cabra

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domingo, 25 de julio de 2021

LIBROS: EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Erdrich.


No es ninguna neófita la galardonada con el Pulitzer de este año, ni puede considerarse desconocida para el gran público lector anglosajón, ni para los fieles de Siruela, que ha publicado en español sus últimas obras. Lo que sí es novedoso es el reconocimiento oficial para la que ya era la  gran voz de la literatura nativoamericana. Prolífica en narrativa, poesía y literatura infantil, Louise Erdrich consigue al fin algo de espacio para la minoría de las minorías, que sigue esperando paciente su momento, después de la eclosión reivindicativa del resto de identidades que conforman el mosaico social estadounidense.  Es realmente perturbador constatar el profundo desprecio, quizá explicable mediante la ingeniería social, con el que todos y cada una de las potencias colonizadoras han tratado a los primeros habitantes de los territorios colonizados. En este sentido, la fanfarria anticolón que de momento se ha limitado a retirar estatuas, no oculta el enorme trabajo de resarcimiento que queda por hacer, no precisamente en Latinoamérica. Qué odiosas son las comparaciones, qué bárbaros los españoles, y qué necesario es echarle un vistazo a lo que sucedió y sucede en estados del primerísimo mundo como Australia, Canadá y, evidentemente, Estados Unidos. 
Mientras esperamos algún #NativeLivesMatter, Erdrich se sumerge con éxito en su primera historia no enteramente ficcional recuperando la peripecia de su abuelo, un jefe tribal que, en 1954, se atrevió a plantar cara al proyecto de Ley de emancipación/terminación/exterminio del senador mormón Arthur C. Walkins. Y lo hizo con la misma arma de los políticos, la dialéctica. Las numerosas cartas que dejó describiendo cada uno de sus pasos conforman la base biográfica del relato, que en ningún no cae en la cansina y quizá más europea moda de la autoficción. La honestidad es el camino, y las vidas que se cuentan son dignas de ser contadas. Un colectivo no solo silenciado, sino demolido y reconstruido al albur de la mitografía de la industria del entretenimiento, que les otorgó un espacio en el imaginario mental de Occidente a cambio de la perpetuación del estereotipo. 
El lector lejano social y geográficamente hallará una forma de contar que conjuga bien la eficacia y la emoción. La autora echa mano de su bagaje para construir un entramado formal en el que lo espiritual y lo terreno operan de manera indisoluble e influyen de igual manera en la creación y resolución de conflictos. Al igual que en otras culturas con mejor predicamento en nuestra parte afortunada del planeta, por otra parte. El vigilante nocturno es Thomas Wazhushk, que reparte sus días y sus noches entre el trabajo nocturno en la fábrica de cojinetes de piedras preciosas que ha traído cierta prosperidad a la tribu, y sus tareas como jefe del consejo. Su retrato personal representa la antítesis del indio belicoso y salvaje que seguimos comprando, y no parece endulzado por las necesidades creativas. Como pergeñador del plan, es fundamental en la trama, pero ya el jurado del Pulitzer valoró sobre todo su condición de novela polifónica. Y es que multitud de caracteres de variado tipo y condición atraviesan el hilo principal. De ellos destacan al menos tres, con sus historias paralelas propias: Patrice (Pixie) Partaneau, una joven india empleada en la fábrica que decide ir en busca de su hermana mayor Vera, perdida en Minneapolis. Wood Mountain, promesa del boxeo que intenta a su manera abrirse camino en la sociedad blanca que le rechaza por defecto. Millie Cloud, la india universitaria que utiliza sus estudios para ahondar en las raíces que le fueron escondidas al crecer en la ciudad. Les rodea una amplia muestra de individualidades que van elaborando un colorido tapiz de caracteres, de pequeños acontecimientos, de rutinas, de dilemas y miserias dentro de la comunidad. Ninguno es prescindible. 
Este retrato del común a través del individuo se ve reforzada en lo formal con la estructura en cortos capítulos que van intercalando las peripecias principales, primero en paralelo, luego en convergencia, hasta llegar al largo trayecto en tren hasta la Capital Federal, Washington, tan lejos en las tierras y en las almas como pudiera estarlo cualquiera de las cortes de Austrias y Borbones para un labrador castellano. 
La descripción de esa larga lucha con tintes de suspense por detener el expolio es tan solo una cara del 
prisma. Verdaderamente meritoria es la recreación del universo chippewwa y su problemática inserción dentro de los moldes de la sociedad estadounidense. Está en peligro tanto la existencia material de Turtle Mountain como la del espíritu. El catolicismo incrustado en los internados del horror que ahora avergüenzan a los civilizados canadienses no ha conseguido aplastar la especialísima relación del indio con la naturaleza. El sauce y el cedro, el oso y el alce proporcionan alimento y medicina. Erdrich logra pasajes de enorme belleza y emotividad a través de rituales mortuorios, de premoniciones en sueños, de venganzas conseguidas gracias a los espíritus. El vagar de holandés errante de Roderick, el fantasma. 
No es baladí la acumulación de momentos en los que un rasgo físico se asocia con un animal (cara de osa, ojos de ave rapaz, rata almizclera). 
La mirada del narrador, que como el gran espíritu pasa de un alma a otra, es bondadosa. Más allá de las afrentas y de las humillaciones sin cuento, el hombre blanco es dibujado incluso con humor. Los dos misioneros mormones, por ejemplo. O las estadísticas tramposas que maneja el censo para despojar de aún más territorio a la tribu. Thomas y los demás siempre echan en falta más sentido del humor en el carácter del blanco. Más aún cuando, en su afán por conocer al enemigo, el vigilante nocturno invierte horas de oficina en leer y descifrar la obra fundacional del reverendo Joseph Smith. Su extrañeza ante la solemnidad de lo narrado no les debe resultar ajena a los espectadores de The Book of Mormon, musical satírico de enorme éxito en Broadway. 
Quienes no deseen esperar para conocer el desenlace de la historia, que es lícito desconocer no siendo Titanic, ahí está Wikipedia, o alguna de las pausadas charlas de la autora que pueden encontrarse en la red. Solo decir que, ni en 1850, ni en 1954. Hace un par de años, Donald Trump, quién si no, lo intentó de nuevo.

EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Eldrich. Siruela, 412 páginas. 

lunes, 12 de julio de 2021

CINE: MANDÍBULAS (2020)


Hace calor. Todos de acuerdo. Seguimos inmersos en la distopía vírica que nunca se acaba. Casi todos de acuerdo salvo ciertas franjas de edad y visitantes de Mallorca. Echamos de menos a los hermanos Farrelly. No te avergüences. Por suerte, la bolsa de estrenos prepandémicos va adelgazando y hay casos como el que nos ocupa, al que esta llegada estival a la cartelera, previo estreno en Sitges 2020, le sienta francamente bien.

Esta destartalada peripecia de dos tontos muy tontos pero belgas es transparente en sus intenciones desde el título mismo. Esas mandíbulas remiten irremediablemente a la obra maestra de Steven Spielberg, epítome del terror veraniego, y a las subsiguientes secuelas con idéntico o similar nombre de diversos bichos de reluciente y puntiaguda dentadura. (La muestra más reciente, en forma de cocodrilo gigante, puede verse en Amazon Video). Pero no habrá dentelladas a lo largo de la hora y media escasa de metraje, aspecto este muy de agradecer también. El animalillo con el que se tropiezan es una mosca. De considerables dimensiones, eso sí, a la que rescatan del achicharramiento y la inanición del maletero del coche que toman prestado para un encargo en un contexto que homenajea sin rubor a los tumbos del grandísimo Jeffrey Lebowsky. Si bien Manu o Tonto 1 (Grégoire Ludig) padece una situación más límite, durmiendo bajo las estrellas. En este Liberad a Willy que empieza por el final, nace una hermosa y lisérgica relación entre Jean-Gab, Tonto 2, interpretado por David Marsais, y el insecto, al que se propone domesticar para salir de la exclusión social. Nublados pues por el pensamiento positivo, olvidan el recado y se encaminan hacia el éxito aprovechando las coyunturas favorables que la Providencia les otorga en cuestión de alojamiento. 

Como en toda comedia, disparatada o no, los personajes secundarios son esenciales para apuntalar la narración. Aquí el que se lleva la palma es la infortunada Agnès, invitada en la apañada casa costera de su amiga Cécile. Un tratamiento sumamente incorrecto de las patologías mentales, nostálgico de los felices y liberados años noventa, llevado a la excelencia por Adèle Exarchopoulos. 

El pergeñador de todo esto, Quentin Dupieux, no es para nada un desconocido en las artes de la risa cinematográfica. Productor musical bajo el pseudónimo de Mr. Oizo ,además de cineasta, se dio a conocer al público especializado con Rubber (2010), protagonizada por un neumático asesino. Con esta premisa, a ver quién se resiste a revisar su filmografía completa, o al menos las dos disponibles en Filmin. La única condición de disfrute de su última entrega es dejarse llevar. Bajo la apariencia marciana del relato, la secuencia de acontecimientos se revela perfectamente lógica. Manu y Jean-Gab eligen su propia aventura pero mal, y cada uno de sus impulsos solo puede llevar al siguiente. Los individuos de diverso pelaje que se van encontrando solo pueden sumarse a la alucinación,derrochando amabilidad, hospitalidad y la curiosidad justa,  y las casualidades puntuales cumplen su cometido de avanzar las tramas y preparar el terreno para qué será lo siguiente. 

