cabra

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martes, 29 de noviembre de 2016

DEAD SLOW AHEAD. Es posible un cine diferente en España

En estos tiempos de velocidades supersónicas y de cerebros moldeados para ellas, la reivindicación de la lentitud es tendencia. Para los que se iniciaron con la slow food, este pausado viaje de hora y cuarto a bordo de un carguero será su piedra de toque. Mauro Herce, gallego, ingeniero y técnico de sonido antes que director, ha confeccionado una alucinante oda al maquinismo donde la luz y la fotografía sustituyen a la palabra. El carguero “Fair Lady” se abre en canal para la cámara y engulle al espectador como la ballena de Jonás.
Hace unos meses, Alexander Sokurov también utilizaba un barco de carga como metáfora en Francofonia, reseñada en estas páginas . La diferencia con este trabajo radical está en la ausencia de política, o al menos en su presencia mucho más difuminada. En el lento vaivén del barco, podemos sumirnos en una suerte de capitalismo del tiempo, un denso contraste entre los pasos apresurados de la globalización, y el lento avance de la máquina gigantesca que la hace posible. Se permite incluso unas leves notas de suspense, con la vía de agua que sufre el barco y que está mojando la carga. Trigo, materia altamente simbólica por su trascendencia histórica y por su importancia como valor especulativo.
El comienzo de la travesía puede asemejarse una videoinstalación de esas que ahora dan la bienvenida a cualquier exposición de arte. No es, sin embargo una mera sucesión de imágenes hipnóticas de rebuscado subtexto, sino un sencillo relato de otra vida cotidiana que no es la nuestra. En este mundo, las cotidianeidades son diversas, y el extrañamiento que tan bien escribieron cuentistas como Felisberto Hernández otorga al espectador cierto margen de alivio al contemplar esas estancias setenteras donde no ha entrado Ikea. Los sonidos propios de un organismo en movimiento ayudan a mantener la cadencia de los acontecimientos, en los cuales sentimos que falta algo. ¿Dónde está el ritmo coreográfico que hemos visto tantas veces en las tripulaciones de los barcos? En el Fair Lady, un marinero puede comer en completa soledad, y consumir su jornada sin intercambiar impresiones, ni mucho menos chocarse con nadie. El puente de mando puede estar vacío, y los teléfonos sonar, y la vida sigue. No hay gritos, ni sudor, ni suciedad en las calderas del monstruo, el infierno se quedó en el Titanic. Un ambiente perturbador y desasosegante que le da ese aire a trama de ciencia-ficción, o relato fantasmal del que no reniega su director y guionista. Como fantasmales son también los momentos de ocio de los marineros, uno de los puntales de la película. Hombres anónimos, presentados en fogonazos de karaoke, fotos de carnet y asépticas llamadas de Año Nuevo.
En palabras de Herce, Dead Slow Ahead es una película “que dialoga con el inconsciente, que anula la parte pensante del espectador, y concebida de principio a fin para verse en el cine”. Una propuesta tan arriesgada como necesaria, que a base de premios en festivales internacionales se está haciendo hueco en escenarios alternativos de toda España.
* DEAD SLOW AHEAD (2015)
Duración :74 min.
País: España
Director :Mauro Herce
Guión :Mauro Herce, Manuel Muñoz
Fotografía :Mauro Herce
Productora :Nanouk Films / El Viaje Films

sábado, 12 de noviembre de 2016

¿Para qué sirve un taller de escritura?


