Dicen que dijo Augusto
Monterroso que solo había tres temas en la historia de la
literatura: el amor, la muerte y las moscas, esto último entendido
como el paso del tiempo. Y otro alguien, que la línea entre lo
sublime y lo grotesco es cada vez más fina. A Ghost Story, último
trabajo de David Lowery (Peter y el dragón), hilvana las tres
eternas cuestiones aunando sencillez y complejidad, abstracción y
materia, literalidad y oxímoron. Pero también exige del espectador
una predisposición muy concreta para conectar emocionalmente con la
propuesta. El austero título preludia la economía narrativa de la historia, aparentemente
pequeña y común, con unos personajes vistos en el abrupto final de
la cotidianeidad de sus vidas. Es una historia de fantasmas, sí,
pero nadie se llama a engaño. ¿Vienes preparado para llorar?-Le
pregunta un espectador a su acompañante. Pero no es necesario. Sin
alharacas, ni sobresaltos sobrenaturales, ni videntes entregadas, sin
melodías encadenadas ni clases de cerámica, es enorme el mérito de
un guion que nos hace ver como lo más normal del mundo la
pervivencia de un algo más allá de la muerte. Una presencia que
está y se hace notar solo en ocasiones. Con la simplicidad y
sutileza de los buenos cuentos, el despertar del protagonista
fantasmagórico a su nueva vida es puro deleite visual. Y para
dibujar a un fantasma en una época repleta de ellos, qué mejor que
volver a los trazos más primitivos. Cubierto por una sábana con sus
correspondientes agujeros camina Casey Affleck por la que nunca
dejará de ser su hogar. Habitáculos anodinos que se transforman en una suerte de Casa tomada. Su deambular por un espacio cambiante es de
un patetismo mortecino. Atrapado en un tiempo elíptico, cualquiera
de nosotros preferiría el fuego eterno antes de ver al ser amado
pasar a velocidad variable las etapas del duelo, coronadas
necesariamente por el olvido. El silencio es atronador, y sus
preguntas sin posibilidad de respuesta resuenan como la vajilla
destrozada cuando la ira es la única reacción posible. Es esta una
historia de dos, y la otra parte es ella, la chica prematuramente
abandonada, la solidez lánguida de Rooney Mara en un quizá
demasiado frío proceso que pone a prueba la paciencia y la empatía.
Algunos tacharán de pretenciosidad “indie” emplear cinco minutos
de metraje para mostrar la deglución de un pastel, típica cortesía
anglosajona en estos casos. Otros lo entenderán como inspirada
metáfora de todos los sentimientos encontrados que brotan sin
control después del trauma. En cualquier caso, estamos ante un
relato desolado y despojado, sin más concesiones al sentimiento que
una mano envuelta escarbando en un tabique. Planos conmovedores y
risibles a la vez, y un desenlace hermanado con la teoría de las dimensiones paralelas, inverosímil, o el único posible. Como la existencia humana en general.
"¡Suspendidos, suspendidos, suspendidos! Miro a mi alrededor y por todas partes veo suspensos. Viejos moralistas, jóvenes lameculos, escritores sin éxito; viejas glorias, jóvenes promesas, negados absolutos; artistas suspendidos, editores suspendidos, académicos y críticos suspendidos; esposos, padres, amantes suspendidos; mentes suspendidas, cuerpos suspendidos, corazones y almas suspendidos. ¡Ninguno de nosotros ha aprobado, todos hemos suspendido!»
cabra
lunes, 6 de noviembre de 2017
domingo, 22 de octubre de 2017
Netflix es español, español, español: Fe de etarras (2017)
Una
vez comprobada su viabilidad, tantas veces puesta en duda, Netflix
continúa su producción propia en España. Siguiendo las premisas de
su matriz, el antaño videoclub cibernético ha terminado de
dinamitar la connotación negativa del concepto “telefilme”,
tarea en la que HBO fue pionera. Más aún, se ha embarcado en una
lucha porque sus películas sean reconocidas en los foros y
festivales como los estrenos en pantalla grande. Mientras unos dicen
sí y otros no, los más listos (léase aquí Borja Cobeaga y Diego
San José), demuestran que el tamaño de la pantalla no importa si
hay versatilidad y talento. Guionistas curtidos en la televisión y
autores de dos de los mayores taquillazos nacionales de todos los
tiempos, inauguran aquí la tercera vía.
