"¡Suspendidos, suspendidos, suspendidos! Miro a mi alrededor y por todas partes veo suspensos. Viejos moralistas, jóvenes lameculos, escritores sin éxito; viejas glorias, jóvenes promesas, negados absolutos; artistas suspendidos, editores suspendidos, académicos y críticos suspendidos; esposos, padres, amantes suspendidos; mentes suspendidas, cuerpos suspendidos, corazones y almas suspendidos. ¡Ninguno de nosotros ha aprobado, todos hemos suspendido!»
De modesto presupuesto, con una excepción, y demostración de que una crítica entusiasta ya no lleva a casi nadie a las salas, con dos excepciones. Casi todas disponibles en alguna de las plataformas habituales.
1. Bodegón con fantasmas, de Enrique Buleo. El amanecismo vive, la lucha sigue.
2. El jockey, de Luis Ortega. El cine argentino sobreviviendo a la motosierra.
3. El talento, de Polo Menárguez. La música no amansa a las fieras.
4. La furia, de Gemma Blasco. El teatro como búsqueda infructuosa de la sanación.
5. La niña de la cabra, de Ana Asensio. Por parentesco, la favorita de este blog.
6. Madrid, ext, de Juan Cavestany. La meca de la libertad es ya solo carcasa.
7. Miocardio, de José Manuel Carrasco. Las segundas oportunidades se pueden ensayar.
8. Muy lejos(Molt lluny), de Gèrard Oms. Qué frío hace en Holanda.
9. Polvo serán, de Carlos Marques-Marcet. Que ni la muerte nos separe.
10. Sirat, de Oliver Laxe. De cuando Almodóvar nos regaló al Pensador Cineasta Definitivo.
11 Subsuelo, de Fernando Franco. Las relaciones fraternas son turbias desde la Biblia.
12. Una ballena, de Pablo Hernando. Todos tenemos una en nuestro interior.
13. Una quinta portuguesa, de Avelina Prat. Medicina para la vista y para el alma.
14. Votemos, de Santiago Requejo. Qué modernos nos autopercibimos hasta que.
Escondida en la pléyade de plataformas le espera la mejor serie española de comedia que no está viendo. Sí la ha visto, por lo que parece, el jurado de los Feroz, que la ha nominado en tres categorías.
La suerte: una serie de casualidades, disponible en Disney+, es una apuesta atípica, arriesgada y formalmente escurridiza de Paco Plaza, Borja González Santaolalla, Pablo Guerrero y Diana Rojo. Atípica en su premisa, porque pocos pocos se han atrevido a ficcionar sobre uno de los pilares de esa España, la tauromaquia. Tan pocas muestras como una sola, que el protagonista mismo recomienda en uno de sus abundantes momentos conversacionales. Googleen si son demasiado jóvenes. Pero que nadie se asuste, ni salive. Escurridiza, porque nadie se va a hacer abonado de San Isidro después de verla, idéntico no fenómeno con Tardes de soledad, la polémica Concha de Oro de Albert Serra que cayó muy pronto en una inmerecida indiferencia. En una dimensión paralela por intención y tono, comparte suspicacias con la película de la temporada. Por más que les pese a ciertos sectores, Los domingos no será el Espíritu Santo para ninguna adolescente que no esté viviendo ya en ese ecosistema.
La suerte se zambulle en el hermético código del toreo y lo utiliza para construir una de esas buddie movies de buen corazón que nos enseñan que el roce hace el cariño, sin caer en sentimentalismos ni lugares comunes. El título es polisémico. Por un lado, el encuentro casual entre el joven David, opositor a abogado del Estado y conductor nocturno del taxi paterno en la simpar Talavera de la Reina, y el Maestro, de nombre desconocido hasta el último capítulo. David se ve engullido por la cohorte del diestro, contratado como chófer para la temporada de ferias y remunerado en primera instancia con una magdalena. Por otro, el chorro de atávicas supersticiones que hacen del noble arte de Cossío un blanco fácil para la sátira y difícil para el análisis racional.
