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domingo, 23 de mayo de 2021

FERIA, de Ana Iris Simón


La jugada perfecta. Una narradora debutante en un sello minoritario cumple de modo preciso los parámetros actuales del buen debut (mujer joven, autoficción, alabanza de aldea) encuentra en redes a comentaristas que destapan el subtexto político más polémico posible. Y así es cómo Ana Iris Simón consigue con su primera obra una resonancia extraliteraria que la distancia de coetáneas con propuestas concomitantes como Andrea Abreu y su Panza de Burro (Barrett, 2021) y algo antes, Elisa Victoria con Vozdevieja (Blackie Books, 2019). Y como era previsible en estos días en los que todo absolutamente todo es política y todo absolutamente todo ha de ser etiquetado para comodidad del consumidor, el ojo de Mordor/Twitter comienza las prospecciones arqueológicas, rescata párrafos en capturas de pantalla y términos como "rojipardo" para indignación de unos y perplejidad de otros y regocijo del negocio. A esta labor contribuye sin duda la distribución en episodios cortos de títulos llamativos (Yo duermo abajo y arriba España, La historia que emocionaría a Juan Manuel de Prada, Patria, estirpe y linaje, Toda mujer ama a un fascista) fácilmente extractables. Imposible resistirse a compartirlos. 

Pero esto es una reseña literaria y Feria no es un ensayo sociológico sino una novela, por más que haya cogido con impulso la ola adecuada. La historia de una familia y de un territorio sentimental e histórico, fluidamente narrada desde la voz treinteañera y desencantada de una periodista que decide desandar el camino del campo a la ciudad y volver al espacio de donde toda una generación anhelaba salir. 

El mismo título y el prólogo del cantante alternativo asturiano Pablo Und Destruktion ya anticipan que lo verdaderamente distintivo de esta conjunción de autobiografías no es el mero "ser de pueblo" sino la identidad nómada de la familia feriante. El primer capítulo a modo de post de Facebook o carta al director moderadamente quejosa da paso a la retrospección. Las ferias rodantes que están insertas en el adn de todo español hasta la generación centeniall, que conformaban el punto de encuentro estival entre los que se fueron, los que se quedaron, los visitantes, los forasteros casuales y los vecinos de tertulia nocturna. La mirada nostálgica de la narradora, nieta de feriantes de pro, se escora hacia la complacencia y la suave provocación ya desde el inicio, añorando esos tiempos de explotación animal y remedos del Freaks de Tod Browning. Esta aspiración a epatar, no ya a la burguesía, sino al tuitero medio, se reproduce en anécdotas excéntricas como la del feto en el tarro de cristal, producto del aborto espontáneo del que hubiera sido su hermano. 

Las vivencias infantiles se van ensartando en unas coordenadas geográficas muy concretas (Campo de Criptana, Ontígola, Aranjuez), que dibujan idílicos paisajes emocionales e infancias rodeadas de aire libre y de  familia siempre dispuesta a alimentar el cuerpo con buenas comilonas y el espíritu con enseñanzas temporales.  Es fácil ganar la comparación con los rostros cetrinos de nuestros adolescentes a su teléfono móvil pegados. La remembranza nostálgica que emparenta la obra con tantas otras protagonizadas por niños y admiradores del cualquier tiempo pasado fue mejor, es recurso previsible y efectivo. 

Lo que en verdad da aire a la historia y alas al escándalo revisionista es la relación de Ana Iris con su padre. De nada servirían los mimbres neorrurales sin ese cartero de pueblo de firmes convicciones comunistas y con el verbo lo suficientemente trabajado como para polemizar con su hija, que desde bien temprano tiende a llevarle la contraria. Ese capítulo titulado Jesucristo fue el primer comunista sirve para rescatar lemas y contradicciones del comunismo old- fashioned que siguen vivas. La imposibilidad del obrero de tener patria, la familia como sustento y y raíz, los tres días de luto que decretó Cuba tras la muerte del dictador. Este hombre que trasciende su modesta formación con una facilidad notable para la abstracción y el símbolo, define a su ex mujer y madre de la narradora como "un universo que se expande". 

