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lunes, 18 de junio de 2018

CINE: LOS NOVENTA SON LOS NUEVOS SETENTA. DON QUIJOTE Y LUCKY

Coinciden, últimos días en la cartelera, dos maneras opuestas de afrontar la vejez, decrepitud, degeneración. Una tragedia existencial frente a una comedia existencialista. La idea del cine como pretexto, y del cine como fin. Un enloquecido auto homenaje por haber finalizado la película más tortuosa de la historia, frente a una autenticidad refulgente en envase pequeño. Son El hombre que mató a Don Quijote, y Lucky.
Lucky es un anciano veterano de la segunda guerra mundial que se ha hecho un hueco en su pequeñísimo ecosistema rural y en los afectos de sus habitantes. Sus rutinas diarias se ven quebradas una mañana cualquiera, con una anodina lipotimia después del yoga.  Sentado junto a su médico de cabecera, la certeza de la mortalidad cae en él como una losa. Frente a la búsqueda (fracasada) de la inmortalidad quijotesca, Lucky se ve obligado a convivir con los sinsabores de la condición humana. En su película autobiográfica, Terry Gilliam dibuja a un anónimo zapatero que se convierte en Don Quijote por exigencias del guion y que termina poseído por su personaje igual que Bela Lugosi. Explotado turísticamente durante diez años y confinado en una caravana, consigue a un renuente escudero en forma de director de cine muy snob. Este doble tirabuzón con mortal hacia atrás impone una excesiva distancia, no solo con el original literario, inalcanzable, sino con el mismo espectador, que no llega nunca a identificar a los dos como la gran pareja de hecho que fueron para las letras. La primera "Buddy movie" de la historia.  Cada vez que el vaquero enfurruñado de Harry Dean Stanton, en un testamento cinematográfico que querría cualquiera, entra en su bar, en su tienda, o recorre su calle, la cercanía es irremediable. Y es inevitable la conexión emocional, eso tan importante para atar a un espectador a la butaca. Acostumbrados como estamos a los villanos, los cínicos, los sociópatas y los trastornados/traumatizados varios, puestos en valor protagónico por la narrativa contemporánea, Lucky nos remite a esos caracteres galdosianos hechos como la repostería, con cariño. A lo largo de más de dos horas de metraje, ninguna sentencia es digna de mención en El hombre que mató a Don Quijote. La película de David Carrol Lynch no está manca de ellas. La eterna discusión, perdida de antemano, de un nonagenario ateo, folclórico rasgo en el Medio Oeste, con los paisanos que le respetan pero no le entienden.  Los reproches a un amigo que ha perdido a su estrafalario compañero de vida. La conmovedora fiesta mexicana. Todo condensado en una frase: "Alone is not lonely". Tremenda verdad.
El existencialismo ateo, el bueno, ya nos dijo que fuimos arrojados al mundo, y que a partir de ahí, era nuestra tarea bregar con las circunstancias, y con la muy pesada carga de la libertad individual. Elegir es incómodo y sobrellevar la presión de lo ajeno más. La existencia es caos y paradoja, y ahí los fuegos artificiales de Gilliam sí que lucen. Mantenerse fiel a sí mismo en medio de desorden y de las veletas es algo que dominan el caballero de La Mancha y el cowboy. Crepusculares ambos, intentan burlar a la Parca con los medios que tienen a su alcance. Un vitalismo dispar pero complementario. El ex zapatero transmutado en hidalgo necesita sentir literalmente los golpetazos de la vida. El vaquero busca la confrontación dialéctica y se aleja del deterioro cognitivo siguiendo los concursos de la tele. Carece de una Dulcinea pero no de las camareras del diner donde va a tomar café cada mañana. Hay que escoger. David Lynch ya lo ha hecho.