La mosca Dominique pone todo de su parte, menos alguna cosa,  para que la relación  fructifique. Entrañable su forma artesanal, alejada de los efectos de ordenador, y en el fondo. Dan ganas de llevársela a casa.


 Título: Mandíbulas

Título original: Mandibules

Año: 2020

País: Francia- Bélgica

Dirección, guion y fotografía: Quentin Dupieux

Reparto: Grégoire Ludig, David Marsais, Adèle Exarchopoulos, India Hair, Roméo Elvis, Dave Chapman, Anäis Demoustier.


domingo, 20 de junio de 2021

PAROT Y LO FALLIDO

 La doctrina Parot , llamada así por el dirigente terrorista Henri Parot, supuso en 2012 una enorme polémica a cuenta de las revisiones de condenas a la baja que supuso la excarcelación, no solo del anteriormente mencionado, sino de numerosos reos condenados por variopintos delitos. En ese marco de crispación, a un nivel que ya quisiéramos nosotros, un anónimo justiciero comienza a liquidar a los hasta entonces agraciados. El penúltimo (siempre lo son) estreno español en plataformas digitales  ha sido recibido con división de opiniones. Enmarcadas siempre dentro del fragmentarismo crítico que supone juzgar una propuesta de diez capítulos habiendo visto solo tres, el número habitualmente facilitado por las plataformas a los medios. Si uno quiere una panorámica completa, ha de recurrir a reseñistas aficionados y , en este caso, no ha habido muchos. Las primeras reservas obedecieron a la ruptura de lo que a finales del siglo pasado se denominó "horizonte de expectativas". El título escogido y el punto de partida de la trama situaban la historia en diálogo con otros proyectos muy estimables del mismo proveedor, como la serie documental El desafío: ETA (2020). Pero no. Sin afirmar tan rotundamente como otros que "hemos sido engañados", sí resultan un tanto discutibles ciertas decisiones creativas.Toca pues examinar el resultado bajo los parámetros del policíaco tradicional, y es aquí donde saltan las costuras. Y analizando los por qués, salta a la vista un problema similar que ha lastrado otras propuestas recientes de la competencia, como El desorden que dejas (Netflix).

La cosa se llama "verosimilitud". En referencia a la serie anterior, han proliferado hilos que desmenuzan las incoherencias sucesivas que desconcertaban al espectador, sobre todo el que no consume el producto del tirón. Es tentador aventurarse a lo mismo en estas líneas pero acecharían los espóileres. 

Absolutamente inevitable es la asociación de la premisa inicial con Dexter (2006), uno de los ejemplos más palmarios de la necesidad de una muerte digna también para las narraciones por entregas, y es de temer que sea también, este mismo año, uno de los ejemplos más palmarios de la no necesidad de resurrección de dichas historias cuando ya están muertas y enterradas. Sale perdiendo, evidentemente, y no solo porque el vengador sea anónimo hasta casi el final y llegado el momento, carezca de la doblez irónica que hizo grande al poli científico de Miami. 

Así las cosas, el peso de la trama es depositado sobre las frágiles espaldas de unos personajes trazados con irregular ambición. La pareja de inspectores (¿Habrá algún policía que duerma más de cuatro horas y utilice los fines de semana y tardes noches para cultivar sus aficiones?), interpretados por solvencia y calculado dramatismo por Adriana Ugarte y un reencontrado Javier Albalá proveen de contenido al verdadero dueño de la función, notándose demasiado quizá la voluntad del guion para que así sea. El aristócrata desatado en su psicopatía que entrega Iván Massagué exprime sus puntos fuertes pero no evita ciertos clichés referentes a la acumulación de maldades, lo que incide en la falta de verosimilitud de su venganza arrolladora. La sucesión de asesinatos queda como mero decorado a lo que, en paridad es un auténtico asedio a la cordura de una mujer. Una reedición doméstica del concepto de "luz de gas", que, según gustos, nos remitirá a la asfixiante película de 1944 o al reciente docudrama de Rocío Carrasco. En lo que es la columna vertebral de la historia, Isabel Mora, como la pobre mujer interpretada por Ingrid Bergman, es progresivamente despojada de su credibilidad como profesional y como ser humano merced a un intrincado plan. Gaslight, por cierto disponible en la misma plataforma para un interesante programa doble sobre salud mental. 

