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domingo, 13 de septiembre de 2020

CINE: LAS NIÑAS (2020)





Mediado este septiembre que en junio parecía otra cosa, los cines se afanan en la etiqueta #culturasegura y las novedades pausadas van apareciendo cada vez menos tímidamente. La nostalgia es una atracción poderosa, y si dicho ejercicio está avalado por premios, más aún. 
Este primer largo de Pilar Palomero (Zaragoza, 1980), aspira tanto a retrato generacional que corre el riesgo de resultar ajeno a los (sobre todo los) que no pusieron un pie en los ambientes que se describen con minuciosidad hiperrealista.  
Los (las demás), corremos a la sala calculando cuán densa será la bofetada del pasado, cuántas referencias daremos por buenas y cuántos objetos que se considerarán vintage en el 2045 conservamos en los altillos del piso familiar. La premisa es sencilla: evocar sin aparente acritud la vida cotidiana en un colegio de monjas no mixto en una ciudad de provincias a principios de los noventa, a través de dos personajes principales y el entorno que les rodea. El peligro es también evidente: obviar el juicio artístico y juzgar la valía de la obra por la cantidad y calidad de los recuerdos que nos produzca. (En el caso de la que suscribe, el índice de coincidencia es de un ochenta y cinco sobre cien). Pasar la proyección en una constante e indulgente vista atrás es tentador. 
Los noventa sigue siendo una década poco trabajada como recreación artística. Eclipsada por los siempre presentes y mitificadísimos años 80, y por los desconcertantes primeros 2000, ha criado fama de antiestética y anodina. A pesar de albergar hechos vergonzantes como una guerra en el mismo corazón de la vieja y orgullosa Europa, fue el origen del funesto pensamiento positivo, del cual derivan artefactos sociopáticos como el capitalismo financiero que marca sí o sí nuestras vidas. Este es el punto de partida de ensayo de Ramón González Férriz La trampa del optimismo: cómo los noventa explican el mundo actual (Debate, 2020), que aclara y descubre conceptos y ramificaciones con amenidad y detalle. 
Así pues, con la dosis de biografismo esperable, la directora y guionista perfila una serie de caracteres complementarios de existencia certificada en parece ser la mayoría de esos lugares con tanta prensa y a la vez con tanta literatura, difíciles de retratar sin hipérboles ni aspavientos a los que, en su infancia y adolescencia diferenciaban entre colegio e instituto. 
Celia, el personaje central, interpretado con austeridad y solvencia por Andrea Fandós, ve pasar  lo que apunta ser sexto de EGB hasta que una alumna nueva y forastera, Brisa (Zoe Arnao), entra en su pequeño mundo para ampliarlo. Es, anacrónicamente hablando, una preadolescente con ecosistema familiar complicado. Su madre, una brillante y contenida Natalia De Molina, la cría sola luchando por no sucumbir a las circunstancias. Aunque el retrato de ambientes y situaciones apela a las generalidades dentro del contexto específico, son interesantes las pinceladas locales que dan pistas acerca de cómo ciertos tópicos siguen ahí. La percepción de que los oriundos de gran ciudad se creen más que los de medianas y pequeñas, por ejemplo. En este caso, la fricción entre Barcelona y Zaragoza, de raigambre histórica pero perfectamente aplicable a cualquier otro caso. Dada la edad de las contendientes y la inexistencia de pseudotertulias pseudopolíticas en la época, la acusación es la de "creerse guay". 
A las niñas de móvil y redes, los momentos de ingenuo esparcimiento grabando cintas de cassette o experimentando con cautela con las cosas de mayores probablemente les causaría estupor (aunque no sepan qué es tal cosa) y risillas. Qué pringadas. A las adolescentes iracundas que van escupiendo a otros en el transporte público, no digamos. A las madres que delegaban la educación de sus hijas en su más amplio espectro a la venerable institución de la Iglesia Católica les hará gracia. 
Bajo esa capa de situaciones más o menos triviales subyace la palpitante incapacidad de comunicación entre padres e hijos, amigas, adultos y jóvenes. No había móviles ni tampoco orientadores escolares, ni psicólogos infantiles. Los momentos de silencio entre madre e hija, los instantes en los que parece que la olla va a explotar, son lacerantes. La única opción era esperar a comprender algún día. Estos huecos, lógicamente, han pasado factura algunos nuevos padres, que ahora se escoran al otro extremo de la negociación casi contractual de todo lo que acontece en el hogar.
Algunos/as echarán de menos más fiereza en la denuncia de aquel sistema de educación-represión-inmersión ideológica, encarnado por Francesca Piñón, que clava el arquetipo de monja irascible y chivata y madre sustituta depende del momento. Se indignarán por presentar con amabilidad aquellas sesiones de Pretecnología y catecismo. Pero la reacción se ha producido, y no todas las figuras señeras en las modernas narrativas sociológicas de género provienen  de centros públicos y laicos. De todo se sale. 

