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jueves, 31 de octubre de 2019

MALAKA: MÁLAGA NECESARIA




Antes de que Málaga deviniera en el Silicon Valley europeo, en parque de museísticas atracciones, en zona cero de la gentrificación, en ciudad anfitriona de los Goya 2020, los espectadores ya conocíamos la pantanosidad de territorios como Palma Palmilla, Callejeros mediante. El empeño de algunos pocos en mostrar  las costuras de la urbe persistió en Sur, la novela de Antonio Soler, aquí reseñada. Faltaba sin embargo, el gran relato televisivo/cinematográfico, y este ha llegado sin ambages de la mano del Ministro del Tiempo Javier Olivares a partir de una idea de Daniel Corpas y Samuel Pinazo, con el también ministérico Marc Vigil en la dirección.
Las primeras impresiones tuiteras confirmaron que estábamos ante una rareza, previsiblemente bendecida por la crítica y con desigual comprensión por parte del público. RTVE juega a ser HBO, rezaban incluso algunos titulares. Lo cierto es que estábamos ante una historia exigente en fondo y forma que dejó claras sus intenciones desde el inicio. Una presentación sin concesiones, unos personajes que ahuyentan toda posible identificación o empatia, días desabridos, noches en vela. Dos tramas principales que van dejando afluentes sin aparente conexión hasta bien entrada la segunda mitad de la serie, silencios incomprendidos por los televidentes telecinqueros que esperaban otro El Príncipe, y crédito total de la fanmedia ministérica. Malaka ha sido una historia antipática de seguir. Francamente incómoda en momentos puntuales, ha ido dejando sus miguitas de pan para los que han sabido esperar y prefieren ir por caminos pedregosos antes que por calzadas. La comparación con el último éxito de ficción de la cadena pública, La caza: Monteperdido, se antoja productiva para entender los méritos y audacias de Malaka, que empeña su aliento en huir de las convenciones del género policial. De sus moralinas y sus moralejas. La pareja protagonista: ejemplar policía corrupto pero imprescindible para zambullirse en las tripas de los bajos fondos, eficaz correa de transmisión, respetado y temido por los malos, despreciado por los buenos. Ejemplar inspectora de oscuro pasado y tenebroso presente que vuelve a sus orígenes para investigar la desaparición y posterior muerte de la única hija de rico empresario local. No se enrollan, no se odian, no salen juntos de copas, no evolucionan según el seguidor querría. Es solo un ejemplo de la cantidad de ocasiones en las que los guionistas dan esquinazo a la rutina. Salva Reina, hasta ahora actor cómico, vuelve del revés el arquetipo y ofrece un máster en jerga y cultura de supervivencia. Maggie Civantos se pasa al lado de la ley y compone el retrato de una agente escurridiza que no se maneja en la felicidad doméstica.
 Ambos actores malagueños, como el grueso del reparto. Nada de acentos impostados, y alguna queja de los mismos que se quejaron del sevillano en La Peste. Exigencia en fondo y forma.
Los secundarios, encabezados por un hermético Vicente Romero que pasa a protagonista en los capítulos finales; siguiendo por los narcos de primera, segunda y tercera división, la fría matriarca y su impulsivo hermano. El entramado societario de gitanos, moros, locales, forasteros que conforman una telaraña que devoraría al incauto turista que errara su ruta. Un microcosmos sin chirridos de ruedas de maletas.
El homicidio solo es un pretexto para ofrecer, o mejor aún, arrojar a a la cara del acomodado televidente, un fresco de rutinas delincuenciales sin asomo de glamour, ni elipsis ni anestesia.  Incluso las fiestas de alto copete en la mansión Castañeda regalan más sordidez que encanto.  No sentimos deseos de compartir esos banquetes de hamburguesas a un euro. Las aspiraciones legítimas de prosperar, cada cual en su campo, se convierten en fracasos. Solo salen indemnes los personajes sin ambición, resignados al fatum, que ni el fútbol inglés puede sortear. Quizá es que no lo intentaron con ahínco, ni repasaban cada mañana frases inspiradoras.
MALAKA (2019). 
Ocho capítulos. Duración: 50 minutos. 
Disponible en RTVE.es

