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domingo, 7 de julio de 2019

SUR: LA NOVELA DE UN DÍA DE VERANO

No hay que dejarse engañar por los comienzos, ni por las sobrecubiertas,  ni por las sinopsis de editorial. La última entrega del autor de El camino de los ingleses no es una novela negra. No es tampoco novela de verano para rebozar sobre la arena. Por si acaso los adoradores de Fred Vargas querían probar algo nuevo. El cuerpo agonizante y cubierto de hormigas podría iniciar una intriga policial canónica, pero aquí es solo un cebo, la primera pincelada del fresco monumental que es Sur.
No debería haber ciudad sin novela, y sin duda, esta es la novela que Málaga merece,y con autor de la tierra además. Antonio Soler apunta a lo más alto y entrega un homenaje confeso a Ulises, la gran novela de Dublín, esa crónica de un  paseo  en un día soleado. Nada que objetar a un caballero de la Orden de Finnegans.
Pero lo de Joyce es solo un atisbo. Los veranos dublinescos son un jueguecillo al lado de los malagueños, y en ese día indeterminado de agosto el aire se puede respirar y la chaqueta no sobra. El calor de barriada no es un elemento de atrezzo, sino una presencia pegajosa y omnímoda, que confiere a la escritura cierta aridez de lija.
Antes que Joyce, de todos modos, está Cela. El censo final de personajes, mitad boutade, mitad necesario documento de consulta, remite de inmediato a La colmena, mosaico igualmente transversal de la supervivencia urbana. Y las puntillosas y largas escenas casi documentales de los usos y costumbres de los variados especímenes lumpen evocan las de Tiempo de silencio, y su pionero monologuismo interior.
No encontraremos en esta colmena rastro alguno del Silicon Valley malacitano, ni rastros de las sucursales museísticas y aledaños que han regalado a la ciudad una gentrificación de manual. Todos los ejemplares diseccionados con pericia a través de jerga y acciones están perfectamente adaptados a su nicho ecológico. Fiables guías de su terruño, sus diálogos entremezclados con pensamientos proporcionan una visión certera al lector forastero, visitante improbable. 
Pero hay que insistir en el engaño al que nos somete la ficción, toda ella. No es un relato criminal, pero tampoco es un cuadro costumbrista. Y la culpa la tiene el narrador. Un narrador entre experimental y convencional, pilar y conductor del rompecabezas. Un narrador,  un tono exigente y buscado, según se deduce de las afirmaciones del propio Antonio Soler. Su omnipresencia discreta se advierte desde las primeras líneas, introduciendo trama y personajes a modo de travelling cinematográfico. Sin puntuación separadora, conciencias de unos y otros se suceden sin pausa en el mismo párrafo, consiguiendo una inmediatez y una simultaneidad de acción inviables de otro modo. Los múltiples caracteres se destapan, se justifican, se cuentan a sí mismos, a los de al lado, a los de fuera, a sus familias, a sus compañeros de farra, circunstanciales o perennes, sin darse, sin darnos  respiro ni tregua ni relevo, durante la primera mitad de la obra. Hay muestrario donde elegir. Los retratos más acertados en su sordidez y desesperanza, los del desequilibrio mental. 
Después, un medido convencionalismo necesario hace avanzar las intersecciones en tal cantidad de dramas cotidianos.
Algunos echarán de menos más sabor local, aquí demasiado entreverado de ochenterismos generalistas. Pero esa era la intención del novelista, una razonable (y exitosa) universalidad de lenguaje y escenarios con los que sentirse cercano sea cual nuestro origen. 
Este narrador maestro se posiciona más cerca que lejos de sus personajes, alternando distancia irónica con puntillas de ternura. No es nada fácil acertar con la mezcla. No echaremos de menos cierto decoro, a la lopesca manera, y nos creemos la elaboración ambiciosa  que ofrecen algunos discursos. Agosto y cerebros agostados en una lucha por la supervivencia. El fracaso reiterado, las excusas del que cae para no levantarse, la némesis del pensamiento positivo. Algunos ecosistemas son como telas de araña, y dejan nacer, crecer, reproducirse, entrar, pero no salir. 