Áproximadamente sobre
la mitad del metraje, llega uno de esos momentos de conjunción
astral entre realidad y ficción. El moderno consumidor audiovisual
se sorprende de que, a estas alturas se pueda hacer gracia a costa de
las banderas, del tamaño y de su abundancia. Y acto seguido, puede
pausar la proyección, que para algo mola ver cine en casa, asomarse
a la ventana, y contemplar el gag vivito y coleando en la fachada de
enfrente o en a suya propia. Solo por la posibilidad de esta
experiencia ultraterrena merece la pena la última aproximación de
Cobeaga y San José a su tema fetiche. Menos audaz en su premisa que
Negociador (2014) con personajes más básicos, con
situaciones más asimilables, asistimos a la estática peripecia de
unos terroristas que aguardan a Godot mientras se erigen los
penúltimos soldados de su guerra. Les sostiene solamente la poco a
poco quebrantable fe del título, ingenioso e intraducible para los
usuarios no hispanohablantes de la plataforma, que ha optado por un
insulso Bomb Scared según IMBD. La buena mano de los publicistas
para que el toro (léase político simplón) entre al trapo hubiera
sido suficiente para asegurar la curiosidad, pero es que los
paralelismos con lo que estamos viendo fuera de la pantalla son de
una atracción casi fatal. Así, la construcción de los personajes a
base de arquetipos adquiere matices inesperados, como en el caso del
militante veterano, un Javier Cámara de gesto adusto y esqueletos en
el armario, que culpa a España de todos los males y que osa
enmendarle la plana al mismísimo Trivial Pursuit. El hallazgo es sin
duda el etarra de Albacete en búsqueda de apodo, un Julián López
en clave costumbrista cuya fe del converso no mueve montañas pero sí
cambia bañeras por platos de ducha. Los días claustrofóbicos
encerrados en un piso Cuéntame se hacen largos se tenga o no se
tenga una misión trascendental en la vida. Partiendo de esta lógica,
Cobeaga y San José comparten hipótesis de lo más sensatas,
trazadas con firmeza y equilibrio entre la amargura y la carcajada.
La encantadora y muy abuela vecina, excelente Tina Sáinz, va
socavando inconscientemente la fe a base de croquetas y guisotes.
(Acerca de las croquetas y la noción de patria recorrió Twitter un
atinado hilo hace unos días). El español muy español vecino del
tercero desbarata el plan a la española también, y Ramón Barea, en
un papel opuesto al de su protagónico en Negociador, pone el punto
dramático que nos recuerda ante qué gentes estamos.
Queda demostrada la
peligrosa cercanía entre la épica, y la ridiculez. Que todo
discurso es susceptible de llamar a la risa, y que hay que sospechar
de los solemnes que lo dicen todo absolutamente en serio. Y un aviso:
los tentáculos de España son largos y no dejan marchar fácilmente.
miércoles, 11 de octubre de 2017
CINE: MADRE!
De vez en cuando los
mosquitos siguen picando en octubre, y una película nos refresca el
manoseado concepto de “cine de autor” y la imposibilidad de
juzgarlo con los mismos parámetros que a las sagas de sustos
palomiteros. El estreno de Madre!, traducción sorprendentemente
literal para un país acostumbrado a los títulos explicativos, no
defraudó las expectativas de los que sabían con quién se jugaban
los cuartos. Una de terror manufacturada por el autor de Réquiem por
un sueño y Cisne negro, que ya eran en sí mismas retratos de vidas
terroríficas. Sí defraudó a los que desconocían la imposibilidad
de la equidistancia con Darren Aronofsky.
