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domingo, 19 de septiembre de 2021

CINE: JINETES DE LA JUSTICIA (2020)

En una de esas asociaciones insólitas que perturban las cabezas de vez en cuando, podemos afirmar sin rubor el parentesco entre una tragicomedia danesa de 2020 y los giros locos más los golpes desconcertantes de humor  marca registrada de Vancouver Media, la productora española más de moda y artífice de obras magnas como La casa de papel y Sky Rojo. Así, el guionista y director Anders Thomas Jensen convierte a un Mads Mikkelsen anterior a Otra ronda en un pétreo militar en misión exterior con ansias de venganza que es convencido por un grupo de científicos obsesionados con los datos de que la muerte de su esposa en accidente ferroviario no fue casual. Añadida la correspondiente dosis de culpabilidad por la decepcionante última conversación telefónica, en la que comunica a la familia la prórroga de la estancia, aquí se acaban los puntos en común con las películas de Liam Neeson. Porque el desarrollo lineal de este tipo de tramas se convierte aquí en un carrusel de géneros de ninguna manera fallido, en el que los momentos puntuales de tragedia se compensan al punto con secuencias descacharrantes. El espectador avezado va a estar siempre en tensión por si a la historia se le va la pinza definitivamente a un lado o al otro, pero el equilibrio entre tonos termina siendo satisfactorio y muy, muy difícil de conseguir. (Véanse las dos referencias al inicio de estas líneas para entenderlo). Y todo ello sin perder su esencia de película navideña, a la nórdica usanza. 

Pero una buena historia con un buen tratamiento naufraga sin unos buenos personajes que le den cuerpo.  El grupo digamos de disfuncionalidad creciente que se enfrasca en la investigación con ánimo justiciero está retratado con maestría y suma agudeza. Cada uno de ellos, bajo el arquetipo ya sea de soldado robótico o científico nerd, va mostrando de manera muy medida otras capas, y todas se relacionan con tragos amargos que les hacen ser como parecen ser. Cada uno lidia con su dolor como mejor puede, nos vienen a decir, y muchas veces el disfraz ayuda a evitar intromisiones. 


El inicio a lo CSI pero mal ya nos pone en situación. Los números nunca mienten. El azar no existe. La estadística es la ciencia que hace más predecible el mundo, y el algoritmo, ay el algoritmo. El muy numérico Otto (Nikolaj Lie Kaas)no logra transmitir el futuro de su software a los resecos ejecutivos powerpointistas que financian su investigación, llevada a cabo, como no, en sus horas libres.Él y sus tres escuderos son depurados y quedan libres para investigar el accidente del tren en el que no por casualidad sino por su despido, va Otto, que no puede asumir la culpa por haber cedido el asiento a la esposa de Markus. Así pues, dentro de la coctelera, la necesidad de redención como catalizador de la ecuación de acontecimientos que devienen en incontrolables, como la vida en general. En medio de estos individuos discordantes, Mathilde, la hija de Markus y principal damnificada, que implora a su padre ayuda psicológica para superar el trance mientras le ve despeñarse sin remedio,, a la vez que se convierte en el la justificación perfecta para que el grupo funcione sume con nuevas incorporaciones. Una actitud valiente e inusual por madura, un recordatorio más de nuestra fragilidad en estos tiempos de zozobra. 

JINETES DE LA JUSTICIA (Retfærdighedens ryttere)

Año:  2020

Dirección: Anders Thomas Jensen

Guion: Nicolaj Arcel, Anders Thomas Jensen

Música: Jeppe Kaas

Fotografía: Kasper Tuxen

País: Dinamarca

Reparto: Mads Mikkelsen, Nicolaj Lie Kaas, Gustav Lindh, Roland Moller, Nicolas Bro, Lars Brygmann, Rykke Louise Anderson.

Duración: 116 minutos.

domingo, 25 de abril de 2021

UNA JOVEN PROMETEDORA (2020)


Tras el paréntesis pandémico, y toda vez que Occidente se ha acostumbrado al incómodo compañero vírico porque la idea del exterminio queda fea, los Oscar vuelven esta madrugada, con adaptaciones en el fondo y en la forma. En estos tiempos de paradojas que tragamos como si tal, algunos críticos han señalado el contraste entre la notable selección de competidoras y la falta de interés del público, que sigue sin poder acudir a las salas en la mayor parte del mundo (Madrid no cuenta). 