Sur, de Antonio Soler. Galaxia Gutenberg. 2018. 512 págs. 

sábado, 22 de junio de 2019

LA VIDA EN BLANCO Y NEGRO DE ELISA Y MARCELA

Cuando se decide que una película es "necesaria", parece quedar exenta de cierta crítica artística. Así pasó con la última triunfadora en los Premios Goya, https://elninocabra.blogspot.com/2019/02/la-mejor-pelicula-del-ano.html con cierto tipo de cine concebido para desenterrar, rescatar o redescubrir figuras o hechos doblegados por el discurso dominante. Así las cosas, la última entrega de Isabel Coixet, pionera en muchas cosas, despertó interés desde sus meros primeros pasos. Cumpliendo todos los requisitos del cine "necesario", revisita una historia no precisamente desconocida en su época, aunque sí borrada de los archivos mentales de generaciones posteriores. Una historia innegablemente atractiva de un amor prohibido que marca dos trayectorias vitales y que encaja perfectamente con las necesidades de la narrativa social contemporánea, siempre a la búsqueda de ejemplos. 
Si a estas premisas sumamos la intervención autorial directa de una cineasta consagrada y polémica por sus obras y palabras, por su estilo concitador de filias y fobias, más el compromiso de la plataforma de contenidos en cuanto a presupuesto holgado y libertad creativa, estamos ante una hermosa película con vocación de verdad. La estética al servicio del mensaje, aun con momentos en exceso exacerbados. Pero las buenas intenciones no son suficientes, y en Elisa y Marcela no terminan de confluir las decisiones formales y la profundidad del mensaje. 
Podríamos decir que la película se sustenta en la estetización de la relación amorosa y la estilización del proceso vital consecuente. El uso de la fotografía en blanco y negro, igual que en Roma, ayuda a no distraerse de lo fundamental, aporta seriedad al relato y pátina artística. La cuestión es si es realmente necesario. En este caso, sirve, además, para recordarnos la oscuridad del tiempo y lugar pasado. Oscuridad de mentes y espíritus que es extrañamente omitida en el relato en sí. Ha llamado la atención de algunos críticos la naturalidad anacrónica con la que ambas muchachas afrontan el avatar de su destino. No hay tormentos internos, ni dudas, ni preocupación por el qué dirán. La institución educativa en la que se conocen, la aldea gallega en la que se asientan, viviendo juntas y por separado, el morro torcido de la familia de Marcela, son sorprendentemente leves en su reacción. Y ellas van quemando etapas como si vivieran en un futuro lejano, nuestro presente, en una capital cosmopolita. 
Esta sensación de inverosimilitud se acentúa con las elipsis narrativas que, en un afán por ajustar los tiempos, nos detraen de momentos importantes para la evolución psicológica de los personajes. Esos tres años que pasa Elisa fuera del pueblo para moldear su personalidad masculina, por ejemplo. O la ausencia de vínculos familiares de la misma Elisa, cuyo disfraz no parece plantearle mayores problemas en sus desplazamientos dentro de una España no muy lejana a la del teatro clásico, tan aficionado a las mujeres vestidas de hombres. 
El tercer acto es sin duda el más interesante de la peripecia. La huida precipitada a Portugal permite constatar la belleza inmisericorde de Oporto y la viva idiosincrasia de las gentes del país, cuyas relaciones con los españoles oscilan entre la sana socarronería y la santa paciencia. Mucho más abiertos que sus vecinos, y sus autoridades bastante más humanas. No se merecen desde luego la invasión a las que les estamos sometiendo. 
Es de justicia destacar las espléndidas actuaciones de Natalia de Molina y la debutante en cine Greta Fernández, con una expresión y gestualidad que puede llegar a encarrilarla hacia cierto tipo de papeles, si se descuida. Y los "lusos" Lluís Homar y Manolo Solo, que proporcionan cierto alivio cómico, en el mejor de los sentidos. 
Título: Elisa y Marcela
Año: 2019
Dirección: Isabel Coixet
Guion: Isabel Coixet y Narciso de Gabriel
Música: Sofía Oriana Infante
Fotografía: Jennifer Cox
Reparto: Natalia de Molina, Greta Fernández, Sara Casasnovas, Tamar Novas, María Pujalte, Francesc Orella, Lluís Homar, Manolo Solo, Manuel Lourenzo, Elena Seijo. 