Hasta la página 178, Feria es tímida. En el ejercicio nostálgico, en las descripciones de caracteres, en la crítica al pijo de Malasaña, en el empleo de palabras terruñeras que hubieran enriquecido sobremanera la narración. Vocabulario manchego que sí se disemina con más alegría en el tramo final del relato, y que por otra parte no es desconocido para el urbanita gracias a los exitosos cómicos de la tierra.  En esa página hace su aparición estelar Ramiro Ledesma y en el temeroso lector se enciende el código rojo (rojipardo). Ese lector contemporáneo que comparte su preocupación por la publicidad subliminal del falangismo y avisa del peligro como ciudadano responsable que es. Cuidado, que os podéis convencer. Mejor no lo leáis. Barbra Streissand no nos enseñó nada. 

En este progreso al desenlace, la voz narrativa se permite más margen, y riega su evocación de opiniones francamente incorrectas para el feminismo 3.0, lo más valioso de estas últimas páginas. Lo hace simplemente recordando las contradicciones a las que se siguen sin dar respuesta y que explican en parte la existencia de individuos de género femenino que no comulgan el discurso hegemónico. Pinceladitas incómodas como ciertas palabras de Silvia Plath que sin duda provocarán su cancelación, otras  acerca de la estafa de la emancipación laboral femenina, o del hecho de que ninguna mujer se entacona y demás para pasar la tarde sola en casa, o cómo todos los hombres que miran escotes y se atavían de mujer son sátiros excepto si son músicos de trap o reguetón. Es curioso que toda la ira  se la  haya llevado la calculada aproximación a las ideologías preconstitucionales. 

Con todo, un debut solvente y agitaconciencias que esperemos tenga continuidad en lo que a contar historias se refiere. 

Feria, de Ana Iris Simón. Círculo de Tiza, 2020. 232 páginas.



domingo, 25 de abril de 2021

UNA JOVEN PROMETEDORA (2020)


Tras el paréntesis pandémico, y toda vez que Occidente se ha acostumbrado al incómodo compañero vírico porque la idea del exterminio queda fea, los Oscar vuelven esta madrugada, con adaptaciones en el fondo y en la forma. En estos tiempos de paradojas que tragamos como si tal, algunos críticos han señalado el contraste entre la notable selección de competidoras y la falta de interés del público, que sigue sin poder acudir a las salas en la mayor parte del mundo (Madrid no cuenta). 

Esta desaparición, esperemos que temporal, de la proyección cinematográfica como acto compartido, debiera ser aprovechado por las plataformas multimedia que, hasta este año, han estado proscritas para el triunfo, que no para las nominaciones. Veremos. 

De momento, la ópera prima de la directora, guionista y actriz Emerald Fenell se ha colado en las categorías principales. Nunca sabremos si es por su vocación de "película necesaria", o porque es de las pocas que han podido estrenarse a tiempo  a la manera tradicional. Lo cierto es que, más allá de sus méritos y deméritos como obra artística, que ahora analizamos, lo tenía todo para salir más que airosa del trance. Una historia confeccionada y producida por mujeres con voz sobre mujeres sin ella, unos hechos traumáticos que pasan por rito iniciático en ciertos ambientes estudiantiles, achacables siempre a la víctima, que se ha de sacrificar doblemente durante la comisión del delito, y más tarde, para no interferir en las futuras siempre brillantes carreras de sus asaltantes. Basta con googlear unos minutos para encontrar los mimbres reales de la historia truncada de esa joven prometedora, que en realidad son dos: la protagonista, y su mejor amiga. En este sentido, es significativo que la historia transcurra en Estados Unidos siendo británico la mayor parte de los que aparecen en los títulos de crédito. En Europa no pasan estas cosas. 

Sin embargo, las potentes premisas y la ambición de abrir camino en la denuncia se diluyen en unas cuantas decisiones creativas bastante discutibles. Tanto como el prestigioso y bien conocido reparto enclaustrado en personajes excesivamente secundarios y reducidos a un solo rasgo. Si bien no hay discusión en que Carey Mulligan está fascinante y perturbadora, con su correcto acento del Medio Oeste, como  treinteañera recién estrenada que decide cargar con una cruz que no es suya y focalizar su existencia en un sucedáneo de venganza. Aunque algunos reclamaran a una actriz más atractiva para el personaje, como su misma productora Margot Robbie. 