Las niñas. Premio Biznaga de Oro a la mejor película en el Festival de Málaga 2020.
Dirección y guion: Pilar Palomero
Música: Juan Carlos Naya
Fotografia: Daniela Cajías
Reparto: Andrea Fandós, Natalia De Molina, Carlota Gurpegui, Zoe Arnao, Julia Sierra, Francesca Piñón, Álvaro de Paz.


lunes, 6 de julio de 2020

NI SIQUIERA LOS MUERTOS

Juan Gómez Bárcena, una de las voces más notables de la literatura contemporánea en español, pone a Juan, un antiguo soldado de los tercios de Cortés a seguir los pasos evanescentes de otro Juan, El Indio, al que el visorrey ha puesto precio por pasarse de listo. Serán solo quince días, le promete a su esposa al dejar la nada próspera taberna que regentan en medio de no se sabe dónde. Hasta aquí la acción. El resto es indefinición y nebulosa, un desafío para ese lector decimonónico del que se burlaba Cortázar. Esas líneas borrosas entre realidad y sueño que ya eran la marca de Kanada, su novela anterior. Un atravesar
espacios, tiempos e identidades permaneciendo la esencia intacta. 
Ha sido una temporada próspera para la temática postcolombina, no solo en la ficción. Oro, la hiperbólica visión de Agustín Díaz Yanes recientemente estrenada en la televisión pública, la muy estimable Hernán, de Amazon, el estreno de los Naufragios de Alvar Núñez de José Sanchís Sinisterra  en la apacible Vieja Normalidad teatral, la sorprendente Desierto Sonoro, de Valeria Luiselli. acompañan a las primeras secciones de la novela, y a las últimas páginas que recogen el antesdeayer y el hoy mexicanos tan inciertos. Menos recientes pero igual de desgraciadamente actuales, son referencias dispares como 2666, la serie The Bridge, la obra teatral Baños Roma.  Y siempre, siempre, Juan Rulfo, al que el título Ni siquiera los muertos parece homenajear. Sucesos incardinados en el alma del país que no parecen servir de reflexión y toma de decisiones. 
Todas estas propuestas artísticas basadas en hechos reales, más la estatuafobia que promete una Nueva Normalidad pródiga en emociones, desembocan en esta novela, que opera de recolector y transformador de cada una de esas fotos fijas, mezcla y subvierte y nos embute hasta el mismísimo día de hoy. 
Si  difícil es crear atmósferas, hacer de esa atmósfera el pilar de una narración y que la apuesta funcione, puede considerarse una heroicidad en estos tiempos de heroicidades. Los que leyeran Kanada, su anterior obra, ya se encontraron con las dificultades propias de la ausencia aparente de acción y de conflictos externos, que van construyendo al personaje de manera exógena. Si en aquella era el piso del protagonista el que asumía las metamorfosis, aquí el paisaje es el que va cambiando al viajero a la vez que se transmuta en espacio y en tiempo. 
La máscara de novela histórica no le es necesaria a esta fructuosa y alucinatoria travesía por la rueda de la Historia. Tres Juanes (el autor, el narrador protagonista, y el antagonista perseguido) nos proponen ser testigos de cómo la Historia de los pueblos se construye y reconstruye a base de arritmias y repeticiones. Aunque, como dice el prólogo, Walter Benjamin está detrás de la concepción, no pueden obviarse las nociones básicas del eterno retorno de la Historia, de cómo esos polvos (Cortés, La Revolución) trajeron estos lodos de cárteles y trumps de saldo y frontera. El sabor acre de las llanuras de Rulfo es familia de las selvas que recibieron a los españoles, y del  cemento contemporáneo. El pasado del Juan perseguidor es de selva, su presente de desierto y su futuro de asfalto. Los tres paisajes  se confunden porque en realidad son el mismo. 
Establecer el hecho bíblico como vertebrador de la peripecia de los Juanes es, en estos tiempos, de lo más rompedor.El tiempo es circular, bíblico como toda la peripecia. Los quince días como plazo que se consumen y se reproducen sin pausa, como los cuarenta del éxodo. La pesadez de cada paso en el desierto, el deambular sin horizonte, el desfallecer repetido, las apariciones milagrosas, la vida que pende de una gota de agua y va pasando, cíclicamente, de la abundancia a la miseria, de la miseria a la abundancia. Vacas flacas y vacas gordas. 
El indio Juan no es profeta en su tierra. Como todos los visionarios que pretenden cambiar el mundo, llega temprano, y su mayor fracaso no es su misión incumplida, sino sus discípulos cuyas interpretaciones sinceras de las enseñanzas del maestro producen monstruos. Apuntemos esto. 

