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domingo, 22 de abril de 2018

CONTRA LA LECTURA

CONTRA LA LECTURA (THE SOLITARY VICE AGAINST READING).
Dentro de la contemporánea afición a cierto tipo de ensayo, con la dosis justa de erudición y marcada vocación divulgativa, la siempre original Blackie Books nos trae en español un texto de título provocativo, publicado hace ya diez años por la profesora de Baltimore Mikita Brottman. La traducción recorta el aún más provocativo subtítulo inglés, que según cuenta la autora en el prólogo, ya suscitó reacciones en la época pre-twitter. Así que, para adecuarnos a nuestro tiempo de indignación en 150 caracteres, nos preguntamos lícita y doblemente si “¿Está insinuando lo que creo que insinúa? (Acompáñense de fruncidas de ceño y retuits a las cuentas de la RAE, el Ministerio de Cultura y el Gremio de Libreros).
Que la lectura, como la escritura, es una acción solitaria, puede comprobarse a diario en casa y en el metro. La alfabetización general hizo innecesarias las sesiones de lectura colectiva tan bien retratadas en los Cuentos de Canterbury o el Quijote. Clásicos en toda la extensión del término que se convierten en víctimas colaterales en la última parte de este ensayo.
Que se compare al otro vicio solitario es pertinente. Ambos pueden afectar a la buena conservación del intelecto y de la vista. Pero la indagación comparativa se detiene en la explicación del subtítulo. A partir de ahí, la autora toma la palabra y nos sumerge en un texto más confesional que académico, a un lector al que agarra con firmeza para mostrarle con su experiencia lo peligroso y excitante que puede ser leer, a la vez que intrascendente y aburrido. 
Confieso haber leído con satisfacción la primera parte del libro. Ir a contracorriente en temas de visión única es cansado. Leer que alguien más discute uno de los dogmas más asentados de hoy consuela de la soledad dialéctica. Solo los ignorantes podrían cuestionar la necesidad de fomentar la lectura desde la infancia. Leer es un acto intrínsecamente bueno, no importa qué se lea. La lectura conduce a la felicidad, y ahora que es obligatoria, nuestros gobernantes, al contrario que casi todos sus predecesores, se desviven porque leamos. ¿Te gusta leer? Preguntaban antaño los comerciales del Círculo de Lectores. Quién va a decir que no públicamente. Leer bien implica un ritual que atrae y a la vez aleja a potenciales usuarios. La autora duda de la efectividad de campañas coloridas hechas para estadounidenses, pero desconoce la existencia de un país, España, en el que más del treinta por ciento de los encuestados reconoce sin rubor su único libro leído al año. Queda claro que Spain is different. En esta primera mitad del libro, apenas se notan los diez años transcurridos, en la deconstrucción valiente de fúnebres vaticinios acerca de la supervivencia del lector. Amazon vs librerías independientes, libro electrónico, mercado e industria. Observamos con alivio cómo el Apocalipsis no ha llegado aún, y que nuestra cifra disparatada de novedades editoriales palidece ante la de Estados Unidos. Si parece que se publica todo, por qué rechazan mi novela, se preguntará algún autor por descubrir.
Pero hacia las últimas páginas, el objetivo crítico cambia, desafortunadamente, y el subtítulo adecuado pasaría a ser Contra la lectura (de los clásicos). La heterodoxa académica adopta el muy tradicional rol posmoderno de relativizar la importancia de lo antiguo. Apoyándose en ilustres colegas sufridores del programa de lecturas de Oxford, la emprende con todos, desde los griegos hasta los rusos. Y no queda claro si el tono bipolar es buscado o es fina ironía. Queda claro que Joyce y Cervantes no otorgan certificados de buena conducta, pero es que además son culpables de muchos malos ratos en eventos sociales. Resulta interesante esa raza de intelectuales compasivamente dibujados que ha de fingir que han leído lo que no han leído, acechados por el síndrome del impostor. Puede haberlos, en un circuito bastante acotado. Las señoras engatusadas por Christian Grey no necesitan demostrar por qué le prefieren a Stephen Dedalus. Y no. No se manda leer el Quijote a niños de doce años. Pero sí se les deja con sagas juveniles de mensaje ultraconservador, dentro de un bloque curricular denominado “Educación Literaria”.
Además de la muy estimable bibliografía, hay que destacar la excelente traducción de Lucía Barahona, que evita el posible desfase con la publicación original con notas propias y un visible interés por hacer partícipe a la autora.