domingo, 6 de octubre de 2019

MIENTRAS DURE LA GUERRA


Mientras Hollywood no deje de hacer películas sobre Vietnam, hay margen para la guerra civil en el cine español, podría replicarse a los que se quejan, suspirando. Más aún cuando no es mera obsesión artística ni arqueológica, sino tozuda actualidad que se nos mete a diario y nos distrae de temas más festivos como la alegría de los hosteleros mediterráneos por este verano eterno. 
Alejandro Amenábar vuelve a rodar en español para ofrecernos una recreación más sobria de lo esperado de aquellos primeros meses de incertidumbre, de movimientos de tropas y despachos, de ejecuciones sumarias, de gentes incrédulas que no saben pero empiezan a intuir. Un estallido, bélico o no, suele ser precedido de una mecha larga. 
Coincidencia o estrategia, el sábado posterior al estreno era el aniversario de la toma del Alcázar de Toledo, y el domingo, día de nacimiento de Don Miguel de Unamuno. Bien cuadradas las fechas, el público asiste, sin soniquetes móviles ni palomitas, al relato de aquellos días de embrionaria infamia. La presencia poderosa de don Miguel, reencarnado en Karra Elejalde, vascos enfáticos los dos, envuelve el metraje. Una composición opuesta y complementaria a la de José Luis Gómez en La isla del viento (2015), centrada en los años de exilio en Fuerteventura. Los que apenas le recuerdan vagamente de estudiárselo para Selectividad, o los millenialls de furia tuitera encontrarán que su figura encaja peligrosamente en el molde del fascista versión 2.0, pongamos nivel medio. Sus ataques a la Segunda República, su adhesión inicial al Alzamiento, el manifiesto universitario que suscribe, antes de caerse del guindo y ver detenidos a sus dos mejores amigos: su discípulo Salvador Vila (eficaz Carlos Serrano-Clark) y el pastor protestante Atilano Coco (Luis Zahera). Otros dirán que fue el primer gran equidistante, del que aprendieron Jordi Évole o Juan Soto Ivars. 
Los que hayan leído sabrán perfectamente que de eso nada. Que lean unos y otros Del sentimiento trágico de la vida, texto fundacional del existencialismo español y entenderán las feroces disyuntivas en las que se movió toda su vida, más la obligación moral de criticar todo lo criticable, viniendo de donde viniera, sin comprar packs ideológicos, como ahora toca si uno no quiere ser tachado de tibio. 
Las boutades declaratorias de director y protagonistas durante la promoción de la película no se traducen, por suerte, en mensajes teledirigidos. Mal que les pese a los fascistas, esos sí, que sabotearon una de las proyecciones en Valencia. Falta de comprensión textual, sin duda. 
En Madrid quedarán las risas del respetable cada vez que El Generalísimo, nombrado jefe del Estado "mientras dure la guerra" entraba en escena. Revanchismo del primer mundo. El poco conocido Santi Prego no cae en la caricatura y proporciona a partes iguales risas y escalofríos. Los que le rodean, le dan los parabienes y acaban sintiéndose un poco timados, funcionan de efectivos secundarios. Luis Bermejo como Nicolás Franco, Tito Valverde como el general Cabanellas, por ejemplo.
La parte histriónica se la lleva el hiperactivo Eduard Fernàndez. El auténtico villano de la función. Millán-Astray, que se presenta a sí mismo como "El glorioso mutilado", y que sale escaldado de la Historia al intentar batirse en duelo dialéctico con el intelectual más respetado del país. Este episodio conforma el clímax de la narración. Pareciera que todo el entramado hubiera sido puesto en pie solo para llegar al momento indeleble del discurso. No esperen lecciones históricas ni se indignen por eso lo dijo/eso no lo dijo. El enfrentamiento está magistralmente rodado, los ánimos que se caldean a la vez que habla el todavía rector, el retrato de los legionarios que, de estar sentados como niños buenos pasan a ser criaturas sedientas de sangre da casi miedo. Esa mano salvadora.
Y en estos enfrentamientos heteropatriarcales, toca reivindicar también a los personajes femeninos, variados y de dispar suerte. Las hijas de Unamuno (Inma Cuevas y Patricia López Arnáiz) que representan en la pantalla a una numerosísima prole de nueve hermanos, son el perfecto retrato de moderna mujer republicana, con ideas propias y extensa cultura y compromiso, a la vez que el báculo de una vejez reacia a la jubilación. La breve aparición de Nathalie Poza como viuda del alcalde de Salamanca ahonda en las salvajes contradicciones que aquejaron el alma de un intelectual que fracasó en su misión de enmendar España, como todos los que lo han intentado.