domingo, 2 de junio de 2019

LA DISTOPÍA CHERNOBYL

Durante los capítulos primero y cuarto, Chernobyl, la serie, parece Tiburón. O El enemigo del pueblo. Un punto y final en la vida de tranquilas y aburridas comunidades que debieron evitar las autoridades competentes, y pertinentemente advertidas. Ante el dilema prestigio social/seguridad, gana siempre el primero. El qué dirán nuestros vecinos, que aprovecharán la coyuntura para arrebatarnos nuestra bien labrada posición en el orden local o global. El ser humano se ha ido construyendo a base de errores y enmiendas, si bien algunas llegan tarde, o nunca. En televisión, el invierno ya se ha ido, pero llega la mortecina desolación de Chernobyl para recordarnos que una distopía no ha de ser necesariamente ni ficción ni futura. Por eso, los capítulos segundo y tercero recuerdan tanto en lo formal  a El cuento de la criada, de oportuno y próximo retorno.  Las grandes distopías de nuestro tiempo, las de Orwell, Bradbury, Brooker o Atwood, han cristalizado en un presente igualador en lo siniestro, y por eso lo sucedido en Chernobyl aquella noche de 1986 y los posteriores acontecimientos carecerían de verosimilitud en un relato enteramente ficticio. La civilización occidental tendría que haberse despedido del planeta que tanto maltrata, pero no, aquí seguimos. Tentando la suerte otra vez en 2011. Los átomos de muerte que respiran los vecinos de la central nuclear Vladimir Yllich Lenin permean cada plano. Los días grisáceos de luz extraterrestre son idénticos a los que disfrutan las doncellas de Gilead en sus paseos al supermercado. Los bloques de viviendas, auténtico hormigón soviético, macilentos como las casas bostonianas de la república. Los rostros graníticos de quienes deciden y condenan, proscritas las risas. Idéntico también es el ruido que los estados totalitarios hacen al caer, en demoliciones incontroladas. La cámara lenta coreografiando las rutinas. Oigan eso, es el silencio. No hay notas sonoras, sin melodías de cabecera, ni subrayados musicales. Solo retazos electrónicos y discursos monocordes y rítmicos en su machaconería del todo está bien, las salmodias de presentación y, en este caso, el chirrido de los dosímetros que parece van a explotar en cualquier momento. 
Chernobyl, la serie, es ficción, olvidan los artículos que brotan comparando lo contado y lo sucedido fotograba a fotograma, ejercicios inútiles de puntualización para un espectador que puede ver y consultar al instante. Desde Propp, ruso más ilustre que todos los camaradas ingenieros que aprietan botones demasiado pronto o demasiado tarde, necesitamos un héroe y un villano. Pero se quedó corto en el catálogo de matices y caracteres. Aquí los malos son uno, negligentes y obsesionados. No parecen creaciones hiperbólicas fruto del revanchismo capitalista. Los héroes tradicionales que se enfrentan a la catástrofe en sus primerísimos momentos sin saber las consecuencias quedan oscurecidos por ejércitos de antihéroes, mineros, militares, civiles ofrendadores conscientes de sus propias vidas para salvar, de verdad, a su pueblo, por 300 rublos y unos litros de vodka. Y rescatando la ética de la responsabilidad de entre los escombros, un par de científicos (Emily Watson y Jared Harris)y un ministro (Stellan Skarsgård) que cae a tiempo del caballo.
Vean Chernobyl y afronten el verano con el alivio de seguir vivos, la desazón por la soberbia humana o la incertidumbre acerca de cuál será el próximo envite. 

miércoles, 1 de mayo de 2019

CINE: DOBLES VIDAS (2018)