Ni siquiera los muertos, de Juan Gómez Bárcena. Sexto Piso. 404 páginas.

viernes, 8 de mayo de 2020

TIGER KING VOTA JUAN

Por definición, lo exótico es lo lejano, lo inhabitual. Es humano desear lo que no se tiene, y es de humano acomodado hacer lo posible por tenerlo. "Si se lo puede permitir" es un lema de descargo que vale para todo.  La sensacion documental de la que todos hablan comienza queriendo ser denuncia con un dato sorprendente para las personas normales: En EEUU viven más tigres en cautividad que en libertad en el resto del planeta.  Desde esta primera línea de guion, el nuevo docudrama del momento parece facturado especialmente para la culta y distanciada mirada europea, proclive a a la conmiseración y a la indignación a partes iguales. Pero pronto entendemos que esto no va de felinos confinados, los "big cats" a los que aluden constantemente. Un término ajustadísimo a lo que en realidad son. Decir que están amaestrados es  quedarse muy corto. La alienación sería absoluta de no ser por el brazo arrancado del primer episodio. Esos gatos grandes, que parecen reproducirse muy bien en cautividad, son solo un medio de acceso al poder y al dinero. Y aquí nos vamos acercando ya al verdadero leiv motiv del asunto. ¿Quién le hace ascos a una foto con un cachorro de tigre blanco? En Washington parece que nadie. ¿Y quién le hace ascos en España a un jamón Cinco Jotas? 
En estos días de gloria para el audiovisual, y para la cocina, hay tiempo y ocasión de fabricarse menús al gusto con mezclas pelín insólitas, y encontrar en ellas coincidencias no tan insólitas. Es el caso de Tiger King en Netflix y Vota Juan, la producción de TNT cuya primera temporada puede verse en Prime Video.  Quitando el macguffin tigresco, ambas conforman dos fenomenales galerías de personajes entre lo grotesco, la caricatura, y la más cruda de las realidades.  Porque esa gente existe, e influye en otra gente y ve la vida como un gran juego de estrategia. Parecen todos tremendos perdedores, o desequilibrados, pero su triunfo es destacar como antisistema. Travisten sus aspiraciones corrientes en la misión visionaria de cambiar el mundo y esparcir dicha entre sus congéneres. No olvidemos nunca que la Constitución estadounidense, además de las enmiendas que todos conocemos, proclama el derecho de todo individuo a buscar su felicidad. Y poseen una admirable capacidad para reirse de sí mismos,lo que les hace en cierta manera entrañables.
En un momento determinado, Tiger King aka Joe Exotic, repulsivo por fuera y por dentro, (siempre desde la mirada europea/neoyorkina/bostoniana), decide presentarse a Gobernador de Oklahoma y más tarde a la mismísima Presidencia. No entraremos en que, de un tiempo a esta parte, la industria del espectáculo estadounidense parece consagrada al análisis del especimen llamado "votante de Trump", sabedora de la incapacidad del europeo medio para comprender. El caso es que el buen hombre cree sinceramente en sus posibilidades y en que hará cosas buenas, (y no cosas malas, al estilo  lingüístico de la Casa Blanca) por su comunidad. 
Y por aquí tenemos a un inmejorable Javier Cámara como Juan Carrasco, ministro de Agricultura aspirante a la Secretaría General de su partido, convencido él también de que es la mejor opción para su formación, y para el país entero. Su soberbia directamente proporcional a su facilidad para la ofensa gratuita recuerda inevitablemente a Homer Simpson. Su tendencia a caer de pie y a conservar inexplicablemente el afecto de su entorno, también. La vergüenza ajena por su modo de transitar la existencia, también. 
De igual manera, el rey de los tigres y el ministro operan en un espacio, digamos, provinciano. El Medio Oeste americano es para un neoyorkino lo mismo que Logroño para uno de Madrid. Es un hecho, anticuado, pero un hecho. Los guionistas de Vota Juan, animadores del llamado posthumor con joyas como Selfie y Gente en sitios, están al borde de la demanda judicial cada vez que hacen repetir a sus personajes que ellos no volverán al lugar de donde salieron, es decir, Logroño. 
El segundo marido casi adolescente de Joe Exotic hace el camino inverso que los granjeros de Las uvas de la ira, de California a Oklahoma, y ese ir a la contra basta para perfilar al personaje.
Hablar en este sentido de los sequitos de semejantes aspirantes a líder personal variopinto es un festín de color.
Sería bastante simplón ventilar al círculo social de los infortunados tigres con el manido "redneck", habida cuenta de que ellos mismos asumen el término con idéntico orgullo (su bar de cabecera se llama así), que los modernistas de Valle-Inclán. Pero no se puede dejar al albur crítico a seres tan especiales como el primer marido casi adolescente de Joe, que disfruta de muchos momentos confesionales frente a cámara. Un chaval con tantos tatuajes como dientes le faltan, que no es homosexual pero se casa con su jefe, y que prefiere que se le regalen camionetas antes que una dentadura nueva. Joe presume de contratar solo ex convictos, individuos sin porvenir de los que se asegura lealtad y agradecimiento. Sabe que no van a cuestionar la jerarquía ni por la carne caducada en la que se basa su dieta. 
El equipo del ministro Carrasco puede parecer más usual, más anodino, pero cumple la misma función: resaltar subrayar, acompañar, alentar, mantener al rey sin saber que está desnudo.  Son igualmente fieles que han crecido al amparo del jefe, que no tienen vida fuera de la res publica y que, cuando el tren se para, se sienten arrojados al mundo como seres sartrianos. Pura ficción.