domingo, 3 de junio de 2018

FARIÑA. GALICIA CALIDADE

Feria del Libro de Madrid 2018. En la caseta de Libros del KO destaca un humilde folio advirtiendo que "Aquí no se puede vender Fariña". Así que, mientras una resolución judicial aboca al ostracismo a una editorial independiente, el segundo grupo de comunicación más grande del país se prepara para recoger todo tipo de premios con la versión televisiva de la misma historia.  Una decisión de guion separa ambos destinos, un personaje secundario que decide suprimirse por motivos creativos, o de presupuesto.  
El caso es que Fariña, la serie, ha supuesto un punto de inflexión en el audiovisual accesible al telespectador medio, y justo en el año del despegue de Movistar como plataforma de contenidos. Con elogios unánimes acerca de su calidad, pero también con una audiencia en progresión descendente, ha recordado, en ese aspecto, a otros casos ilustres como El Ministerio del Tiempo. Su ventaja, y otro punto que la alejaba del estándar, fue su planteamiento inamovible de historia cerrada. No habrá segunda temporada, la némesis de las series españolas en abierto. Diez capítulos que han jugado continuamente con los límites entre realidad y ficción, a cuya costa se han vivido momentos tronchantes como la querella de uno de los protagonistas por una escena de sexo que juzgaba humillante en el primer capítulo.
Disponible aún para ver en línea, repasamos algunas de sus claves:
- Tras ver el primer capítulo, un conocido resumió su parecer con la frase: "Está bien, pero Sito Miñanco es una copia mala de Scarface". Ignoraba que era un personaje real, pero sí que estaba bien presente la eterna y cada vez más injusta comparación con los de siempre. Ni tampoco es Pablo Escobar, por más que el devenir de la historia nos lleve a ciertas intersecciones.
Uno de los valores añadidos de la historia desde el minuto uno ha sido apostar por el localismo extremo. Llevado a las cuestiones de idioma, sorprende que no haya habido quejas como las hubo con La Peste, producción de Movistar a la que se le reprochó la supuesta ininteligibilidad de su dialecto andaluz. La radiografía tan certera del galleguismo, con o sin narcos, ha suscitado la curiosidad comprensible del español de la meseta, tan cerca, tan lejos, y de cara al próximo verano ya se están promocionando rutas turísticas por Cambados y aledaños. Local, pero potencialmente muy exportable, de eso se trata. Todo es gallego certificado. Desde el reparto, desconocido fuera de la región hasta ahora, hasta la fenomenal y muy heterogénea banda sonora, muy presente para añadir y subrayar en los momento álgidos de la trama. Valle-Inclán estaría orgulloso.
- La etiqueta "basado en hechos reales", tan traicionera, supone aquí una exigencia adicional, por cuanto la mayoría de los personajes viven, y habrán seguido con detenimiento las tramas. Ellos y sus abogados. Para los espectadores más jóvenes, que no vivieron los años del proceso, los medios se encargaron de proporcionarles las lecciones de Historia suficientes. En este sentido, es un poco triste constatar lo que cuesta aún distinguir entre realidad y ficción. Otra de las protagonistas del hecho real se lamentaba en prensa de que el guion no reflejaba exactamente todos esos años tempestuosos como ella los había vivido. Que había sufrido mucho más, vaya. 
- La actualidad manda, y en este sentido sí procede una comparación con otra manera de enfocar este tipo de historias. Si bien parece, aunque no es, que los tiempos del narco gallego ya no son dorados, en el sur han tomado el relevo. Visto lo que se está viendo, sobre todo en ciertos noticieros, urge un adaptación de Fariña a la circunstancia sureña, y su idiosincrasia única. Porque, puestos a comparar, El Príncipe no era más que una novela romántica adaptada, con peripecias intercambiables y devenires amorosos sumamente estereotipados, como era de esperar viniendo de donde venía.
- El ritmo frenético que no decae casi nunca, es un beneficio directo de la duración humana de cada capítulo. Tanto se critica, desde los medios especializados con toda justicia, la excesiva duración de las series españolas, y llegan aquí unos valientes que se atreven a desmentir a la lógica. Los setenta minutos de rigor que ahorran muchísimo dinero a la cadena por cubrir más de una franja horaria, se hacen cortos. Pero no lo diremos muy alto, es una excepción a la regla. 
- Un protagonista carismático, que no es un malvado al uso, ni muestra atisbos de arrepentimiento o conversión. El verdadero Sito puede estar bien contento con su trasunto. No ha presentado denuncia alguna hasta el momento.
- Y por último, y no menos importante en estos tiempos, la predominancia de mujeres fuertes, tanto en un bando como en otro. Las esposas que se hacen cargo del negocio mientras sus maridos están huidos, y las madres coraje que se enfrentan a los que han arruinado la juventud de una generación completa. Incluso la que parecía más sumisa, atiza una bofetada a su cónyuge en el capítulo final. 
Así que si, sí se puede. 