Sin embargo, no es
positivo que una historia necesite de tantas exégesis previas y
posteriores por parte de su creador y de sus seguidores, acérrimos y
apasionados sin necesidad de banderas. Fracasados los intentos de
sinopsis sin desvelar los giros argumentales, hay en la blogosfera
interpretaciones para todos los gustos y niveles. Bíblicas,
panteístas, biográficas. Que los personajes carezcan de nombre
invita a entender la película como una gran y enloquecida alegoría,
dentro de la que uno puede focalizar en el que más guste o repela.
Es muy sugerente que Él (HIM), interpretado milimétricamente por
Javier Bardem, sea poeta. Un poeta que recorre todas las fases de la
creación poética, que experimenta epifanías, arrastra masas y cura
almas con su palabra. Algo anacrónico en estos tiempos de novelas
históricas y textos de autoayuda. En plenos fuegos artificiales,
enfilando ya el desenlace, es imposible no acordarse de Paterson, el
humilde poeta amateur de lo cotidiano que nos presentó Jim Jarmusch
la pasada temporada. No caben dos aproximaciones más dispares al hecho poético y sus aledaños. Bardem construye un vate
romántico, aspirante a la inmortalidad y marcado por su creencia de
haber sido elegido.
Sumergidos en una
historia clásica a retazos que es ante todo una propuesta estética,
se deslizan algunas incongruencias para los amantes o obsesos por la
verosimilitud. Por ejemplo, la cantidad de ejemplares que Él ha
debido despachar de sus poemarios para disfrutar de semejante
mansión. Por ejemplo, el que a su fiel y admiradora esposa, y
albañil, y fontanera, se la denomine “Inspiración”, siendo como
es una musa en barbecho hasta que hace honor al nombre oficial del
personaje.
Y si todo esto no es
suficiente, o demasiado excesivo, quedémonos únicamente con
Michelle Pfeiffer. Un regreso a lo grande que da miedo, mucho miedo.
domingo, 17 de septiembre de 2017
CINE: DETROIT (2017)
El
acontecimiento cinematográfico de este primer semestre de 2017, el
aplauso unánime de la crítica, ha sido un fracaso de taquilla sin
paliativos, en el verano más flojo de las últimas décadas. Apenas
15 millones de dólares recaudados en EEUU según Box Office Mojo,
los que importan a estudios y distribuidoras. Zero Dark Thirty
(2012), anterior trabajo de Kathryn Bigelow fue pródigo en
polémica y recaudación, con unos 96 millones. Puede que los
cineastas y escritores estadounidenses sean un espejo en el que
mirarse a la hora de exorcizar demonios y airear vergüenzas
nacionales, pero el público es soberano. La legitimación moral de
la tortura que, premeditadamente o no, supuso la narración de las
últimas horas de Bin Laden, encajaba bien con la idiosincrasia del
americano medio. Los europeos, siempre a la vanguardia de los
derechos, nos escandalizamos pero fuimos a verla igual.
Esta
vez es diferente. La actualidad de los hechos recreados es
insultante. La lista de abusos policiales contra la población negra puede consultarse a tiempo real en páginas web que funcionan de contadores, como con las mentiras de Donald Trump. De hecho, el escueto título basta para hacerse una idea
de lo que viene después, incluso desconociendo el punto cronológico
de partida. Hoy, a pesar de su recuperación incipiente, Detroit
sigue siendo el arquetipo de ciudad fallida, vapuleada por la crisis
del modelo económico estadounidense, abandonada por los mismos que
la pusieron en órbita y dejada en manos de ciudadanos-caricatura
como los que pueden verse en el reality Hardcore Pawn
(Empeños a lo bestia para los españoles). Pero no. El
relato, para el que es muy difícil encontrar calificativos, parte de
los disturbios que arrasaron la ciudad durante el verano de 1967.