Es esta  lucha por el poder y el éxito, la superioridad moral del ciudadano ilustrado languidece. Son estos seres mezquinos, ignorantes y orgullosos de serlo los que mejor saben chapotear en las ciénagas y coleccionar admiradores sinceros. La campechanía, sin complejos.

miércoles, 8 de abril de 2020

Encerrados, enclaustrados, aislados, recluidos, confinados por el cine en..(II)


1. Un ataúd. Buried (2010), de Rodrigo Cortés. 93 minutos de oxígeno según cinematográficos cálculos.
2. Una habitación de hotel. Citizenfour (2014), de Laura Poitras. Edward Snowden, asilado en Rusia, ni confirma ni desmiente que la NSA estuviera al tanto de futuras pandemias.
3. Un laberinto cúbico. Cube (1997), de Vincenzo Natali. "Escape room"algo intensa para despedidas de soltero.
4. Mi mansión con los amigos. El ángel exterminador (1962), de Luis Buñuel. Clásico del fantástico cotidiano extrañamente poco citado en este tipo de listas.
5. Una plataforma multinivel. El hoyo (2019), de Galder Gaztelu-Urrutia. El ojo para cuadrar de los programadores de Netflix es admirable.
6. Una llamada telefónica. La cabina (1972), de Antonio Mercero. 35 minutos de angustia que ya no se repetirán en nuestras ciudades.
7. El hueco de una escalera. La trinchera infinita (2019), de Jon Garaño, Aitor Arregi y José María Goneaga. Ante las represalias de los vencedores, algunos se echaron al monte y otros vieron la vida pasar desde un falso tabique.
8. Una habitación con vistas. Rear Window (La ventana indiscreta, 1954), de Alfred Hitchcock. Sin internet pero con unos prismáticos, imposible aburrirse.
9.  Un semisótano invisible. Room (L a habitación, 2015), de Lenny Abrahamson. Una oda a la resiliencia y a la adaptación al medio.
10. Un islote poco paradisíaco. The Shallows (Infierno azul, 2016), de Jaume Collet-Serra.  La falta que hacen a veces cuatro paredes y un techo.
11. Un aeropuerto. The Terminal(La terminal, 2004), de Steven Spielberg. Los no lugares también pueden ser hogares de alguien.
12. Una pared de tu casa. Treinta años de oscuridad (2011), de Manuel H. Martín. Historia gemela a la de La Trinchera infinita, idéntico desmesurado sacrificio.
13. En el aquí y el ahora mismo. Vivarium (2020).  Próximo estreno el 8 de abril en salavirtualdecine.com  Todos los parecidos con la realidad son meras coincidencias.