Despojada de su chiclosa estética de instituto en peluquería y vestuario, noventera en la banda sonora y ochentera en la fotografía saturada de tonos pastel con trazos fosforito, asistimos a la típica historia de buenos y malos, presa de un vaivén errático entre tonos y géneros, salpicada de un autoproclamado humor negro que no escandaliza en absoluto. Con secundarios gruesamente trazados cuya misión principal es el alivio cómico, tenue, cuando sube la tensión dramática. Ahí están los padres de la protagonista, típicos padres estadounidenses que han visto frustrado sus derechos a presumir de hija médico en el club de golf y a montar un gimnasio en la habitación, aún inauditamente ocupada. Mucho que aprender tienen de las madres mediterráneas.

Merced a un encuentro casual con un ex compañero de facultad, Cassandra ve la luz y comienza a pergeñar la revancha definitiva, con mucha elaboración y pocos elementos dejados al azar.  El problema es  la verosimilitud, sacrificada en la mesa de dirección en pos del mensaje, bien subrayado con esos mismos tonos flúor. Sorprende constatar que todos los caracteres, ayudantes o antagonistas, se definen por el infantilismo, en diversas variantes. El pensamiento unidireccional de Cassandra, a la que la propia madre de la verdadera víctima le dice "no seas niña". La ex amiga superficial que tampoco ha culminado su carrera pero por la mejor de las causas, y, sobre todo y ante todo, los personajes masculinos. En alguna reseña benévola se ha dicho que "están llevados al extremo", Al extremo de la caricatura, añado. Evidentemente, esta no iba a ser una historia de equilibrado análisis de hechos, pero el ridículo de palabra y acción de todo el género masculino en pantalla estorba a la necesaria empatía que debiéramos sentir con las miserias que se narran. Solo uno se salva en su patetismo redentor, solo un aliado. 

Una vez más, la sororidad es un concepto con más espacio en el diccionario de la RAE que en la palpabilidad  de la vida. La inclinación aparentemente inevitable del varón hacia la depredación y la misoginia es transversal en cuanto a color de bien y nivel socioeconómico, como bien se trasluce en ciertos diálogos de la interesante Una noche en Miami, de Regina King, también nominada. 

Para los aficionados al comparativismo, es muy sugerente, y factible ahora mismo en salas, el programa doble con la estupenda Otra Ronda, de Thomas Vinterberg, con los efectos del alcohol como piedra de toque. Las conclusiones, se sienta uno o no identificado con los #MeToo que en el mundo han sido, son transparentes. El experimento pseudocientífico que llevan a cabo los profesores de la película danesa descarrilaría si fueran profesoras. "Solas y borrachas queremos volver a casa" es uno de los lemas del nuevo feminismo, el  de Twitter. Básico y tristón para las que se partieron la cara en los sesenta y ochenta, pero Mads Mikkelsen se puede permitir pasar la noche tirado en la calle durmiendo la mona y ser despertado intacto por sus amables vecinos. 

A PROMISING YOUNG WOMAN (2020)

DIRECCIÓN Y GUION: Emerald Fenell

PAIS: Reino Unido

DURACIÓN: 113 minutos

MÚSICA: Anthony B. Willis

FOTOGRAFÍA: Benjamin Krakun

REPARTO: Carey Mulligan, Allison Brie, Bo Burnham, Connie Briton, Jennifer Coolidge, Adam Brody, Laverne Cox, Alfred Molina. 

lunes, 29 de marzo de 2021

NOMADLAND



En Europa esto no pasa. Aquí, las naves de Amazon están confortablemente comunicadas. Sus trabajadores salen en anuncios agradeciendo a la empresa la oportunidad de sus vidas. Viven en pisos con baño y agua corriente, y no tienen que añadir a la sandwichera una botella vacía para orinar porque tienen descansos para eso. En Europa no pasa esto. Igual que cualquiera que haya entrado en un McDonalds continental y en su tierra de origen sabe que no parecen el mismo sitio. En Europa no tenemos tanto espacio para aparcar la furgoneta y vivir a nuestro aire. De todos modos está prohibido, por más que algún youtuber errante de los de financiadme mi sueño de libertad aparente desmentirlo.

Entretanto, una cineasta china educada en Gran Bretaña se erige a lo largo de sus tres largometrajes en la voz más representativa de esa parte de América que se ha arrogado el uso del locativo  y que en Europa menospreciamos por habernos regalado cuatro años de Trump. Chloé Zhao, menospreciada a su vez por el gobierno chino debido a su insuficiente patriotismo. 