En este llevar tan al límite el sufrimiento destaca el secundario, o no, que compone Blanca Portillo, que en algunos momentos se erige en único motivo para no pausar el visionado. La reputada psiquiatra madre de la inspectora aporta el barniz científico a los comportamientos delincuenciales y basa su interés en la perpetuación del tópico, uno más, de la subversión del vínculo médico-paciente. 


Como corresponde al contexto histórico-social, es esta una historia de mujeres fuertes que pugnan por sobrevivir en un mundo de hombres, variablemente competentes o colaborativos. Incluyamos también a la periodista carroñera libremente inspirada en individuos/as que podemos sintonizar cada día en nuestras pantalla, una eficaz Patricia Vico. No puede incluirse en este grupo a la pánfila hija adolescente de la inspectora, de comportamientos naïves a lo película de terror de los noventa. 

PAROT (2021)10 episodios en Amazon Prime Video.


domingo, 23 de mayo de 2021

FERIA, de Ana Iris Simón


La jugada perfecta. Una narradora debutante en un sello minoritario cumple de modo preciso los parámetros actuales del buen debut (mujer joven, autoficción, alabanza de aldea) encuentra en redes a comentaristas que destapan el subtexto político más polémico posible. Y así es cómo Ana Iris Simón consigue con su primera obra una resonancia extraliteraria que la distancia de coetáneas con propuestas concomitantes como Andrea Abreu y su Panza de Burro (Barrett, 2021) y algo antes, Elisa Victoria con Vozdevieja (Blackie Books, 2019). Y como era previsible en estos días en los que todo absolutamente todo es política y todo absolutamente todo ha de ser etiquetado para comodidad del consumidor, el ojo de Mordor/Twitter comienza las prospecciones arqueológicas, rescata párrafos en capturas de pantalla y términos como "rojipardo" para indignación de unos y perplejidad de otros y regocijo del negocio. A esta labor contribuye sin duda la distribución en episodios cortos de títulos llamativos (Yo duermo abajo y arriba España, La historia que emocionaría a Juan Manuel de Prada, Patria, estirpe y linaje, Toda mujer ama a un fascista) fácilmente extractables. Imposible resistirse a compartirlos. 

Pero esto es una reseña literaria y Feria no es un ensayo sociológico sino una novela, por más que haya cogido con impulso la ola adecuada. La historia de una familia y de un territorio sentimental e histórico, fluidamente narrada desde la voz treinteañera y desencantada de una periodista que decide desandar el camino del campo a la ciudad y volver al espacio de donde toda una generación anhelaba salir. 

El mismo título y el prólogo del cantante alternativo asturiano Pablo Und Destruktion ya anticipan que lo verdaderamente distintivo de esta conjunción de autobiografías no es el mero "ser de pueblo" sino la identidad nómada de la familia feriante. El primer capítulo a modo de post de Facebook o carta al director moderadamente quejosa da paso a la retrospección. Las ferias rodantes que están insertas en el adn de todo español hasta la generación centeniall, que conformaban el punto de encuentro estival entre los que se fueron, los que se quedaron, los visitantes, los forasteros casuales y los vecinos de tertulia nocturna. La mirada nostálgica de la narradora, nieta de feriantes de pro, se escora hacia la complacencia y la suave provocación ya desde el inicio, añorando esos tiempos de explotación animal y remedos del Freaks de Tod Browning. Esta aspiración a epatar, no ya a la burguesía, sino al tuitero medio, se reproduce en anécdotas excéntricas como la del feto en el tarro de cristal, producto del aborto espontáneo del que hubiera sido su hermano. 

Las vivencias infantiles se van ensartando en unas coordenadas geográficas muy concretas (Campo de Criptana, Ontígola, Aranjuez), que dibujan idílicos paisajes emocionales e infancias rodeadas de aire libre y de  familia siempre dispuesta a alimentar el cuerpo con buenas comilonas y el espíritu con enseñanzas temporales.  Es fácil ganar la comparación con los rostros cetrinos de nuestros adolescentes a su teléfono móvil pegados. La remembranza nostálgica que emparenta la obra con tantas otras protagonizadas por niños y admiradores del cualquier tiempo pasado fue mejor, es recurso previsible y efectivo. 