MIENTRAS DURE LA GUERRA (2019) 107 minutos
Dirección: Alejandro Amenábar
Guion: Alejandro Amenábar y Alejandro Hernández
Fotografía: Álex Catalán
Música: Alejandro Amenábar
Reparto: Karra Elejalde, Eduard Fernández, Santi Prego, Inma Cuevas, Nathalie Poza, Patricia López, Luis Bermejo, Tito Valverde, Carlos Serrano-Clark, Luis Zahera.

lunes, 23 de septiembre de 2019

MINDHUNTER 2: Los que importan





Hace un par de años, Mindhunter revivió el aire a clase magistral que nos aturdió como espectadores
de los primeros CSI, y que luego se diluyó en excesos como Criminal Minds. Las profusas entrevistas
carcelarias a psicópatas asesinos que escribieron páginas reales en la crónica negra estadounidense
suscitó a más de uno la necesidad de tomar notas. El impecable manejo del lenguaje técnico,
las reglas de negociación, los albores de la moderna psicología, y la medida recreación de los
detalles escabrosos sorprendieron incluso a los que ya seguían a su creador y productor,
David Fincher. Dos temporadas se han necesitado para que el rarito Holden y el gruñón Bill sigan
indagando en las motivaciones de un ser humano para matar en cadena. 
En esta nueva tanda ha sido publicitada de manera colaborativa con la última de Tarantino, merced
a la coincidencia de personaje y actor protagonista (Damon Herriman como Charles Manson).
Mero gancho, puesto que la famosa entrevista ocupa poco más de quince minutos, y quizá
contribuye a la decepción que se ha percibido entre los que eligen serie  favorita con la
condición de que nada cambie, nunca. Esta vez, los policías, y la doctora Carr asumen más minutos
para explicarse a sí mismos. Algo completamente lógico en el desarrollo de un arco argumental,
aunque sea tan demorado como en este caso. Y de entre todos ellos, el más protagónico no es el
que cabría esperar. El hermético y muchas veces ininteligible agente Ford abre ambas temporadas
con variadas problemáticas que le dibujan como un ser complejo que sustenta en esa complejidad
su brillantez laboral. Pero los que se llevan esta vez la mayor parte de sustancia son la doctora
Wendy Carr y su rabiosa y cara independencia, y el agente Tench, atado esta temporada a un
problema familiar que le hace pionero en ensayar una mezcla de conciliación y puente aéreo entre
Virginia y Atlanta. Lo cierto es que no necesitábamos saber de la vida amorosa de la profesora para
admirar su desempeño en, este sí, un mundo de hombres. 


Que el cabal Bill Tench tenía un hijo rarito ya lo sabíamos. La subtrama de la que algunos se han
quejado es profundamente pertinente y es inevitable recordar a Dexter, aquel encantador policía de
Miami con un agudo sentido de la justicia, cuya trayectoria pretendía demostrar que los asesinos, al
igual que los talentos musicales y deportivos, nacen y después se hacen. Aquel pragmático padre
suyo, también policía, que sabedor del irremisible destino de su hijo, le impone el código ético que
regirá sus andanzas, es quizá el espejo del futuro que le espera al miembro fundador de la Unidad
de Comportamiento. Como la madre de Dexter, su esposa se mantiene en la negación, primero, y
después evoluciona hacia un valiente- en términos de guion hablando- desapego hacia la criatura,
autojustificado en que no es biológicamente nada de ella. Y, sobre todo, este arco cumple
impecablemente la función de ser un paralelo a pequeña escala de la gran investigación de la
temporada, además de dar algunas respuestas sobre las infancias de los entrevistados.
Las idas y venidas entre el cuartel de Atlanta,el de Virginia y  los aeropuertos nos hacen añorar una
època de la aviación comercial que nunca conocimos los que empezamos a viajar después del 11-S.
Ese “voy para allá”, llegar, comprar billete y embarcar, por ejemplo. Pueden parecer detalles banales,
pero siempre encajan en la sobria e hiperrealista ambientación de los principios de los ochenta. 
La trama de los sobrecogedores crímenes de Atlanta, que habrá sido convenientemente revisada
via Wikipedia por el espectador curioso, ofrece también momentos de muy tenue humor que liman a
lgo la aridez del asunto. Ver al agente Holden lidiar con la burocracia con gesto de no entender los
mecanismos del mundo, y remangarse para montar las decenas de cruces que pide para el
ceremonial y que le llegan como compradas en Ikea. 
Muy propio de su carácter es no entender tampoco ser la marioneta de sus jefes, que ningunean
al principio su interés por los casos para después enviarlo con toda la caballería y por último,
desentenderse tras conseguir al aparente culpable. Reagan acaba de ganar las elecciones y los
jeritalfes del FBI necesitan aportar méritos. 