domingo, 22 de abril de 2018

CONTRA LA LECTURA

CONTRA LA LECTURA (THE SOLITARY VICE AGAINST READING).
Dentro de la contemporánea afición a cierto tipo de ensayo, con la dosis justa de erudición y marcada vocación divulgativa, la siempre original Blackie Books nos trae en español un texto de título provocativo, publicado hace ya diez años por la profesora de Baltimore Mikita Brottman. La traducción recorta el aún más provocativo subtítulo inglés, que según cuenta la autora en el prólogo, ya suscitó reacciones en la época pre-twitter. Así que, para adecuarnos a nuestro tiempo de indignación en 150 caracteres, nos preguntamos lícita y doblemente si “¿Está insinuando lo que creo que insinúa? (Acompáñense de fruncidas de ceño y retuits a las cuentas de la RAE, el Ministerio de Cultura y el Gremio de Libreros).
Que la lectura, como la escritura, es una acción solitaria, puede comprobarse a diario en casa y en el metro. La alfabetización general hizo innecesarias las sesiones de lectura colectiva tan bien retratadas en los Cuentos de Canterbury o el Quijote. Clásicos en toda la extensión del término que se convierten en víctimas colaterales en la última parte de este ensayo.
Que se compare al otro vicio solitario es pertinente. Ambos pueden afectar a la buena conservación del intelecto y de la vista. Pero la indagación comparativa se detiene en la explicación del subtítulo. A partir de ahí, la autora toma la palabra y nos sumerge en un texto más confesional que académico, a un lector al que agarra con firmeza para mostrarle con su experiencia lo peligroso y excitante que puede ser leer, a la vez que intrascendente y aburrido. 
Confieso haber leído con satisfacción la primera parte del libro. Ir a contracorriente en temas de visión única es cansado. Leer que alguien más discute uno de los dogmas más asentados de hoy consuela de la soledad dialéctica. Solo los ignorantes podrían cuestionar la necesidad de fomentar la lectura desde la infancia. Leer es un acto intrínsecamente bueno, no importa qué se lea. La lectura conduce a la felicidad, y ahora que es obligatoria, nuestros gobernantes, al contrario que casi todos sus predecesores, se desviven porque leamos. ¿Te gusta leer? Preguntaban antaño los comerciales del Círculo de Lectores. Quién va a decir que no públicamente. Leer bien implica un ritual que atrae y a la vez aleja a potenciales usuarios. La autora duda de la efectividad de campañas coloridas hechas para estadounidenses, pero desconoce la existencia de un país, España, en el que más del treinta por ciento de los encuestados reconoce sin rubor su único libro leído al año. Queda claro que Spain is different. En esta primera mitad del libro, apenas se notan los diez años transcurridos, en la deconstrucción valiente de fúnebres vaticinios acerca de la supervivencia del lector. Amazon vs librerías independientes, libro electrónico, mercado e industria. Observamos con alivio cómo el Apocalipsis no ha llegado aún, y que nuestra cifra disparatada de novedades editoriales palidece ante la de Estados Unidos. Si parece que se publica todo, por qué rechazan mi novela, se preguntará algún autor por descubrir.
Pero hacia las últimas páginas, el objetivo crítico cambia, desafortunadamente, y el subtítulo adecuado pasaría a ser Contra la lectura (de los clásicos). La heterodoxa académica adopta el muy tradicional rol posmoderno de relativizar la importancia de lo antiguo. Apoyándose en ilustres colegas sufridores del programa de lecturas de Oxford, la emprende con todos, desde los griegos hasta los rusos. Y no queda claro si el tono bipolar es buscado o es fina ironía. Queda claro que Joyce y Cervantes no otorgan certificados de buena conducta, pero es que además son culpables de muchos malos ratos en eventos sociales. Resulta interesante esa raza de intelectuales compasivamente dibujados que ha de fingir que han leído lo que no han leído, acechados por el síndrome del impostor. Puede haberlos, en un circuito bastante acotado. Las señoras engatusadas por Christian Grey no necesitan demostrar por qué le prefieren a Stephen Dedalus. Y no. No se manda leer el Quijote a niños de doce años. Pero sí se les deja con sagas juveniles de mensaje ultraconservador, dentro de un bloque curricular denominado “Educación Literaria”.
Además de la muy estimable bibliografía, hay que destacar la excelente traducción de Lucía Barahona, que evita el posible desfase con la publicación original con notas propias y un visible interés por hacer partícipe a la autora.