Lo que en verdad da aire a la historia y alas al escándalo revisionista es la relación de Ana Iris con su padre. De nada servirían los mimbres neorrurales sin ese cartero de pueblo de firmes convicciones comunistas y con el verbo lo suficientemente trabajado como para polemizar con su hija, que desde bien temprano tiende a llevarle la contraria. Ese capítulo titulado Jesucristo fue el primer comunista sirve para rescatar lemas y contradicciones del comunismo old- fashioned que siguen vivas. La imposibilidad del obrero de tener patria, la familia como sustento y y raíz, los tres días de luto que decretó Cuba tras la muerte del dictador. Este hombre que trasciende su modesta formación con una facilidad notable para la abstracción y el símbolo, define a su ex mujer y madre de la narradora como "un universo que se expande". 

Hasta la página 178, Feria es tímida. En el ejercicio nostálgico, en las descripciones de caracteres, en la crítica al pijo de Malasaña, en el empleo de palabras terruñeras que hubieran enriquecido sobremanera la narración. Vocabulario manchego que sí se disemina con más alegría en el tramo final del relato, y que por otra parte no es desconocido para el urbanita gracias a los exitosos cómicos de la tierra.  En esa página hace su aparición estelar Ramiro Ledesma y en el temeroso lector se enciende el código rojo (rojipardo). Ese lector contemporáneo que comparte su preocupación por la publicidad subliminal del falangismo y avisa del peligro como ciudadano responsable que es. Cuidado, que os podéis convencer. Mejor no lo leáis. Barbra Streissand no nos enseñó nada. 

En este progreso al desenlace, la voz narrativa se permite más margen, y riega su evocación de opiniones francamente incorrectas para el feminismo 3.0, lo más valioso de estas últimas páginas. Lo hace simplemente recordando las contradicciones a las que se siguen sin dar respuesta y que explican en parte la existencia de individuos de género femenino que no comulgan el discurso hegemónico. Pinceladitas incómodas como ciertas palabras de Silvia Plath que sin duda provocarán su cancelación, otras  acerca de la estafa de la emancipación laboral femenina, o del hecho de que ninguna mujer se entacona y demás para pasar la tarde sola en casa, o cómo todos los hombres que miran escotes y se atavían de mujer son sátiros excepto si son músicos de trap o reguetón. Es curioso que toda la ira  se la  haya llevado la calculada aproximación a las ideologías preconstitucionales. 

Con todo, un debut solvente y agitaconciencias que esperemos tenga continuidad en lo que a contar historias se refiere. 

Feria, de Ana Iris Simón. Círculo de Tiza, 2020. 232 páginas.



domingo, 25 de abril de 2021

UNA JOVEN PROMETEDORA (2020)


Tras el paréntesis pandémico, y toda vez que Occidente se ha acostumbrado al incómodo compañero vírico porque la idea del exterminio queda fea, los Oscar vuelven esta madrugada, con adaptaciones en el fondo y en la forma. En estos tiempos de paradojas que tragamos como si tal, algunos críticos han señalado el contraste entre la notable selección de competidoras y la falta de interés del público, que sigue sin poder acudir a las salas en la mayor parte del mundo (Madrid no cuenta). 

Esta desaparición, esperemos que temporal, de la proyección cinematográfica como acto compartido, debiera ser aprovechado por las plataformas multimedia que, hasta este año, han estado proscritas para el triunfo, que no para las nominaciones. Veremos. 

De momento, la ópera prima de la directora, guionista y actriz Emerald Fenell se ha colado en las categorías principales. Nunca sabremos si es por su vocación de "película necesaria", o porque es de las pocas que han podido estrenarse a tiempo  a la manera tradicional. Lo cierto es que, más allá de sus méritos y deméritos como obra artística, que ahora analizamos, lo tenía todo para salir más que airosa del trance. Una historia confeccionada y producida por mujeres con voz sobre mujeres sin ella, unos hechos traumáticos que pasan por rito iniciático en ciertos ambientes estudiantiles, achacables siempre a la víctima, que se ha de sacrificar doblemente durante la comisión del delito, y más tarde, para no interferir en las futuras siempre brillantes carreras de sus asaltantes. Basta con googlear unos minutos para encontrar los mimbres reales de la historia truncada de esa joven prometedora, que en realidad son dos: la protagonista, y su mejor amiga. En este sentido, es significativo que la historia transcurra en Estados Unidos siendo británico la mayor parte de los que aparecen en los títulos de crédito. En Europa no pasan estas cosas. 

Sin embargo, las potentes premisas y la ambición de abrir camino en la denuncia se diluyen en unas cuantas decisiones creativas bastante discutibles. Tanto como el prestigioso y bien conocido reparto enclaustrado en personajes excesivamente secundarios y reducidos a un solo rasgo. Si bien no hay discusión en que Carey Mulligan está fascinante y perturbadora, con su correcto acento del Medio Oeste, como  treinteañera recién estrenada que decide cargar con una cruz que no es suya y focalizar su existencia en un sucedáneo de venganza. Aunque algunos reclamaran a una actriz más atractiva para el personaje, como su misma productora Margot Robbie. 