 Mikita Brottman: Contra la lectura. Blackie Books. 2018. 166 páginas.

lunes, 9 de abril de 2018

EL CAIRO CONFIDENCIAL (THE NILE HILTON INCIDENT)

En México se inventó la palabra (mordida), pero en el oscuro film de género del sueco Tarik Saleh, la policía egipcia le da un nuevo sentido al enriquecimiento ilícito de servidores públicos. The Nile Hilton Incident no necesitaría la obvia referencia de su título en castellano para emparentar con las más certeras muestras de cine negro contemporáneo. Empezando por su protagonista, un derrotado detective viudo que, a falta de gabardina, luce cazadora de cuero en las aparentemente calurosas noches de enero de 2011, la Primavera árabe al caer y la plaza Tahir a punto de la implosión. En los estertores de un régimen que no sabe que está muriendo, un crimen en un hotel de lujo, poderosos implicados y una testigo en lo más bajo de la pirámide social. La peripecia y el desenlace pueden deducirse, en un entorno contaminado por la corrupción y el abuso de poder. Pero el entorno es nuevo, o lo suficientemente exótico para el espectador del pulcro Occidente. El entorno es nuevo, pero la molicie moral es la misma. Todo tiene un precio, todo se compra y se vende, y si Asuntos Internos llama, no es para hacer limpieza sino para reclamar su parte, y entonces toca esconder el Mercedes en el garaje del cuñado. 
La historia comienza presentando al detective protagonista recaudando el impuesto revolucionario a los comerciantes del centro, muy al estilo Denzel Washington en la poco valorada Training Day. Algo se remueve en su conciencia cuando le cae la resolución del crimen, o la simulación de resolución. Por un momento, puede codearse con el poder, aquí en forma de mejor amigo de hijo de Mubarak, e incluso sacar brillo a su autoridad maltrecha.  
La atmósfera, como corresponde, se va enviciando progresivamente, y mucho tiene que ver el humo permanente del tabaco, erradicado en el actual cine a prueba de ofensas. Todo es desasosiego y oscuridad en las largas caminatas por la capital nocturna, en un continuo insomnio que produce monstruos. 
Paralela al desarrollo del caso, asistimos a una disección de la clasista sociedad egipcia, estructurada en capas tan estancas entre sí como un corte geológico. La infortunada testigo de los hechos es sin duda el destello más original de la trama. Una muchacha sudanesa, "kelly" en el hotel de superlujo, que percibe su salario en mano y cada día, de tal modo que sus empleadores no tienen que molestarse siquiera en conocer su nombre. Nosotros sí. Salwa propone al espectador una excursión al inframundo de la megalópolis, una muestra modélica de chabolismo vertical que disfruta sin embargo de una frágil armonía.  Una miseria en pacífica convivencia que salta por los aires por una decisión desafortunada y un lícito deseo de sacar tajada de la primera ventaja evolutiva que los depredadores ponen al alcance de los inmigrantes africanos. 
Ningún participante en el devenir de los sucesos pasaría un examen de honestidad. En casi todos los casos, mera cuestión de supervivencia. La verdad supura, y compensa los altibajos del ritmo narrativo y algunos subrayados excesivos acerca del peligro que corre Noredin y el trazo grueso de algunos secundarios, gordos, feos y avariciosos. 
Mucho ha llovido sobre la plaza Tahir desde 2011, y más desde el asesinato que inspira la película en 2008. Qué pensarán los revolucionarios, o serán ellos los que acaban de renovar al mariscal Al-Sisi con más del 92% de los votos. 

sábado, 17 de marzo de 2018

MADRE HAY MÁS QUE UNA (II): YO, TONYA (2017)