De La La Land a Nomadland, el camino de los Oscar es inescrutable. Quizá en otro año menos apocalíptico, este retrato semidocumental que continúa la exploración antropológica de The Rider hubiera seguido la misma senda de reconocimientos independientes y ya. También puede ser que la tendencia de las estrellas a invertir en outsiders fructifique. Por los mismos premios compite Minari, producida por Brad Pitt. En el caso de la obra de Zhao, Su protagonista excelsa Frances McDormand figura también en los créditos de producción. y parece una inversión segura, a tenor de las quinielas que le otorgan su segundo premio a mejor actriz en tres años, el tercero en su carrera.

Al igual que en The Rider, reseñada aquí, https://elninocabra.blogspot.com/2018/10/cine-rider-2017.html,   la óptica del extranjero no es la adecuada para abordar las complejidades de un modo de vida que nos perturba por mostrarnos lo mucho de prescindible que hay en el nuestro. "Fern forma parte de la tradición americana", explica la comprensiva hermana a unos invitados. "Not homeless, houseless", se defiende la protagonista en otro momento de la compasión de una niña. Pero, ¿hasta qué punto el individuo elige la carretera, o el rodeo, o es la familia, el ambiente o el sistema en toda su evanescencia el que le empuja y le convence de que la decisión ha sido suya? 

Sin tomar tanto partido como algunos comentaristas afirman o desean, sí es clarificadora la decisión de contar la historia con una mayoría de nómadas reales, que reproducen en la pantalla su peripecia y circunstancias. Esta decisión creativa fue vertebral en The Rider, cuya sencillez narrativa permitía la ausencia de intérpretes.  Pero en esta ocasión, Zhao necesitaba un profesional capaz de sostener el plano a McDormand. Con este cometido cumple con creces David Strathain, bastante más que un secundario de lujo, bregado como su partenaire en cine, televisión y teatro, premiado a lo largo de décadas.

Y el paisaje, invocador y evocador. La vastedad de las llanuras del medio oeste no es algo que nos sorprenda ya, pero sí su capacidad perenne de atracción. Incomprensible  para el mediterráneo necesitado de mar y para el manhatannita, que observa con desdén un constructo sociológico de calado como el mítico Wall Drug y pregunta a Fern quién podría querer vivir allí. A lo que ella responde que hay sitios peores. No podemos más que asentir, sobre todo si conocemos Manhattan. 

Es curiosa la coincidencia con la otra gran candidata de este año, la anteriormente mencionada Minari, en cuanto a la elección del paisaje como canal narrativo, casi con las mismas coordenadas espaciales. Si allí los ochenta parecen los cincuenta en cuanto a la ausencia de elementos de progreso; en la obra de Zhao la carretera y el automóvil procuran las oportunidades. Más allá de la manoseada Ruta 66, los estados interiores de la Unión disponen de kilómetros infinitos que enlazan praderas, sucesos históricos, parques nacionales, centros turísticos y, ahora, naves de multinacionales. Las panorámicas desde la ventanilla, junto con el piano de Ludovico Einaudi en su eterna partitura, confieren momento de intensa emotividad. Fern escoge dejar su pasado atrás cuando aún era un presente agonizante, y no vemos en ella poses de dama en apuros ni tampoco arrebatos a asociabilidad. Disfruta de su soledad y la adereza con trazos de compañía. Contrariamente a alguno de los errantes, mantiene lazos familiares y aún es capaz de crear amistades. Vivir en la carretera se asume en su completa literalidad. Vivir en el aparcamiento de la empresa, como no pocos cachorros de las tecnológicas en el muy adelantado y liberal (en el sentido USA de la palabra) San Francisco. Y qué decir de los nómadas del transporte público que por allí pululan, gentes con trabajo pero incapaces de pagarse una habitación por mor de los disparatados precios y que pasan las noches dormitando en los asientos de los autobuses nocturnos. Así que menos prejuicios con estos desposeídos contemporáneos. El liarse la manta a la cabeza y apretar el acelerador es sencillo en una nación que ofrece pensiones de birria pero ignora lo que es el edadismo laboral. Casi como Alemania, oiga. 