Muchas cosas resultarán curiosas para el neófito que se acerque a la serie, que esquiva exitosamente el enfoque costumbrista o incluso documental para adentrarse en el choque de antagónicos que terminan confluyendo. El retrato del Maestro, encarnado con milimétrica exactitud por Óscar Jaenada, al que se ha nombrado el intérprete con más cara de torero, concentra todos los trazos de uno de los dos arquetipos toreros reales que se pasean por los medios, el del torero ilustrado. El rictus perenne, la introspección, la filosofía de bar (carcajeante subtramas de las servilletas), el desdén por el saber enciclopédico (da lo mismo procurador que abogado del Estado), la reiteración de gestos, la autoconciencia de estar uno o dos escalones por encima del pueblo que le reverencia y le saca a hombros tras el triunfo sobre la bestia. La familia sanguínea con protagonismo de su mano derecha y hermano, encarnado por un torero de verdad, Óscar Higares y la fugaz aparición de Almudena Cid como la esposa, menos sufrida de lo que cabría esperar. lY la cuadrilla, galería de pintoresquismos que al principio caen gordos pero terminan cautivando por su llaneza y su resignación cristiana a los vaivenes de la suerte.
El intruso David, o José Antonio, un Ricardo Gómez que sigue labrándose una más que interesante trayectoria actoral en los tres medios, aporta la mirada inicial de incredulidad y rechazo que se espera de sus coetáneos, salvo los del sector económico-geográfico-social que todos conocemos, aunque en estos cachorros predomine más el postureo que la afición genuina. Que se lo digan a Los Verdaderos Aficionados del Tendido 7 de Las Ventas. Los cómicos intentos de David por desasirse de su destino van mutando en un deseo de ser partícipe de juergas y preparativos. El onírico toro de Benidorm es el primer punto de inflexión. La merienda en el McDonalds con las amigas animalistas, el segundo. El tercero, en el último episodio, ese sí, un poco moñas. Un final abierto y menos incierto, por suerte, que el que esperaban los colegas de Rafael antes del descubrimiento, también casual, del doctor Fleming, hecho estatua, por cierto, en el mencionado coso madrileño.
Guion: Begoña Arostegui, Fernando Franco, basado en la novela de Marcelo Luján.
Reparto: Julia Martínez, Diego Garisa, Sonia Almarcha, Itzan Escamilla, Nacho Sánchez, Gerardo de Pablos.
Música: Maite Arroitajauregui
Fotografía: Santiago Racaj
Para los cinéfilos patrios que navegan la cartelera buscando algo más que la nueva comedia española y el cine de género, las propuestas de Fernando Franco son siempre un desafío moral solo apto para estómagos fuertes. Sus historias (La herida, de 2013-, Morir, de 2017) transitan la oscuridad del ser humano, por más que La consagración de la primavera (2022), aportara algún de luz, amén de salpimentar brevemente las redes con un espinosísimo debate. En esta su última obra adapta junto con Begoña Arostegui la novela homónima del argentino Marcelo Luján, que dan ganas de leer inmediatamente después de salir de la sala, a ver si alcanza el mismo nivel de turbiedad.
La ambigua naturaleza en las relaciones entre gemelos y mellizos está bien presente en la literatura y en las mitologías. Imposible no recordar con nostalgia a los Lannister, por ejemplo, aun cuando en ellos todo es bastante explícito desde los primeros compases. Eva y Fabián, encarnados por los debutantes tampoco gozan de una relación de más o menos iguales. El juego de poder a tres que ya se intuye desde la primera secuencia encuentra ganador merced a un accidente en el que desaparece la pieza sobrante. Transcurre soterrado socavando la cotidianeidad burguesa y muta en completa asimetría con una pieza cada vez más débil que ve cercenado cualquier intento de tomar aire. La evolución física de Eva, su expresión facial que navega todos los estadios del sufrimiento, es pura congoja para el espectador. A su lado, sin dejar un milímetro libre, su hermano y dueño y señor, que saca oro de su propia tragedia. La antítesis más absoluta del personaje que le valió a Telmo Irureta el Goya a actor revelación, y un ejemplo más de podredumbre escondida bajo un rostro angelical. Estructurada en tres actos con ánimo de ofrecer distintas perspectivas, lo perverso está en la necesidad de ocultar cierta información trascendental al resto para seguir manteniendo la pantomima, y a la vez ignorar que esa información ya se conoce, o eso se sugiere en el último segmento, dedicado a Mabel, la madre. Esta progenitora estándar de clase media alta tambièn representa su propia comedia. Otro análisis merecería la comparación entre esta pareja que asume con tanta asepsia la consecuencia del accidente, y la siniestra figura paterna de la película que se va a llevar todos los premios de la temporada. Los domingos, claro está.