Esta desaparición, esperemos que temporal, de la proyección cinematográfica como acto compartido, debiera ser aprovechado por las plataformas multimedia que, hasta este año, han estado proscritas para el triunfo, que no para las nominaciones. Veremos. 

De momento, la ópera prima de la directora, guionista y actriz Emerald Fenell se ha colado en las categorías principales. Nunca sabremos si es por su vocación de "película necesaria", o porque es de las pocas que han podido estrenarse a tiempo  a la manera tradicional. Lo cierto es que, más allá de sus méritos y deméritos como obra artística, que ahora analizamos, lo tenía todo para salir más que airosa del trance. Una historia confeccionada y producida por mujeres con voz sobre mujeres sin ella, unos hechos traumáticos que pasan por rito iniciático en ciertos ambientes estudiantiles, achacables siempre a la víctima, que se ha de sacrificar doblemente durante la comisión del delito, y más tarde, para no interferir en las futuras siempre brillantes carreras de sus asaltantes. Basta con googlear unos minutos para encontrar los mimbres reales de la historia truncada de esa joven prometedora, que en realidad son dos: la protagonista, y su mejor amiga. En este sentido, es significativo que la historia transcurra en Estados Unidos siendo británico la mayor parte de los que aparecen en los títulos de crédito. En Europa no pasan estas cosas. 

Sin embargo, las potentes premisas y la ambición de abrir camino en la denuncia se diluyen en unas cuantas decisiones creativas bastante discutibles. Tanto como el prestigioso y bien conocido reparto enclaustrado en personajes excesivamente secundarios y reducidos a un solo rasgo. Si bien no hay discusión en que Carey Mulligan está fascinante y perturbadora, con su correcto acento del Medio Oeste, como  treinteañera recién estrenada que decide cargar con una cruz que no es suya y focalizar su existencia en un sucedáneo de venganza. Aunque algunos reclamaran a una actriz más atractiva para el personaje, como su misma productora Margot Robbie. 

Despojada de su chiclosa estética de instituto en peluquería y vestuario, noventera en la banda sonora y ochentera en la fotografía saturada de tonos pastel con trazos fosforito, asistimos a la típica historia de buenos y malos, presa de un vaivén errático entre tonos y géneros, salpicada de un autoproclamado humor negro que no escandaliza en absoluto. Con secundarios gruesamente trazados cuya misión principal es el alivio cómico, tenue, cuando sube la tensión dramática. Ahí están los padres de la protagonista, típicos padres estadounidenses que han visto frustrado sus derechos a presumir de hija médico en el club de golf y a montar un gimnasio en la habitación, aún inauditamente ocupada. Mucho que aprender tienen de las madres mediterráneas.

Merced a un encuentro casual con un ex compañero de facultad, Cassandra ve la luz y comienza a pergeñar la revancha definitiva, con mucha elaboración y pocos elementos dejados al azar.  El problema es  la verosimilitud, sacrificada en la mesa de dirección en pos del mensaje, bien subrayado con esos mismos tonos flúor. Sorprende constatar que todos los caracteres, ayudantes o antagonistas, se definen por el infantilismo, en diversas variantes. El pensamiento unidireccional de Cassandra, a la que la propia madre de la verdadera víctima le dice "no seas niña". La ex amiga superficial que tampoco ha culminado su carrera pero por la mejor de las causas, y, sobre todo y ante todo, los personajes masculinos. En alguna reseña benévola se ha dicho que "están llevados al extremo", Al extremo de la caricatura, añado. Evidentemente, esta no iba a ser una historia de equilibrado análisis de hechos, pero el ridículo de palabra y acción de todo el género masculino en pantalla estorba a la necesaria empatía que debiéramos sentir con las miserias que se narran. Solo uno se salva en su patetismo redentor, solo un aliado. 

Una vez más, la sororidad es un concepto con más espacio en el diccionario de la RAE que en la palpabilidad  de la vida. La inclinación aparentemente inevitable del varón hacia la depredación y la misoginia es transversal en cuanto a color de bien y nivel socioeconómico, como bien se trasluce en ciertos diálogos de la interesante Una noche en Miami, de Regina King, también nominada. 

Para los aficionados al comparativismo, es muy sugerente, y factible ahora mismo en salas, el programa doble con la estupenda Otra Ronda, de Thomas Vinterberg, con los efectos del alcohol como piedra de toque. Las conclusiones, se sienta uno o no identificado con los #MeToo que en el mundo han sido, son transparentes. El experimento pseudocientífico que llevan a cabo los profesores de la película danesa descarrilaría si fueran profesoras. "Solas y borrachas queremos volver a casa" es uno de los lemas del nuevo feminismo, el  de Twitter. Básico y tristón para las que se partieron la cara en los sesenta y ochenta, pero Mads Mikkelsen se puede permitir pasar la noche tirado en la calle durmiendo la mona y ser despertado intacto por sus amables vecinos. 