Como suele pasar, los apocalipsis prenden de mechas aparentemente
pequeñas. En este caso, el enésimo registro de un club nocturno de
negros por parte de policías blancos o negros asimilados al sistema.
A partir del momento en el que se tira la primera piedra, asistimos a tres películas en una. La primera capa, de política y acción social, esperable y rodada con la asepsia y el pulso firme característico de la directora. Bajo las imágenes de combate subyacen las contradicciones: los mismos policías que abusan de su autoridad se lamentan minutos antes de haber decepcionado a esa gente que confiaba en ellos. La segunda capa es conformada por la peripecia vital de unos aspirantes a músicos, y muestra la cara más festiva de la que fue, además de la ciudad del motor, la ciudad de la Motown, Las expectativas individuales siempre pierden en la confrontación con las colectivas y aquí se ejemplifica con una de las escenas más emocionantes vistas últimamente en una pantalla y que funciona como bisagra para la tercera capa, el terror. Detroit es una película de terror disfrazada. Recordamos un caso curiosamente opuesto de esta misma temporada, el de Déjame salir, de Jordan Peele, una historia de terror que resulta ser una fenomenal comedia. Ambas comparten la premisa racial, en épocas diferentes pero con idéntico sustrato. Una nota lingüística es determinante para apreciar la evolución, o involución sociocultural entre una y otra: el eufemismo. Si en la obra de Peele, los momentos mas chispeantes proceden de toda la construcción mental impuesta por el correctísimo vocablo “African American”, no nos deja indiferentes en la retransmisión televisiva de los disturbios (real, como algunos de los planos callejeros del filme) el profuso empleo de “nigro”, hoy absolutamente proscrita.La crítica se ha detenido, con razón, en el espeluznante núcleo central de la película, del que es preferible no informarse previamente, ni durante la proyección, como hacían algunos espectadores, atónitos ante lo que estaban viendo y sabedores de que eso pasó de verdad. Una secuencia de hechos que tuvo que ser un verdadero suplicio de rodar para los actores. En consonancia con la presencia del patrullero Krauss, inverosímilmente despreciable si no fuera por su material existencia, uno llega a desear que durante esa noche interminable aparezca la Madre de Dragones al grito de Dracarys y dé fin al juego con su peculiar estilo. Pero no, y uno oscila entre la incredulidad y la indignación, no solo por asistir a la representación pura de la maldad humana sino también a la de la cobardía y a la jurisdicción como parapeto. Tres cuerpos de seguridad. Uno actuó y los otros dos decidieron que ese no era su negociado. Cualquier espectador ha visto en pantalla escenas como esa multitud de veces. He aquí el mérito indiscutible de la forma de narrar de Bigelow y su mano maestra con la cámara, que salta de un rostro a otro sin descanso, a puertas que se abren y se entrecierran, a los cuerpos temblorosos, en planos de una aspereza casi insoportable.
El horror deja paso al segmento final en el que se juzgan los hechos, y uno de los que estuvieron allí y se lavaron las manos deja la sala y vomita entre unos arbustos. Es lo que seguramente se desee hacer cuando llegan los títulos de crédito. Menos mal que en Europa no pasan estas cosas.
