cabra

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domingo, 23 de enero de 2022

HAMNET, de Maggie O´Farrell: vidas pequeñas insospechadamente grandes.

 HAMNET, de Maggie O´Farrell



Cuando uno indaga acerca de la considerada como segunda mejor novela de 2021 por el suplemento literario más leído (si es que eso existe), la búsqueda más recurrente es si lo que se cuenta en ella es verdad. Y parece ser que sí, pero la curiosidad solo nace a medida que sus páginas avanzan. Extremadamente difícil en estos tiempos es renunciar a toda información previa, a leer la sinopsis de la contracubierta, a los títulos de las reseñas, dejarse sorprender, en definitiva.  En este caso, diría que es casi obligatoria la renuncia. Diría, incluso, que la novela será más disfrutable cuanto menor sea el conocimiento enciclopédico del asunto. Algo raro de ver, sin duda. Solo así la inteligente decisión de la autora irlandesa de reviste de pleno sentido. De esta manera, lo que se nos cuenta en un ejercicio magistral de equilibrio entre el mundo real y los cuentos de hadas es el proceso de un duelo, una historia de renuncias y un retrato delicado, emocionante y documentadísimo de la vida doméstica en la Inglaterra rural del siglo XVII. 

El protagonista no es ese famoso dramaturgo de cuyo nombre todos se han acordado. Considerarlo de otra manera es omitir la intencionalidad del punto de vista. La figura paterna que entra y sale de las vidas de los personajes no es nombrada nunca. La maestría en su construcción radica en que,a través de sus acciones, de sus palabras, de sus pensamientos, va brotando en el ilustrado lector la evidente similitud. Y, en este sentido desemboca el relato, claro está. Sin embargo, que  luego el lector haga sus comprobaciones o no, debiera influir bien poco en el regusto final. 

El pequeño Hamnet es ejemplo evidente de lo que Don Miguel de Unamuno llamó la "intrahistoria". Su peripecia vital no deja de ser extraordinaria a pesar de que las vicisitudes del siglo la hicieran desgraciadamente común. El juego entre lo que pasó, lo que sabemos, lo que el narrador cuenta y lo que la autora imagina está trenzado con enorme maestría.  A través de la alternancia de planos temporales, se exploran los dificultosos contextos vitales que perfilan el carácter de los personajes. En una campiña onírica, alejada del bullicio y del peligro de las nacientes ciudades, crece Agnes, la madre de Hamnet, que siempre fue diferente. Es ella, y en ella muchas mujeres, la verdadera depositaria del relato. Un espíritu libre que se resiste a ser amoldado por los que le rodean. 

No hay asomo de  sentimentalismo y cursilería, que parecen ser cosustanciales a las historias con raíz rural. Ahí está, por ejemplo, el hit Yo canto y la montaña baila, de Irene Solá. Hamnet no es ningún ejercicio de nostalgia de laboratorio para urbanitas, ni necesita dar voz impostada a animalillos para transmitir el aura de una naturaleza que mantiene con el ser humano una relación de beneficio mutuo.Siendo esta una historia de interioridades, cada vez que el narrador sale a tomar el aire, la sencillez  y el rigor, y un cierto y necesario toque de humor impregna sus palabras. Ahí están de muestra la relación de Agnes y las plantas y la clarividente explicación de la llegada de la peste a las islas. Demoledora relación entre causa y efecto en personas normales que hacen su vida ajenas a lo que se les viene encima. Que cada cual haga su propia lectura más o menos contemporánea. 


HAMNET, de Maggie O´Farrell. Traducción de Concha Cardeñoso. Libros del Asterioide, 2021. 350 p.


domingo, 26 de diciembre de 2021

LA ÚLTIMA DEL AÑO. SILENT NIGHT (2021)

 



Para los que gusten de una buena sincronía de fin de ciclo, Silent Night, de la debutante Camile Griffin, es su película, doblemente adecuada, como ya se verá.  Debutante en dirección y guion de largometraje, no así en la industria, lo que ha posibilitado un reparto de campanillas con Keira Knightley, Matthew Goode, y el primogénito de la directora, Roman Griffin Davis (JoJo Rabbit) de estandartes. 