A PROMISING YOUNG WOMAN (2020)

DIRECCIÓN Y GUION: Emerald Fenell

PAIS: Reino Unido

DURACIÓN: 113 minutos

MÚSICA: Anthony B. Willis

FOTOGRAFÍA: Benjamin Krakun

REPARTO: Carey Mulligan, Allison Brie, Bo Burnham, Connie Briton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Alfred Molina. 

sábado, 30 de enero de 2021

CINE: EL ARTE DE VOLVER (2020)

Cada temporada cinéfila hay una sección que debiera llamarse "películas pequeñas no aspirantes a los Goya". Este curso atípico en el que la cosecha ha sido la que ha sido, el debut de Pedro Collantes hubiera merecido siquiera la nominación para Macarena García, cuyo rostro balsámico aparece en todas y cada una de las secuencias. 

Rodada en apenas diez días hiato pandémico incluido, esta es una historia sencilla pero de verdad hondísima que indaga en el desarraigo inevitable del emigrante cuando supera el punto temporal en el que se empieza a no pertenecer ni a un sitio ni al otro. Para Noemí, actriz aún por descubrir, sus seis años en Nueva York son ese punto de inflexión. La admiración/envidia que suscita en quienes descubre su lugar de residencia no compensa el desencanto por un despegue que no llega. La subsistencia vía anuncios publicitarios de productos nada glamurosos puede servir en los inicios, pero el tiempo pasa. Las sutilezas del guion no nos permiten saber cómo costea realmente Noemí su residencia en una de las ciudades más caras del mundo, o quizá eso no importa demasiado, porque el foco está puesto en ese regreso temporal, como lo son siempre, para asistir al casting que cambiará las cosas, y a los últimos momentos de su abuelo. 

En la línea inagotable del nuevo biografismo tan del agrado del creador contemporáneo, el director se inspira en su propia experiencia para confeccionar junto a Daniel Remón una historia de personajes, en la que la cámara sigue a Noemí en cada uno de sus reencuentros. Sin fiestas de bienvenida, con un solo regalo y equivocado, la vuelta casi clandestina evidencia que los espacios afectivos no se reservan eternamente, por más que el que se va y los que se quedan se autoengañen durante meses, o años. En este sentido, Noemí parece ir más lenta que su entorno. En una de las conversaciones sobre las que se construye la trama, su hermana pequeña que ya no es tan pequeña le reprocha el no responder a sus mensajes, cuando ella está convencida de que sí lo ha hecho. 

En un plácido paseo por el Parque del Oeste, acompañamos a Noemí y a su amigo Carlos, un estupendo como siempre Nacho Sánchez. El espectador que se haya visto en esta tesitura del regreso temporal entenderá esos primeros apresuramientos del contárselo todo, la generosidad del que se ha quedado, escuchante más que emisor, y el progresivo agotamiento del entusiasmo, toda vez que el regresado constata que la vida sigue sin él. 

De esta manera agridulce, las emociones se van condensando hasta estallar de mala manera hacia el final del metraje, merced a la que ostenta (ostentaba) el peligroso título de mejor amiga. Una fotógrafa conceptual encarnada certeramente por Ingrid García-Johnson, con la sombra indeleble del ex. Una explosión tragicómica con la sinceridad como daga, que nos lleva a la sonrisa, como los primeros tanteos del abuelo con los filtros de Instagram, justo cuando ya no le queda tiempo para profundizar en el tema. 

El arte de volver , que también es el título de la serie a la que aspira Noemí, quizá sea mal título para un culebrón de sobremesa, pero se ajusta perfectamente a la efímera pausa madrileña de la protagonista. Marcharse es fácil. 

Título:El arte de volver.