A partir del momento en el que se tira la primera piedra, asistimos a tres películas en una. La primera capa, de política y acción social, esperable y rodada con la asepsia y el pulso firme característico de la directora. Bajo las imágenes de combate subyacen las contradicciones: los mismos policías que abusan de su autoridad se lamentan minutos antes de haber decepcionado a esa gente que confiaba en ellos. La segunda capa es conformada por la peripecia vital de unos aspirantes a músicos, y muestra la cara más festiva de la que fue, además de la ciudad del motor, la ciudad de la Motown, Las expectativas individuales siempre pierden en la confrontación con las colectivas y aquí se ejemplifica con una de las escenas más emocionantes vistas últimamente en una pantalla y que funciona como bisagra para la tercera capa, el terror. Detroit es una película de terror disfrazada. Recordamos un caso curiosamente opuesto de esta misma temporada, el de Déjame salir, de Jordan Peele, una historia de terror que resulta ser una fenomenal comedia. Ambas comparten la premisa racial, en épocas diferentes pero con idéntico sustrato. Una nota lingüística es determinante para apreciar la evolución, o involución sociocultural entre una y otra: el eufemismo. Si en la obra de Peele, los momentos mas chispeantes proceden de toda la construcción mental impuesta por el correctísimo vocablo “African American”, no nos deja indiferentes en la retransmisión televisiva de los disturbios (real, como algunos de los planos callejeros del filme) el profuso empleo de “nigro”, hoy absolutamente proscrita.La crítica se ha detenido, con razón, en el espeluznante núcleo central de la película, del que es preferible no informarse previamente, ni durante la proyección, como hacían algunos espectadores, atónitos ante lo que estaban viendo y sabedores de que eso pasó de verdad. Una secuencia de hechos que tuvo que ser un verdadero suplicio de rodar para los actores. En consonancia con la presencia del patrullero Krauss, inverosímilmente despreciable si no fuera por su material existencia, uno llega a desear que durante esa noche interminable aparezca la Madre de Dragones al grito de Dracarys y dé fin al juego con su peculiar estilo. Pero no, y uno oscila entre la incredulidad y la indignación, no solo por asistir a la representación pura de la maldad humana sino también a la de la cobardía y a la jurisdicción como parapeto. Tres cuerpos de seguridad. Uno actuó y los otros dos decidieron que ese no era su negociado. Cualquier espectador ha visto en pantalla escenas como esa multitud de veces. He aquí el mérito indiscutible de la forma de narrar de Bigelow y su mano maestra con la cámara, que salta de un rostro a otro sin descanso, a puertas que se abren y se entrecierran, a los cuerpos temblorosos, en planos de una aspereza casi insoportable.
El horror deja paso al segmento final en el que se juzgan los hechos, y uno de los que estuvieron allí y se lavaron las manos deja la sala y vomita entre unos arbustos. Es lo que seguramente se desee hacer cuando llegan los títulos de crédito. Menos mal que en Europa no pasan estas cosas.
viernes, 28 de julio de 2017
DUNKERQUE: NOLAN A RAS DE SUELO
Pocos nombres hay en la
industria que generen tanta controversia como Christopher Nolan
(Londres, 1970). Aunque él se lo ha buscado. Pionero en aunar cine-
espectáculo y de autor, mantiene película tras película unas
constantes reconocibles que irritan o entusiasman según toque. De
ahí que su debut en el género bélico haya despertado tanto interés
como suspicacias. Para empezar. En las numerosas entrevistas que ha
concedido, dando la razón a los que le reprochan haberse entregado
al capital, niega que sea esta una película de guerra, sino más
bien un thriller.
Sea como fuere, nos
encontramos ante la historia más concisa y de menos exigencia
intelectual de toda su trayectoria. Aceptemos que el propósito
principal es arrasar en la taquilla veraniega, lo que está
consiguiendo, pero es evidente que no nos vamos a encontrar otro
Pearl Harbor (2001).
Nolan nos recuerda algo
que lectores y espectadores suelen olvidar: el realismo en la ficción
no existe. Igual que no es posible aprender Historia con una mera
dieta de novela histórica, no vamos a saber más de lo que pasó en
esa playa norteña entre el 26 de mayo y el 4 de junio de 1940. De
eso ya se encargan los artículos que llenan los medios
puntualizando/reivindicando/corrigiendo. Es más: el guion desecha
casi por completo el punto por el cual la Operación Dinamo ha pasado
a la posteridad como un cuasi milagro, una insólita historia de
superación colectiva, que diríamos ahora.