El mundo sigue siendo ancho y ajeno, que dijo el latinoamericano Ciro Alegría; y gris, muy gris. 

MINDHUNTER, en Netflix.
Creador: Joe Penhall
Productores ejecutivos: David Fincher, Charlize Theron
Reparto: Jonathan Groff, Holt McCanally, Anna Torv
Basada en el libro de John Douglas y Mark Olshaker.

lunes, 29 de julio de 2019

UTOYA, 22 DE JULIO

No será la última vez ni la más señalada que coinciden relativamente en el tiempo dos recreaciones ficcionales de un mismo suceso. En estos casos suele pasar que quien da primero, da dos veces, aunque esta vez ha sido una excepción, según el recibimiento crítico. Hace un par de años, Paul Greengrass facturó para Netflix su larga y lineal visión de los hechos, pasando bastante desapercibida entre la cada vez más abrumadora oferta de la plataforma, y también con una tibia acogida en la Mostra de Venecia. Este 22 of July comparte título con la recién estrenada en cines Utoya, 22 of July - obra del local Erik Poppe - y apenas nada más.  Las distancias son notables en cuanto a pretensión artística, propósito y público objetivo. Greengrass, un experimentado director de dramas basados en hechos reales tan fiables como United 93 (2006) o Captain Philips (2013) decepciona en esta ocasión. Opta por una excesivamente extensa narración excesivamente lineal y encorsetada en unos parámetros peligrosamente cercanos en ocasiones al telefilme de sobremesa. Sobre todo, en la intención explicativa y en los apuntes de historia de superación del muchacho protagonista. Sin ser una mala película, es evidente su intención de conmover y explicar a un tiempo, a un público ansioso de porqués. Personas normales como las víctimas que buscan alivio tras el asombro y la indignación. Aunque el mismo pergeñador de los actos terroristas se lo ponga difícil. 
Nada de eso interesa a Erik Poppe, que ha afirmado públicamente su rechazo a dramatizar una situación ya de por sí inverosímil. Su propuesta con actores no profesionales aúna ética y estética. Un plano secuencia de 77 minutos, cinco más de lo que duró el ataque, de indudable complejidad técnica, que se desvela como artefacto idóneo para agarrarnos del cuello y transplantarnos a la isla infausta, siempre a la zaga de Kaya, la protagonista simbólica que presta su perspectiva para radiografiar el horror. Caduco el concepto "cámara al hombro", aquí está en las nucas, en las manos temblonas que teclean en el móvil, en el barro, pegada a las cabezas aterradas entre ramas, respirando aterida en los recovecos de piedra. 
Y en el centro de todo, la dispar elección acerca de cómo describir El Mal, así con mayúscula. Mostrarlo, describirlo, a riesgo de humanizarlo y provocar alguna mínima identificación o empatía, es lo que hace el guion de Greengrass, basado en el libro autobiográfico de un superviviente, One of Us. Y es lo que no tuvieron más remedio que hacer las autoridades noruegas.  Anders Danielsen Lie, visto en Personal Shopper (2016) compone un Breivik de una gelidez hiriente. Suyo es el peso moral de la historia, como creador solitario y absoluto. 
Poppe escoge la opción en extremo opuesta: el ser humano queda esbozado únicamente por los 72 minutos de disparos y por un par de siluetas recortadas en la neblina. La carga de angustia y de incertidumbre se hace por momentos insoportable, incluyendo detalles reales como el uniforme de policía que Breivik emplea para acceder a la isla, y que azuza en los jóvenes un sentimiento brutal de no entender nada de lo que está pasando. Es inevitable recordar títulos como Room (2015), en la que también se le niega toda visibilidad al perpetrador del secuestro. 
Para los que necesitan contexto, la cinta de Greengrass es útil y consoladora. Sirve además para sacar brillo de un sistema judicial arquetípico del primerísimo mundo. Qué hubiera sido del terrorista en manos de la policía de otras naciones que se suponen de ese club, por ejemplo. Es sumamente instructivo contemplar cada paso del proceso y la exquisita atención que desde el primer momento se le proporciona, independientemente del odio y la vergüenza concitadas en sus compatriotas. Los daños colaterales de tamaño cuidado se reflejan con amargura en el abogado de oficio que escoge con total premeditación. Un profesional del Derecho, en toda la extensión del término, abocado él y su familia al rechazo, al insulto y a la amenaza a pesar de ser él mismo miembro activo de la ideología que su defendido aspira a extinguir. 
 Tanto en las dos versiones como en los sucesos reales, como en cualquier acto de este tipo que sacude periódicamente a nuestro civilizado mundo, la pregunta que se incrusta en las mentes es cómo esto ha podido pasarnos a nosotros. La incredulidad no se agota, por más insistentes golpes que sufra nuestra molido sistema. Y, como no nos lo terminamos de creer, no pasamos a la fase de reacción. Clarísimo ejemplo de esto es la serie británica Years And Years, que se ha convertido en la distopía apocalíptica menos distópica del audiovisual contemporáneo. Su visionado, junto con los largometrajes comentados en estas líneas, conforman un apetecible combo para pasar un verano de reflexión y desasosiego. 