Una semana después de que el tío Óscar premiara la diversidad concentrada en una sola película , sigue siendo llamativa la amplia gama de madres que hemos conocido en esta temporada de cine.
La señora Harding y su derecho inalienable al sueño americano vía filial nos recuerda de inmediato a otro gran villano y padre de deportista: el señor Agassi, en la estupenda biografía de su hijo André (Open, Duomo ediciones).
No deja de ser admirable la perseverancia de algunos súbditos del imperio por desmontar su propia mitografía. Si hace unas semanas se estrenaba con sigilo The Florida Proyect, días después nos llegó esta biografía semidocumental, con algo más de resonancia debido a la candidatura, cristalizada, de Allison Janney como mejor actriz de reparto y a la injustamente relegada Margot Robbie.
La truculenta historia marcó el inicio de los años noventa y era cuestión de tiempo su llegada a las pantallas. El director Craig Gillespie opta muy inteligentemente por cargar las tintas en el tono de farsa surrealista que destilan las entrevistas reales de los intervinientes en la maléfica trama. (En este sentido, el cartel promocional del filme no deja lugar a dudas). Es la crónica de una mentira, la de que cualquier estadounidense puede llegar a lo más arriba desde lo más bajo, y sobre todo, la radiografía de una sociedad que envuelve sus prejuicios en brillante papel de regalo.
La otrora reina malvada introduce los retazos más destacados de sus comienzos, su auge y su caída, sin lamentaciones y con la distancia típica de los que ya no se lamen las heridas ni observan cada día sus cicatrices. Aunque llega tarde para reparar su imagen, el espectador de este siglo no puede evitar eximirla de toda culpa, más aún tras la aparición en escena de su archienemiga archiperfecta Nancy Kerrigan, la víctima de un descacharrado plan digno de cualquier de las versiones de Fargo.
En este punto se impone la crítica sociológica. Tonya, que asume ser parte de la “basura blanca”, y Nancy, criada en la muy elitista, intelectual, demócrata y europea Costa Este. Tonya se da cuenta por las malas de que el hacerse a sí mismo tiene límites en cuanto a la mercadotecnia se refiere. Su pública crucifixión era la consecuencia lógica de ser una chica mala. Todo lo contrario a otros casos ejemplares de superación de la adversidad a través del deporte más exigente. La gimnasta Simone Biles, merecedora de todos los honores como deportista y como persona sería la fotografía en color, y nuestra poco afortunada patinadora, el blanco y negro.
Desde el punto de vista técnico, queda claro desde el inicio de que no estamos ante un documental, sino ante un trabajo de ficción excelentemente rodado. Las secuencias de patinaje se suceden a un ritmo adictivo. La narración, perfectamente medida, no decae jamás. Sin momento para el tedio, se van sucediendo las apariciones de unos personajes tan de tebeo que sólo pueden existir de verdad. La sonrisa se torna en mueca más de una vez (el reencuentro de madre e hija tras el hecho), y, como contraste a las diversas odas al periodismo que han jalonado el último cine, la sutil pero ácida crítica a la noticia como alimento para las masas. El plano último del televisor nutrido con el nuevo escándalo, la rueda que nunca se detiene.



domingo, 18 de febrero de 2018

MADRE HAY MÁS QUE UNA: THE FLORIDA PROJECT (2017)

