pero lo disimulan mejor. El principal escollo que ha solventado un guion brillante es el de la probable falta de empatía hacia las desventuras de Patrick, que exhibe en los primeros capítulos una prodigalidad pecuniaria y una falta de conocimiento del prójimo muy propia de los de su clase. A pesar de los obstáculos que le pone la existencia. 
La familia es la segunda causa de trauma después de la guerra, dijo alguien. El clan Melrose se gradúa summa cum laude en esta tarea ingrata. La relación padre-hijo es sin duda el tema que vértebra las cinco partes de la historia, por lo demás cuidadosamente diferenciadas. Cada capítulo evoca una década con densidad y detallismo, desde la misma cabecera. La ambientación sobresaliente del tremendo Bronx de los ochenta, la psicodelia sesentera, la atocinada Provenza estival o el fin de milenio londinense está al servicio de una secuenciación narrativa en la que el protagonista va reelaborando su historia desde su poco mullido presente. Hijo único de una pareja de sociópatas que dedican su vida a representar el papel del rico, cultivado, filántropo británico de clase alta que sustituyen el psicoanalista de sus contemporáneos neoyorquinos por cruentas sesiones de esgrima verbal, enjuagadas las heridas con alcoholes y sesiones de música clásica. Lo que en la condesa viuda de Grantham era mala baba destilada, pura ironía de las islas, aquí son dagas que solo buscan el daño. Y todo sin dejar que los asados se enfríen.
Las elipsis terribles de los veranos franceses de Patrick son sencillamente sobrecogedoras. Todos esos recuerdos conforman uno de los retratos más certeros que se han hecho del sadismo últimamente. Jennifer Jason Leigh, felizmente de vuelta, encarna a la madre anulada de Patrick, una rica heredera estadounidense que se casa por aburrimiento y que se limita a ver, oír, callar, beber y volcar sus afectos en desconocidos, que es mucho más aséptico. Hugo Weaving como el padre, remueve las entrañas como encarnación de la vileza, de la mezquindad, de la maldad llana. Y sin embargo, las contradicciones de la dimensión emocional que nos hace humanos laten en todos los episodios. A pesar de todo, su muerte no consuela al hijo, que solo es capaz de relacionar su infierno infantil con su deambular cotidiano cuando su propia familia le abandona.
Llegados a este punto, uno solo desea que Zola no tuviera razón, y que el pobre hombre rico que maneja modélicamente los verbos sumergirse y derrumbarse en su literalidad y en su metáfora, sea capaz de sobreponerse a los determinismos sociales y genético. Vale la pena comprobarlo.

sábado, 13 de octubre de 2018

CINE: THE RIDER (2017)