Podría decirse que se
desecha también el valor de la palabra. No es una película casi
muda, como se puede leer por ahí, pero su economía lingüística es
uno de los tres puntos que sirven al objetivo inicial. Respecto al
primero, si la palabra apela a la reflexión y la imagen a la
emoción, Nolan ha ido a provocar. Temas presentes en toda su obra
como la angustia, la supervivencia, o la lucha entre el individuo y
sus circunstancias se notan palpitantes en esta hora y media de muy
comentada estructura narrativa, el segundo punto. Porque no es
lineal, claro, y choca con lo que el aficionado espera. Coherente con
su propósito de llegar a la mayoría, pero incapaz de renunciar a sí
mismo, el director nos obsequia con una coordenadas precisas nada más
comenzar: tres planos, tres secuencias cronológicas. La peripecia de
los soldados en la playa, una semana. La del aterrado soldado
adolescente y sus evacuaciones interruptus, un día. La del piloto
de combate, una hora. Los tres planos se entremezclan dando pistas
suficientes para que no nos perdamos, si bien la confusión aparece
en ocasiones. No puede ser de otra forma, siendo el caos el orden
imperante cuando de sobrevivir se trata. Y el tercer punto, sin
discusión, la banda sonora. Una secuencia distorsiada de sonidos
fantasmales que anticipan y subrayan el horror y la ininteligibilidad
de lo que está pasando. Hans Zimmer evita las notas épicas salvo en
cierto momento, el momento épico, fallido por otra parte, y consigue
que las sirenas, las hélices, los chapoteos, se incrusten en la
memoria como auténticos sonidos de la muerte.
A este plan se entregan
con entusiasmo todos y cada uno de los miembros del reparto. Los
jóvenes debutantes Fionn Whitehead y Harry Styles (del que Nolan
asegura desconocer quién era), el aguerrido Mark Rylance en su barco
recreativo, el conmocionado Cillian Murphy como víctima del estrés
postraumático, el imperturbable Tom Hardy en el aire y el austero
Kenneth Branagh que ve culminar su ímproba misión de salvar a casi
todos.
Sin embargo, hay algo que
no han destacado los críticos, enredados en si la frialdad en la
construcción de personajes marida o no con las secuencias
espectaculares de batallas aéreas y navales. Y es que el verdadero
drama comienza tras el regreso. Ante los vivas de los compatriotas
que se han reunido para recibirles, el joven protagonista afirma que
tan solo se ha dedicado a sobrevivir. Acurrucados en el tren que les
lleva a casa, los dos soldados leen el periódico y se dan cuenta de
que sobrevivir no va a ser suficiente contra la etiqueta de la
cobardía. El recientemente incorporado “síndrome del impostor”
dicen que atormenta a personas que se consideran inmerecedoras del
éxito obtenido, y se piensan a sí mismas como un fraude. Estos
chicos que fueron a una guerra monstruosa de la cual salen vivos, al
menos de momento”, se perderán en comparaciones vanas con aquellos
que se sacrificaron por la libertad de su pueblo. En contraposición
al clímax de los civiles patriotas que se acercaron a Dunkerque con
sus propios barcos a rescatar a sus soldados, qué hicimos nosotros,
será la pregunta que les acompañe siempre.