Hay cosas que no deberían cambiar nunca. Por ejemplo, los rasgos definitorios de una película francesa. Esta que nos ocupa, último trabajo del director Olivier Assayas, no será anunciada en las marquesinas bajo las leyendas "otro gran éxito del cine francés", o "más de un millón de espectadores en Francia". Contiene de hecho una sutilmente mordaz línea de diálogo dedicada a tales fenómenos. Las dobles vidas del título nos proveen de una hora y cuarenta minutos de intelectualidad conversacional cruzada entre parejas sentimentales, parejas de amantes y grupos de más o menos amigos con una copa de vino en una mano y un plato de viandas en la otra.Quizá se echa de menos algo de silencio, trazo que fue nítidamente francés tiempo ha. La escenografia es intercambiable: luminosos pisos burgueses en el centro de París, bristós y cafés atestados pero capaces de los centímetros de intimidad suficientes como para seguir hablando, y al final, el coqueto refugio playero donde los fantasmas de la existencia se conjuran con un buen pescado a la brasa.
De este modo, el valor de la historia reside únicamente en el contenido de esas conversaciones y la evolución vital que se sigue de ellas. El espectador aprendido que acude a la sala sabiendo a lo que va, no se sentirá defraudado. Como además de espectador es lector, y de los preocupados por el devenir de la afición y de la industria, constata que en Francia están también mal. La exégesis del problema se inicia ya desde la primera secuencia. Sin vino ni queso, asistimos al elegante diálogo entre Alain, responsable de una editorial señera con un siglo de historia (un eficaz y comedido Guillaume Canet) y Léonard, (intenso Vincent Macaigne) uno de sus autores de plantilla, de ese fondo de armario que conserva toda editorial literaria que tuvo su momento de éxito. Una figura muy reconocible por cualquiera del gremio. El último manuscrito entregado no verá la luz, de momento. ¿De quién es la culpa? 
El afán documentalista del guion no deja hilo suelto ni actor sin réplica, y aporta cierto margen a la caricatura. O al menos así se entiende en casos como el del escritor de éxito que deviene en bloguero y presume en las reuniones sociales de sus cinco mil visitas diarias, cifra muy respetable para un influencer cultural. Sus amigos aún no han cruzado la línea y afirman leer sus libros pero no sus post. Ya caerán. En relación al auge de los booktubers, imprescindible Andrea Pixelada, en el Teatro Pavón Kamikaze de Madrid hasta el doce de mayo, y un sano complemento a estos mesurados franceses.https://kritilo.com/2019/04/28/andrea-pixelada/
Juliette Binoche interpreta, con metahomenaje incluido, a la esposa del editor, una actriz de clásicos en el teatro, y agentes de la ley en la televisión. La música nos sigue sonando. Suyas son las líneas más cómicas cuando le toca reivindicar repetidamente la verdadera naturaleza de su personaje y agradecer los halagos prefabricados de su círculo de amistades, a todas luces más proclives a Houellebecq que a Ley y Orden pero salvados por su educación exquisita. 
Así, no queda más que asentir ante el falso advenimiento de la era digital, que se ha quedado a medias. "Se siguen vendiendo libros", se afirma en algún momento, entre el alivio y la perplejidad. Aunque lo que se venda no sea digno de las centenarias estanterías de la editorial. La reflexión sobre el presente y el futuro de la crítica, su poder prescriptivo y su sustitución por los algoritmos es otro de los puntos fuertes del discurso. Las referencias a célebres pobladores de la escena cultural europea, con cierta mala baba en una muy concreta, salpimentan la función.
No puede obviarse el aderezo, las dobles vidas del título. Muy europeas en el sentido anglosajón del término. Las parejas de la historia manejan sus infidelidades con una fluidez y normalidad digna de encomio. Lo que en otros lares da para metros y metros de cinta aquí es mero complemento. 
Como admirable es el sentido de la síntesis que muestran el cartel publicitario de la película para su exhibición en inglés, y la traducción del título. "Non-fiction", sobre una cama mediana con todos los personajes arrejuntados. La traducción no es traidora. 

TÍTULO: Dobles vidas (Doubles vies
AÑO: 2018
DIRECCIÓN Y GUION: Olivier Assayas.
FOTOGRAFÍA: Yorick Le Saux.
REPARTO:  Juliette Binoche, Guillaume Canet, Olivia Ross, Christa Theret, Antoine Reinarzt, Vincent Macaigne, Nora Hamzawi.