Muy de vez en cuando, y casi siempre con retraso, llega a nuestras pantallas un relato  diferente y posibilitador de lecturas dispares. The Rider, segundo trabajo de la directora china Chloè Zao, puede interpretarse de dos maneras, dependiendo de si se cuenta o no con información previa. Ficción con base real, o documental con base de ficción. El adelanto proyectado en cines auguraba una buena muestra de cine independiente, aplaudida en Sundance y en la Seminci, con todos los ingredientes que se le suponen al género: brillantes interpretaciones de actores debutantes, una historia intimista, una dirección potente, poso de crítica y su poco de exotismo. ¿Una cineasta china interesada en la identidad cowboy? Venga.
El segundo paso es vencer la pereza que suscita en un europeo la construcción folclórico-cultural del americano medio, al que se culpa sin disimulo de los años Trump que nos han caído. además. No hay rodeos en Boston ni en Nueva York, y sus demócratas ciudadanos tienden a mostrar idéntica superioridad moral en relación a sus paisanos del Medio Oeste.
Pero la pérdida de la identidad y la búsqueda infructuosa de otra no es patrimonio único de las clases ilustradas. Con parquedad y transparencia, Zao decide reproducir matemáticamente la peripecia vital de Brady, un  joven vaquero que ha de buscarle un nuevo sentido a su vida al sufrir un accidente con secuelas en su última competición. No entendemos cómo puede consagrarse una vida al rodeo, pero sí a la Fórmula 1, al fútbol, a la gimnasia o al ballet.  Pero Brady no es diferente a ninguno. Su proceso de duelo atraviesa todas las fases reglamentarias, empezando por la negación. Carece de un entorno que favorezca la transición y no tiene acceso a un psicoterapeuta, así que le toca demoler sus cimientos en solitario. Da pasos vacilantes, tiene que compatibilizar el tiempo para sí mismo con las responsabilidades familiares, y su nula formación le cierra posibilidades. Aquí es pertinente descubrir que el personaje y el actor son la misma persona. Un desdoblamiento sorprendente porque no se está interpretando un guion sino que se está recreando la propia vida, casi a tiempo real. La familia Blackburn/ Jandreau se muestra tan real como si no hubiera un set de rodaje en medio, especialmente la quinceañera Lilly. Necesitamos etiquetas: verismo, neorrealismo, poesía cotidiana. No hay glamour ni una historia de superación merecedora de un trozo de prime time. Es todo lo contrario a Dallas Byers Club, aquella primera reinvención de Matthew McConaughey. Quizá haya momentos poéticos en las llanuras de Dakota, si entendemos la poesía en su variable despojada, pero lo que llena los planos es una profunda tristeza y la luz entrecerrada de amaneceres y anocheceres en el desierto. Los diálogos escuetos tampoco se rellenan con miradas.Los personajes apenas se miran unos a otros, siquiera cuando se intercambian las frases justas para la convivencia. Los vaqueros son duros, y los caballos su conexión esencial con el mundo. (Aquí un par de ellos casi se roban la función). Con una excepción. El mejor amigo de Brady, en una subtrama estremecedora que los mister wonderfulistas entenderían como esa historia de superación cuando solo es la certeza de un fracaso que cuesta presenciar. ¿Qué pasa cuando los sueños se alcanzan, pero no permanecen?

domingo, 16 de septiembre de 2018

CINE: LAS DISTANCIAS (2018)

¿Por qué nos empeñamos en revivir cosas que ya están muertas? En el debut cinematográfico de Elena Trapé, triunfadora en el festival de Málaga, la cámara nos echa a la cara certezas muy amargas y poco dadas a ser reconocidas. No es un retrato generacional, podría serlo sin duda, de la última generación preinternet. No lo es porque los treinta y tantos que los personajes pasean por Berlín podrían ser los treinta y tantos de aquella serie mítica. La cuestión no es el segmento cronológico de nacimiento, sino las prisas y los cambios que van aparejados a la inminencia de los cambios de década. Un grupo de amigos que en realidad no se ven y sostienen su figuración a través de las redes sociales. Podríamos ser cualquiera. La visita sorpresa al que emigró, todos tenemos uno, parece la ocasión pluscuamperfecta para hacerle la respiración asistida a esa relación que todos ellos asumen como esencial en la formación de sus vidas adultas.  El espectador identificado en fondo y forma se sorprenderá de la audacia y observará con esperanza si el frío fin de semana alemán supone el chute vitamínico que él mismo ansía cuando trastea en el mustio grupo de WhatsApp en el que se ha convertido su idealizada pandilla universitaria. 
Aquí, el título se revela sumamente acertado. Las distancias son muchas. Geográficas, las más inocuas. Sentimentales, las definitivas. Y una sola que se desvanece, la distancia lingüística. La historia y la adusta manera de narrarla imponen también su propia distancia. Cada uno de los presentes ha experimentado el fracaso en una o varias modalidades, y lo ha ido sobrellevando. Pero convivir setenta y dos horas llenando la mesa de embutido y fracasos mezclados se revela enseguida como inviable. Recuerdan en varias ocasiones que han organizado el viaje para verse porque, aun viviendo en la misma ciudad, no terminan de cuadrar sus agendas. La idealización del viaje como bálsamo medicinal es su error primero. El segundo es no admitir que una amistad verdadera tiene más aristas que una relación amorosa, y que no se mantiene viva por sí misma. Las generaciones venideras lo entenderán sin necesidad de recrear un Erasmus que no habrán vivido. El animado grupo que va a darle una sorpresa de cumpleaños a su amigo se deshace a las primeras de cambio: el tercer error es depositar en una convivencia de veinticuatro horas sobre veinticuatro la responsabilidad de aclarar, rellenar huecos y pacificar. 
El tono de la película es innegociable. Solo unos primeros momentos con cierta posibilidad humorística (la llamada al telefonillo, la casa desastrada), y en seguida cunde el desconcierto de la parte visitada y sorprendida, y de la parte visitadora después visto el giro de los acontecimientos.
La distancia entre ellos y nosotros no deviene jamás en desinterés. Al contrario. Comas, el visitado, vaga fantasmagóricamente por los espacios urbanos acarreando su carga de interrogantes que invitan a las elucubraciones más dispares. Recibe la visita inesperada por parte de unos seres que presumen de conocerle cuando ni él mismo se conoce. Los distintos trayectos vitales y esas decisiones discutibles, que en una quedada superficial se toman con misericordia, se transforman en reproches y desahogos en territorio ajeno. Y las contradicciones se hacen carne y duelen, como los Y si. Olivia, embarazada y arrepentida en porcentaje progresivo, se lleva las bofetadas de casi todos por defender hasta lo imposible su papel de rebelde y guía al tiempo. Su discutible negativa a dejar de fumar es altamente simbólica. 
En el pintón apartamento de Comas hace tanto frío como en las calles anochecidas a las seis de la tarde. Lo grisáceo invade el cielo, la ropa, los puestos de Frankfurts. Pero no nos confundamos. En Punta Cana o Cancún pasaría exactamente lo mismo, y sin un vuelo exprés en caso de urgencia. 