En el último episodio de la tercera temporada de Girls (HBO), la desnortada aspirante a escritora Hanna Horvath anuncia su marcha de Nueva York a Iowa, pues ha sido aceptada en el prestigioso posgrado de Escritura fundado en la Universidad del estado en 1936. Todos se alegran por Hanna, excepto, claro está, su desnortado novio actor. Es el paso lógico para alguien que se da cabezazos literales por pertenecer al gremio.
Al mismo tiempo, en alguna nación mediterránea, un joven que empieza a relacionarse con el mundillo decide ampliar sus conocimientos o darles un lustre más práctico. Los másteres sobre el asunto están apenas recién nacidos, cuestan una pasta y la asignaturas (y sus profesores) son las mismas que cursó en la carrera. Decide apuntarse a un taller de escritura, Pero, en este caso, quizá no lo comunique en su círculo, ni lo cuelgue en su muro ni lo mencione en su blog. Tendrá que bregar con la extrañeza, y las preguntas. Para defenderse, se comparará con los pintores, que pueden ir a academias o estudian Bellas Artes. Pero, en el fondo, sabe que un escritor nace y si acaso, se hace solo, pasando frío y penalidades en una húmeda buhardilla mientras escribe la novela definitiva.
Confiando en que le dejarán pasar al nivel avanzado, se presenta el primer día de clase con su bolígrafo y su cuaderno de notas. Advierte la heterogeneidad de los arquetipos humanos allí presentes: un ama de casa, un recién jubilado, una economista, un físico, ¡un filósofo!, cuyo único punto en común parece ser la firme determinación de sacar del cajón la novela que llevan toda la vida escribiendo. Debe de ser el único que en el cajón solo tiene calcetines. Comprueba con desazón que no le han puesto en el nivel avanzado, sino en el inicial. Pasará los meses siguientes trabajando ejercicios de estilo a lo Queneau, descubriendo decálogos varios y repasando los elementos del texto narrativo. Irá identificando a sus compañeros. El que entiende la escritura como terapia y se desahoga con desconocidos, el adicto a escucharse en voz alta, el que no tolera ni una crítica, el entusiasta de todo, el mesurado, el tímido, el que no escribe jamás. Utiliza el género masculino, pero las mujeres asistentes ganan por mayoría. ¿Pueden ser estos estereotipos  la causa de la frialdad con que se acoge a los que admiten asistir a un taller de escritura?
Medita ampliamente su estrategia de defensa. Sabe que su país, además de ser de charanga y pandereta, es muy de burbujas. Se desinfló (de momento) la más grande, pero surgieron otras en su lugar, casi peores. La burbuja de cursos para llenar el tiempo libre, por ejemplo. Y todos idénticamente adjetivados. La apostilla “creativa” que acompaña invariablemente los nombres de los infinitos cursos de repostería, costura, música, es una redundancia y un eufemismo, además. Cámbiese “creativa” por “re-creativa” y se entenderá mucho mejor lo que se puede obtener con la matrícula. La escritura es otra cosa, o al menos, tiene que serlo.
¿Se puede aprender a escribir? Por supuesto. A escribir novelas, cuentos, guiones, obras teatrales, tesis doctorales. Y si antes se toma un curso rápido de redacción y estilo, mejor que mejor. Hay manuales para todo eso. Visto así, ¿A qué ir a un taller literario?
El joven tallerista sabe que, en otras latitudes, los “talleres de escritores”, no de escritura, son lugares de creación de prestigio. Pueden tener su espacio en resonantes aulas universitarias de Princeton o Iowa, en centros comunitarios, o en una cocina de Oregón, como el taller de Tom Spambauer.
Parece este un buen motivo para asistir a un taller literario. Escuchar y aprender de un escritor contrastado. O quizá sea ese un error común, confiar en que el escritor contrastado sea además un magnético transmisor de su ciencia. Un mago generoso que comparte sus trucos a cambio de una entrada. Pero no nos engañemos, es una especie más bien rara. Mucho más aprovechable es el profesor que no habla de sí mismo, sino de los demás. Chéjov a un lado de la mesa, Carver en el otro, para la sesión inaugural.
El joven sabe, que, realmente, solo hay dos motivos: la necesidad de ser escuchado, y valorado; y la necesidad de disciplina. Redescubre la tensión de la fecha límite de entrega, y la presión de que haya alguien aguardando su trabajo. Él mismo aprenderá a escuchar, y a manejarse entre perspectivas dispares. Entenderá que la soledad del escritor rinde más si es compartida.
“Para empezar, no está nada mal”, piensa.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El Doctor Extraño o la vida es mezcla