No c
No cabe duda de que Julita Salmerón es la madre de España 2018. Una mujer de las de antes, solo definible a través de tópicos: personalidad arrolladora, sin pelos en la lengua, sinceridad desarman, naturalidad en estado puro. Mientras se anima a presentar los próximos Goya, otro modelo de maternidad se asoma tímidamente a la cartelera. Una lástima, porque The Florida Proyect, nombre inicial  del parque temático de Disney en Orlando, es una gran bofetada en toda la cara del nunca extinto sueño americano. Un muestrario tremebundo de votantes de Trump, los peyorativamente conocidos como “basura blanca”, que en los estados del interior malviven en caravanas, o, en moteles de mala muerte, como es el caso.  El motel, otro de los lugares comunes de la mitografía yanqui que tanto idealizan los turistas. La ironía es sangrante en casi cada secuencia, y supura por nuestros poros intelectualmente superiores. Ya desde el título mismo nos confronta la paradoja. Las numerosos y asilvestradas criaturas que habitan este símbolo violeta del chabolismo vertical podrían ir caminando al parque de atracciones al que peregrinan sus semejantes de todo el mundo.Es como leer el Lazarillo en negativo: si allá reíamos con cierto remordimiento de las desgracias del muchacho, aquí se nos deforma la mueca contemplando la aparente frivolidad y ligereza con la que los residentes del Magic Castle afrontan sus dramas cotidianos.
Muy elogiosamente se ha hablado de la interpretación o no de la joven protagonista. Aquí hemos de recordar a la Frida de Verano 1993. ambas desafían la paciencia y la empatía de los adultos, ambas versiones oscuras de un Daniel el Travieso ya convertido a estas alturas en el hombre de mediana edad con hipoteca en zona residencial, esposa, tres hijos y perro que auguraban sus rubios mechones cincoañeros.
Y qué fácil juzgarlos, sobre todo a la madre de Moonie, un personaje a veces tendente a lo hiperbólico en su caracterización que no recibirá jamás un trofeo  a la mejor del mundo. Una excesivamente joven y choni madre coraje que desafía los valores más elementales con cada paso que da, que desafía la desolación haciendo que su hija aproveche cada momento de una infancia condenada. Cundirá la indignación en las conciencias mediterráneas observar la dieta de ambas, pero como dice Halley, “sé hacer algunas cosas pero la comida preparada cuesta un dólar”. Los que hayan campeado por los Estados Unidos sabrán que no miente. Una versión postadolescente de Carmina, la madre de los León, que fue la primera en incorrección y descaro.
No hay posibilidad de distanciamiento. El director coloca la cámara a la altura de los niños y les seguimos allá donde van, viendo el mundo desde su altura. No hay apenas música, y los breves instantes de esparcimiento vienen de la singular y paternal relación con Bobby, el encargado del motel, el "pringado", y única figura de autoridad para pequeños y mayores. A diferencia de Moonlight, que destilaba oscuridad y melancolía en un Miami desconocido, las correrías de Moonie y sus secuaces se acompañan de la luz esperable del verano y del color de los edificios y vestimentas. Otra paradoja.



The Florida Project
2017
115 min.
United States
Director: Sean Baker
Guion:Sean Baker, Chris Bergoch
Fotografía:Alexis Zabé
Reparto:




viernes, 26 de enero de 2018

BLACK MIRROR SON LOS PADRES


¿Black Mirror, o realidad? podría ser el título de una de las pruebas tontorronas con las que El Hormiguero asaetea a sus invitados. Porque, ¿cuándo dejó de ser Black Mirror el espejo siniestro donde mirábamos nuestro futuro inmediato? ¿No sin algo de ingenua confianza en un golpe de timón que nos alejara? Pudo ser en el metro,  el día en que nos dimos cuenta de que todos nuestros compañeros de vagón, todos, se entretenían mirando el móvil. O cuando entramos en Facebook y la publicidad ofrecida tenía relación con las últimas búsquedas en Amazon. O cuando nos rendimos al íntimo placer de puntuar a los demás por su apariencia y conducta y a la ansiedad por ser puntuados. 
El caso es que la invención de Charlie Brooker hace tiempo que ya no encaja en la definición de  distopía. 1984 tardó decenios en replicar a Orwell. . En este caso, la realidad ha alcanzado a la ficción en menos de un lustro. Y no es un demérito para Netflix, que responde con orgullo “ya lo dije primero” cuando Pizza Hut tuitea la próxima llegada de los vehículos autónomos de reparto que son la mecha que prende “Crocodile”. Y qué decir de la siniestra publicidad de Meetic y su “coach” para encontrar la pareja perfecta, precuela inconfesable de “Hang the DJ”. 
Así las cosas, la quinta temporada acerca a la serie a una confortable madurez, con la irregularidad inevitable. Con una vocación nueva de ser cronista del presente y del mañana más literal, los seis episodios siguen proporcionando momentos excelsos y sensaciones perturbadoras. Si el hallazgo de la pasada entrega fue el final feliz de San Junipero, esta vez se prueba con la suave parodia friki en USS Callister, que amenaza con  secuela. Pero, sin duda, el concepto clave de la serie 4 ha sido el del “paternidad/maternidad”. En dos vertientes diferentes y complementarias, partes del proceso ambas, e incorporando las ideas y términos más exitosos en las modernas pedagogías.El capítulo 2, “Arkangel”, dirigido por Jodie Foster, y el 6, “Black Museum”, evocan la cruz y la cara de ser padres. La tablet diabólica que censura las vivencias de la hija en Arkangel nos resulta extremadamente familiar en su propósito. La sensación general es que los padres nunca fueron tan sobreprotectores como lo son hoy. Acercando la reflexión a lo que tenemos más cerca, es sorprendente/desazonador/ que la generación patria criada con La Bola de Cristal, cuyas vidas al límite sin cinturón de seguridad se recuerdan con regocijo en Yo fui a EGB, entren en modo ataque cada vez que su retoño se siente importunado; ya sea por un congénere que le hace la zancadilla en el recreo, o por un maestro que anota en su agenda la falta de deberes. El futuro inminente que retrata el episodio está a tres zancadas y da tanto miedo como solía darlo la serie entera cuando era británica. 
El último capítulo de la temporada es una oda a la autorreferencialidad. Un festín para los buscadores de conexiones entre tramas y personajes. Y también un merecido autohomenaje del orgulloso padre de la criatura. El museo de los horrores enclavado en un secarral funciona a la manera de unos grandes éxitos. Hay recuerdos para todas las temporadas, bajo el común denominador de toda la serie: qué pasa cuando la tecnología se nos va de las manos. La audaz adolescente protagonista no dispuso precisamente de una vida filtrada por el artefacto Arkángel. 
Black Museum supone un muy adecuado cierre temporal en su interés por recapitular y entretejer detalles olvidados por el amplio margen entre entrega y entrega. Charlie Brooker nos recuerda lo que ha crecido su serie con esta original reinterpretación del clásico álbum de fotos familiar. 
Situada ya plenamente en su nicho de comodidad, habrá que seguir atentamente evoluciones temáticas y  narrativas. Aún queda capacidad de sorpresa. 


lunes, 1 de enero de 2018

¿FEMINISTAS SOMOS TODAS?

POR QUÉ NO SOY FEMINISTA (UN MANIFIESTO FEMINISTA)

Confieso que una de mis motivaciones al abordar la lectura de este sorprendentemente polémico ensayo era averiguar si Cristina Pedroche y las modelos de Victoria´s Secret podían ser o no feministas. Ya tenía claro que las camisetas con proclamas y leyendas eran una manera cómoda y asequible de serlo, y que el color rosa podía ser a la vez estigmatizado por reduccionista y escogido como distintivo de causas tan femeninas como el cáncer de mama. El mundo es cada día más complicado, y la aparente paradoja del título era una invitación a desentrañar siquiera un trocito de esa complejidad.
Las entrevistas que la autora ha ido despachando compartían plenamente el tono del libro, tan llamativo o más que su incendiario y trabajado contenido.
Así pues, Jessa Crispin se presenta en persona y en su texto como el negativo de la perfecta equidistancia. En lugar de estar de acuerdo con todo, apelar al agnosticismo ideológico o de tener en una mano el palo y en otra la zanahoria, se pone a repartir estopa contra todas. Y digo contra todas, porque hacia la mitad del libro deja clarísimamente expuesto que los hombres no son lectores bienvenidos. Tanto como si buscan exacerbar su lado femenino, o respuestas a su recién descubierta conciencia, no es el trabajo de la autora evangelizar o convencer.
Así las cosas, las que sí podemos leer, nos vamos a dar de bruces con un tono de escritura inusual en el género ensayístico. Un estilo bronco, profundamente airado y a veces macarra, que no ahorra en interjecciones y expresiones coloquiales, que funciona en ocasiones pero que en otras perjudica la reflexión intelectual que es el reconocido núcleo de la obra.