viernes, 21 de julio de 2017
CAMINAR LA CIUDAD
Hasta hace poco, uno se cruzaba con las
Señoras Que Quedan Para Andar ( Facebook dice) a horas tempranas en
los parques de ciudades del extrarradio y esbozaba una sonrisilla
medio cruel medio envidiosa viéndolas marchar con ritmo acompasado
seguras de ganar la carrera de la vida sana. En esta sociedad nuestra
en cambio constante, las dicharacheras jubiladas se convirtieron sin
saberlo en la avanzadilla de la nueva moda: caminar. Brotan en los
medios investigaciones que superponen las bondades de andar frente a
los riesgos de correr. Si antes la natación era el deporte más
completo, buenas noticias para los de secano. Ahora es andar. La
industria editorial, siempre a la que salta, ha complementado la
apuesta rescatando toda una serie de obras que proporcionan la
coartada intelectual perfecta para los enemigos del ejercicio en
interiores. Andar: Una filosofía, de Fréderic Gros (Taurus
2014); Walderlust, una historia del caminar, de Rebecca
Solnit (Capitán Swing, 2015); o Caminar, dos pequeños
ensayos de William Hazzlit y Robert Louis Stevenson en Nórdica
Libros,recuerdan que caminar y pensar siempre han sido conceptos muy
bien avenidos. Un vistazo a los índices es suficiente para
abrumarnos a referencias a cual más elevada, y nos hace preguntarnos
si realmente hubo algún filósofo que no utilizara sus pies para
poner en marcha su mente. Proliferan las citas de Nietzsche,
Kierkegaard, Heiddeger, Rousseau, Thoureau, Withman. Todos ellos
originarios de regiones con cientos de kilómetros de bosques
disponibles. Todos compartiendo un axioma común: caminar a solas en
la naturaleza. Pero puede antojarse demasiado tópico, o inviable,
ordenar los pensamientos frente a un valle idílico, o en la cumbre
de una montaña. En la ciudad también se puede. Un entorno
tradicionalmente hostil para el caminante, cuyas señas de identidad
no contribuyen precisamente a la tranquilidad de espíritu. Un reto
mayor.
El recelo y la desconfianza surgen
contra los que simplemente van andando, a veces sin rumbo
planificado. En este sentido, todos los que hayan caminado alguna
ciudad de Norteamérica, se habrán parado ante algún cartel
amenazante que advierte de deambular o merodear, o incluso permanecer
de pie en los alrededores de un edificio público, o en el interior
de zonas residenciales.
La connotación peyorativa de ambas
acciones convierte al caminante en sospechoso. Y no digamos si está
solo. No hace falta disfrazarse como hacía George Orwell en los
barrios de Londres para buscar la verdad, solo permanecer quieto en
una esquina más tiempo del estrictamente necesario para observar
algo, o pasar dos veces por el mismo sitio sin motivo aparente. Pero
las ciudades han de ser caminadas para ser reconocidas, y también
para reconocerse a uno mismo en ellas. Otros grandes prefirieron el
asfalto a la maleza, como Baudelaire y Balzac. La ciudad como
personaje literario nace del relato que el caminante entabla con el
entorno vivo y un poco gruñón que le rodea.
Si el tema filosófico o literario no
termina de convencer para echarse a la calle, la ciencia acude. Está
demostrado , dicen los investigadores, que hay una profunda conexión
entre caminar, pensar (y escribir). Aumenta el nivel de
concentración, la memoria a corto plazo, y estimula la creación de
nuevas conexiones cerebrales.
No por esto, sino presionadas por el
cambio de paradigma urbano relativo a las cuestiones medioambientales
y al auge del turismo, las modernas ciudades se están volviendo
hacia el viandante. Aceras más anchas, mayor cuidado de las zonas
verdes, movimientos vecinales y planes municipales facilitan perderse
y encontrarse al ritmo que marque cada uno. El ser considerada
#ciudadcaminable es un punto a favor para recibir visitantes. Todas
las urbes con impulso turístico cuelgan en sus páginas web rutas
muy diversas con todo tipo de informaciones, como Barcelona, que
organiza circuitos de caminatas para todas las edades
(http://www.bcn.cat/trobatb/es/barcelona
sábado, 15 de julio de 2017
CINE: COLOSSAL
El Festival de Toronto del pasado año nos regaló una hermosa muestra de la cara A y de la cara B de la industria cinematográfica. Dos películas de monstruos, las dos dirigidas y guionizadas por españoles, las dos rodadas en inglés, con actores de campanillas, las dos con vocación cosmopolita. Una ligera diferencia presupuestaria: 25 millones frente a 5. Una de ellas se lleva los premios, la taquilla, y sus cuantiosos minutos en los informativos del conglomerado televisivo que ha financiado el proyecto. La otra se estrena casi clandestinamente en España (dos salas en la capital), con un año y medio de retraso. J. Bayona y Nacho Vigalondo fueron pioneros en emprender y marcharse a Hollywood, pero está claro que no le ha rentado igual a uno que a otro. Elucubrar acerca de por qué uno sí y otro no queda para mentes más analíticas y días menos calurosos. Pero está claro que estamos ante un superviviente. Desde aquel corto mítico, 7:39 de la mañana, nominado a los Oscar, Nacho Vigalondo (Cabezón de la Sal, 1977), ha salido a flote en su perseverancia por mezclar géneros con más disparate que cordura, y en la diatriba eterna entre la idea y la materialización de esa idea. Es, además, un pionero de las tempestades de internet, uno de los primeros usuarios célebres de Twitter en ser lapidado y expulsado de los medios por burlarse de asuntos muy, muy serios.http://www.rtve.es/noticias/20110203/nacho-vigalondo-sin-anuncio-sin-blog-pais-comentario-sobre-holocausto-twitter/400859.shtml. Que tiempos los de 2011. Y más aún. Tres años más tarde, pudo experimentar de primera mano la inconsistencia de las promesas juveniles, con Extraterrestre, que debió haber llenado las salas con todos los que afirmaban en las redes estar esperando ansiosamente su estreno.