 Mikita Brottman: Contra la lectura. Blackie Books. 2018. 166 páginas.

lunes, 9 de abril de 2018

EL CAIRO CONFIDENCIAL (THE NILE HILTON INCIDENT)

En México se inventó la palabra (mordida), pero en el oscuro film de género del sueco Tarik Saleh, la policía egipcia le da un nuevo sentido al enriquecimiento ilícito de servidores públicos. The Nile Hilton Incident no necesitaría la obvia referencia de su título en castellano para emparentar con las más certeras muestras de cine negro contemporáneo. Empezando por su protagonista, un derrotado detective viudo que, a falta de gabardina, luce cazadora de cuero en las aparentemente calurosas noches de enero de 2011, la Primavera árabe al caer y la plaza Tahir a punto de la implosión. En los estertores de un régimen que no sabe que está muriendo, un crimen en un hotel de lujo, poderosos implicados y una testigo en lo más bajo de la pirámide social. La peripecia y el desenlace pueden deducirse, en un entorno contaminado por la corrupción y el abuso de poder. Pero el entorno es nuevo, o lo suficientemente exótico para el espectador del pulcro Occidente. El entorno es nuevo, pero la molicie moral es la misma. Todo tiene un precio, todo se compra y se vende, y si Asuntos Internos llama, no es para hacer limpieza sino para reclamar su parte, y entonces toca esconder el Mercedes en el garaje del cuñado. 
La historia comienza presentando al detective protagonista recaudando el impuesto revolucionario a los comerciantes del centro, muy al estilo Denzel Washington en la poco valorada Training Day. Algo se remueve en su conciencia cuando le cae la resolución del crimen, o la simulación de resolución. Por un momento, puede codearse con el poder, aquí en forma de mejor amigo de hijo de Mubarak, e incluso sacar brillo a su autoridad maltrecha.  
La atmósfera, como corresponde, se va enviciando progresivamente, y mucho tiene que ver el humo permanente del tabaco, erradicado en el actual cine a prueba de ofensas. Todo es desasosiego y oscuridad en las largas caminatas por la capital nocturna, en un continuo insomnio que produce monstruos. 
Paralela al desarrollo del caso, asistimos a una disección de la clasista sociedad egipcia, estructurada en capas tan estancas entre sí como un corte geológico. La infortunada testigo de los hechos es sin duda el destello más original de la trama. Una muchacha sudanesa, "kelly" en el hotel de superlujo, que percibe su salario en mano y cada día, de tal modo que sus empleadores no tienen que molestarse siquiera en conocer su nombre. Nosotros sí. Salwa propone al espectador una excursión al inframundo de la megalópolis, una muestra modélica de chabolismo vertical que disfruta sin embargo de una frágil armonía.  Una miseria en pacífica convivencia que salta por los aires por una decisión desafortunada y un lícito deseo de sacar tajada de la primera ventaja evolutiva que los depredadores ponen al alcance de los inmigrantes africanos. 
Ningún participante en el devenir de los sucesos pasaría un examen de honestidad. En casi todos los casos, mera cuestión de supervivencia. La verdad supura, y compensa los altibajos del ritmo narrativo y algunos subrayados excesivos acerca del peligro que corre Noredin y el trazo grueso de algunos secundarios, gordos, feos y avariciosos. 
Mucho ha llovido sobre la plaza Tahir desde 2011, y más desde el asesinato que inspira la película en 2008. Qué pensarán los revolucionarios, o serán ellos los que acaban de renovar al mariscal Al-Sisi con más del 92% de los votos. 