La honda disección de emociones cristaliza a base de primeros planos de rostros y conversaciones de mensajería instantánea de contemplación progresivamente incómoda. Incluso un artefacto tan positivamente connotado en el modo de vida occidental como es una piscina se transforma en un catalizador de situaciones sórdidas. El duelo fraterno se vuelve más violento y más sordo con la aparición de otro tercero en discordia, que tampoco es un desconocido. En el conjunto de secundarios que apenas aportan briznas a la trama, Nacho Sánchez llena la pantalla con sus ojos, como es habitual, aunque hubiera merecido más vuelo. Igual que el desenlace.
Desde la irrupción de las plataformas audiovisuales, parece que ya no es relevante algo tan aparentemente tan básico para la subsistencia de una serie de televisión como es el número de espectadores. El hermetismo de las grandes provoca que no se entiendan cancelaciones o renovaciones. De cuando en cuando, y siguiendo su muy peculiar método de conteo, nos regalan migajas de información, siempre favorable a sus intereses. No tan oscurantista es la empresa que probablemente disponga del mejor catálogo del audiovisual español en producción propia, aunque los números de productos que merecieron el calificativo de icónicos (La mesías, Los años nuevos), no alcanzan los seis dígitos siquiera. Les importa otra cosa, cabe pensar. Y que les siga importando, añadimos.
En esta tesitura, una propuesta como la de Montero y Maidagán solo puede tener hueco en un contexto tan favorable a la experimentación y a la flexibilidad de audiencia. Por más que evangelicemos al prójimo, o está suscrito a Movistar o no entenderá el fervor con el que su colega de despacho le habla, a a no ser que el colega logre hallar alguna comparación sí alojada en las retinas de una mayoría. Camera Café sería la más evidente, y no solo porque comparte a la fenomenal Esperanza Pedreño. Su estructura de cortometraje en el que cada plano y cada diálogo invita a la risa nerviosa, y la ruptura de la cuarta pared (The Office y Modern Family para los millenials preNetflix), la hacen reconocible y accesible.
Ciertamente no es un humor intergeneracional. Un adolescente se quedará solo con el patetismo de sus protagonistas y jurará no terminar así. Es el espectador adulto que sonríe y se avergüenza a la par con los cada vez menos de nicho Pantomima Full y los premiados podcasters de La Ruina. Historias mínimas con la duración exacta para transmitir una sensación persistente de que eso tan intrascendente que nos acontece a diario es oro.
¿Por qué nos hace tanta gracia la liviana cotidianeidad del segurata José Ramón y la maestra de infantil Berta? Su ser tan meticulosamente anodino delega las excentricidades en los estupefacientes secundarios, que podría firmar el inmortal Azcona. Apenas unos rasgos los sustentan. El gag es una chispa, un suspiro en los que las rutina mínimas muta en esperpento diario, el humilde reverso de Instagram. Los doce meses en la vida de nuestros antihéroes que componían la primera temporada se compactan en los seis de la segunda, a modo de cuenta atrás muy turbia hacia la consecución de la empresa más ambiciosa de nuestro tiempo, conseguir piso. La épica de la búsqueda sustituye al mosaico costumbrista y los dos van surfeando como pueden las tempestades que cuartean su ordenada existencia.
Todas las instantáneas de nuestro rutinario devenir son poquitafeables. Hagan la prueba.
Poquita fe, en Movistar +.
Dirección y guion: Pepón Montero y Juan Maidagán.
Reparto: Raúl Cimas, Esperanza Pedreño, Chani Martín, Julia de Castro, María Jesús Hoyos, Juan Lombardero, Marta Fernández-Muro, Pilar Gómez, Enrique Martín.