lunes, 6 de abril de 2020

ENCERRADOS, enclaustrados, confinados, recluidos, en el cine (I)

Al principio fue la perplejidad. Después, un nuevo capitulo de la era del pensamiento positivo. La primera semana de Esto, el entusiasmo nacional por compartir listas de cosas que hacer, que ver, que cocinar, que modelar, que leer incluso, contrarrestó el desánimo de la población. Una apabullante oferta de sucedáneos para calmar el ansia de unos recluidos primerizos, nosotros, a los que se les recuerda sin cesar  la imposibilidad empírica de aburrirse teniendo conexión a internet.
La idea de que tampoco era para tanto cundió y las agendas se llenaron, como las matrículas de gimnasios en enero, de buenas intenciones. Pero llegaron el teletrabajo y la burocracia de los ERTES , y las clases online de las criaturas.   En la segunda semana, las bandas anchas empezaron a flojear y brotaron los ejemplos históricos de cuarentenas ilustres en tiempos desconectados. Pero si alguien, hoy, en nuestro contexto, está viviendo sin red, solo puede ser objeto de nuestra misericordia o admiración por semejante hazaña.  Tres semanas después, los que se asoman al balcón, ahora todo el mundo tiene uno,  se aplauden a sí mismos, se dan ánimos, se recomiendan series.  ¿Qué preferirán ver desde sus pantallas, ventanas al mundo más allá del patio de manzana?
Opción A: Secuencias de amplios paisajes, peripecias de múltiples personajes por múltiples escenarios, horizontes lejanos o cercanos (nos conformamos con bien poco). En el plano emotivo, puede sentirse envidia insana, nostalgia de viajes pasados y anhelos de futuro.
Opción B: historias claustrofóbicas en espacios reducidos habitados por sujetos, solos o malacompañados que no quieren estar allí. Aquí hallaremos empatía e identificación.
Opción C: Espacios exteriores anteriormente apetecibles pero ahora infestados de amenazas y espacios interiores apañados para sobrevivir y poco más.  En este caso, nos inundará el alivio y el consuelo universal de saber que siempre hay alguien en peor situación que la de uno mismo.
Con la perspectiva de otro mes para rellenar huecos en todos los ámbitos de conocimiento, los medios ya han agotado su provisión de listas. Es el turno de propuestas más modestas que tienen más que ver con la situación. Lo que hemos llamado Opción B. Es decir: historias que transcurren en un solo espacio, de tan  variables dimensiones como los medios han documentado (desde un semisótano en la calle Goya hasta los hogares de futbolista con jardín-piscina-gimnasio-pero no biblioteca).  De esas hemos visto demasiadas, y bibliotecas también.
Personajes que se ven recluidos de improviso o con escaso tiempo de reacción en lugares no preparados para ello. Descartamos el género carcelario. Sin zombies, ni asesinos asediando en el umbral. Los motivos del encierro pueden ser internos, o externos. Nunca voluntarios. Descartamos todas las biografías de gentes del arte que declinan salir de su estudio o lugar de creación, como la reciente A Quiet Passion (2016). No somos Emily Dickinson. 
Lugares cerrados, no compartidos, no en movimiento. No nos vale el coche de Tom Hardy en Locke (2013), ni la sala policial de The Guilty (2018) ni el salón de Litus (2019).
Una selección ecléctica y atemporal de dormitorios caseros y de hotel, sótanos, un ataúd, un par de huecos en armarios, un chamizo camuflado, un búnker casero, una terminal aeroportuaria, una mansiones incómoda y , de regalo, dos islotes.