sábado, 17 de marzo de 2018

MADRE HAY MÁS QUE UNA (II): YO, TONYA (2017)



Una semana después de que el tío Óscar premiara la diversidad concentrada en una sola película , sigue siendo llamativa la amplia gama de madres que hemos conocido en esta temporada de cine.
La señora Harding y su derecho inalienable al sueño americano vía filial nos recuerda de inmediato a otro gran villano y padre de deportista: el señor Agassi, en la estupenda biografía de su hijo André (Open, Duomo ediciones).
No deja de ser admirable la perseverancia de algunos súbditos del imperio por desmontar su propia mitografía. Si hace unas semanas se estrenaba con sigilo The Florida Proyect, días después nos llegó esta biografía semidocumental, con algo más de resonancia debido a la candidatura, cristalizada, de Allison Janney como mejor actriz de reparto y a la injustamente relegada Margot Robbie.
La truculenta historia marcó el inicio de los años noventa y era cuestión de tiempo su llegada a las pantallas. El director Craig Gillespie opta muy inteligentemente por cargar las tintas en el tono de farsa surrealista que destilan las entrevistas reales de los intervinientes en la maléfica trama. (En este sentido, el cartel promocional del filme no deja lugar a dudas). Es la crónica de una mentira, la de que cualquier estadounidense puede llegar a lo más arriba desde lo más bajo, y sobre todo, la radiografía de una sociedad que envuelve sus prejuicios en brillante papel de regalo.
La otrora reina malvada introduce los retazos más destacados de sus comienzos, su auge y su caída, sin lamentaciones y con la distancia típica de los que ya no se lamen las heridas ni observan cada día sus cicatrices. Aunque llega tarde para reparar su imagen, el espectador de este siglo no puede evitar eximirla de toda culpa, más aún tras la aparición en escena de su archienemiga archiperfecta Nancy Kerrigan, la víctima de un descacharrado plan digno de cualquier de las versiones de Fargo.
En este punto se impone la crítica sociológica. Tonya, que asume ser parte de la “basura blanca”, y Nancy, criada en la muy elitista, intelectual, demócrata y europea Costa Este. Tonya se da cuenta por las malas de que el hacerse a sí mismo tiene límites en cuanto a la mercadotecnia se refiere. Su pública crucifixión era la consecuencia lógica de ser una chica mala. Todo lo contrario a otros casos ejemplares de superación de la adversidad a través del deporte más exigente. La gimnasta Simone Biles, merecedora de todos los honores como deportista y como persona sería la fotografía en color, y nuestra poco afortunada patinadora, el blanco y negro.
Desde el punto de vista técnico, queda claro desde el inicio de que no estamos ante un documental, sino ante un trabajo de ficción excelentemente rodado. Las secuencias de patinaje se suceden a un ritmo adictivo. La narración, perfectamente medida, no decae jamás. Sin momento para el tedio, se van sucediendo las apariciones de unos personajes tan de tebeo que sólo pueden existir de verdad. La sonrisa se torna en mueca más de una vez (el reencuentro de madre e hija tras el hecho), y, como contraste a las diversas odas al periodismo que han jalonado el último cine, la sutil pero ácida crítica a la noticia como alimento para las masas. El plano último del televisor nutrido con el nuevo escándalo, la rueda que nunca se detiene.