No es esta una crítica al uso. Las servidumbres de seguir la trayectoria cinematográfica de ciertos actores proporciona oportunidades de acercarse a ciertos trabajos con curiosidad y sin fondo de armario. Tantear la constante polémica sobre las adaptaciones de cómics a grandes y pequeñas pantallas. Y opinar si es exagerada la sangre vertida. Discusiones tan sesudas como en las grandes novelas del diecinueve. No carece la cronista casual de referentes en el mundo de los superhéroes. Vienen a la memoria afinidades de juventud con los mutantes torturados, y con Lobezno en particular. Así, se afronta el visionado con la mente despejada de clichés, y con el alivio de no tener que posicionarse entre DC o Marvel. Ya tenemos que afrontar bastantes dicotomías en la vida diaria. Hechos los preparativos, nos encontramos ante una historia de superación, de pérdida y de reinvención muy recomendable para todos los que se achantan al primer contratiempo. Así pues, escrutemos con la mirada de Gurb el extraterrestre, pero sin caer una y otra vez en la misma zanja. La mirada Gurb distinguiría tres partes claramente asociables con otros grandes momentos de las narrativas audiovisuales y fácilmente reconocibles por un estudiante aplicado de secundaria.
  • Una introducción, acerca de un neurocirujano tan único, brillantísimo y egocéntrico como cualquiera de los que habitan el hospital de Anatomía de Grey. En cuanto al atractivo físico que se exige para trabajar en el mencionado hospital, en el caso del Dr. Strange y en el de su intérprete, no hay unanimidad al respecto. (En una reciente encuesta de Twitter, a la pregunta de si Benedict Cumberbatch es guapo o feo, un 45 por ciento se inclinaba por la segunda opción, y un 55 por ciento por la primera).
En esta parte ya se abre el grifo de la referencialidad, que inunda todo el metraje. Al más puro estilo “tonto el que no lo pille”, el guión escoge unas cuantas alusiones poco veladas a la cultura pop contemporánea y enhebra dos o tres pistas/gags para que el espectador despistado caiga del guindo. Entrañables, aunque solo para iniciados en la Cumbermanía, los sutiles homenajes a Sherlock, y muy en especial, la causa del tremendo accidente que supone el primer punto de giro de la trama.
Las duras secuelas que imposibilitan a Strange para seguir siendo el mejor en su profesión también son parientes cercanas de las que sufrió el añorado Derek Shepherd de Seattle.
  • Un desarrollo en el que el buen doctor no se resigna a la vida civil y afronta un trabajado proceso de duelo estancado en la fase de la negación. Hasta que conoce a alguien con una historia de superación digna de los informativos de Mediaset, pero más sospechosa. Su única amiga/amante/admiradora/colega, meritoriamente interpretada por Rachel McAdams, está ahí hasta que el deprimido doctor la expulsa con cajas destempladas. Comienza entonces un abandono de lo material, pues se funde todos sus ahorros, y marcha al gran parque temática de la búsqueda y del autoconocimiento de hoy en día: Nepal. Los aficionados a las buenas historias de inadaptados harán conexión inmediata con los Batman oscurísimos y trascendentes de Christopher Nolan. En el Shrangri La de Strange, M.D, no espera Liam Neeson como taciturno maestre calvo y aparentemente inmortal, sino una fantástica Tilda Swinton como taciturna maestra calva y aparentemente inmortal.
En todo este tortuoso proceso, aparece la segunda marca de la casa: las notas cómicas. Desde el mantra que no es tal sino la contraseña del wifi, o las burlas que se hacen a costa de las celebridades sin apellido. El ácido humor que vuelve a conectar a Strange con otro ilustrísimo e intratable médico genial que no nombraremos es uno de los puntos fuertes de sus aventuras. El antagonista malvado, que sigue la tradición luciferina del alumno díscolo que aspira a superar al maestro, también tiene su momento referencial, mezcla del lúgubre Tom Hardy de El Caballero oscuro, y de Hannibal Lecter en el trance de recibir visitas.
  • Y por fin, el desenlace. Apoteosis de capa con fuerte personalidad, amenazas a la humanidad ingenua, y un soberbio y merecidísimo recordatorio a esa obra maestra del absurdo que es Atrapado en el tiempo. Punxsutawney, Minessota, en el universo dimensión espejo con un Mordor de dos ojos.
Por cierto. Contemplar los inacabables créditos tiene premio. Doble.