domingo, 15 de julio de 2018

MUJERES OPRIMEN A MUJERES: EL CUENTO DE LA CRIADA


En este año con Juego de Tronos en barbecho, muchos han necesitado consuelo o figura de sustitución, tarea inútil excepto si se consideran por separado los distintos planos que conforman a grandes rasgos el universo GOT, esto es,  sangre, muerte y destrucción, intrigas palaciegas e ingente presupuesto. De esta manera, en la lista de herederas improbables destaca la segunda temporada de El cuento de la criada(2017).  En España, además, con la posibilidad de ver el desenlace de la segunda en las plataformas digitales a la par que el comienzo de la primera en abierto.
Ambas producciones comparten desde esta temporada un condicionante, una tendencia con futuro en el audiovisual y en la vida: la independencia. Así, igual que los señores Benioff y Weiss se remangaron ya hace un par de años y siguieron la historia por su cuenta, la distopía lúgubre de Margaret Atwood terminaba en papel con la secuencia final de la primera temporada. En los dos casos se ha insistido en la estrecha colaboración con los autores literarios, aunque esto parece más palpable con la escritora canadiense.  Las decisiones creativas para emancipar la historia parecen haberse encaminado a conservar el tono, fundamental, y añadirle cuarto y mitad de ciertos ingredientes que redundan en el dolor físico y existencial.  Cantidades algo excesivas a tenor del número de espectadores y espectadoras, y críticos y críticas como la titular de The Guardian, que afirman haberse dado de baja conforme los capítulos avanzaban. Particularmente a partir del séptimo. Podemos deducir que a los guionistas emancipados se les ha comido el entusiasmo, igual que a un veinteañero anglosajón o treinteañero mediterráneo cuando se va de casa, pero sabiendo, solo en este último supuesto, que en la trastienda de la independencia permanecen los tápers de su madre.
Demasiado horror, demasiada depravación, demasiadas mutilaciones para un futuro que ya pintaba desolador en las primeras diez entregas. ¿Era necesario?
No es lo mismo presenciar tomatinas imaginadas en un segmento temporal pasado mítico que en una proyección de futuro no muy lejano con inquietantes raíces en nuestro presente, como los medios y las redes han insistido en recordar.  Las peripecias, los infortunios y el (temporal) renacer de Offred la han emparentado peligrosamente con Samsa Stark, sufridora oficial de Westeros. Aunque de momento no comparte el porcentaje de odiadores, todo se andará.