domingo, 18 de febrero de 2018

MADRE HAY MÁS QUE UNA: THE FLORIDA PROJECT (2017)

No c
No cabe duda de que Julita Salmerón es la madre de España 2018. Una mujer de las de antes, solo definible a través de tópicos: personalidad arrolladora, sin pelos en la lengua, sinceridad desarman, naturalidad en estado puro. Mientras se anima a presentar los próximos Goya, otro modelo de maternidad se asoma tímidamente a la cartelera. Una lástima, porque The Florida Proyect, nombre inicial  del parque temático de Disney en Orlando, es una gran bofetada en toda la cara del nunca extinto sueño americano. Un muestrario tremebundo de votantes de Trump, los peyorativamente conocidos como “basura blanca”, que en los estados del interior malviven en caravanas, o, en moteles de mala muerte, como es el caso.  El motel, otro de los lugares comunes de la mitografía yanqui que tanto idealizan los turistas. La ironía es sangrante en casi cada secuencia, y supura por nuestros poros intelectualmente superiores. Ya desde el título mismo nos confronta la paradoja. Las numerosos y asilvestradas criaturas que habitan este símbolo violeta del chabolismo vertical podrían ir caminando al parque de atracciones al que peregrinan sus semejantes de todo el mundo.Es como leer el Lazarillo en negativo: si allá reíamos con cierto remordimiento de las desgracias del muchacho, aquí se nos deforma la mueca contemplando la aparente frivolidad y ligereza con la que los residentes del Magic Castle afrontan sus dramas cotidianos.
Muy elogiosamente se ha hablado de la interpretación o no de la joven protagonista. Aquí hemos de recordar a la Frida de Verano 1993. ambas desafían la paciencia y la empatía de los adultos, ambas versiones oscuras de un Daniel el Travieso ya convertido a estas alturas en el hombre de mediana edad con hipoteca en zona residencial, esposa, tres hijos y perro que auguraban sus rubios mechones cincoañeros.
Y qué fácil juzgarlos, sobre todo a la madre de Moonie, un personaje a veces tendente a lo hiperbólico en su caracterización que no recibirá jamás un trofeo  a la mejor del mundo. Una excesivamente joven y choni madre coraje que desafía los valores más elementales con cada paso que da, que desafía la desolación haciendo que su hija aproveche cada momento de una infancia condenada. Cundirá la indignación en las conciencias mediterráneas observar la dieta de ambas, pero como dice Halley, “sé hacer algunas cosas pero la comida preparada cuesta un dólar”. Los que hayan campeado por los Estados Unidos sabrán que no miente. Una versión postadolescente de Carmina, la madre de los León, que fue la primera en incorrección y descaro.
No hay posibilidad de distanciamiento. El director coloca la cámara a la altura de los niños y les seguimos allá donde van, viendo el mundo desde su altura. No hay apenas música, y los breves instantes de esparcimiento vienen de la singular y paternal relación con Bobby, el encargado del motel, el "pringado", y única figura de autoridad para pequeños y mayores. A diferencia de Moonlight, que destilaba oscuridad y melancolía en un Miami desconocido, las correrías de Moonie y sus secuaces se acompañan de la luz esperable del verano y del color de los edificios y vestimentas. Otra paradoja.