domingo, 30 de octubre de 2016

Paquita Salas, esa mujer

El siglo avanza a buen paso, e Internet aún no ha matado a la televisión como el videoclip mató a las estrellas de la radio. En otros lugares, quizá la persecución está llegando a su fin, no en España, desde luego. El público sigue siendo televidente más que internauta, en cuanto a ficción seriada se refiere. Las webseries nacionales siguen llevando la etiqueta de la audacia amateur que dan los pocos años y la necesidad. O llevaban. Hasta que en julio, el universo PS Management entró en nuestras pantallas, a través de Flooxer, la plataforma de vídeo auspiciada por Atresmedia. Cuatro capítulos hasta el momento que han sorprendido por su desvergüenza y su reparto de bofetadas a todo y a todos los que algo son en el mundillo del entertaiment patrio. Un jolgorio inédito y concentrado en veinte minutos de hiperactividad que deja al espectador meditando acerca de Internet y la libertad creativa. Una historia de personajes que han perdido el tren de la modernidad, lo que no les causa conflicto psicológico alguno. Pero como siempre sucede, todo es apariencia. Al igual que los modernos de los noventa necesitaban horas de peluquería para pasearse como recién levantados, los padres de la criatura (Javier Calvo y Javier Ambrossi), han pasado mucho tiempo madurando la idea que surgió, eso sí, en una reunión de colegas. Alcanzado el éxito teatral con su comedia musical La llamada, que sigue representándose, han sabido llevar el concepto “sinergia”, a otra dimensión. La cantidad y calidad de intervenciones estelares en cada capítulo solo puede entenderse como resultado de una buena agenda de contactos. En este sentido, Paquita Salas cabe entenderse como una ficción documental. El “basado en hechos reales” se masca en cada una de las tramas. Pero eso no la aleja de su espectador ideal, al que aspira como toda obra artística. No es, o parecía ser esta una serie para todos los públicos. Por las bromas internas, los detalles y las referencias que se lanzan a una velocidad similar a la de los gags en las comedias de situación. Este espectador ideal estará al corriente de los sumideros del gremio, y se reirá cada vez que la representante de actores mencione “Puente Viejo”. También puede que haya visto algún montaje de Hedda Gabler y haya ido a la difunta Kubik Fabrik. Recordarán aquella ve que se inventaron toda una vida de glamour incrustando su efigie con Photoshop. Un espectador cultivado y concienciado que apoya el derecho de todo niño de pueblo a cumplir su sueño.
Pero algunos paquiters entregados al juego de desconocer la periodicidad de las entregas, lo que indudablemente confiere al asunto más atractivo e intriga, han advertido con cierta desazón un cierto cambio en el progreso de las tramas. Una evolución, o mejor involución supersónica que tiene que ver con ellos, los espectadores ideales. El cuarto y último capítulo emitido es, o parece ser, un atisbo muy precoz de un cambio de pretensiones. Lo que los estudiosos de la narrativa audiovisual llaman “salto del tiburón”, o pérdida progresiva de la verosimilitud en las situaciones. En solo cuatro entregas, el nivel de metarreferencialidad y de estrellas invitadas, a las que uno imagina implorando el móvil de ambos Javieres,está resultando inquietante. Quizá haya que desconfiar cuando los blogs de series comienzan a reseñar la tuya, o cuando el conglomerado mediático que acoge tu proyecto se plantea pasarlo a la primera división de su canal juvenil.
Con todo y con eso, Paquita Salas va a seguir sin despejar incógnitas como la ausencia de declaraciones de repulsa por parte de la Asociación de Actrices Mayores de Cuarenta , que inexplicablemente se han dejado birlar el papel del año.

lunes, 10 de octubre de 2016

Madres arrepentidas: ¿De verdad el abrazo de un hijo lo compensa todo?