domingo, 7 de abril de 2019

#TODOSSOMOSASQUEROSOS

La narrativa de humor ha sido siempre uno de las hermanas pobres del género en lengua castellana. Algo curioso para los descendientes de Don Quijote, resucitado y puesto en los altares por sus muy ingleses admiradores. Blackie Books, siempre con la originalidad y la tapa dura por bandera, ha publicado uno de los éxitos editoriales del curso. Los asquerosos, es la cuarta novela del antaño cineasta Santiago Lorenzo (hay que ver Mamá es boba), y ya desde la sinopsis de la contracubierta tenemos claro el tono que contratamos como lectores. El propósito inicial y ambicioso de Cervantes fue dar la puntilla a la  ya en su época desgastadísima novela de caballerías. Una demolición sustentada en la parodia, porque de siempre ha sido que la crítica con humor entra mejor. Al menos, hasta ahora. Lo que hace Lorenzo es meter baza sin complejos y con mucha mala baba a uno de los asuntos que con más intensidad se han colado en los hilos de Twitter y las tertulias televisivas. La España vaciada,  en su origen La España vacía, título del premiado ensayo de Sergio del Molino, que parece claro punto de inicio de reivindicaciones, análisis, reproches y manifestaciones en la capital de lo que no osaremos llamar moda. La trayectoria  del protagonista Manuel es pródiga en desgracias e inoportunidades sin ser él merecedor de nada de eso. Su transición desde pánfilo nerd urbano a pícaro aúreo es impecable, y nos remite de inmediato a precedentes de mucho nivel. El recurso al narrador testigo pone la nota de contemporaneidad y sin duda funciona, porque la primera persona tradicional cada vez casa menos con las exigencias de una literatura de cierta ambición en el
siglo XXI, amén del uso y abuso que la autoficción y sucedáneos están haciendo de ella. La historia de Manuel no es la de su creador, por más que este se haya mudado a una aldea perdida. La constante pugna entre lo verosímil y lo enloquecido así lo atestigua. La sucesión in crescendo de imprevistos que quebrantan la armonía anhelada y conseguida trocito a trocito, o partido a partido, es paralela a la estructura lineal de planteamiento, nudo y desenlace. No encontraremos aquí virguerías vanguardistas. Lo esencial es contar una historia peculiar desde su origen, con sus ingredientes policíacos, costumbristas, sociológicos, a través de un registro de lenguaje que es el verdadero motor de la obra. La referencia ineludible en todo este entramado ha de ser Eduardo Mendoza. Un autor que ha sabido moverse con soltura entre los parabienes de la crítica y del público, y que se ha especializado con éxito en la revisitación de la picaresca, y del humor a base de situaciones y personajes delirantes narrados con lengua afilada y muy adiestrada en juegos de ingenio. Santiago Lorenzo nos obsequia con hallazgos lingüísticos de altura, neologismos incluidos, que no se limitan a salpimentar la narración sino que la vertebran y predisponen a una lectura sorprendente. "Identidad autótrofa", "calabazas alienadas", "lombriciento","mochufas", obligan a consultar de tanto en tanto el diccionario y consuelan del páramo formal en el que se ha convertido la últimísima novela.
Solo una pega debe incluirse a esta sana y disfrutable actualización de la alabanza de aldea, y más después de las escenas más descacharrantes e iracundas que se han escrito en tiempo. Es el tufillo a moraleja que va calando a medida que el desenlace se acerca. El lector urbano que se ha solazado con el esperpento dominguero que invade la paz de Manuel como una metástasis no puede ser como ellos. La convivencia ciertamente hiperbólica entre unos y otros contada desde un solo punto de vista es algo maniquea, sí, pero ahí está la gracia. En sentirnos superiores a los cuñados de alrededor. Ese es el pacto desde el inicio, y no renunciamos a él. Es la dialéctica de campaña electoral. Todos somos asquerosos, pero cada uno en lo suyo, unos más que otros, y vuelta a empezar. 

LOS ASQUEROSOS, De Santiago Lorenzo. Blackie Books. 2018. 221 páginas.