El pasado mes de julio, un curso de verano congregó en el Círculo de Bellas Artes de Madrid a unas decenas de valientes, más a otros doscientos en línea para hablar sobre "emociones oscuras". Capitaneados por el adalid antipositividad vacía Edgar Cabanas, los asistentes abrieron la caja de Pandora y dejaron salir ira, depresión, angustia, dolor, duelo y ansiedad. Una de las ponentes más esperadas fue la filósofa estadounidense de origen chileno Mariana Alessandri, que oportunamente pudo su este último libro en los escaparates durante al menos esas dos semanas. Una manera como otra cualquiera de combatir el calor estival que ya empezamos a olvidar, como corresponde a cada inicio de otoño. Es este un ensayo amigable, transparente, fuertemente enraizado en la tradición contemporánea de combinar el a veces árido pensamiento abstracto con un tono confesional en el que la autora enhebra el discurso a través de anécdotas de su biografía cotidiana. Nada que objetar. Esta corriente de ensayo más o menos ligero triunfa en nuestro mercado de la mano de editoriales especializadas y portadas y títulos que en ocasiones son parientes del clickbait. En este caso, el texto se mantiene en un nivel académico no retador pero muy aceptable, y los títulos, tanto el original en inglés como la traducción, pueden sugerir incluso reminiscencias del cómic de superhéroes, del género existencialmente torturado.
Totalmente en la línea del curso, Alessandri ataca fieramente la narrativa social que nos invade obligándonos a la felicidad perenne y perpetua. Durante la lectura, es inevitable preguntarse qué pensaría Mariana del universo Mr. Wonderful, que parece haber emprendido una lenta pero esperemos imparable decadencia asediado por las copias), y fantasear con que hubiera sido obsequiada con una frase inspiradora serigrafiada en taza de desayuno.
Mediante claros epígrafes, se desgrana el análisis de las distintas emociones oscuras y se desmonta lo que la autora llama Light Metaphore, o metáfora de la luz, por la cual, desde la Ilustración, se asocia el pensamiento a la luz y esta a la felicidad. La luz es mejor que la oscuridad, la alegría que la tristeza, el sosiego a la ira, y el optimismo al pesimismo. La autora se confiesa existencialista y asume que la oscuridad habita dentro de nosotros. Nos herimos, sangramos, morimos, afirma.
El marco temporal de escritura refuerza esta propuesta. La profesora Alessandri estaba confinada en su casa de Texas impartiendo docencia en línea (el horror, el horror, que diría Kurtz en El corazón de las tinieblas), y conviviendo con un marido que sí salía a la calle y dos niños a los que supervisar académicamente y seguir criando. Ciertamente ya nos hubiera gustado ver a Sartre o Cioran en esa tesitura. Cuando va llegando lo que se llamó "nueva normalidad", la autora se espanta ante el lamentable estado anímico de sus estudiantes, carcomidos por la ansiedad y el miedo. Hasta ahora.
Quizá la aportación más valiosa de la obra para un público no experto es la vertiente teórica, vertebrada principalmente por filósofas norteamericanas contemporáneas que escrutan la relación entre estas emociones y su género. Nombres como Gloria Andalzúa, Audre Lorde y Maria Lugones suponen todo un descubrimiento. Junto a ellas, los imprescindibles y familiares Miguel de Unamuno y Soren Kierkegaard, grandes analistas del dolor del alma a los que les faltó la experiencia pandémica.
Mariana Alessandri: Visión nocturna. Un viaje filosófico a las emociones oscuras. 2025. 304 págs.
Reparto: Dakota Johnson, Chris Evans, Pedro Pascal, Marin Ireland, Zoe Winters, Louisa Jacobson.
La comedia romántica del año no es ni comedia ni romántica. Un síntoma más de la liquidez o liquidación de los géneros en el arte, consolidada ya con el caso de The Bear y su encuadre en la categoría de mejor comedia.
El segundo trabajo de Celine Song, que ha tardado bien poco en materializarse, valga la chanza, avalado por el éxito sorpresa de su debut, Vidas pasadas, es una propuesta no tan atrevida, no tan escandalosa como algunos creen. Como en esta página somos muy fans de las sesiones dobles, o incluso triples, hay que recomendar el visionado conjunto de este Materialistas con Los Rose,la nueva y muy británica versión de la mítica comedia ochentera de Danny de Vito, y, si quedan ganas, con Locamente, taquillazo italiano del verano y, esta sí, reivindicación apasionada del sentimiento amoroso.