domingo, 7 de julio de 2019

SUR: LA NOVELA DE UN DÍA DE VERANO

No hay que dejarse engañar por los comienzos, ni por las sobrecubiertas,  ni por las sinopsis de editorial. La última entrega del autor de El camino de los ingleses no es una novela negra. No es tampoco novela de verano para rebozar sobre la arena. Por si acaso los adoradores de Fred Vargas querían probar algo nuevo. El cuerpo agonizante y cubierto de hormigas podría iniciar una intriga policial canónica, pero aquí es solo un cebo, la primera pincelada del fresco monumental que es Sur.
No debería haber ciudad sin novela, y sin duda, esta es la novela que Málaga merece,y con autor de la tierra además. Antonio Soler apunta a lo más alto y entrega un homenaje confeso a Ulises, la gran novela de Dublín, esa crónica de un  paseo  en un día soleado. Nada que objetar a un caballero de la Orden de Finnegans.
Pero lo de Joyce es solo un atisbo. Los veranos dublinescos son un jueguecillo al lado de los malagueños, y en ese día indeterminado de agosto el aire se puede respirar y la chaqueta no sobra. El calor de barriada no es un elemento de atrezzo, sino una presencia pegajosa y omnímoda, que confiere a la escritura cierta aridez de lija.
Antes que Joyce, de todos modos, está Cela. El censo final de personajes, mitad boutade, mitad necesario documento de consulta, remite de inmediato a La colmena, mosaico igualmente transversal de la supervivencia urbana. Y las puntillosas y largas escenas casi documentales de los usos y costumbres de los variados especímenes lumpen evocan las de Tiempo de silencio, y su pionero monologuismo interior.
No encontraremos en esta colmena rastro alguno del Silicon Valley malacitano, ni rastros de las sucursales museísticas y aledaños que han regalado a la ciudad una gentrificación de manual. Todos los ejemplares diseccionados con pericia a través de jerga y acciones están perfectamente adaptados a su nicho ecológico. Fiables guías de su terruño, sus diálogos entremezclados con pensamientos proporcionan una visión certera al lector forastero, visitante improbable. 
Pero hay que insistir en el engaño al que nos somete la ficción, toda ella. No es un relato criminal, pero tampoco es un cuadro costumbrista. Y la culpa la tiene el narrador. Un narrador entre experimental y convencional, pilar y conductor del rompecabezas. Un narrador,  un tono exigente y buscado, según se deduce de las afirmaciones del propio Antonio Soler. Su omnipresencia discreta se advierte desde las primeras líneas, introduciendo trama y personajes a modo de travelling cinematográfico. Sin puntuación separadora, conciencias de unos y otros se suceden sin pausa en el mismo párrafo, consiguiendo una inmediatez y una simultaneidad de acción inviables de otro modo. Los múltiples caracteres se destapan, se justifican, se cuentan a sí mismos, a los de al lado, a los de fuera, a sus familias, a sus compañeros de farra, circunstanciales o perennes, sin darse, sin darnos  respiro ni tregua ni relevo, durante la primera mitad de la obra. Hay muestrario donde elegir. Los retratos más acertados en su sordidez y desesperanza, los del desequilibrio mental. 
Después, un medido convencionalismo necesario hace avanzar las intersecciones en tal cantidad de dramas cotidianos.
Algunos echarán de menos más sabor local, aquí demasiado entreverado de ochenterismos generalistas. Pero esa era la intención del novelista, una razonable (y exitosa) universalidad de lenguaje y escenarios con los que sentirse cercano sea cual nuestro origen. 
Este narrador maestro se posiciona más cerca que lejos de sus personajes, alternando distancia irónica con puntillas de ternura. No es nada fácil acertar con la mezcla. No echaremos de menos cierto decoro, a la lopesca manera, y nos creemos la elaboración ambiciosa  que ofrecen algunos discursos. Agosto y cerebros agostados en una lucha por la supervivencia. El fracaso reiterado, las excusas del que cae para no levantarse, la némesis del pensamiento positivo. Algunos ecosistemas son como telas de araña, y dejan nacer, crecer, reproducirse, entrar, pero no salir. 