Las Badlands, la tierra baldía de TS Eliot, tierra de paréntesis en el camino a la California soñada.

Nomadland (2020), basada en Surviving America in the Twenty-First Century, de Jessica Bruder.

Dirección y guion: Chloé Zhao.

Nacionalidad: EEUU

Duración: 108 minutos

Reparto: Francesc McDormand, David Strathain, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier.

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Joshua James Richards.

jueves, 4 de marzo de 2021

SUPONGAMOS QUE ES UNA CIUDAD (Y que Scorsese nunca se rio de tal manera)

Primera aproximación: ¿De qué va esto?  Una señora mayor de profesión opinadora conversa con gentes diversas del mundillo artístico norteamericano acerca de la idiosincrasia neoyorquina, con el aplomo y la sorna de un oráculo y provoca las carcajadas de uno de los cineastas más importantes de la Historia del cine. Una tarde noche cualquiera, el espectador de Netflix se encuentra con un documental desenfadado de duración muy razonable creado por alguien que forma parte del canon básico. Pero es poco probable que supiera de la existencia de la otra parte. En ese caso, un interrogante le taladrará las sienes .Cómo es posible que no la conociera antes? ¿Por qué el paquete básico de Viajes El Corte Inglés de cinco días y tres noches no incluye visita a esos clubs decimonónicos tan chulos donde charlan Marty y Fran?¿Por qué en las marquesinas de autobús Nueva York me echa de menos?

Todo lugar mítico necesitaría de su trovador. Un nativo o adoptado capaz de respirar por las branquias de su personaje sumergido por completo en las entrañas del lugar, de subsumirse en una fusión total entre sus sistemas nerviosos, de exhalar en su respiración los vapores de sus alcantarillas. Si ese locus amoenus es una urbe claro, o más que una urbe, como el caso que nos ocupa.

Nueva York, o mejor dicho, su versión reduccionista llamada Manhattan, es la  ciudad con más toneladas de mitomanía acumulada. Con Woody Allen caído en desgracia y abocado a ejercer de guía turístico mercenario de la vieja Europa, es buen momento para descubrir otras voces cuya peripecia vital también ha sido  indisoluble a la de la megalópolis. Hay unas cuantas, pero el señor Scorsese, él mismo una de las más señeras, solo se ríe con Fran. 

Si bien el nivel básico de la Gran Manzana es accesible a todos merced a la fabulosa capacidad mercadotécnica del amigo americano, los siete episodios de Supongamos que es una ciudad, ofrecen un curso intensivo de neoyorquismo, recordatorio muy necesario para los que hemos pasado estos meses repasando con saudade los álbumes de fotos de segundas y sucesivas visitas (en las que no aparecen ya los iconos de las primeras ) y encontramos particularmente irritante el anuncio ese de las marquesinas. Como si fuera verdad. Si por nosotros fuera. El ahora difunto The Village Voice, los clubes de Park Avenue, la majestuosa maqueta que vivía hasta ahora anónima en el Queen´s Museum of Art. ¿Por que no tenía ni idea de eso si fui a Nueva York mis cinco días y tres noches? Porque está en Queen´s.

Así, pues, aceptamos el sucedáneo y nos acoplamos a los andares majestuosos de Frances Levowitz, escritora de corta bibliografía y exitosa creadora de su personaje, conferenciante que llena recintos ( Public Speaking Fran Lebowitz in person!!)",  invitada siempre jugosa en los talk shows de la Costa 
Este, mujer de un millón de amigos y de más de diez mil libros. Desde su primera aparición, cámara sempiterna al lado, sabes que pasarás con ella todo el arco emocional desde la admiración, la pura envidia y el progresivo hartazgo. Porque el estado permanente de mordacidad exige del otro un estado permanente de autodefensa. 