domingo, 17 de marzo de 2019

CINE: TRIPLE FRONTERA

El presentador programa televisivo con la lista de invitados más reluciente de España hace una observación a los actores que presenta. Algo así como: Hace tiempo yo decía, en los mejores cines, y ahora digo, en Netflix, o en otra plataforma. Con una mezcla de extrañeza y disculpa a la que dichos actores responden con palabras amables que denotan un "así es la vida" y "las cosas cambian".
Pues eso. Las marquesinas y demás mobiliario urbano publicita el gran estreno de la semana, uno se  apunta mentalmente consultar la cartelera de sus cines de referencia y se da cuenta con agrado/con sorpresa/con alivio de su agenda apretada de que esa misma noche puede ver la película en casa, como complemento a la aparición estelar de su reparto en su televisión de siempre. 
Seamos afines a De la Iglesia o a Bayona, el mundo avanza que es una barbaridad, que decían, y hay que aprovecharlo. Directores consagrados se pasan al streaming, casi clandestinamente algunos, como los hermanos Coen. La crítica especializada empieza a no pasarlo por alto y películas como Roma han mandado un mensaje bien claro a la vetusta industria. 
Así pues, el pasado miércoles 13 de marzo se estrenó (aún tiene vigencia el concepto) el último trabajo de JC Chandor, director de corta pero prestigiosa carrera, que incluye títulos como Margin Call (2011), Cuando todo está perdido (2013), y El año más violento (2014). Con un reparto de buenos y mediáticos actores y con una historia que auna cierta denuncia político-social, acción y personajes adscritos a la tragedia moderna, ganadores ayer, perdedores hoy, atrapados entre la ética pública y su moral privada.  
Por medio de una estructura canónica en tres actos, conocemos a un grupo de antiguos militares de élite que deambulan por la vida civil con desigual fortuna, cargando con la falta de adrenalina. Santiago (Oscar Isaac) les propone una suerte de cuadratura del círculo: colaborar en la eliminación de un narco nivel top y así ganarse un dinero, contribuir a mejorar el mundo y revivir antiguas emociones. Desde el principio se recalca este último punto como determinante, planteando una visión ciertamente distinta a los numerosos relatos de veteranos de guerra marcados por el estrés post traumático. La "triple frontera" del título, la que comparten Brasil, Argentina y Uruguay, es el final del camino, que evidentemente se vuelve más tortuoso de lo que habían planeado. Pero también evoca las líneas rojas que el grupo tiene que saltar para prolongar su supervivencia. Decisiones que dinamitan su aparente fortaleza mental y esa mitificada amistad indestructible que forjan en los hombres las experiencias difíciles. El pecado capital es la codicia. Cientos de millones de dólares que pueden tocarse literalmente termina haciéndoles humanos, demasiado humanos. Es inevitable recordar la peripecia filmada por John Huston en El tesoro de Sierra Madre (1948), supermineralizada y enriquecida por la ultimísima tecnología cinematográfica, que, la verdad sea dicha, no consigue la espectacularidad propia de las pantallas grandes. Pero, quizá a sabiendas de esto, el valor de la historia no se sustenta en paisajes espectaculares sino en esas brumas interiores que asolan a cinco amigos conscientes de que los servicios a la patria están tan mal pagados como las reseñas culturales. El último acto de su desventura recuerda a ratos al penoso caminar de Frodo Bolsón, otro antihéroe (desfiladeros desolados, criatura vengativa midiendo sus pasos) más que a Viven (1993), con la carga añadida de esas bolsas repletas de billetes que acercan literalidad y símbolo de manera brillante. Si bien la hipérbole gana a la verosimilitud en otros momentos, la empatía es imposible de evitar en las escenas clave. El guion bilingüe de Mark Boal, también productor junto a Kathryn Bigelow, asume y supera la inevitable predictibilidad en este tipo de tramas. Huye del tono Narcos y conforma un modelo de hombre de acción absolutamente contemporáneo, aunque no nuevo: las lágrimas del Cid Campeador datan del siglo XII.  La idea de la deuda pendiente sobrevuela las cordilleras y sobrevive a las decisiones erróneas. 
En aquel momento, parecía una buena idea. 

TRIPLE FRONTERA, de JC Chandor. Estados Unidos, 2019. Con Oscar Isaac, Ben Affleck, Charlie Hunnam, Pedro Pascal, Garret Hedlund. Guion de Mark Boal y JC Chandor. Fotografía de Roman Vasyanov. Distribuida por Netflix. 