En consonancia con los más de veinte meses de caos en los que vivimos, la historia apuesta por una mezcla irregular entre diversos tonos. El inicio de comedia romántica británica, género muy afín a estos días, recupera los mejores momentos de cintas como Los amigos de Peter o Reencuentro, con idéntica premisa y presumible desenlace catártico. Cuatro amigos de internado elitista, perfectos hasta en su multirracialidad,  se reúnen para pasar el día de Navidad, porque la verdadera familia es la que se escoge. Escenas típicas de postres olvidados a última hora y de amigas obviadas porque total, si estos rituales les ponen de mal humor. Pero extrañas alusiones a avisos del gobierno y una extravagante discusión infantil acerca de si el gas venenoso es de origen ruso o si por el contrario es otra conspiración de los poderosos van salpimentando el almuerzo. Con este progresivo oscurecimiento de la trama, las confesiones maceradas en alcohol adquieren muecas de despedida, y el espectador comienza a atar cabos y a elaborar insospechadas sinergias con cierto acontecimiento planetario que nos acongoja ya seis veces. Los mohínes encantadores del personaje de Knightley, tan seña de identidad como la carcajada de Julia Roberts, no pueden ya omitir la tragedia que aguarda al finalizar el día. 

Art, el hijo mayor del matrimonio anfitrión, es de largo el personaje más maduro y más implicado con los hechos funestos que se aproximan. Mientras los adultos se entretienen en reproches marchitos acerca de quién se acostó con quién en la adolescencia, Art no puede evitar la consulta insistente de la app gubernamental donde se exhorta a todos los ciudadanos a hacer uso de la pastilla Exit, facilitada a todos ellos. ¿A todos? No. Como se queja Art a su "posh" padre, los inmigrantes ilegales y los sin techo no tienen derecho a ella, de lo cual se infiere que su destino es aún más tenebroso que el de los contribuyentes británicos.

Así las cosas y asumido el desenlace, los puntos de interés de la historia radican en las diferentes fases que cada personaje está atravesando en relación al evento. El empeño por mantener la vieja normalidad se va tornando más patético con cada réplica. Desde el negacionismo tibio hasta las prisas por el examen de conciencia, o la prioridad de un ser no nacido. Este último dilema es defendido con energía por la novia veinteañera de uno de los comensales, encarnada por Lily-Rose Depp, objeto de desprecios de edad y de clase pero que, al igual que Art y en menor medida sus hermanos mellizos, carga con la mayor dosis de raciocinio dentro de esa casa de campo prestada para la ocasión por la madre de la anfitriona. Personaje también curioso este último, interpretado por Trudie Styler, también productora de la cinta. Decimos curioso desde una perspectiva mediterránea en la que dejar sola a la abuela en la encrucijada definitiva de su vida, de todas las vidas, se antoja casi contra natura. 

Aun con todos sus defectos, Sitges galardonó merecidamente su guion osado y con destellos de oscuro humor y agraciado a posteriori con un nuevo subtexto con el que poder calificar a la creadora con cualquiera de esos adjetivos que son tendencia y terminan en -ista. Se agradece bien este aporte a la disolución del mito navideño. Y el plano final. 

Título original: Silent Night

Año: 2021

Duración: 90 m

Dirección y guion: Camille Griffin

Reparto: Keira Knigtly, Matthew Goode, Roman Griffin Davis, Anabelle Wallis, Lucy Punch, Lily Rose Depp, Rufus Jones,Gilby y Hardy Griffin Davis.


martes, 23 de noviembre de 2021

PIRATAS, DE PETER LEHR

  Piratas

 

En la sección de ensayística ligera que de unos años para acá se ha hecho hueco en editoriales y estanterías pueden distinguirse claramente tres tendencias: la ligera con ínfulas, la que tiende puentes con los sesudos tratados y que suele premiar Espasa, y la ligera sin complejos, no sistemáticamente rechazable, y que aborda temas clavados en la imaginería popular con soltura y sin renunciar a dosis de medida erudición. En este último bloque de clasificación tan casera encaja estupendamente el último libro del alemán Peter Lehr, con título tan conciso como atrayente y subtítulo con vocación panorámica. Piratas, una historia de los vikingos hasta hoy, publicada en Crítica, (Planeta, al fin y al cabo), es una lectura asequible, entretenida y con la fórmula justa entre anecdotario y dato histórico, pasado y presente que puede leerse de una sentada durante un trayecto en tren, pongamos de Madrid a Barcelona. O para desengrasar después de algún filósofo alemán/coreano/esloveno superventas. 