La cuestión principal que las hermana, la cuestión principal de todo, es, de nuevo, si son merecedoras o no, del sello "serie feminista". Así clasificada y recibida con alborozo fue el pasado año. Y todo parecía en orden. No obstante, las cosas han cambiado en Gilead, y al igual que aquí ya hicimos notar ciertas reservas respecto de otorgar la denominación "feminista" a la pasada temporada de GOT. https://elninocabra.blogspot.com/2017/07/juego-de-tronos-y-el-no-feminismo.html, no es posible dejar de lado las aristas del debate en cuanto a la evolución y revolución de tramas y personajes del drama de las sirvientas. 
Llegados a este punto, debe cuestionarse seriamente la contribución de algunos personajes femeninos al padecimiento de otros personajes femeninos. Estando de acuerdo en que Gilead es una sociedad ultrapatriarcal, con todos sus tics bíblicos que ahora nos avergüenzan y nos hacen reflexionar, no es menos cierto y mucho más patente en esta temporada que las mujeres oprimen a las mujeres. Dos ejemplos, brillantemente construidos, de encargadas de perpetuar el orden impuesto por hombres en primera instancia. Tía Lydia y su rictus de gurú sectario, y sobre todo, Serena Joy. Dos complejas malvadas a las que la narrativa de la tercera ola librarían de toda responsabilidad por limitarse a reproducir los usos masculinos que han sido incrustados en su modo de ver la vida. Sin entrar en detalles deterministas, negar la autonomía de Serena Joy en cuanto a la construcción ideológica de su nación es no haber visto la serie. Es evidente, sobre todo, en los numerosos momentos de retrospección que esta temporada le dedica, necesarios también para justificar sus acciones posteriores y, por qué no, regalar al atribulado espectador alguna golosina de justicia poética. 
Todos los regímenes opresivos necesitan para sobrevivir el colaboracionismo de parte del oprimido para sobrevivir, se dice en estos casos. Y se repite que, en estos casos, la libertad de acción está coartada, bien por amenazas, bien por la propaganda que se enquista dentro.
La misma Margaret Atwood negó que su obra fuera exclusivamente feminista, tras el entusiasmo entronizador de las redes. No importa. De qué viviríamos los comentaristas de textos si no pudiéramos enmendar la plana a los autores. Más tarde, ella misma se puso en duda en un artículo llamado "¿Soy una mala feminista?, publicado en The Globe and Mail, el diario más leído de su tierra, a cuenta de un caso de acoso posteriormente sobreseído. 
El caso es que las mujeres son las principales perjudicadas en la paranoia de esa nación anacrónica llamada Gilead que lucha por su supervivencia literal con los medios más literales que tiene a su alcance. La encantadora quinceañera Eden ha representado esta temporada la eficacia de un buen y precoz lavado de cerebro.  Pero no son las únicas. En estos episodios conocemos la existencia de más castas apartadas, y no deja de sorprender que las niñas, como la bebé enferma de Janice y Hanna, la hija de June, sean tratadas con igual dedicación que los niños. Al menos, hasta el undécimo capítulo, que da un volantazo en cuanto a la resolución de conflictos y abre nuevas vetas en la interrelación de caracteres. 
La necesidad de satisfacer las expectativas y seguir marcando la pauta, se ha notado en la distribución de las tramas, de tal forma que esta segunda tanda puede esquematizarse en función de la aparición y tratamiento de variados temas de los de antaño denominados "de candente actualidad". Y sin venir muy a cuento en algunas ocasiones, como la experiencia de la gestación subrogada.
Por todo ello, se seguirá hablando mucho de esto, y muy poco de lo realmente destacado en esta segunda tanda: La inmensa trascendencia que tiene el leer y escribir para cualquier persona, con independencia de sexo y situación, y mucho más evidente en circunstancias tan adversas. Ese es el núcleo real de la historia desde el principio. La lectura y no digamos la escritura, representan la verdadera transgresión en este mundo asfixiante. El cuestionamiento de las normas que acarrea el conocimiento es el verdadero arma que debe conservar el oprimido, y erradicar el opresor a toda costa. En la primera temporada, cuando Fred podía llegar a caer bien, las escenas de conversación con June suponían el respiro. En esta ha brillado la complicidad interesada entre ella y Serena, al atribuirse imaginariamente los roles de secretarias del comandante convaleciente. En el giro abrupto que suponen los dos últimos capítulos, el peligro que supone el acto de leer provoca las primeras fisuras en el bando de los poderosos. 
La cantidad de nominaciones a los premios Emmy que se han recolectado hace unos días, animarán a seguir explorando esos paralelismos. 