Es transparente el paralelo sincrónico y diacrónico de la historia de la ciudad desde los años 50 y los avatares del personaje, absolutamente parejos. El personaje se imbrica en el aparato de la elite intelectual y artística y se convierte en su cronista privilegiado, primero en medios de prestigio y luego sin intermediarios. Como el dinosaurio, ella siempre estaba allí. En calidad de notaria mayor del reino, Fran da fe de la existencia de toda leyenda que ha pisado la isla, desde Warhol hasta Muhammad Ali. Deleite de entrevistadores profesionales y amateurs (Alec Baldwin, Olivia Wilde), musa de conversatorios con interlocutores dispares (Toni Morrison, Spike Lee), que van conformando el particular puzzle de su personaje público, que no se adivina lejano a la persona. Puede ocurrir que le tomemos un poco de manía, a medida que Fran se delata como uno más de esos habitantes del Upper West Side con sus neurosis, y sus muros de lamentaciones cuando en la tintorería fallan, o cuando es la primera vez que cobras un cheque de cien mil dólares y tienes que rellenar papeles. 

Aún así, reconforta recuperar el mero deleite de una conversación cara a cara, y constatar que lo importante en la vida no es tener piscina , o en su caso, avión privado, sino tener un amigo con piscina, o avión privado, o entradas para el combate del siglo porque se las pasó Frank Sinatra. A La resistencia con ella.

sábado, 30 de enero de 2021

CINE: EL ARTE DE VOLVER (2020)

Cada temporada cinéfila hay una sección que debiera llamarse "películas pequeñas no aspirantes a los Goya". Este curso atípico en el que la cosecha ha sido la que ha sido, el debut de Pedro Collantes hubiera merecido siquiera la nominación para Macarena García, cuyo rostro balsámico aparece en todas y cada una de las secuencias. 

Rodada en apenas diez días hiato pandémico incluido, esta es una historia sencilla pero de verdad hondísima que indaga en el desarraigo inevitable del emigrante cuando supera el punto temporal en el que se empieza a no pertenecer ni a un sitio ni al otro. Para Noemí, actriz aún por descubrir, sus seis años en Nueva York son ese punto de inflexión. La admiración/envidia que suscita en quienes descubre su lugar de residencia no compensa el desencanto por un despegue que no llega. La subsistencia vía anuncios publicitarios de productos nada glamurosos puede servir en los inicios, pero el tiempo pasa. Las sutilezas del guion no nos permiten saber cómo costea realmente Noemí su residencia en una de las ciudades más caras del mundo, o quizá eso no importa demasiado, porque el foco está puesto en ese regreso temporal, como lo son siempre, para asistir al casting que cambiará las cosas, y a los últimos momentos de su abuelo. 

En la línea inagotable del nuevo biografismo tan del agrado del creador contemporáneo, el director se inspira en su propia experiencia para confeccionar junto a Daniel Remón una historia de personajes, en la que la cámara sigue a Noemí en cada uno de sus reencuentros. Sin fiestas de bienvenida, con un solo regalo y equivocado, la vuelta casi clandestina evidencia que los espacios afectivos no se reservan eternamente, por más que el que se va y los que se quedan se autoengañen durante meses, o años. En este sentido, Noemí parece ir más lenta que su entorno. En una de las conversaciones sobre las que se construye la trama, su hermana pequeña que ya no es tan pequeña le reprocha el no responder a sus mensajes, cuando ella está convencida de que sí lo ha hecho. 

En un plácido paseo por el Parque del Oeste, acompañamos a Noemí y a su amigo Carlos, un estupendo como siempre Nacho Sánchez. El espectador que se haya visto en esta tesitura del regreso temporal entenderá esos primeros apresuramientos del contárselo todo, la generosidad del que se ha quedado, escuchante más que emisor, y el progresivo agotamiento del entusiasmo, toda vez que el regresado constata que la vida sigue sin él. 

De esta manera agridulce, las emociones se van condensando hasta estallar de mala manera hacia el final del metraje, merced a la que ostenta (ostentaba) el peligroso título de mejor amiga. Una fotógrafa conceptual encarnada certeramente por Ingrid García-Johnson, con la sombra indeleble del ex. Una explosión tragicómica con la sinceridad como daga, que nos lleva a la sonrisa, como los primeros tanteos del abuelo con los filtros de Instagram, justo cuando ya no le queda tiempo para profundizar en el tema. 

El arte de volver , que también es el título de la serie a la que aspira Noemí, quizá sea mal título para un culebrón de sobremesa, pero se ajusta perfectamente a la efímera pausa madrileña de la protagonista. Marcharse es fácil. 

Título:El arte de volver.