El subtítulo original da dos buenas pistas acerca de la demarcación cronológica y geográfica de la propuesta. A New History, From Vikings to Somali Raiders. La nutrida bibliografía, en una sola lengua, que ocupa las páginas finales da cuenta de los anteriores estudios acerca del fenómeno, que se remotan casi a sus mismos orígenes. Faltaba la actualización respecto al resurgir de la piratería más mediática entre los años 2004 y 2012. En este sentido, el autor acierta al escoger los tiempos más cercanos para abrir y cerrar la investigación, en una suerte de desenlace circular.  En la rememoración de esos tiempos más cercanos va apareciendo uno de los rasgos mejorables del texto: la reiteración. La aventura con final feliz del Capitán Phillips del Maersk Alabama ya es patrimonio cultural de la humanidad desde que Tom Hanks le hizo su enésimo héroe, y es un ejemplo  ya manido. Al igual que la insistencia en la ecuación "Puerto seguro (para los piratas) igual a puerto donde no hacen preguntas".  La intención divulgativa queda patente en la introducción y en el primer segmento de la obra, donde recordamos la necesaria distinción entre pirata y corsario que va a marcar el devenir del colectivo a lo largo de los siglos. Los vaivenes de la geopolítica se destacan como cruciales más allá de las ambiciones sociales y económicas que han ido empujando a la mar a individuos desesperados. Las tres divisiones cronológicas (700dc-1500, 1500-1914 y 1914 actualidad) poseen la misma estructura y llegan a las mismas conclusiones.

Este repaso entre lo erudito y lo popular del universo filibusteril no podía obviar ni el Caribe,  ni la isla Tortuga y ni a  las estrellas del negocio como Sir Francis Drake o Sir Henry Morgan, encarnaciones nítidas de la relación bipolar que los grandes imperios han tenido con estos personajes ni tan libres ni tan autosuficientes como los poetas románticos y ese famoso de Disney encarnado por ese actor cancelado del que usted no puede hablarme (personaje por cierto no mencionado en el libro pero sí en las entrevistas promocionales) nos han hecho creer.  

En el haber de la obra está sin duda su apertura a Oriente, donde nunca han faltado las figuras destacadas, los puertos francos y las rutas peligrosas. En el debe, la ausencia de referencias literarias. José de Espronceda hubiera sido el nexo idóneo entre el anglocentrismo de la obra y las tres referencias explícitas a lo hispano, que resultarán curiosas al lector de aquí. La primera es la aparición estelar de Don Pero Niño y de Alonso de Contreras, dos corsarios al servicio de distintas coronas que parecen haber sido silenciados en la lista de compatriotas ilustres. La segunda son las líneas dedicadas a  Roger de Flor, personaje rescatado en estos tiempos de renacer nacionalista, responsable de la Gran Compañía Catalana  formada por caballeros desempleados tras la paz de 1302 y reconvertidos en esforzados mercenarios al servicio no precisamente de la difusión de la lengua y la cultura de su patria,  como se ha pretendido hacer creer desde ciertas instancias al mencionar con orgullo la huella dejada en Córcega y otros parajes mediterráneos. Poco consciente quizá de las sensibilidades, Lehr le recuerda como pirata, o como corsario, dependiendo de si luchaba para un señor o para ellos mismos.El tercero es la mención con sorna a la Operación Atalanta, promovida por la Unión Europea para atajar a los sonoros piratas somalíes. En esas líneas, que omiten extrañamente el secuestro del pesquero vasco Alakrana, se describe la utópica intención del gobierno español de tener vigilado cada kilómetro de costa susceptible de proporcionar apoyo logístico a los piratas, y la respuesta más realista de las instituciones europeas.

Nada impostada e históricamente justificada es la presencia de tres mujeres ilustres. Mary Read y Anne Bonny, coetáneas e incluso compañeras de barco, se labraron fértiles carreras al mando de tripulaciones masculinas, y la gran reina pirata china Zheng Shi. A partir de su figura, nos enteramos, los occidentales, que China también fue una potencia en estas lides, y que Macao, por ejemplo, mucho antes de los casinos, fue la isla Tortuga del sudeste asiático. Lamentablemente, estas pioneras no han tenido seguidoras. 