Año: 2020

Dirección: Pedro Collantes

Guion: Pedro Collantes y Daniel Remón

Nacionalidad: España

Música: Yuri Méndez

Fotografía: Pedro Cabezas

Reparto: Macarena García, Celso Bugallo, Nacho Sánchez, Ingrid García-Johnson, Mireia Orio, Luka Peros.


lunes, 29 de julio de 2019

UTOYA, 22 DE JULIO

No será la última vez ni la más señalada que coinciden relativamente en el tiempo dos recreaciones ficcionales de un mismo suceso. En estos casos suele pasar que quien da primero, da dos veces, aunque esta vez ha sido una excepción, según el recibimiento crítico. Hace un par de años, Paul Greengrass facturó para Netflix su larga y lineal visión de los hechos, pasando bastante desapercibida entre la cada vez más abrumadora oferta de la plataforma, y también con una tibia acogida en la Mostra de Venecia. Este 22 of July comparte título con la recién estrenada en cines Utoya, 22 of July - obra del local Erik Poppe - y apenas nada más.  Las distancias son notables en cuanto a pretensión artística, propósito y público objetivo. Greengrass, un experimentado director de dramas basados en hechos reales tan fiables como United 93 (2006) o Captain Philips (2013) decepciona en esta ocasión. Opta por una excesivamente extensa narración excesivamente lineal y encorsetada en unos parámetros peligrosamente cercanos en ocasiones al telefilme de sobremesa. Sobre todo, en la intención explicativa y en los apuntes de historia de superación del muchacho protagonista. Sin ser una mala película, es evidente su intención de conmover y explicar a un tiempo, a un público ansioso de porqués. Personas normales como las víctimas que buscan alivio tras el asombro y la indignación. Aunque el mismo pergeñador de los actos terroristas se lo ponga difícil. 
Nada de eso interesa a Erik Poppe, que ha afirmado públicamente su rechazo a dramatizar una situación ya de por sí inverosímil. Su propuesta con actores no profesionales aúna ética y estética. Un plano secuencia de 77 minutos, cinco más de lo que duró el ataque, de indudable complejidad técnica, que se desvela como artefacto idóneo para agarrarnos del cuello y transplantarnos a la isla infausta, siempre a la zaga de Kaya, la protagonista simbólica que presta su perspectiva para radiografiar el horror. Caduco el concepto "cámara al hombro", aquí está en las nucas, en las manos temblonas que teclean en el móvil, en el barro, pegada a las cabezas aterradas entre ramas, respirando aterida en los recovecos de piedra. 
Y en el centro de todo, la dispar elección acerca de cómo describir El Mal, así con mayúscula. Mostrarlo, describirlo, a riesgo de humanizarlo y provocar alguna mínima identificación o empatía, es lo que hace el guion de Greengrass, basado en el libro autobiográfico de un superviviente, One of Us. Y es lo que no tuvieron más remedio que hacer las autoridades noruegas.  Anders Danielsen Lie, visto en Personal Shopper (2016) compone un Breivik de una gelidez hiriente. Suyo es el peso moral de la historia, como creador solitario y absoluto. 
Poppe escoge la opción en extremo opuesta: el ser humano queda esbozado únicamente por los 72 minutos de disparos y por un par de siluetas recortadas en la neblina. La carga de angustia y de incertidumbre se hace por momentos insoportable, incluyendo detalles reales como el uniforme de policía que Breivik emplea para acceder a la isla, y que azuza en los jóvenes un sentimiento brutal de no entender nada de lo que está pasando. Es inevitable recordar títulos como Room (2015), en la que también se le niega toda visibilidad al perpetrador del secuestro. 
Para los que necesitan contexto, la cinta de Greengrass es útil y consoladora. Sirve además para sacar brillo de un sistema judicial arquetípico del primerísimo mundo. Qué hubiera sido del terrorista en manos de la policía de otras naciones que se suponen de ese club, por ejemplo. Es sumamente instructivo contemplar cada paso del proceso y la exquisita atención que desde el primer momento se le proporciona, independientemente del odio y la vergüenza concitadas en sus compatriotas. Los daños colaterales de tamaño cuidado se reflejan con amargura en el abogado de oficio que escoge con total premeditación. Un profesional del Derecho, en toda la extensión del término, abocado él y su familia al rechazo, al insulto y a la amenaza a pesar de ser él mismo miembro activo de la ideología que su defendido aspira a extinguir. 
 Tanto en las dos versiones como en los sucesos reales, como en cualquier acto de este tipo que sacude periódicamente a nuestro civilizado mundo, la pregunta que se incrusta en las mentes es cómo esto ha podido pasarnos a nosotros. La incredulidad no se agota, por más insistentes golpes que sufra nuestra molido sistema. Y, como no nos lo terminamos de creer, no pasamos a la fase de reacción. Clarísimo ejemplo de esto es la serie británica Years And Years, que se ha convertido en la distopía apocalíptica menos distópica del audiovisual contemporáneo. Su visionado, junto con los largometrajes comentados en estas líneas, conforman un apetecible combo para pasar un verano de reflexión y desasosiego. 