Despojada de su chiclosa estética de instituto en peluquería y vestuario, noventera en la banda sonora y ochentera en la fotografía saturada de tonos pastel con trazos fosforito, asistimos a la típica historia de buenos y malos, presa de un vaivén errático entre tonos y géneros, salpicada de un autoproclamado humor negro que no escandaliza en absoluto. Con secundarios gruesamente trazados cuya misión principal es el alivio cómico, tenue, cuando sube la tensión dramática. Ahí están los padres de la protagonista, típicos padres estadounidenses que han visto frustrado sus derechos a presumir de hija médico en el club de golf y a montar un gimnasio en la habitación, aún inauditamente ocupada. Mucho que aprender tienen de las madres mediterráneas.

Merced a un encuentro casual con un ex compañero de facultad, Cassandra ve la luz y comienza a pergeñar la revancha definitiva, con mucha elaboración y pocos elementos dejados al azar.  El problema es  la verosimilitud, sacrificada en la mesa de dirección en pos del mensaje, bien subrayado con esos mismos tonos flúor. Sorprende constatar que todos los caracteres, ayudantes o antagonistas, se definen por el infantilismo, en diversas variantes. El pensamiento unidireccional de Cassandra, a la que la propia madre de la verdadera víctima le dice "no seas niña". La ex amiga superficial que tampoco ha culminado su carrera pero por la mejor de las causas, y, sobre todo y ante todo, los personajes masculinos. En alguna reseña benévola se ha dicho que "están llevados al extremo", Al extremo de la caricatura, añado. Evidentemente, esta no iba a ser una historia de equilibrado análisis de hechos, pero el ridículo de palabra y acción de todo el género masculino en pantalla estorba a la necesaria empatía que debiéramos sentir con las miserias que se narran. Solo uno se salva en su patetismo redentor, solo un aliado. 

Una vez más, la sororidad es un concepto con más espacio en el diccionario de la RAE que en la palpabilidad  de la vida. La inclinación aparentemente inevitable del varón hacia la depredación y la misoginia es transversal en cuanto a color de bien y nivel socioeconómico, como bien se trasluce en ciertos diálogos de la interesante Una noche en Miami, de Regina King, también nominada. 

Para los aficionados al comparativismo, es muy sugerente, y factible ahora mismo en salas, el programa doble con la estupenda Otra Ronda, de Thomas Vinterberg, con los efectos del alcohol como piedra de toque. Las conclusiones, se sienta uno o no identificado con los #MeToo que en el mundo han sido, son transparentes. El experimento pseudocientífico que llevan a cabo los profesores de la película danesa descarrilaría si fueran profesoras. "Solas y borrachas queremos volver a casa" es uno de los lemas del nuevo feminismo, el  de Twitter. Básico y tristón para las que se partieron la cara en los sesenta y ochenta, pero Mads Mikkelsen se puede permitir pasar la noche tirado en la calle durmiendo la mona y ser despertado intacto por sus amables vecinos. 

A PROMISING YOUNG WOMAN (2020)

DIRECCIÓN Y GUION: Emerald Fenell

PAIS: Reino Unido

DURACIÓN: 113 minutos

MÚSICA: Anthony B. Willis

FOTOGRAFÍA: Benjamin Krakun

REPARTO: Carey Mulligan, Allison Brie, Bo Burnham, Connie Briton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Alfred Molina. 

lunes, 29 de marzo de 2021

NOMADLAND



En Europa esto no pasa. Aquí, las naves de Amazon están confortablemente comunicadas. Sus trabajadores salen en anuncios agradeciendo a la empresa la oportunidad de sus vidas. Viven en pisos con baño y agua corriente, y no tienen que añadir a la sandwichera una botella vacía para orinar porque tienen descansos para eso. En Europa no pasa esto. Igual que cualquiera que haya entrado en un McDonalds continental y en su tierra de origen sabe que no parecen el mismo sitio. En Europa no tenemos tanto espacio para aparcar la furgoneta y vivir a nuestro aire. De todos modos está prohibido, por más que algún youtuber errante de los de financiadme mi sueño de libertad aparente desmentirlo.

Entretanto, una cineasta china educada en Gran Bretaña se erige a lo largo de sus tres largometrajes en la voz más representativa de esa parte de América que se ha arrogado el uso del locativo  y que en Europa menospreciamos por habernos regalado cuatro años de Trump. Chloé Zhao, menospreciada a su vez por el gobierno chino debido a su insuficiente patriotismo. 