La piratería como fenómeno global gozó casi siempre de una respetabilidad social, desde las razzias vikingas hasta las incursiones de pequeños pesqueros simulados.  Ha prosperado, ya sea por penuria económica, codicia, caos diplomático, evanescencia política, connivencias o roces entre potencias coloniales, falta de voluntad e intereses comunes o falta de presupuesto de las metrópolis, o la perenne tibieza de la UE hoy en día. como en todo. Incluso por aburrimiento.Las reticencias al castigo contundente surgen bien por derechos humanos (los piratas juzgados en el país ofendido podrían pedir asilo, o acabar de taxistas en NY al acabar la condena, como afirmaba medio en broma medio en serio un diplomático). No han tenido mucho éxito los contratistas privados ni mucho menos la idea, estadounidense por supuesto, de armar a las tripulaciones. La tripulación, al menos ahora ya no ve sellado su pasaporte a alguno de los mercados de esclavos que tan importantes fueron para las economías de todo el mundo. Y parece que seguiremos esperando a los barcos robot que circulen sin miedo por el estrecho de Malaca. 

 

PIRATAS, Peter Lehr

Una historia de los vikingos hasta hoy. Ed. Crítica. Traducción de Yolanda Fontal.

Título original: Pirates. A New History, From Vikings to Somali Raiders.

© Peter Lehr, 2019

Originalmente publicado por Yale University Press


domingo, 24 de octubre de 2021

QUIÉN LO IMPIDE (2021): LOS ADOLESCENTES SON SERES HUMANOS Y TIENEN ALMA

 Esta reseña podría titularse también "No hay arrestos para hacer crónicas ficcionalizadas con treceañeros". Se confirma una vez más que los dieciséis y los quince y medio son dulces para el cine. 

La apuesta de Jonás Trueba es radical solo en su duración, convenientemente segmentada en tres actos con dos intermedios de cinco minutos cada uno igualmente adecuados para una visita al baño que para el comentario y la reflexión que propone el autor director al inicio de la cinta. Los más previsibles apriorismos con los que comparar se desmoronan casi entonces. Quién lo impide no es Boyhood ni quiere serlo. Tampoco se ajusta al molde del documental, por más que las escasas críticas tengan necesidad de encuadrarla en algún lado. Una obra tan ambiciosa llamada a ser la "película-río" de la generación Centenniall o "blandita", como dicen algunos con mala baba por fuerza ha de ofrecer un discurso variado en técnicas y recovecos. El comienzo y el final con sendas videoconferencias como signo de los tiempos amarran la propuesta en un verismo inapelable, pero la escena inicial en la que el director demiurgo da indicaciones acerca de cómo recrear un grupo de mediación con situaciones ficticias es una buena pista. En este sentido, cabe recordar La clase (Dans les murs) de Laurent Cantet como ejemplo. O la obra teatral Future Lovers de la compañía La Tristura, en una visión más de realismo poetizado de las cuitas de estudiantes del primer mundo.

Trueba proporciona momentos de gran calidad narrativa (tiempo tiene para ello), y los combina con gran acierto con secuencias en las que los actores/participantes comentan las imágenes de sí mismo como si estuvieran en un visionado preestreno o incluso leyendo el guion con acotaciones incluidas. En otros momentos es el mismo director el que describe lo que el espectador está viendo. La sensación de azoramiento que transmiten los jóvenes protagonistas al verse a  sí mismos es realmente auténtica.

Lo cierto es que Jonás Trueba apuesta con caballo ganador. La sociedad adulta siente que está en deuda con las últimas generaciones, y tiende a disculparse y a disculparles a la menor ocasion. La culpa es del sistema educativo siempre, del capitalismo o del neocapitalismo o del liberalismo o de la redes sociales que fagocitan sus mentes en formaciòn, o de  los endiablados horarios laborales que obstaculizan la fluida comunicación familiar. Por eso la recepción de esta propuesta ha de ser necesariamente dispar entre los que no tienen adolescentes en su entorno, los que los tienen pero de uno en uno o de dos en dos y los que trabajan con ellos en grupos de treinta. Los adultos de los dos primeros casos salen de la sala con la satisfacción del deber cumplido. Ya entienden a la chavalada. Han confirmado que en algunos sigue viva la chispa de la rebeldía, que aún quieren cambiar el mundo. Que pueden sentarse a hablar de política en una mesa camilla. Se enternecen al comprobar que hay cosas que no cambian, como las primeras sutilezas del amor o los clandestinos encuentros alcohólicos en los viajes de fin de curso. Los adultos pertenecientes al tercer colectivo quizá, solo quizá, concluyan algo diferente. 