La obra de Song es arisca y escurridiza. A partir del clásico triángulo amoroso en el que la chica ha de escoger y salir perdiendo, se ofrece una panorámica incluso documental de la puesta en marcha y funcionamiento de una relación sentimental en el muy escogido sector blanco hetero neoyorkino. Los WASP de toda la vida. Un material que Woody Allen moldeó y patentò, al que se añaden los ingredientes típicos del ultracapitalismo tecnológico que tanto escuecen en los admiradores de Meg Ryan.
La directora afirma haber rodado una denuncia contra los parámetros sociales que nos despojan de nuestra humanidad y nos convierten en meros productos que compiten en el despiadado libre mercado. La empresa que emplea a Lucy, la matchmaker, sin embargo, se precia de aplicar a sus clientes el factor humano del que carecen las aplicaciones que todos conocemos. Ese factor humano es Lucy, que mima a sus clientas y cuida al extremo el lazo afectivo que ella ha sembrado. Tan al extremo como en la crisis preboda de los primeros compases de la película.
El título desde luego no engaña. La puesta en escena, los espacios, la narrativa sembrada de alusiones a las finanzas, a los salarios ideales (ese tabú en nuestra cultura), las razones que llevan a los pudientes a emparejarse. El concepto de "lujo silencioso" popularizado por los exégetas de Succession. El espacio vacío del millonario frente a la masificación doméstica del pobre. Pero el discurso de Lucy sí engaña. Salpicado de frases sentenciosas tipo"el amor es más fácil porque no se planifica". Se declara materialista, se autopercibe como producto de no muy alto valor, con su desazón correspondiente, y la coherencia con sus decisiones vitales es mejorable. No podemos tampoco estar de acuerdo con su visión de "mercado generalista" frente a "mercado de nicho". Los especímenes que han subcontratado su proceso de selección de alma gemela a la empresa de Lucy pertenecen a un ecosistema muy concreto. El mercado generalista ha de seguir acudiendo a las aplicaciones o a los bares. Los mantras a partir de los que construye su personaje comienzan a resquebrajarse en ambos frentes laboral y personal, y en ese desequilibrio encontramos la verdadera complejidad del personaje.
Con todo, es el omnipresente Pedro Pascal el que compone el rol más atrayente, desde el punto de vista sociológico. Su ecuación vital es mucho más certera, un héroe del pragmatismo. El compungido John de Chris Evans da mucha lástima pero, al menos para el público español no será especial motivo de impacto el que comparta un amplio piso con 37 años. (Sí la mención a que Lucy, ganando 80000 dólares al año, haya realquilado su casa para monetizar sus vacaciones). En el caso de John, el infierno son los otros.
Una extraordinaria alineación de astros cinéfilos nos ha traído un triplete de cine chino contemporáneo la sufrida cartelera madrileña estival. Al menos durante estas dos próximas semanas.
A la deriva, de Jia Zhangke, a su vez actor en Black Dog, de Gou Zhen, y por último, el debut de Jianjie Ling con Breve historia de una familia. Estas últimas, además, conforman un muy sugerente retrato del anverso y del reverso de la China contemporánea. Dos punzantes estudios de lo urbano y de lo rural acerca de cómo las políticas gubernamentales y sus vaivenes condicionan las decisiones vitales de los individuos, que se insertan en el molde propuesto con mansedumbre y optimismo, o bien se convierten en rebeldes, molestas piedrecitas en el camino marcado. Las dos con el pertinente visto bueno del organismo gubernamental correspondiente, como se informa al inicio de la proyección, como el león de la Metro antes de ser engullido por Amazon.
Breve historia de una familia es el sugestivo debut en la dirección de Jianjie Ling. Logra sobreponerse a la facilona comparación con la coreana Parásitos (2019) y a un hilo argumental que podía despeñarse fácilmente hacia los dominios de @PeliDeTarde. Y lo hace gracias a la contención emotiva oriental y a una cámara audaz que narra mediante la imagen. Lo que viene siendo el lenguaje cinematográfico, en extinción desde que triunfa la multitarea durante el consumo audiovisual y todo está confeccionado para ser escuchado más que visto.