domingo, 8 de marzo de 2020

DESIERTO SONORO, de Valeria Luiselli

La eterna disyuntiva entre arte y compromiso no mengua ya avanzado el siglo XXI. Conflictos locales con intereses globales y, sobre todo, las crisis migratorias que surgen y resurgen cuando a los medios interesa, vuelven a interpelar al escritor contemporáneo. El descrédito del periodismo no ayuda tampoco. En contextos vitales como el de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), se convierte casi en obligación. Escritora, periodista, ensayista en dos lenguas, cronista y narradora de manera indistinta, su labor artística se enlaza indisoluble con su labor de altavoz de migrantes , desde sus primeros trabajos como traductora en la Corte Suprema neoyorquina. 
Es esta una obra atípica y ambiciosa, impelida por la necesidad y la urgencia de contar. El título original inglés, The Lost Children Archive, es uno de los vasos comunicantes entre vida y obra. Por suerte, los parabienes críticos recibidos desde su publicación no son gratuitos. Desierto sonoro destaca por alejarse de la denuncia plana o hiperemotiva de otros relatos recientes sobre el tema, más dirigidos a lectores tipo Reader´s Digest y a espectadores de la televisión matinal. Con una voluntad estética muy clara, apuesta por una robusta estructura fragmentaria que se corresponde exactamente con los perfiles y los propósitos de los personajes al iniciar su viaje de investigación compartido y bifurcado al tiempo. 
La novela, sí, es una recreación fiel y curtida de los desmanes que sufre la inmigración centroamericana al paraíso estadounidense, pero sobre todo es la crónica de un viaje acerca de otro viaje acerca de otro viaje. Igual que uno de esos grandes mapas que no pueden ser replegados de idéntica manera anterior a su despliegue, la historia muestra rugosidades y dobleces dependiendo de los intereses del lector. 
El punto de partida es sumamente atractivo por original. Una pareja de documentalistas especializados en la investigación de sonidos emprende un largo viaje por carretera que intentara conjugar sus dos proyectos académicos y vitales, que suelen ser lo mismo. Les acompañan sus dos hijos de diez y seis años, a la vez testigos, escuchantes, depositarios de narrativas y tradiciones, y por último actores en la representación que funde los ecos del pasado perseguidos por el padre, y los alaridos de auxilio del presente, reconstruidos por la madre. La vos materna lleva las riendas en la primera parte, desgranando los contenidos de las cajas que, en el maletero del coche, transportan los materiales para el trabajo de campo, a la vez expectativas de futuro, a la vez piezas de una vida pasada a punto de caducar. Sus propios caracteres se enmarcan dentro de la disyuntiva anteriormente mencionada: origen latino, excelente preparación académica, perfecta inserción social dentro del entorno controlado que es Nueva York, se dan de bruces con la verdadera identidad americana en pueblos del Medio Oeste donde los paisanos les recuerdan con hechos y palabras que el linaje puede más que el curriculum. El momento terminal de la relación va pasando de latente a inevitable, al tiempo que los objetivos primarios del trayecto se van cumpliendo. Donde el padre ve política, la madre ve lógica natural. La crónica periodística, la ficción y la metanarración conviven en armónicas capas. La búsqueda de los dos niños perdidos se torna legendaria con la lectura de la elegía ficticia  Los niños perdidos, que, a la manera borgiana, la autora nos ofrece como auténtico testimonio de la travesía migrante por el desierto, que tiene mucho de odisea pero también de Pound y de Cavafis. 
Sin embargo, el cambio abrupto de narrador que trae la segunda parte desconcierta y baja la intensidad. El hijo mayor suple a la madre y durante las páginas en las que repite con sus palabras todo lo que ha pasado antes, la brillantez de las imágenes y la profundidad de pensamiento se desvanecen. No es una decisión errónea finalmente, por cuanto el cambio se desvela necesario para el giro final. 
La lectura de Luiselli en Europa, justamente en estas fechas, se enriquece de manera inesperada por la vuelta a los medios del infierno de los refugiados sirios, vilmente utilizados como moneda de cambio y presión por gobiernos que se denominan democráticos. En su relato falta La Bestia, ese terrorífico tren de mercancías tan sustancial en el tráfico de seres humanos protagonista además de uno de los documentales más estremecedores del periodista Jon Sistiaga. A cambio, está el invierno. 