The Florida Project
2017
115 min.
United States
Director: Sean Baker
Guion:Sean Baker, Chris Bergoch
Fotografía:Alexis Zabé
Reparto:




viernes, 26 de enero de 2018

BLACK MIRROR SON LOS PADRES


¿Black Mirror, o realidad? podría ser el título de una de las pruebas tontorronas con las que El Hormiguero asaetea a sus invitados. Porque, ¿cuándo dejó de ser Black Mirror el espejo siniestro donde mirábamos nuestro futuro inmediato? ¿No sin algo de ingenua confianza en un golpe de timón que nos alejara? Pudo ser en el metro,  el día en que nos dimos cuenta de que todos nuestros compañeros de vagón, todos, se entretenían mirando el móvil. O cuando entramos en Facebook y la publicidad ofrecida tenía relación con las últimas búsquedas en Amazon. O cuando nos rendimos al íntimo placer de puntuar a los demás por su apariencia y conducta y a la ansiedad por ser puntuados. 
El caso es que la invención de Charlie Brooker hace tiempo que ya no encaja en la definición de  distopía. 1984 tardó decenios en replicar a Orwell. . En este caso, la realidad ha alcanzado a la ficción en menos de un lustro. Y no es un demérito para Netflix, que responde con orgullo “ya lo dije primero” cuando Pizza Hut tuitea la próxima llegada de los vehículos autónomos de reparto que son la mecha que prende “Crocodile”. Y qué decir de la siniestra publicidad de Meetic y su “coach” para encontrar la pareja perfecta, precuela inconfesable de “Hang the DJ”. 
Así las cosas, la quinta temporada acerca a la serie a una confortable madurez, con la irregularidad inevitable. Con una vocación nueva de ser cronista del presente y del mañana más literal, los seis episodios siguen proporcionando momentos excelsos y sensaciones perturbadoras. Si el hallazgo de la pasada entrega fue el final feliz de San Junipero, esta vez se prueba con la suave parodia friki en USS Callister, que amenaza con  secuela. Pero, sin duda, el concepto clave de la serie 4 ha sido el del “paternidad/maternidad”. En dos vertientes diferentes y complementarias, partes del proceso ambas, e incorporando las ideas y términos más exitosos en las modernas pedagogías.El capítulo 2, “Arkangel”, dirigido por Jodie Foster, y el 6, “Black Museum”, evocan la cruz y la cara de ser padres. La tablet diabólica que censura las vivencias de la hija en Arkangel nos resulta extremadamente familiar en su propósito. La sensación general es que los padres nunca fueron tan sobreprotectores como lo son hoy. Acercando la reflexión a lo que tenemos más cerca, es sorprendente/desazonador/ que la generación patria criada con La Bola de Cristal, cuyas vidas al límite sin cinturón de seguridad se recuerdan con regocijo en Yo fui a EGB, entren en modo ataque cada vez que su retoño se siente importunado; ya sea por un congénere que le hace la zancadilla en el recreo, o por un maestro que anota en su agenda la falta de deberes. El futuro inminente que retrata el episodio está a tres zancadas y da tanto miedo como solía darlo la serie entera cuando era británica. 
El último capítulo de la temporada es una oda a la autorreferencialidad. Un festín para los buscadores de conexiones entre tramas y personajes. Y también un merecido autohomenaje del orgulloso padre de la criatura. El museo de los horrores enclavado en un secarral funciona a la manera de unos grandes éxitos. Hay recuerdos para todas las temporadas, bajo el común denominador de toda la serie: qué pasa cuando la tecnología se nos va de las manos. La audaz adolescente protagonista no dispuso precisamente de una vida filtrada por el artefacto Arkángel. 
Black Museum supone un muy adecuado cierre temporal en su interés por recapitular y entretejer detalles olvidados por el amplio margen entre entrega y entrega. Charlie Brooker nos recuerda lo que ha crecido su serie con esta original reinterpretación del clásico álbum de fotos familiar. 
Situada ya plenamente en su nicho de comodidad, habrá que seguir atentamente evoluciones temáticas y  narrativas. Aún queda capacidad de sorpresa.