lunes, 18 de junio de 2018

CINE: LOS NOVENTA SON LOS NUEVOS SETENTA. DON QUIJOTE Y LUCKY

Coinciden, últimos días en la cartelera, dos maneras opuestas de afrontar la vejez, decrepitud, degeneración. Una tragedia existencial frente a una comedia existencialista. La idea del cine como pretexto, y del cine como fin. Un enloquecido auto homenaje por haber finalizado la película más tortuosa de la historia, frente a una autenticidad refulgente en envase pequeño. Son El hombre que mató a Don Quijote, y Lucky.
Lucky es un anciano veterano de la segunda guerra mundial que se ha hecho un hueco en su pequeñísimo ecosistema rural y en los afectos de sus habitantes. Sus rutinas diarias se ven quebradas una mañana cualquiera, con una anodina lipotimia después del yoga.  Sentado junto a su médico de cabecera, la certeza de la mortalidad cae en él como una losa. Frente a la búsqueda (fracasada) de la inmortalidad quijotesca, Lucky se ve obligado a convivir con los sinsabores de la condición humana. En su película autobiográfica, Terry Gilliam dibuja a un anónimo zapatero que se convierte en Don Quijote por exigencias del guion y que termina poseído por su personaje igual que Bela Lugosi. Explotado turísticamente durante diez años y confinado en una caravana, consigue a un renuente escudero en forma de director de cine muy snob. Este doble tirabuzón con mortal hacia atrás impone una excesiva distancia, no solo con el original literario, inalcanzable, sino con el mismo espectador, que no llega nunca a identificar a los dos como la gran pareja de hecho que fueron para las letras. La primera "Buddy movie" de la historia.  Cada vez que el vaquero enfurruñado de Harry Dean Stanton, en un testamento cinematográfico que querría cualquiera, entra en su bar, en su tienda, o recorre su calle, la cercanía es irremediable. Y es inevitable la conexión emocional, eso tan importante para atar a un espectador a la butaca. Acostumbrados como estamos a los villanos, los cínicos, los sociópatas y los trastornados/traumatizados varios, puestos en valor protagónico por la narrativa contemporánea, Lucky nos remite a esos caracteres galdosianos hechos como la repostería, con cariño. A lo largo de más de dos horas de metraje, ninguna sentencia es digna de mención en El hombre que mató a Don Quijote. La película de David Carrol Lynch no está manca de ellas. La eterna discusión, perdida de antemano, de un nonagenario ateo, folclórico rasgo en el Medio Oeste, con los paisanos que le respetan pero no le entienden.  Los reproches a un amigo que ha perdido a su estrafalario compañero de vida. La conmovedora fiesta mexicana. Todo condensado en una frase: "Alone is not lonely". Tremenda verdad.
El existencialismo ateo, el bueno, ya nos dijo que fuimos arrojados al mundo, y que a partir de ahí, era nuestra tarea bregar con las circunstancias, y con la muy pesada carga de la libertad individual. Elegir es incómodo y sobrellevar la presión de lo ajeno más. La existencia es caos y paradoja, y ahí los fuegos artificiales de Gilliam sí que lucen. Mantenerse fiel a sí mismo en medio de desorden y de las veletas es algo que dominan el caballero de La Mancha y el cowboy. Crepusculares ambos, intentan burlar a la Parca con los medios que tienen a su alcance. Un vitalismo dispar pero complementario. El ex zapatero transmutado en hidalgo necesita sentir literalmente los golpetazos de la vida. El vaquero busca la confrontación dialéctica y se aleja del deterioro cognitivo siguiendo los concursos de la tele. Carece de una Dulcinea pero no de las camareras del diner donde va a tomar café cada mañana. Hay que escoger. David Lynch ya lo ha hecho.