Esto se traduce en el uso del desenfocado, del plano cenital, en la cantidad de veces que los personajes aparecen de espaldas, en la minuciosidad descriptiva, además de una evidente intención simbólica en el uso de imágenes al microscopio. Todo sirve para describir la infiltración paulatina que experimenta una familia de la pujante clase media alta urbana por parte de un desclasado adolescente, al que asumen primero como amigo de su hijo, y después como su sustituto. Primero un sitio en la mesa, luego la ropa, luego el afecto de una madre a la que sabe acompañar en su monotonía (fantástica la escena de las fotos)La abolición de la política de hijo único, pilla demasiado mayor, o eso creen, al matrimonio formado por un excelso biólogo y su esposa, antigua azafata. La llegada a sus vidas de un joven con todas las cualidades que añoran en su propio hijo provoca una revolución en el ordenado tablero de sus vidas. Ellos, su piso, su entorno, son la China del éxito, la nación que ha sabido exprimir el ultracapitalismo y compite por producir a los mejores individuos. Los que, como el pobre Wei, solo alcanzan a ser corrientes, se topan con progenitores frustrados. "Pensé que China era el futuro", le reprocha Wei a su padre,que insiste en mandarlo al extranjero. "No para ti", le responde este.
En un universo paralelo transcurre la tragicómica peripecia de un ex convicto en Black Dog, premiada en Cannes y presentada como un western. Aquí no hay personajes exitosos ni supermercados relucientes. La premisa es implacable y se reitera a lo largo de la película: faltan 50 días para la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2008 y todo lo que no se pueda exhibir al planeta ha de ser eliminado. Eso incluye la demolición de pueblos poco fotogénicos y la recogida (y el exterminio) de los perros callejeros y no callejeros sin identificación. En esas está ahora mismo Marruecos a cuenta del próximo Mundial. Nunca ha dado buena imagen la proliferación de manadas asilvestradas, por más que sea una seña de identidad de no pocos lugares como Grecia,Turquía o Hungría. De allí recordamos precisamente una historia prima hermana, White God (2014). Los habitantes del lugar tienen completamente asimilado el discurso del progreso y colaboran con manso optimismo, a la vez que son premiados con el caramelo de un eclipse solar cuyo advenimiento y disfrute se convierte en un objetivo vital. El ex convicto Lang, lacónico como un Clint Eastwood del desierto de Gobi, regresa a su pueblo tras diez años entre rejas y comprueba su decadencia lacerante. Le enrolan en la patrulla canina municipal (así se hacen llamar) y cruza su destino con el perro negro del título, condenado por ser supuestamente rabioso. Un ejemplar de elegantes andares y con enorme margen de independencia que cae simpático incluso al espectador que asiste con perplejidad en su vida diaria a la transformación de mascotas en pseudohijos a los que hay que esquivar en los pasillos del Decahtlon. Lang es el elemento legitimado para la distorsión, y termina siendo el líder espiritual de una panda de desheredados, caracteres pintorescos como un criador de víboras y los componentes de un circo. Los paisajes desérticos. las vías del tren, los códigos de honor desteñidos, forman parte de esa China opacada pero sobreviviente.
BREVE HISTORIA DE UNA FAMILIA (2024)
Título original: Jia ting Jian shi
Año: 2024.
Duración: 99m
Dirección: Jianjie Ling
Guion: Jianjie Ling
Reparto: Zu Feng. Ke-Yu Gut, Xilun Sun, Muran Lin
Música: Toke Bronson Odin
Fotografía: Jiajao Zhang
País: China (coproducción China-Dinamarca)
Premio del Público Berlín 2024. Premio del Jurado Sundance 2024
BLACK DOG (2024)
Título original: Gou Zhen
Año: 2024
Duración: 110m
Dirección: Guan Hu
Guion: Rui Ge, Guan Hu
Reparto: Eddie Peng, Tong Liya, Jia Zhangke, Zhang Yi, Hong Yuan.
Música: Breton Vivian
Fotografía: Weizhe Gao
País: China
2024: Festival de Cannes: Un Certain Regard: Mejor película.
2024: Premios Independent Spirit Awards: Nominada a Mejor película extranjera.
2024: Festival de Valladolid - Seminci: 2 premios. 3 nominaciones