Se darán cuenta de lo importante que es la selección de participantes. Los adolescentes seleccionados pertenecen a tres institutos de educación secundaria públicos (se agradece la confianza), y eso ya es una toma de postura. Como también lo es la variedad estética de algunos de los chicos y chicas, que sean músicos, lectores impenitentes, y que dos de esos institutos sean de lo mejorcito de la red pública, lo que permite esos veraces momentos de debate en los mismos recintos educativos o de reflexión en el dormitorio, ese castillo inexpugnable.

También apreciará qué ocurre cuando al adolescente se le da ese espacio tan exigido de libertad de expresión, espacio desde luego no extirpado en las aulas por más que desde fuera se haga ver lo contrario. Cuando el adolescente obtiene ese espacio, resulta que se se expresa con frases sin terminar, afirma que la Ilustración no ha llegado a España, que vivimos en una pseudodictadura, o confunde en una visita cultural sintoísmo con sionismo y nadie osa corregirles. Cómo osar.

Hoy por hoy, las opiniones adolescentes tienden a ser despreciadas por una parte, y a ser sacralizadas por otra. La contraargumentación razonada no cabe,  el argumento de autoridad se confunde con autoritarismo, como tantas otras cosas, Del mismo modo, al cabo de las horas de ver a juventud airada se termina extrapolando lo que se ve con el conjunto de ese segmento de edad en general, olvidando que, ya sea documental, falso documental, documental ficcionado o ficción sin más, ha habido un cásting. 

Quién lo impide es el himno que se entona durante el tercer acto, de explosiva catarsis en otro espacio pública de expresión de esos que dicen que no hay. Cantar y gritar que quién impide conseguir tus sueños es la única concesión al mr wonderfulismo en una obra con aristas. Pero llegó la pandemia y todo ha de ser reformulado. En medio de una parálisis inédita de los gigantescos engranajes del mundo, Zoom es la única vía de contacto, y es ahí donde emergen con mas intensidad las incertidumbres y las incredulidades. Esos momentos de por qué me está pasando esto a mí son de lo mejor de la película. Jonás Trueba aprovecha con maestría la coyuntura para mostrar de verdad la indefensión de sus protagonistas, que ahora sí tienen quien impida sus sueños.

TÍTULO: Quién lo impide

AÑO: 2021

DURACIÓN: 220 minutos

DIRECCIÓN: Jonás Trueba

GUION: Jonás Trueba

MÚSICA: Rafael Berrio, Alberto González, Andrei Mazga, Pablo Gavira.

FOTOGRAFÍA: Jonás Trueba

REPARTO: Candela Recio, Pablo Hoyos, Silvio Aguilar, Pablo Gavira, Claudia Navarro, Rony-Michelle Pinzaru.

PRODUCTORA: Los ilusos Films.

Premio a la Mejor interpretación de reparto y Premio Feroz Zinemaldía.


domingo, 19 de septiembre de 2021

CINE: JINETES DE LA JUSTICIA (2020)

En una de esas asociaciones insólitas que perturban las cabezas de vez en cuando, podemos afirmar sin rubor el parentesco entre una tragicomedia danesa de 2020 y los giros locos más los golpes desconcertantes de humor  marca registrada de Vancouver Media, la productora española más de moda y artífice de obras magnas como La casa de papel y Sky Rojo. Así, el guionista y director Anders Thomas Jensen convierte a un Mads Mikkelsen anterior a Otra ronda en un pétreo militar en misión exterior con ansias de venganza que es convencido por un grupo de científicos obsesionados con los datos de que la muerte de su esposa en accidente ferroviario no fue casual. Añadida la correspondiente dosis de culpabilidad por la decepcionante última conversación telefónica, en la que comunica a la familia la prórroga de la estancia, aquí se acaban los puntos en común con las películas de Liam Neeson. Porque el desarrollo lineal de este tipo de tramas se convierte aquí en un carrusel de géneros de ninguna manera fallido, en el que los momentos puntuales de tragedia se compensan al punto con secuencias descacharrantes. El espectador avezado va a estar siempre en tensión por si a la historia se le va la pinza definitivamente a un lado o al otro, pero el equilibrio entre tonos termina siendo satisfactorio y muy, muy difícil de conseguir. (Véanse las dos referencias al inicio de estas líneas para entenderlo). Y todo ello sin perder su esencia de película navideña, a la nórdica usanza. 