De La La Land a Nomadland, el camino de los Oscar es inescrutable. Quizá en otro año menos apocalíptico, este retrato semidocumental que continúa la exploración antropológica de The Rider hubiera seguido la misma senda de reconocimientos independientes y ya. También puede ser que la tendencia de las estrellas a invertir en outsiders fructifique. Por los mismos premios compite Minari, producida por Brad Pitt. En el caso de la obra de Zhao, Su protagonista excelsa Frances McDormand figura también en los créditos de producción. y parece una inversión segura, a tenor de las quinielas que le otorgan su segundo premio a mejor actriz en tres años, el tercero en su carrera.

Al igual que en The Rider, reseñada aquí, https://elninocabra.blogspot.com/2018/10/cine-rider-2017.html,   la óptica del extranjero no es la adecuada para abordar las complejidades de un modo de vida que nos perturba por mostrarnos lo mucho de prescindible que hay en el nuestro. "Fern forma parte de la tradición americana", explica la comprensiva hermana a unos invitados. "Not homeless, houseless", se defiende la protagonista en otro momento de la compasión de una niña. Pero, ¿hasta qué punto el individuo elige la carretera, o el rodeo, o es la familia, el ambiente o el sistema en toda su evanescencia el que le empuja y le convence de que la decisión ha sido suya? 

Sin tomar tanto partido como algunos comentaristas afirman o desean, sí es clarificadora la decisión de contar la historia con una mayoría de nómadas reales, que reproducen en la pantalla su peripecia y circunstancias. Esta decisión creativa fue vertebral en The Rider, cuya sencillez narrativa permitía la ausencia de intérpretes.  Pero en esta ocasión, Zhao necesitaba un profesional capaz de sostener el plano a McDormand. Con este cometido cumple con creces David Strathain, bastante más que un secundario de lujo, bregado como su partenaire en cine, televisión y teatro, premiado a lo largo de décadas.

Y el paisaje, invocador y evocador. La vastedad de las llanuras del medio oeste no es algo que nos sorprenda ya, pero sí su capacidad perenne de atracción. Incomprensible  para el mediterráneo necesitado de mar y para el manhatannita, que observa con desdén un constructo sociológico de calado como el mítico Wall Drug y pregunta a Fern quién podría querer vivir allí. A lo que ella responde que hay sitios peores. No podemos más que asentir, sobre todo si conocemos Manhattan. 

Es curiosa la coincidencia con la otra gran candidata de este año, la anteriormente mencionada Minari, en cuanto a la elección del paisaje como canal narrativo, casi con las mismas coordenadas espaciales. Si allí los ochenta parecen los cincuenta en cuanto a la ausencia de elementos de progreso; en la obra de Zhao la carretera y el automóvil procuran las oportunidades. Más allá de la manoseada Ruta 66, los estados interiores de la Unión disponen de kilómetros infinitos que enlazan praderas, sucesos históricos, parques nacionales, centros turísticos y, ahora, naves de multinacionales. Las panorámicas desde la ventanilla, junto con el piano de Ludovico Einaudi en su eterna partitura, confieren momento de intensa emotividad. Fern escoge dejar su pasado atrás cuando aún era un presente agonizante, y no vemos en ella poses de dama en apuros ni tampoco arrebatos a asociabilidad. Disfruta de su soledad y la adereza con trazos de compañía. Contrariamente a alguno de los errantes, mantiene lazos familiares y aún es capaz de crear amistades. Vivir en la carretera se asume en su completa literalidad. Vivir en el aparcamiento de la empresa, como no pocos cachorros de las tecnológicas en el muy adelantado y liberal (en el sentido USA de la palabra) San Francisco. Y qué decir de los nómadas del transporte público que por allí pululan, gentes con trabajo pero incapaces de pagarse una habitación por mor de los disparatados precios y que pasan las noches dormitando en los asientos de los autobuses nocturnos. Así que menos prejuicios con estos desposeídos contemporáneos. El liarse la manta a la cabeza y apretar el acelerador es sencillo en una nación que ofrece pensiones de birria pero ignora lo que es el edadismo laboral. Casi como Alemania, oiga. 

Las Badlands, la tierra baldía de TS Eliot, tierra de paréntesis en el camino a la California soñada.

Nomadland (2020), basada en Surviving America in the Twenty-First Century, de Jessica Bruder.

Dirección y guion: Chloé Zhao.

Nacionalidad: EEUU

Duración: 108 minutos

Reparto: Francesc McDormand, David Strathain, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier.