Año: 2020

Dirección: Pedro Collantes

Guion: Pedro Collantes y Daniel Remón

Nacionalidad: España

Música: Yuri Méndez

Fotografía: Pedro Cabezas

Reparto: Macarena García, Celso Bugallo, Nacho Sánchez, Ingrid García-Johnson, Mireia Orio, Luka Peros.


domingo, 27 de diciembre de 2020

LIBROS: CUANDO LA VIDA TE DA UN MARTILLO, DE KAE TEMPEST

 Kae Tempest, antes Kate (Londres, 1985), pasa por ser una de las más fulgurantes luminarias de las artes literarias británicas. Su debut en la dramaturgia con Wasted (2012) pudo apreciarse en Madrid durante el finiquitado Fringe de teatro alternativo. Poeta laureada, maestra del Spoken Word y autora de un álbum llamado Everybody Down (2014) que es la raíz de esta su primera incursión en la narrativa. 

Aceptando la originalidad y la capacidad de sugerencia del título en su traducción, nada tiene que ver con la connotación del original The Bricks That Built The Houses.  El título castellano opta por una suerte de refrán o moraleja, completado en el tramo final de la novela,  sin el acento en el aporte de cada hecho individual en el constructo colectivo del sur londinense que vertebra la trama.  "Intrahistoria" lo llamó Don Miguel de Unamuno.En cualquier caso, la autora saca brillo a su experiencia vital y biográfica para conformar una nutrida y panorámica visión de las criaturas que conforman el Londres menos glamouroso y supuestamente más auténtico. Sin oligarcas rusos pero con mucha droga y personajes con aristas y sus dosis de ternura a la manera del pionero Ken Loach. 

En esta colmena que a veces se antoja un tanto masificada sobresalen dos abejas reinas: Becky, una bailarina que a sus 26 años constata que se le están yendo todos los trenes, y Harry, diminutivo premeditado de Harriet, traficante de clase media con aspiraciones de pegar un pelotazo y retirarse. A su alrededor orbitan allegados y parientes como satélites que terminan colisionando, en un desenlace algo grotesco que homenajea doblemente al slapstick y al culebrón.  La prolijidad en las coordenadas espaciales servirán solo a los conocedores de calles, locales y lugares varios de reunión y perdición. En contraste, la ambigüedad cronológica es una ventaja para el lector sin Lonely Planet. Al principio suenan los ochenta, por lo arrastrado de algunos ambientes y personajes, luego los noventa, merced a algunos ejecutivos agresivos y amas de casa aburridas, pero la aspiración a retrato generacional millenial deviene en decisiva. Lo curioso es comprobar lo poco que ha cambiado la vida de los bajos fondos.

Las aventuras y desventuras se segmentan en capítulos que bien podrían ser relatos, sustentados en la variación de perspectivas y en la ausencia del típico narrador omnisciente. Ese tipo de voz en off que los aleja lo suficiente de referencias inevitables como Pulp Fiction o las enloquecidas peripecias gansteriles de Guy Ritchie. 

En este sentido, algunas decisiones creativas lastran la propuesta de Tempest. La primera, una vasta y sistemática información del árbol genealógico de cada personaje al aparecer transmite quizá erróneamente una idea de sino trágico que no termina de casar con el ímpetu vital de los habitantes de la colmena. Solo en algunos casos tal detallista es pertinente, como el de la misma Becky y su padre, un visionario profesor de ciencias sociales que se pudre en la cárcel víctima de sus enemigos políticos y su madre metida a monja. El resto son vidas más grises, coincidentes en las huidas o ausencias parentales y en la necesidad de buscarse la vida desde bien temprano. La segunda, una tendencia al lirismo en cuanto a imágenes y metáforas excesivas en número y edulcorante, debe suponer la piedra de toque del poeta que incursione en la prosa. 

En el haber, sin duda la secuenciación circular de la trama principal y esas  casualidades que ocurren muy a nuestro pesar y que en un par de segundos son capaces de descolocar todo el armazón que llevábamos años pergeñando.

KAE TEMPEST: CUANDO LA VIDA TE DA UN MARTILLO (2016). Traducción de Daniel Ramos Sánchez.