Sur, de Antonio Soler. Galaxia Gutenberg. 2018. 512 págs. 

sábado, 22 de junio de 2019

LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO DE ELISA Y MARCELA

Cuando se decide que una película es "necesaria", parece quedar exenta de cierta crítica artística. Así pasó con la última triunfadora en los Premios Goya, https://elninocabra.blogspot.com/2019/02/la-mejor-pelicula-del-ano.html con cierto tipo de cine concebido para desenterrar, rescatar o redescubrir figuras o hechos doblegados por el discurso dominante. Así las cosas, la última entrega de Isabel Coixet, pionera en muchas cosas, despertó interés desde sus meros primeros pasos. Cumpliendo todos los requisitos del cine "necesario", revisita una historia no precisamente desconocida en su época, aunque sí borrada de los archivos mentales de generaciones posteriores. Una historia innegablemente atractiva de un amor prohibido que marca dos trayectorias vitales y que encaja perfectamente con las necesidades de la narrativa social contemporánea, siempre a la búsqueda de ejemplos. 
Si a estas premisas sumamos la intervención autorial directa de una cineasta consagrada y polémica por sus obras y palabras, por su estilo concitador de filias y fobias, más el compromiso de la plataforma de contenidos en cuanto a presupuesto holgado y libertad creativa, estamos ante una hermosa película con vocación de verdad. La estética al servicio del mensaje, aun con momentos en exceso exacerbados. Pero las buenas intenciones no son suficientes, y en Elisa y Marcela no terminan de confluir las decisiones formales y la profundidad del mensaje. 
Podríamos decir que la película se sustenta en la estetización de la relación amorosa y la estilización del proceso vital consecuente. El uso de la fotografía en blanco y negro, igual que en Roma, ayuda a no distraerse de lo fundamental, aporta seriedad al relato y pátina artística. La cuestión es si es realmente necesario. En este caso, sirve, además, para recordarnos la oscuridad del tiempo y lugar pasado. Oscuridad de mentes y espíritus que es extrañamente omitida en el relato en sí. Ha llamado la atención de algunos críticos la naturalidad anacrónica con la que ambas muchachas afrontan el avatar de su destino. No hay tormentos internos, ni dudas, ni preocupación por el qué dirán. La institución educativa en la que se conocen, la aldea gallega en la que se asientan, viviendo juntas y por separado, el morro torcido de la familia de Marcela, son sorprendentemente leves en su reacción. Y ellas van quemando etapas como si vivieran en un futuro lejano, nuestro presente, en una capital cosmopolita. 
Esta sensación de inverosimilitud se acentúa con las elipsis narrativas que, en un afán por ajustar los tiempos, nos detraen de momentos importantes para la evolución psicológica de los personajes. Esos tres años que pasa Elisa fuera del pueblo para moldear su personalidad masculina, por ejemplo. O la ausencia de vínculos familiares de la misma Elisa, cuyo disfraz no parece plantearle mayores problemas en sus desplazamientos dentro de una España no muy lejana a la del teatro clásico, tan aficionado a las mujeres vestidas de hombres. 
El tercer acto es sin duda el más interesante de la peripecia. La huida precipitada a Portugal permite constatar la belleza inmisericorde de Oporto y la viva idiosincrasia de las gentes del país, cuyas relaciones con los españoles oscilan entre la sana socarronería y la santa paciencia. Mucho más abiertos que sus vecinos, y sus autoridades bastante más humanas. No se merecen desde luego la invasión a las que les estamos sometiendo. 
Es de justicia destacar las espléndidas actuaciones de Natalia de Molina y la debutante en cine Greta Fernández, con una expresión y gestualidad que puede llegar a encarrilarla hacia cierto tipo de papeles, si se descuida. Y los "lusos" Lluís Homar y Manolo Solo, que proporcionan cierto alivio cómico, en el mejor de los sentidos. 
Título: Elisa y Marcela
Año: 2019
Dirección: Isabel Coixet
Guion: Isabel Coixet y Narciso de Gabriel
Música: Sofía Oriana Infante
Fotografía: Jennifer Cox
Reparto: Natalia de Molina, Greta Fernández, Sara Casasnovas, Tamar Novas, María Pujalte, Francesc Orella, Lluís Homar, Manolo Solo, Manuel Lourenzo, Elena Seijo. 