domingo, 10 de marzo de 2019

CRÍTICA DE LIBROS: LECTURA FÁCIL, DE CRISTINA MORALES

Podría decirse que Lectura fácil, de Cristina Morales, opera en el mismo plano que La favorita, de Yorgos Lanthimos. Ambas obras son la vía de acceso de un cierto público entendido, no meramente consumidor de ocio/cultura, con el trabajo de creadores saludados por la exigente crítica. Los postulados rompedores de los primeros trabajos dejan paso a historias más limadas, más accesibles, pero siempre con el punto justo de tiniebla que satisfaga al espectador/lector que se precia de huir de los gustos de la plebe. Ambos dos, han cumplido su muy legítimo deseo de ampliación de clientela mediante la obtención de galardones de prestigio. Una ristra de nominaciones y estatuillas en Bafta, Globos de Oro y Óscares para el director griego, y el Premio Herralde de Novela 2018 para la granadina residente en Cataluña. Una apuesta la de Anagrama, canónica por escoger el perfil de autor (a) que más se ajusta a la demanda del momento, pero audaz si la comparamos con el recién publicado de Biblioteca Breve. 
Como es más probable que vean las vicisitudes de Ana Estuardo y sus amigas en tiempos de más pelucones que sororidad, nos toca hablar aquí de la novela que se supone consolida a Cristina Morales como una de las voces de su generación. Lo es, sin duda, la más destacada quizás y a pesar de su inserción en la industria.  Lectura fácil puede entenderse como un título poliédrico, referido no solo a un aspecto central de la trama, sino como una declaración de intenciones previa a la lectura, dirigida a los escogidos que seguían su trayectoria desde Malas palabras (Lumen, 2015) y sobre todo Terroristas modernos (Candaya, 2017). En efecto, y comparada con la densa apuesta por lo formal de sus novelas anteriores, esta crónica/denuncia/burla que de los discursos hegemónicos e irradiadores perpetran cuatro voces discordantes es fácil de leer. El entramado estructural se endulza, proponiendo un multiperspectivismo muy ordenado que facilita el contraste y la correcta aprehensión de conceptos.  La escritura de Morales es furiosa, con el lenguaje como catalizador, como grifo abierto que inunda Barcelona de ira verborreica. El líquido que de allí brota, más marrón que transparente (Aguas de Barcelona no es el Canal de Isabel II), salpica a todos, a todas y a todes. Anarquistas nostálgicos, okupas autogestionados con obsesiones burocráticas, indepes que se creen estar escribiendo la Historia, el Estado opresor, el macho opresor, el fascismo opresor, los que se lo toman todo en serio. Buscamos pistas de autoficción en los devenires cotidianos de las cuatro discapacitadas, parientes entre sí, que conviven en un piso tutelado por la Generalitat entregadas a los diversos placeres que da la vida cuando uno no ha de preocuparse por las lentejas. Las encontramos en el personaje de Naty, una estudiante de Doctorado que cae en la discapacidad mental por mor de un accidente del que no se dan detalles. Esta doble condición de tutelada e ilustrado espíritu libre es el nervio central del discurso. Un torrente oratorio que amalgama su furia anarcofeminista con la dolencia que padece, un autodenominado Síndrome de las Compuertas, uno de los hallazgos conceptuales de la novela. Naty, como Cristina, es avezada danzarina contemporánea y avezada discípula del feminismo de nueva ola, experto en demoliciones. Junto a ella, su prima Marga, a la que las huestes patriarcales tildarían de ninfómana, es víctima de  la Justicia decimonónica, preocupada porque su libre ejercicio de expresión sexual no derive en reproducción no deseada. Marga escribe su autobiografía novelada en WhatsApp bajo los auspicios del método Lectura Fácil, animada por las modernas filosofías positivistas que nos encorajinan a quererlo todo. 
En este curso artístico en el que la discapacidad intelectual ha encontrado mayor resonancia mediática, no deja de ser curioso que términos proscritos como "retrasado", se usen con esplendidez en sus diálogos. Al igual que en Campeones, la mejor película española del año, las cuatro relatoras de Morales no se privan de ese y otros calificativos en sus conversaciones entre ellas y con otros. 
La novela en su conjunto gana enteros cuando aparecen retazos del humor que ya marcaba las peripecias de los aprendices de terroristas contra Fernando VII. El humor como crítica y como vía casi única de digerir todo lo que se nos está viniendo encima. Nada hay más ridículo que tomárselo todo en serio, parece decirnos Morales, y a la vista está. Estamos rodeados de dirigentes, gobernantes, políticos que más que hablar, esculpen en piedra, sin espacio para la autocrítica o la media sonrisa burlona. Herederos sin saberlo del mesianismo romántico y más risibles cuanto más trascendentes parecen. Las pullas de Lectura fácil hacia los iletrados que cabalgan a lomos de la superioridad moral de la izquierda son más valientes, valiosas y necesarias que las chanzas a costa de los líderes nostálgicos del Cid Campeador y Blas de Lezo. Entendiendo y deseando que sean pullas
y no sentencias, claro está. Porque no hay otra manera de entender, por ejemplo, las primeras páginas, en las que "macho" y "fascista", aparecen con una frecuencia tan sincrónica como aquella tan celebrada de los gags de Friends. Qué tiempos, los noventa.

LECTURA FÁCIL, de Cristina Morales. Anagrama, 2018.