La insistencia en esto último, en que el/los feminismos actuales han arrumbado la ideología en favor de la terminología vacua y de la apariencia, no consigue hacerse llegar con claridad. En una lectura atenta surgen contradicciones entre el mensaje al que se aspira y el público objetivo al que se quiere hacer llegar. La autora reitera su tesis y la apuntala mediante la demolición de todos los lugares comunes del feminismo de hoy, pero no propone nada a cambio. La apelación a recuperar la cosmovisión radical de las pioneras en el movimiento no se acompaña de medidas concretas que las consumidoras de camisetas y revistas femeninas puedan llevar a cabo en sus rutinas diarias. Hay que releer a las clásicas, sí, pero la nueva hornada de adolescentes y universitarias que son carne de mercado necesitan algo más para dejar de ser eslóganes andantes.
Es particularmente enriquecedor el capítulo en el que equipara las marcas lingüísticas 3.0 (empoderamiento y demás), con el narcisismo de sus usuarias. Es este uno de los valiosos aportes del libro: diferenciar entre el individuo y el colectivo, entre sus necesidades/gustos/deseos y lo que el mundo requiere de las mujeres para ser mejor lugar que el que nos encontramos al nacer. Nos interrogamos sustancialmente acerca de la cultura de la indignación, anatema para el feminismo de redes sociales. ¿Es lícito exigir el despido de un hombre por un comentario desafortunado? ¿Por qué no es admisible hoy rebatir locas afirmaciones hechas por mujeres, del tipo “somos independentistas sin fronteras”? ¿Hay que desterrar a las mujeres célebres que no se declaran feministas y abrazar a las estrellas que sí lo hacen para vender su negociado? Aun siendo la publicación del libro anterior al terremoto Weinstein y a la coronación del #MeToo como el movimiento social más destacado de este recién terminado año, son cuestiones de permanente pertinencia.
Y llegamos al quid de la cuestión: el feminismo es imprescindible, sí, pero no este. Las mujeres han sido explotadas y sometidas, siguen siéndolo, pero no por el hecho intrínseco de serlo, sino como parte del engranaje devorador del sistema patriarcal capitalista. Dicho así suena algo antiguo, pero la autora consigue que recordemos la dualidad atávica de esta nuestra organización del ecosistema. Una afirmación polémica, el engarzar los conflictos de género con el abuso de poder. ¿De quién y hacia quién? Nos sorprendemos al descubrirnos en este punto ante un texto mucho más antisistema, y teóricamente más simple de lo que apuntaba en un principio. Los hombres blancos, y las mujeres blancas, como ideólogos, participantes y beneficiarios del sistema, son los culpables. Un titular jugoso que no ha sido desaprovechado, el desprecio nada sutil de Crispin por las mujeres que desde la cúspide de sus multinacionales o de sus países, se han empoderado sin sororidad alguna y están contribuyendo a la maltrecha marcha del mundo a la vez que se dedican portadas sobre sus historias de esfuerzo, superación, discriminación, y conciliación. El feminismo de hoy es un traje a la medida de la mujer blanca del Upper West Side, esgrime la autora, y no podemos más que darle la razón. Reclamar guarderías o ayudas para cuidadores no es feminista, porque la maternidad no lo es y velar por nuestros ancestros tampoco.
Otras dudas se quedan en el tintero. Nada se dice acerca de la hipotética “monstruosa naturaleza del hombre y su libido”, sensacional título de uno de los artículos más leídos del año en The New York Times. Aunque, como afirma Jessa con su rotundidad habitual, los hombres no son su (nuestro) problema. Sí su (nuestra) responsabilidad.
Al final, una sorpresa y una certeza. Sorpresa de encontrar entre los agradecimientos a Emma Goldman y a Santa Teresa de Jesús, y la certeza de que, a día de hoy, Cristina Pedroche sí es feminista.