Pero una buena historia con un buen tratamiento naufraga sin unos buenos personajes que le den cuerpo.  El grupo digamos de disfuncionalidad creciente que se enfrasca en la investigación con ánimo justiciero está retratado con maestría y suma agudeza. Cada uno de ellos, bajo el arquetipo ya sea de soldado robótico o científico nerd, va mostrando de manera muy medida otras capas, y todas se relacionan con tragos amargos que les hacen ser como parecen ser. Cada uno lidia con su dolor como mejor puede, nos vienen a decir, y muchas veces el disfraz ayuda a evitar intromisiones. 


El inicio a lo CSI pero mal ya nos pone en situación. Los números nunca mienten. El azar no existe. La estadística es la ciencia que hace más predecible el mundo, y el algoritmo, ay el algoritmo. El muy numérico Otto (Nikolaj Lie Kaas)no logra transmitir el futuro de su software a los resecos ejecutivos powerpointistas que financian su investigación, llevada a cabo, como no, en sus horas libres.Él y sus tres escuderos son depurados y quedan libres para investigar el accidente del tren en el que no por casualidad sino por su despido, va Otto, que no puede asumir la culpa por haber cedido el asiento a la esposa de Markus. Así pues, dentro de la coctelera, la necesidad de redención como catalizador de la ecuación de acontecimientos que devienen en incontrolables, como la vida en general. En medio de estos individuos discordantes, Mathilde, la hija de Markus y principal damnificada, que implora a su padre ayuda psicológica para superar el trance mientras le ve despeñarse sin remedio,, a la vez que se convierte en el la justificación perfecta para que el grupo funcione sume con nuevas incorporaciones. Una actitud valiente e inusual por madura, un recordatorio más de nuestra fragilidad en estos tiempos de zozobra. 

JINETES DE LA JUSTICIA (Retfærdighedens ryttere)

Año:  2020

Dirección: Anders Thomas Jensen

Guion: Nicolaj Arcel, Anders Thomas Jensen

Música: Jeppe Kaas

Fotografía: Kasper Tuxen

País: Dinamarca

Reparto: Mads Mikkelsen, Nicolaj Lie Kaas, Gustav Lindh, Roland Moller, Nicolas Bro, Lars Brygmann, Rykke Louise Anderson.

Duración: 116 minutos.

domingo, 25 de julio de 2021

LIBROS: EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Erdrich.