Estamos rodeados de tabúes, aún. Afirmar que no todo el mundo puede cumplir su sueño. Preferir pasar solo la Nochebuena. La autora de este manual, como ella lo denomina, ha dedicado años a deconstruir uno de los últimos y más ocultos. El título que escoge es transparente, desde luego. Nunca la maternidad fue un asunto tan complejo, tan diseccionado y tan exigente con las mujeres, convertido en derecho lo que antes fue deber. Estas páginas de vocación provocadora son la consecuencia lógica de todos estos debates, estimulados por los nuevos estudios de género. Ya asentada la discusión acerca de las mujeres que deciden no ser madres, llega un nuevo y más problemático giro, por cuanto atañe también a esos hijos nunca deseados.
Dado su carácter pionero, no desentona la sencilla estructura con la que la socióloga israelí Orna Donath acomete la tarea. Movida sobre todo por el deseo de sacar los esqueletos del armario, se parece más a una libreta de apuntes de un estudio de campo que a una genuina investigación académica. Más allá de los duras frases de desencanto que aquí se vierten, reproducidas con fruición por los reseñistas, interesa el esquema de entrevista/confesión con el que la autora consigue de las mujeres participantes exámenes de conciencia sencillamente demoledores. Palabras como dagas compensadas por un tono narrativo que oscila entre la mesura y la asepsia quirúrgica. El protagonismo lo portan ellas, identificadas solamente por su nombre de pila y el número y edad de los hijos, y que, sin interactuar entre sí, entretejen un diálogo amargo alejado del tópico de mujeres que hablan de sus cosas delante de un café con pastas.
En los interludios, se confrontan con éxito los lenguajes de la naturaleza (una mujer no es completa si no es madre) y del postfeminismo (“tú lo has elegido, no te quejes”). Sorprendentemente, éste no gana la partida.
Dos opciones a elegir: O revista del corazón, llenas de actrices que interpretan (¡interpretan!) el mejor papel de su vida, o Club de las Malas madres, un pujante rincón de desahogo profundamente adictivo para los que leen desde la barrera. La queja se permite, el arrepentimiento, no. Una tercera vía, anhelada por la mayoría de estas madres israelíes, es la crianza en comunidad, puesta de actualidad con diferente acogida, por la filósofa Carolina del Olmo y la política Anna Gabriel.
Pero, ¿esto pasa entre nosotros? Podemos aducir la cierta excepcionalidad de Israel para restarle validez al estudio. Pero la autora lo sabe, y se cuida de escoger una muestra variada entre habitantes de kibutz y laicismo urbano. Nada de judaísmo ultraortodoxo, tan ruidoso como minoritario en el país. En este asunto también, las fronteras se difuminan, y los foros de internet ejercen de confesionario, de espejo y también de patíbulo. La extensa exégesis del arrepentimiento se desmarca enseguida de los motivos económicos o sociales. Las madres arrepentidas son de todo tipo y condición, mayoritariamente casadas, blancas y de clase media. Y los padres, ausentes, inmersos en horas extra, ignorantes del dilema de sus esposas. O, por el contrario, tan comprensivos que las dejan marchar lejos, solas para reconstruir sus vidas.
#Madresarrepentidas. Una mirada radical a la maternidad y sus falacias, de Orna Donath. Reservoir Books. 2016