Jessa Crispin: Por qué no soy feminista. Un manifiesto feminista. Lince Ediciones. 2017. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

STRANGER NOSTALGIA




La irrupción de Stranger Things hace dos veranos fue entusiásticamente recibida por todos aquellos treinta y que han hecho de mirar hacia atrás sin ira una forma de vida. Lo tenía todo. Un festival de recuerdos idealizados y prestados de aquellos, nosotros, que se dejaron colonizar mansamente por el construcción estadounidense de la infancia. Aquellos, nosotros, miraban con misericordia a sus ascendientes, que en las reuniones familiares evocaban la televisión en blanco y negro, a la vez que adoptaban como generacionales los veranos yanquis en bicicleta, con sus tardes de pesca, sus aventuras en minas abandonadas, sus contactos extraterrestres. Todo mucho más estimulante que las horas al sol en Torrevieja, Alicante, al cuidado de la tía Enriqueta. La EGB se ha sacralizado, y la pugna con los millenials es desigual; a saber qué podrán rescatar ellos sin buscar en Youtube. Por eso, las expectativas generadas por la nueva tanda de episodios era grande, y así la trabajó Netflix en la publicidad que inundó el transporte público, solo accesible para los conocedores del Upside Down. (Los demás seguirán pensando que los operarios colocaron los carteles al revés). Los hermanos Duffer, demasiado jóvenes para haber asistido en directo a los hitos del cine que recrean, han tomado la idea de “lector ideal” de la estética de la recepción, y se han confeccionado un espectador a medida. Con una primera temporada sorprendente en su fidelidad a los clásicos, cautivaron a los que buscaban razones para evocar sus primeros años como un paraíso. En estos tiempos de oda al sucedáneo, daba mucho más miedo el Demogorgon que la obsesión de Richard Dreyfuss por la Torre del Diablo.
Así pues, abandonado el período estival de emisión, que no concordaba con las tramas desarrolladas en pleno curso escolar, la segunda temporada nos ha dado más, mucho más, pero no mejor. Culpa de las expectativas. Al igual que vimos en otras series de aquí, tipo El Ministerio del Tiempo, la referencialidad y vertientes pueden ser una plaga. Los seguidores de los preadolescentes de Hawkins seguramente celebraron con mayor alborozo el episodio de Halloween, ahora que ya está dentro de nuestro calendario, con toda justicia, justo entre el Oktobertfest y el Adviento. Más dudosa en su adecuado entendimiento ha sido la evolución de Eleven, personaje icónico que ha puesto de relieve cómo cambian los tiempos, y qué significaba tener trece años hace treinta, y tenerlos ahora. Homenajeando al racionalismo, resultó que antes de Once había otros diez pequeños seres víctimas de la experimentación y de la numeración cardinal, y alguno de ellos, más ellas que ellos, exponencialmente peligrosos. La anagnórisis de Eleven, esperada desde el primer episodio, devino en una enloquecida alegoría punk difícil de asumir para los que seguían viendo a Los Goonies en la adorable no-dentadura de Justin. No era necesaria tanta sombra de ojos para ilustrar su lado oscuro. Tampoco lo era sus sustitución por la mala pero buena pelirroja del monopatín, que no ha conseguido enamorar a nadie. Pero la extrañeza cotidiana no descansa, y confirmada está ya una tercera temporada.
Es conveniente preguntarse por qué, ya que uno decide entregarse a devaneos nostálgicos, no echa mano de los suyos. El mensaje único que los productos estadounidenses ofrecen, en los ochenta y hoy, es el de la importancia de la familia. Hasta cierta edad, claro. Hasta Will se graduará y dejará a su poco equilibrada madre redecorando las paredes de su casa, y las habitaciones de sus amigos tienen todas las papeletas para ser transformadas en gimnasios. Las madres españolas, sin embargo,no saben lo que es el síndrome del nido vacío. Habría que ir aceptando que nuestra infancia no estuvo marcada por conspiraciones en el bosque del pueblo, sino por la neolengua de Chiquito de la Calzada, mucho más extraterrestre que ET, el gigante de Super 8 y todos los Demogorgon juntos.


De la nostalgia del sucedáneo que decolora tiempos añejos hablaremos otro día. O cómo las redes enloquecen con una pareja de post adolescentes entonando la canción de La La Land.