No es ninguna neófita la galardonada con el Pulitzer de este año, ni puede considerarse desconocida para el gran público lector anglosajón, ni para los fieles de Siruela, que ha publicado en español sus últimas obras. Lo que sí es novedoso es el reconocimiento oficial para la que ya era la  gran voz de la literatura nativoamericana. Prolífica en narrativa, poesía y literatura infantil, Louise Erdrich consigue al fin algo de espacio para la minoría de las minorías, que sigue esperando paciente su momento, después de la eclosión reivindicativa del resto de identidades que conforman el mosaico social estadounidense.  Es realmente perturbador constatar el profundo desprecio, quizá explicable mediante la ingeniería social, con el que todos y cada una de las potencias colonizadoras han tratado a los primeros habitantes de los territorios colonizados. En este sentido, la fanfarria anticolón que de momento se ha limitado a retirar estatuas, no oculta el enorme trabajo de resarcimiento que queda por hacer, no precisamente en Latinoamérica. Qué odiosas son las comparaciones, qué bárbaros los españoles, y qué necesario es echarle un vistazo a lo que sucedió y sucede en estados del primerísimo mundo como Australia, Canadá y, evidentemente, Estados Unidos. 
Mientras esperamos algún #NativeLivesMatter, Erdrich se sumerge con éxito en su primera historia no enteramente ficcional recuperando la peripecia de su abuelo, un jefe tribal que, en 1954, se atrevió a plantar cara al proyecto de Ley de emancipación/terminación/exterminio del senador mormón Arthur C. Walkins. Y lo hizo con la misma arma de los políticos, la dialéctica. Las numerosas cartas que dejó describiendo cada uno de sus pasos conforman la base biográfica del relato, que en ningún no cae en la cansina y quizá más europea moda de la autoficción. La honestidad es el camino, y las vidas que se cuentan son dignas de ser contadas. Un colectivo no solo silenciado, sino demolido y reconstruido al albur de la mitografía de la industria del entretenimiento, que les otorgó un espacio en el imaginario mental de Occidente a cambio de la perpetuación del estereotipo. 
El lector lejano social y geográficamente hallará una forma de contar que conjuga bien la eficacia y la emoción. La autora echa mano de su bagaje para construir un entramado formal en el que lo espiritual y lo terreno operan de manera indisoluble e influyen de igual manera en la creación y resolución de conflictos. Al igual que en otras culturas con mejor predicamento en nuestra parte afortunada del planeta, por otra parte. El vigilante nocturno es Thomas Wazhushk, que reparte sus días y sus noches entre el trabajo nocturno en la fábrica de cojinetes de piedras preciosas que ha traído cierta prosperidad a la tribu, y sus tareas como jefe del consejo. Su retrato personal representa la antítesis del indio belicoso y salvaje que seguimos comprando, y no parece endulzado por las necesidades creativas. Como pergeñador del plan, es fundamental en la trama, pero ya el jurado del Pulitzer valoró sobre todo su condición de novela polifónica. Y es que multitud de caracteres de variado tipo y condición atraviesan el hilo principal. De ellos destacan al menos tres, con sus historias paralelas propias: Patrice (Pixie) Partaneau, una joven india empleada en la fábrica que decide ir en busca de su hermana mayor Vera, perdida en Minneapolis. Wood Mountain, promesa del boxeo que intenta a su manera abrirse camino en la sociedad blanca que le rechaza por defecto. Millie Cloud, la india universitaria que utiliza sus estudios para ahondar en las raíces que le fueron escondidas al crecer en la ciudad. Les rodea una amplia muestra de individualidades que van elaborando un colorido tapiz de caracteres, de pequeños acontecimientos, de rutinas, de dilemas y miserias dentro de la comunidad. Ninguno es prescindible. 
Este retrato del común a través del individuo se ve reforzada en lo formal con la estructura en cortos capítulos que van intercalando las peripecias principales, primero en paralelo, luego en convergencia, hasta llegar al largo trayecto en tren hasta la Capital Federal, Washington, tan lejos en las tierras y en las almas como pudiera estarlo cualquiera de las cortes de Austrias y Borbones para un labrador castellano. 
La descripción de esa larga lucha con tintes de suspense por detener el expolio es tan solo una cara del 
prisma. Verdaderamente meritoria es la recreación del universo chippewwa y su problemática inserción dentro de los moldes de la sociedad estadounidense. Está en peligro tanto la existencia material de Turtle Mountain como la del espíritu. El catolicismo incrustado en los internados del horror que ahora avergüenzan a los civilizados canadienses no ha conseguido aplastar la especialísima relación del indio con la naturaleza. El sauce y el cedro, el oso y el alce proporcionan alimento y medicina. Erdrich logra pasajes de enorme belleza y emotividad a través de rituales mortuorios, de premoniciones en sueños, de venganzas conseguidas gracias a los espíritus. El vagar de holandés errante de Roderick, el fantasma. 
No es baladí la acumulación de momentos en los que un rasgo físico se asocia con un animal (cara de osa, ojos de ave rapaz, rata almizclera). 
La mirada del narrador, que como el gran espíritu pasa de un alma a otra, es bondadosa. Más allá de las afrentas y de las humillaciones sin cuento, el hombre blanco es dibujado incluso con humor. Los dos misioneros mormones, por ejemplo. O las estadísticas tramposas que maneja el censo para despojar de aún más territorio a la tribu. Thomas y los demás siempre echan en falta más sentido del humor en el carácter del blanco. Más aún cuando, en su afán por conocer al enemigo, el vigilante nocturno invierte horas de oficina en leer y descifrar la obra fundacional del reverendo Joseph Smith. Su extrañeza ante la solemnidad de lo narrado no les debe resultar ajena a los espectadores de The Book of Mormon, musical satírico de enorme éxito en Broadway. 
Quienes no deseen esperar para conocer el desenlace de la historia, que es lícito desconocer no siendo Titanic, ahí está Wikipedia, o alguna de las pausadas charlas de la autora que pueden encontrarse en la red. Solo decir que, ni en 1850, ni en 1954. Hace un par de años, Donald Trump, quién si no, lo intentó de nuevo.