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Joshua James Richards.

jueves, 4 de marzo de 2021

SUPONGAMOS QUE ES UNA CIUDAD (Y que Scorsese nunca se rio de tal manera)

Primera aproximación: ¿De qué va esto?  Una señora mayor de profesión opinadora conversa con gentes diversas del mundillo artístico norteamericano acerca de la idiosincrasia neoyorquina, con el aplomo y la sorna de un oráculo y provoca las carcajadas de uno de los cineastas más importantes de la Historia del cine. Una tarde noche cualquiera, el espectador de Netflix se encuentra con un documental desenfadado de duración muy razonable creado por alguien que forma parte del canon básico. Pero es poco probable que supiera de la existencia de la otra parte. En ese caso, un interrogante le taladrará las sienes .Cómo es posible que no la conociera antes? ¿Por qué el paquete básico de Viajes El Corte Inglés de cinco días y tres noches no incluye visita a esos clubs decimonónicos tan chulos donde charlan Marty y Fran?¿Por qué en las marquesinas de autobús Nueva York me echa de menos?

Todo lugar mítico necesitaría de su trovador. Un nativo o adoptado capaz de respirar por las branquias de su personaje sumergido por completo en las entrañas del lugar, de subsumirse en una fusión total entre sus sistemas nerviosos, de exhalar en su respiración los vapores de sus alcantarillas. Si ese locus amoenus es una urbe claro, o más que una urbe, como el caso que nos ocupa.

Nueva York, o mejor dicho, su versión reduccionista llamada Manhattan, es la  ciudad con más toneladas de mitomanía acumulada. Con Woody Allen caído en desgracia y abocado a ejercer de guía turístico mercenario de la vieja Europa, es buen momento para descubrir otras voces cuya peripecia vital también ha sido  indisoluble a la de la megalópolis. Hay unas cuantas, pero el señor Scorsese, él mismo una de las más señeras, solo se ríe con Fran. 

Si bien el nivel básico de la Gran Manzana es accesible a todos merced a la fabulosa capacidad mercadotécnica del amigo americano, los siete episodios de Supongamos que es una ciudad, ofrecen un curso intensivo de neoyorquismo, recordatorio muy necesario para los que hemos pasado estos meses repasando con saudade los álbumes de fotos de segundas y sucesivas visitas (en las que no aparecen ya los iconos de las primeras ) y encontramos particularmente irritante el anuncio ese de las marquesinas. Como si fuera verdad. Si por nosotros fuera. El ahora difunto The Village Voice, los clubes de Park Avenue, la majestuosa maqueta que vivía hasta ahora anónima en el Queen´s Museum of Art. ¿Por que no tenía ni idea de eso si fui a Nueva York mis cinco días y tres noches? Porque está en Queen´s.

Así, pues, aceptamos el sucedáneo y nos acoplamos a los andares majestuosos de Frances Levowitz, escritora de corta bibliografía y exitosa creadora de su personaje, conferenciante que llena recintos ( Public Speaking Fran Lebowitz in person!!)",  invitada siempre jugosa en los talk shows de la Costa 
Este, mujer de un millón de amigos y de más de diez mil libros. Desde su primera aparición, cámara sempiterna al lado, sabes que pasarás con ella todo el arco emocional desde la admiración, la pura envidia y el progresivo hartazgo. Porque el estado permanente de mordacidad exige del otro un estado permanente de autodefensa. 

Es transparente el paralelo sincrónico y diacrónico de la historia de la ciudad desde los años 50 y los avatares del personaje, absolutamente parejos. El personaje se imbrica en el aparato de la elite intelectual y artística y se convierte en su cronista privilegiado, primero en medios de prestigio y luego sin intermediarios. Como el dinosaurio, ella siempre estaba allí. En calidad de notaria mayor del reino, Fran da fe de la existencia de toda leyenda que ha pisado la isla, desde Warhol hasta Muhammad Ali. Deleite de entrevistadores profesionales y amateurs (Alec Baldwin, Olivia Wilde), musa de conversatorios con interlocutores dispares (Toni Morrison, Spike Lee), que van conformando el particular puzzle de su personaje público, que no se adivina lejano a la persona. Puede ocurrir que le tomemos un poco de manía, a medida que Fran se delata como uno más de esos habitantes del Upper West Side con sus neurosis, y sus muros de lamentaciones cuando en la tintorería fallan, o cuando es la primera vez que cobras un cheque de cien mil dólares y tienes que rellenar papeles. 

Aún así, reconforta recuperar el mero deleite de una conversación cara a cara, y constatar que lo importante en la vida no es tener piscina , o en su caso, avión privado, sino tener un amigo con piscina, o avión privado, o entradas para el combate del siglo porque se las pasó Frank Sinatra. A La resistencia con ella.