sábado, 17 de septiembre de 2016

SAN FRANCISCO YA NO ES BEAT

En la mítica City Lights, Jack Kerouac y Dean Moriarty hibernan plácidamente en una estantería para ellos solos. Si salieran a airearse un poco a Columbus Street, se encontrarían retratados en cafés, teatros, y en su propio museo. Calle abajo, entrarían en el Chinatown más abarrotado de Norteamérica y se comprarían un gatito de la suerte. Si siguieran su marcha, ya empezarían a desconfiar. Grandes marcas del lujo capitalista colonizando los escaparates, turistas chinos aprovisionándose del surtido de dichos escaparates, puestos de comida india, y jovenzuelos que debieran ser airados y cuya ira se diluyó entre el vaso de café de poliuretano y la ensalada de quinoa y brotes de soja. Se entregarían a las bebidas energéticas y de las aguas de sabores hojeando las obras más vendidas en los géneros de Romance paranormal, y Ficción cristiana.
San Francisco ya no es beat. Ni hipster siquiera, por más barbas y coletas raquíticas que se vean. Puede ser la ciudad con más veinteañeros millonarios del planeta. El director de la escuela de inglés de la calle Montgomery recomienda con sorna a los nuevos estudiantes mirar a los compañeros de ascensor mientras se asciende al piso 18. Cuanto más informal sea la vestimenta, más acomodado será el individuo. A la mañana siguiente, hay que cuadrarse ante un imberbe con mochila de montaña, casco de bici, y bañador largo. Se tiene que ser audaz, o joven, o rico, para pasearse así con el frío que hace.
“El invierno más frío de mi vida fue un verano en San Francisco”, dicen que dijo Mark Twain, aunque ahora sea una de las citas apócrifas más acertadas que pueden encontrarse. Trendy San Francisco, que ignora al viento y hace del abrigo y de las sandalias la aplicación contemporánea de la Primera Enmienda.
Hoy, San Francisco es una app enciclopédica, una urbe impedida en su crecimiento material por el mar que la rodea, y fagocitada por los genios visionarios instalados en el Valle del Silicio, antaño de Santa Clara. En el exhausto cuadrángulo de 7×7 millas no cabe un alma más. Los nuevos buscavidas que buscan su trozo de tarta pueden elegir entre pagar cuatro mil dólares mensuales por un estudio, dos horas de transporte desde los amenos suburbios o alquilarse una furgoneta y aparcarla justo enfrente de la oficina. Sin duda, más conveniencia que locura si uno es empleado de la compañía más molona del planeta, que añade alimentación, gimnasio, billar y médico al salario.
Todo lo que un residente necesita está al alcance de sus productos Apple o Google, proveedores locales de vida inteligente y santos patrones de la bahía. Aquí, la verdadera disidencia estriba en tener Windows. Ya no hay ya audioguías en los museos, ni las tiendas muestran el precio de venta al público. Toda la información está contenida en la aplicación correspondiente. Si el visitante es disidente, aun podrá optar por la vía tradicional, y preguntar. El tendero o vendedor de entradas le sonreirá. Le preguntará qué tal su día y le facilitará el código QR legible en todos los dispositivos.
Con razón, San Francisco gana siempre la liga americana de ciudades más cool, sin necesidad de recurrir a las casas victorianas ni al Golden Gate ni a San Quintín, que alberga a los criminales nacionales más feroces, ni a la jubilada Alcatraz, devenida en patio de recreo.
De las contradicciones de su afamado pensamiento liberal, se puede hablar extensamente. O cómo resulta que no todo el forastero es tan bien acogido en la capital de la diversidad y de la diferencia.