EL VIGILANTE NOCTURNO, de Louise Eldrich. Siruela, 412 páginas. 

lunes, 12 de julio de 2021

CINE: MANDÍBULAS (2020)


Hace calor. Todos de acuerdo. Seguimos inmersos en la distopía vírica que nunca se acaba. Casi todos de acuerdo salvo ciertas franjas de edad y visitantes de Mallorca. Echamos de menos a los hermanos Farrelly. No te avergüences. Por suerte, la bolsa de estrenos prepandémicos va adelgazando y hay casos como el que nos ocupa, al que esta llegada estival a la cartelera, previo estreno en Sitges 2020, le sienta francamente bien.

Esta destartalada peripecia de dos tontos muy tontos pero belgas es transparente en sus intenciones desde el título mismo. Esas mandíbulas remiten irremediablemente a la obra maestra de Steven Spielberg, epítome del terror veraniego, y a las subsiguientes secuelas con idéntico o similar nombre de diversos bichos de reluciente y puntiaguda dentadura. (La muestra más reciente, en forma de cocodrilo gigante, puede verse en Amazon Video). Pero no habrá dentelladas a lo largo de la hora y media escasa de metraje, aspecto este muy de agradecer también. El animalillo con el que se tropiezan es una mosca. De considerables dimensiones, eso sí, a la que rescatan del achicharramiento y la inanición del maletero del coche que toman prestado para un encargo en un contexto que homenajea sin rubor a los tumbos del grandísimo Jeffrey Lebowsky. Si bien Manu o Tonto 1 (Grégoire Ludig) padece una situación más límite, durmiendo bajo las estrellas. En este Liberad a Willy que empieza por el final, nace una hermosa y lisérgica relación entre Jean-Gab, Tonto 2, interpretado por David Marsais, y el insecto, al que se propone domesticar para salir de la exclusión social. Nublados pues por el pensamiento positivo, olvidan el recado y se encaminan hacia el éxito aprovechando las coyunturas favorables que la Providencia les otorga en cuestión de alojamiento. 

Como en toda comedia, disparatada o no, los personajes secundarios son esenciales para apuntalar la narración. Aquí el que se lleva la palma es la infortunada Agnès, invitada en la apañada casa costera de su amiga Cécile. Un tratamiento sumamente incorrecto de las patologías mentales, nostálgico de los felices y liberados años noventa, llevado a la excelencia por Adèle Exarchopoulos. 

El pergeñador de todo esto, Quentin Dupieux, no es para nada un desconocido en las artes de la risa cinematográfica. Productor musical bajo el pseudónimo de Mr. Oizo ,además de cineasta, se dio a conocer al público especializado con Rubber (2010), protagonizada por un neumático asesino. Con esta premisa, a ver quién se resiste a revisar su filmografía completa, o al menos las dos disponibles en Filmin. La única condición de disfrute de su última entrega es dejarse llevar. Bajo la apariencia marciana del relato, la secuencia de acontecimientos se revela perfectamente lógica. Manu y Jean-Gab eligen su propia aventura pero mal, y cada uno de sus impulsos solo puede llevar al siguiente. Los individuos de diverso pelaje que se van encontrando solo pueden sumarse a la alucinación,derrochando amabilidad, hospitalidad y la curiosidad justa,  y las casualidades puntuales cumplen su cometido de avanzar las tramas y preparar el terreno para qué será lo siguiente. 

La mosca Dominique pone todo de su parte, menos alguna cosa,  para que la relación  fructifique. Entrañable su forma artesanal, alejada de los efectos de ordenador, y en el fondo. Dan ganas de llevársela a casa.


 Título: Mandíbulas

Título original: Mandibules

Año: 2020

País: Francia- Bélgica

Dirección, guion y fotografía: Quentin Dupieux

Reparto: Grégoire Ludig, David Marsais, Adèle Exarchopoulos, India Hair, Roméo Elvis, Dave Chapman, Anäis Demoustier.