domingo, 2 de junio de 2019

LA DISTOPÍA CHERNOBYL

Durante los capítulos primero y cuarto, Chernobyl, la serie, parece Tiburón. O El enemigo del pueblo. Un punto y final en la vida de tranquilas y aburridas comunidades que debieron evitar las autoridades competentes, y pertinentemente advertidas. Ante el dilema prestigio social/seguridad, gana siempre el primero. El qué dirán nuestros vecinos, que aprovecharán la coyuntura para arrebatarnos nuestra bien labrada posición en el orden local o global. El ser humano se ha ido construyendo a base de errores y enmiendas, si bien algunas llegan tarde, o nunca. En televisión, el invierno ya se ha ido, pero llega la mortecina desolación de Chernobyl para recordarnos que una distopía no ha de ser necesariamente ni ficción ni futura. Por eso, los capítulos segundo y tercero recuerdan tanto en lo formal  a El cuento de la criada, de oportuno y próximo retorno.  Las grandes distopías de nuestro tiempo, las de Orwell, Bradbury, Brooker o Atwood, han cristalizado en un presente igualador en lo siniestro, y por eso lo sucedido en Chernobyl aquella noche de 1986 y los posteriores acontecimientos carecerían de verosimilitud en un relato enteramente ficticio. La civilización occidental tendría que haberse despedido del planeta que tanto maltrata, pero no, aquí seguimos. Tentando la suerte otra vez en 2011. Los átomos de muerte que respiran los vecinos de la central nuclear Vladimir Yllich Lenin permean cada plano. Los días grisáceos de luz extraterrestre son idénticos a los que disfrutan las doncellas de Gilead en sus paseos al supermercado. Los bloques de viviendas, auténtico hormigón soviético, macilentos como las casas bostonianas de la república. Los rostros graníticos de quienes deciden y condenan, proscritas las risas. Idéntico también es el ruido que los estados totalitarios hacen al caer, en demoliciones incontroladas. La cámara lenta coreografiando las rutinas. Oigan eso, es el silencio. No hay notas sonoras, sin melodías de cabecera, ni subrayados musicales. Solo retazos electrónicos y discursos monocordes y rítmicos en su machaconería del todo está bien, las salmodias de presentación y, en este caso, el chirrido de los dosímetros que parece van a explotar en cualquier momento. 
Chernobyl, la serie, es ficción, olvidan los artículos que brotan comparando lo contado y lo sucedido fotograba a fotograma, ejercicios inútiles de puntualización para un espectador que puede ver y consultar al instante. Desde Propp, ruso más ilustre que todos los camaradas ingenieros que aprietan botones demasiado pronto o demasiado tarde, necesitamos un héroe y un villano. Pero se quedó corto en el catálogo de matices y caracteres. Aquí los malos son uno, negligentes y obsesionados. No parecen creaciones hiperbólicas fruto del revanchismo capitalista. Los héroes tradicionales que se enfrentan a la catástrofe en sus primerísimos momentos sin saber las consecuencias quedan oscurecidos por ejércitos de antihéroes, mineros, militares, civiles ofrendadores conscientes de sus propias vidas para salvar, de verdad, a su pueblo, por 300 rublos y unos litros de vodka. Y rescatando la ética de la responsabilidad de entre los escombros, un par de científicos (Emily Watson y Jared Harris)y un ministro (Stellan Skarsgård) que cae a tiempo del caballo.
Vean Chernobyl y afronten el verano con el alivio de seguir vivos, la desazón por la soberbia humana o la incertidumbre acerca de cuál será el próximo envite.