 Sin duda alguna, se sorprenderían de la omnipresencia de la prenda de vestir coloquialmente conocida como “hoodie”, o sudadera con capucha. Parámetro igualador de clases sociales, como lo era la muerte en el Medievo, y sin duda, la mejor manera de afrontar la mudable climatología urbana. Sin embargo, bajo el resguardo de las capuchas y las manos en los bolsillos no solo caminan/corren los jóvenes hipervitaminados. Una de las imágenes más chocantes para todo forastero que haga algo más que fotografiarse en el Golden Gate es la de los sin techo. Sentados en grupos en escalones y en aceras, sorprende su número. Sorpresa que puede constatarse en las calles del distrito financiero tanto como en los hiperbólicos foros de internet. Nadie sabe realmente cuántas personas viven en las calles de San Francisco, aunque parece cierto que el número no alcanza las proporciones de epidemia que propagan algunos comentaristas. Tampoco ayuda a cambiar la perspectiva la concentración hotelera en las zonas de mayor población homeless, como Tenderloin, el barrio chungo por antonomasia.
Más allá de la certeza de que la bonanza económica nunca llega a todos, sorprenden las contradicciones del celebrado pensamiento liberal, en el sentido norteamericano de la palabra, cuando surge el tema en las conversaciones con autóctonos.
En el año 2012, el consejero delegado de una empresa tecnológica publicó una carta abierta al alcalde. Con total sinceridad, afirmaba que “los trabajadores sin problemas económicos se han ganado el derecho a vivir en esta ciudad. Han salido adelante, adquirido una educación, trabajado duro, y se lo han ganado. Yo no debería preocuparme por ser molestado. Yo no debería tener que ver el dolor, la lucha y la desesperación cada día en mi camino al trabajo”. Se desconoce si obtuvo respuesta. Otros textos similares se quejaban de que algunos indigentes pasen las noches en hoteles contratados por el ayuntamiento para paliar la escasez de plazas en albergues. Una mala imagen.
Son esos mismos residentes que enarbolan con orgullo su bien ganada fama de ciudad pionera en derechos LGTB los que afirman con desparpajo que el, para ellos, desproporcionado número de sin techo se debe a la abundancia de oferta en servicios sociales (el tradicional efecto llamada), a las bondades climatológicas frente a las urbes hostiles de la Costa Este, a que la bahía ha sido tradicionalmente lugar donde paraban los barcos con veteranos de guerra, y lo mejor de todo, a que los deambulantes de todo el país saben que la ciudad es un modelo de acogida y de atención a la diversidad. A estas alturas, el pensamiento liberal ya ha mutado a la modalidad Esperanza Aguirre: esa gente prefiere vivir en la calle para estar al margen de las más elementales normas de convivencia, rechazan la ayuda de las buenas gentes y están purgando de alguna manera sus delitos, o pecados pretéritos. Pocos mencionan las consecuencias de la descomunal burbuja inmobiliaria provocada por la demanda de vivienda por parte de los llamados “techies”, trabajadores presentes o futuros de Silicon Valley que pueden afrontar alquileres disparatados en una ciudad, como mencionábamos, sin posibilidad alguna de crecimiento.
Con el respeto a la libertad individual por encima de todo, la clase política ha optado por no disuadir a las personas sin hogar de su derecho a vivir al raso. En lugar de eso, se ha invertido el sagrado (allí) dinero del contribuyente en revitalizar las calles con un museo recién abierto sobre la historia del barrio, el Tenderloin Museum, y en paseos guiados para turistas deseosos de imágenes llamativas para sus redes sociales. También se ha esforzado en mantener en el casco urbano las sedes de algunas de las más ilustres compañías que están contribuyendo a este nuevo San Francisco. Twitter, Uber y Pinterest han recibido incentivos por no mudarse al valle del Silicio, antaño Santa Clara, y no es extraño encontrar gentes con cámara en mano inmortalizándose bajo los logotipos y indagando a través de los ventanales entre suspiros de “ojalá pudiera trabajar aquí”.
Todo esto es el paisaje del moderno San Francisco, ya no el de Mark Twain, ni el de la ruta 66, ni el del entrañable primer emperador de los Estados Unidos, Joshua Abraham Norton, una historia apasionante. Los indigentes, los millonarios precoces, las casas victorianas, las cuestas, los tranvías, y los carteles en las ventanas de apoyo a Bernie Sanders y a la insurrección londinense frente al Brexit. Todo saludable, local, fresco, y orgánico.