 




lunes, 23 de noviembre de 2020

LOS EUROPEOS (2020)

 Tres años después de Selfie, Víctor García León navega entre exitosas incursiones televisivas con historias tragicómicas de personajes modernamente berlanguianos como El vecino (Netflix), y las dos temporadas de Vota Juan y Vamos Juan (TNT y ahora en Prime Video). Siguiendo una lógica irresistible, llega heroicamente a algunas salas su segundo largometraje, recreando Los europeos, primera novela de Rafael Azcona. En otro curioso paralelismo, ambas novela y película han tenido una trayectoria por etapas. Publicada originalmente en 1960, Azcona la reescribió posteriormente y republicó en 2006 en Tusquets con vientos más propicios. Y aún después de su muerte volvió a reeditarse, esta vez en Pepitas de Calabaza. Mientras, el trabajo de García León encontró cobijo a finales de verano en una plataforma televisiva, a la espera de su estreno en cines, algo que no todos los trabajos afectados por la pandemia han conseguido. 

Aunque ya va siendo cliché hallar nuevos sentidos víricos a las obras artísticas, en este caso es pertinente. Y es que el largo y cálido veraneo al que aspiran dos treinteañeros dispuestos a comerse Ibiza es algo que se tardará en recuperar. Una isla que suponía para el español medio una suerte de Europa en miniatura. Una vía de oxígeno y una golosina  años antes del desembarco de las suecas en las playas de Levante, y años antes de la eclosión hippie que tan finamente retrata su artífice Antonio Escohotado en Mi Ibiza privada. Antonio, hijo de papá madrileño orgulloso de ser ambas cosas y Miguel, un amigo improbable empleado de su padre, van en busca de ese espejismo prefabricado con el que el régimen intentaba hacer amigos. 

Lo que sucede en esas semanas, dados los mimbres, no es evidentemente una sucesión de estampas románticas. Ya desde las primeras escenas en el puerto de Valencia, el ansia de Antonio por destacar entre sus mediocres compatriotas (él ha vivido en París y eso) contrasta con la ingenuidad y reparo de Miguel, zaragozano de pueblo que nunca se ha visto en una de esas. Viva imagen de todos los turistas que se consideran viajeros pero haciendo cosas de turistas. 

La interacción entre ambos oscila entre la tensión, la aprensión, la condescendencia de uno y la jerarquía maestro-discípulo. Las interpretaciones de Juan Diego Botto como Antonio (ese bigotillo) y Raúl Arévalo como Miguel encajan a la perfección. Antonio, un Landa o López Vázquez con porte europeo, se esfuerza por diferenciarse hasta caer en lo despectivo hacia su propio origen.  Miguel se muestra abrumado por la experiencia y la esplendidez de su amigo, que no se priva de recordarle su estatus de subordinado, sus deudas, su estancia en calidad de invitado, pero que responde sin fisuras cuando la brisa marinera se torna tempestad. La reacción del encargado de la casa de alquiler (¿Son hermanos?) es una pista más de cuán extraña es la pareja. En materia de ligoteo, el discípulo se gradúa pronto, y mientras Antonio va sumando muescas a su revólver, Miguel se enamora efervescentemente de la francesa Odette (una también sobresaliente Stephàne Caillard entre la fragilidad y la firmeza) mientras desdeña tras catarla a la chica peninsular (Carolina Lapausa)  que se lo toma con filosofía porque sabe que lo francés es el epítome de la modernidad y de la libertad y también que lo que pasa en Ibiza se queda en Ibiza. Máxima que asume Miguel tras el giro más o menos inesperado de los acontecimientos en una secuencia final de lo más amargo. 

Las noches de juerga bien retratadas con trazo costumbrista y banda sonora de la época exhiben ese tan mencionado complejo de inferioridad del individuo español, que exprime su magra experiencia con el de fuera mientras alterna con ellos sin miedo al ridículo. Los veraneantes europeos de primera que dejan sus divisas en las tabernas de San Antonio disfrutan sin dobleces y se muestran infinitamente pacientes. Hay cosas que no cambian, menos mal. 

 Los europeos 

País de producción: España

Dirección: Víctor García León

Guion: Bernardo Sánchez y Marta Castillo sobre la novela de Rafael Azcona.

Música: Selma Mutal

Fotografía: Eva Díaz

Reparto: Juan Diego Botto, Raúl Arévalo, Boris Ruiz, Stephàne Caillard, Carolina Lapausa, Georgina Latre, Jon Viar, Íñigo Aramburu, Corinna Seiter.

Duración: 85 minutos.