domingo, 3 de junio de 2018

FARIÑA. GALICIA CALIDADE

Feria del Libro de Madrid 2018. En la caseta de Libros del KO destaca un humilde folio advirtiendo que "Aquí no se puede vender Fariña". Así que, mientras una resolución judicial aboca al ostracismo a una editorial independiente, el segundo grupo de comunicación más grande del país se prepara para recoger todo tipo de premios con la versión televisiva de la misma historia.  Una decisión de guion separa ambos destinos, un personaje secundario que decide suprimirse por motivos creativos, o de presupuesto.  
El caso es que Fariña, la serie, ha supuesto un punto de inflexión en el audiovisual accesible al telespectador medio, y justo en el año del despegue de Movistar como plataforma de contenidos. Con elogios unánimes acerca de su calidad, pero también con una audiencia en progresión descendente, ha recordado, en ese aspecto, a otros casos ilustres como El Ministerio del Tiempo. Su ventaja, y otro punto que la alejaba del estándar, fue su planteamiento inamovible de historia cerrada. No habrá segunda temporada, la némesis de las series españolas en abierto. Diez capítulos que han jugado continuamente con los límites entre realidad y ficción, a cuya costa se han vivido momentos tronchantes como la querella de uno de los protagonistas por una escena de sexo que juzgaba humillante en el primer capítulo.
Disponible aún para ver en línea, repasamos algunas de sus claves:
- Tras ver el primer capítulo, un conocido resumió su parecer con la frase: "Está bien, pero Sito Miñanco es una copia mala de Scarface". Ignoraba que era un personaje real, pero sí que estaba bien presente la eterna y cada vez más injusta comparación con los de siempre. Ni tampoco es Pablo Escobar, por más que el devenir de la historia nos lleve a ciertas intersecciones.
Uno de los valores añadidos de la historia desde el minuto uno ha sido apostar por el localismo extremo. Llevado a las cuestiones de idioma, sorprende que no haya habido quejas como las hubo con La Peste, producción de Movistar a la que se le reprochó la supuesta ininteligibilidad de su dialecto andaluz. La radiografía tan certera del galleguismo, con o sin narcos, ha suscitado la curiosidad comprensible del español de la meseta, tan cerca, tan lejos, y de cara al próximo verano ya se están promocionando rutas turísticas por Cambados y aledaños. Local, pero potencialmente muy exportable, de eso se trata. Todo es gallego certificado. Desde el reparto, desconocido fuera de la región hasta ahora, hasta la fenomenal y muy heterogénea banda sonora, muy presente para añadir y subrayar en los momento álgidos de la trama. Valle-Inclán estaría orgulloso.
- La etiqueta "basado en hechos reales", tan traicionera, supone aquí una exigencia adicional, por cuanto la mayoría de los personajes viven, y habrán seguido con detenimiento las tramas. Ellos y sus abogados. Para los espectadores más jóvenes, que no vivieron los años del proceso, los medios se encargaron de proporcionarles las lecciones de Historia suficientes. En este sentido, es un poco triste constatar lo que cuesta aún distinguir entre realidad y ficción. Otra de las protagonistas del hecho real se lamentaba en prensa de que el guion no reflejaba exactamente todos esos años tempestuosos como ella los había vivido. Que había sufrido mucho más, vaya. 
- La actualidad manda, y en este sentido sí procede una comparación con otra manera de enfocar este tipo de historias. Si bien parece, aunque no es, que los tiempos del narco gallego ya no son dorados, en el sur han tomado el relevo. Visto lo que se está viendo, sobre todo en ciertos noticieros, urge un adaptación de Fariña a la circunstancia sureña, y su idiosincrasia única. Porque, puestos a comparar, El Príncipe no era más que una novela romántica adaptada, con peripecias intercambiables y devenires amorosos sumamente estereotipados, como era de esperar viniendo de donde venía.
- El ritmo frenético que no decae casi nunca, es un beneficio directo de la duración humana de cada capítulo. Tanto se critica, desde los medios especializados con toda justicia, la excesiva duración de las series españolas, y llegan aquí unos valientes que se atreven a desmentir a la lógica. Los setenta minutos de rigor que ahorran muchísimo dinero a la cadena por cubrir más de una franja horaria, se hacen cortos. Pero no lo diremos muy alto, es una excepción a la regla. 
- Un protagonista carismático, que no es un malvado al uso, ni muestra atisbos de arrepentimiento o conversión. El verdadero Sito puede estar bien contento con su trasunto. No ha presentado denuncia alguna hasta el momento.
- Y por último, y no menos importante en estos tiempos, la predominancia de mujeres fuertes, tanto en un bando como en otro. Las esposas que se hacen cargo del negocio mientras sus maridos están huidos, y las madres coraje que se enfrentan a los que han arruinado la juventud de una generación completa. Incluso la que parecía más sumisa, atiza una bofetada a su cónyuge en el capítulo final. 
Así que si, sí se puede.