DESIERTO SONORO, de Valeria Luiselli. Traducción de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli.
Sexto Piso. 2019
476 páginas.

sábado, 22 de febrero de 2020

EL FARO (THE LIGHTHOUSE, 2019)



El segundo trabajo de Robert Eggers no pasa el test de Bechdel. No confundir con Al faro, de Woolf, que tampoco lo pasaría. Un leve obstáculo para el devenir de la breve pero intensa convivencia entre el operario titular de un faro enclavado en algún punto de las costas de Nueva Inglaterra y su aprendiz, formulada en un hiperestético blanco y negro. A cambio, supone una muestra clarividente de lo que significa "cine de autor", en el sentido más francés del término. Un director y guionista que ya avanzaba en su ópera prima (The Witch, 2015) algunas de sus preferencias temáticas, estilísticas y espaciales encuentra en los diarios de Herman Melville el catalizador perfecto para invitarnos a su festival de referencias, unas más wikipédicas que otras. 
El tema del faro y su simbolismo sustancioso es antiguo en el arte y la literatura. Aquí, La Luz que guía e ilumina lo hace de manera literal y nada epidérmica. Su fulgor quema y traspasa las almas de los pobres seres perdidos, que,como el farero viejo lobo de mar interpretado excelsamente por Willem Dafoe, se han dejado cautivar. El aprendiz, se llama igual que el farero y se sumerge en un juego ambiguo de parejas y dobles. Robert Pattinson nos convence de que es buen actor cuando el papel lo es, y quiere compartir La Luz con el que a veces es su maestro, otras su señor, otras su padre, todas las noches cocinero irregular del mismo bacalao ahumado. Pero parece que no lo conseguirá, por mucho que friegue y muchas escaleras que suba. No hay descanso físico ni mental en los días de ambos hombres, ni para el espectador, que no puede apartar la vista de los profusos primeros planos, barnizados con varias capas de expresionismo. Añadiendo una fotografía portentosa merecidamente nominada o premiada en los repartos anuales de la industria. 
No solo la imagen construye el drama. Los sonidos del mar inundan la pantalla. Nada bueno puede pasar. Los chillidos de las gaviotas, que a falta de rubias a quienes picotear, se ceban en el joven ex leñador de pasado oscuro. Las olas hostiles chocando con las rocas en un paisaje costero desolador en invierno y en verano. La cronología se difumina. La soledad en compañía terrorífica borra la línea entre lo real y lo onírico; una propuesta clara en este sentido. Quizá los únicos momentos anclados al suelo sean las primeras cenas, antes de que el alcohol despliegue sus vapores de pesadilla. 
Desde las primeras escenas, el farero parece hablar en verso. Una investigación somera nos remite, no solo a Melville, sino a sus secuaces Poe y Lovecraft. Los parlamentos verborreicos que no impresionan al inicialmente indiferente aprendiz hacen un efecto progresivo en el ánimo, y la gabarra que debiera acudir para reponer víveres y relevarles de su turno nunca llega. 
Pero esta confrontación ascendente no es en absoluto inesperada. El contexto quizá  demasiado propicio, el ambiente alucinante y alucinatorio, plenamente claustrofóbico posibilita una lectura contemporánea de la historia. Esta puede entenderse como un catálogo de masculinidades tóxicas (que son todas, como afirmaba un tuitero flagelante hace unos días), nada sorprendentes pero menos expresivas que un par de ciervos en plena berrea. Por poner un ejemplo. Ya sabemos que en estas luchas testosterónicas solo puede quedar uno, o ninguno. Con o sin botellas de ron enterradas en la arena. 

EL FARO
Título original: The Lighthouse
Año: 2019
Dirección: Robert Eggers
Guion: Robert Eggers, Max Eggers
Música: Mark Korven
Fotografía: Jarin Blaschke (B&W)
Reparto: Willem Dafoe, Robert Pattinson
Producción: EEUU-Canadá
Duración: 110 minutos