Así
las cosas, el cineasta cántabro ha sabido cultivar su heterodoxia en
una suerte de tercera vía intermedia entre quedarse en casa y salir
a lo grande. Ya lo consiguió con Open Windows (2014), y lo
vuelve a hacer con este Colossal (2016), que representa la
consolidación de un estilo y de un manual de intenciones.
Extremadamente
beneficiada por una pertinente banda sonora y por la presencia de
Anne Hathaway, que leyó el guion justo cuando buscaba dar un giro a su
carrera, es esta una historia esbozada en dobles planos. Podemos
quedarnos con la primera hora de metraje en su oscilación casi
perfecta entre lo sencillo y lo grandioso. O con la revisitación de
esas comedias noventeras de treinteañeros que vuelven al pueblo con
las orejas gachas y reorientan su rompecabezas vital con lo que
dejaron atrás. Aunque los asuntos por resolver de Gloria son de
calado más planetario que los de Charlize Theron en “Young
Adult” (2011) o los de Matt Dillon en Beautiful Girls
(1996). Aquí, el vaso comunicante entre la desazón costumbrista y
la catástrofe cósmica es el alcohol. Bajo el mensaje evidente de
que las resacas no son buenas, nada tienen que ver sus consecuencias
con las de Días de vino y rosas (1962). El alcoholismo
cervecero de Gloria, tan americano, provoca más hilaridad que
preocupación. Ya nos advirtió Spiderman que un gran poder conlleva
una gran responsabilidad, y una gran oportunidad, podríamos añadir.
Es lo que descubre el villano, en el sentido medieval de la palabra,
Oscar, (Jason Sudeikis) viejoven un tanto bipolar recocido por su
mediocre existencia, aunque rehabilitado por su paciencia en las
sesiones de tortazos a los que le somete su idealizada urbanita. A
esto debe referirse el discurso antimaltrato que han señalado
algunos comentaristas. El contrapunto del garrulismo lo pone un
exquisito y aún británico Dan Stevens como novio mesurado a la par
que príncipe salvador.
Uno
de los méritos de la película es, sin duda, obviar el rigor
científico que podrían reclamarse a partir del baile iniciático de
Gloria en el parque a las 8:00 am. Enredarse en explicaciones
laberínticas que jamás contentan a los puristas solo lastra a las
ficciones, véanse los grupos de seguidores de El Ministerio del
tiempo. La suspensión de la
incredulidad ya la tenemos suficientemente ejercitada en la vida
cotidiana.
Título
original: Colossal
Año:
2016
Duración:
109 minutos
Dirección
y Guion: Nacho Vigalondo
Reparto:
Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Dan Stevens, Tim Blake Nelson, Austin
Stowell.
País:
EEUU-Canadá-Corea del Sur- España
Música:
Bear McCreary
Fotografía:
Eric Krees
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