domingo, 7 de julio de 2019

SUR: LA NOVELA DE UN DÍA DE VERANO

No hay que dejarse engañar por los comienzos, ni por las sobrecubiertas,  ni por las sinopsis de editorial. La última entrega del autor de El camino de los ingleses no es una novela negra. No es tampoco novela de verano para rebozar sobre la arena. Por si acaso los adoradores de Fred Vargas querían probar algo nuevo. El cuerpo agonizante y cubierto de hormigas podría iniciar una intriga policial canónica, pero aquí es solo un cebo, la primera pincelada del fresco monumental que es Sur.
No debería haber ciudad sin novela, y sin duda, esta es la novela que Málaga merece,y con autor de la tierra además. Antonio Soler apunta a lo más alto y entrega un homenaje confeso a Ulises, la gran novela de Dublín, esa crónica de un  paseo  en un día soleado. Nada que objetar a un caballero de la Orden de Finnegans.
Pero lo de Joyce es solo un atisbo. Los veranos dublinescos son un jueguecillo al lado de los malagueños, y en ese día indeterminado de agosto el aire se puede respirar y la chaqueta no sobra. El calor de barriada no es un elemento de atrezzo, sino una presencia pegajosa y omnímoda, que confiere a la escritura cierta aridez de lija.
Antes que Joyce, de todos modos, está Cela. El censo final de personajes, mitad boutade, mitad necesario documento de consulta, remite de inmediato a La colmena, mosaico igualmente transversal de la supervivencia urbana. Y las puntillosas y largas escenas casi documentales de los usos y costumbres de los variados especímenes lumpen evocan las de Tiempo de silencio, y su pionero monologuismo interior.
No encontraremos en esta colmena rastro alguno del Silicon Valley malacitano, ni rastros de las sucursales museísticas y aledaños que han regalado a la ciudad una gentrificación de manual. Todos los ejemplares diseccionados con pericia a través de jerga y acciones están perfectamente adaptados a su nicho ecológico. Fiables guías de su terruño, sus diálogos entremezclados con pensamientos proporcionan una visión certera al lector forastero, visitante improbable. 
Pero hay que insistir en el engaño al que nos somete la ficción, toda ella. No es un relato criminal, pero tampoco es un cuadro costumbrista. Y la culpa la tiene el narrador. Un narrador entre experimental y convencional, pilar y conductor del rompecabezas. Un narrador,  un tono exigente y buscado, según se deduce de las afirmaciones del propio Antonio Soler. Su omnipresencia discreta se advierte desde las primeras líneas, introduciendo trama y personajes a modo de travelling cinematográfico. Sin puntuación separadora, conciencias de unos y otros se suceden sin pausa en el mismo párrafo, consiguiendo una inmediatez y una simultaneidad de acción inviables de otro modo. Los múltiples caracteres se destapan, se justifican, se cuentan a sí mismos, a los de al lado, a los de fuera, a sus familias, a sus compañeros de farra, circunstanciales o perennes, sin darse, sin darnos  respiro ni tregua ni relevo, durante la primera mitad de la obra. Hay muestrario donde elegir. Los retratos más acertados en su sordidez y desesperanza, los del desequilibrio mental. 
Después, un medido convencionalismo necesario hace avanzar las intersecciones en tal cantidad de dramas cotidianos.
Algunos echarán de menos más sabor local, aquí demasiado entreverado de ochenterismos generalistas. Pero esa era la intención del novelista, una razonable (y exitosa) universalidad de lenguaje y escenarios con los que sentirse cercano sea cual nuestro origen. 
Este narrador maestro se posiciona más cerca que lejos de sus personajes, alternando distancia irónica con puntillas de ternura. No es nada fácil acertar con la mezcla. No echaremos de menos cierto decoro, a la lopesca manera, y nos creemos la elaboración ambiciosa  que ofrecen algunos discursos. Agosto y cerebros agostados en una lucha por la supervivencia. El fracaso reiterado, las excusas del que cae para no levantarse, la némesis del pensamiento positivo. Algunos ecosistemas son como telas de araña, y dejan nacer, crecer, reproducirse, entrar, pero no salir. 

Sur, de Antonio Soler. Galaxia Gutenberg. 2018. 512 págs.